Actualizado el 18 de marzo de 2016

Accésit del Concurso 50 años del Caimán Barbudo

Milagros de San Mejuncio

Por: . 16|3|2016

san MejuncioAquí estoy, cara a cara con san Mejuncio. Cuarenta y dos centímetros son toda su estatura. Tiene en la diestra las máscaras de la comedia y la tragedia y, bajo el hombro izquierdo, luce sus tatuajes, su bandera pirata. Posa con gafas bien oscuras y un pelado juvenil — ¿a lo repa, a lo miki?— que coronan la postura deliberadamente femenina… Aquí estoy, cara a cara, con san Mejuncio de los Desamparados. ¿Será pecado mortal esperar una gracia de un santo apócrifo, borracho, gay, roquero, amante del teatro y cómplice de las tribus urbanas? ¿Arderé en el infierno por ofrecerle un reportaje a cambio de un milagro?

Me acaban de servir un doble de matapájaros. Mi súplica, secreta para que se me dé, va seguida del rezo prescrito por el ritual. He aquí a la única deidad cuya oración va escrita en una décima:

San Mejuncio, mi buen santo,

danos la oportunidad

de que aquí en la eternidad

la risa supere al llanto.

Que todos disfruten tanto

que hasta pierdan la memoria

y —cuando escribas la historia

del amor con tu palabra—

deja que Silverio abra

un Mejunje allá en la gloria.

Esta es la ciudad de Santa Clara. Este es el inclasificable centro cultural Mejunje. Este es Ramón Silverio, su director; este es Orli, el cantinero; esta otra, la Gallega, representante de su inseparable compañera, la cantante Lucía Labastida. Este es, al fondo del Mejunje, el bar Tacones Lejanos.

Aquí hemos oído descargar lo mismo a Elena Burke que a un exrecluso o a un guitarrista callejero.

El Mejunje es la patria de lo insólito. Abre trescientas sesenta y cinco veces cada año, y no cierra sus puertas mientras no decida irse el último visitante. El 26 de enero de 1991, el teatrista y promotor Ramón Silverio plantó su proyecto acá, en las ruinas de un hotel, donde hoy los graffitis proclaman el desenfado como filosofía: «No a la prostitución. Sí al sexo gratis». Artistas y estudiantes contemplan sin asombro la llegada en «bugamóvil» de los llamados «centauros»: esos que son mitad hombre y mitad yegua. El Mejunje es la patria de lo insólito. Aquí, a dos cuadras y media del parque Vidal y a solo una de la catedral villaclareña, en la calle Marta Abreu, entre los números 105 y 109; pero no busquen junto a la puerta el 107 que dictan las normas de urbanismo sino el 12, que es «puta» en la charada.

¿Será este un sitio del futuro? Al menos fue el primero en saltar de la tolerancia a la aceptación de la diversidad sexual; el primero en tratar a los enfermos de sida como a iguales; el primero en asumir públicamente el transformismo como expresión artística. El primero en canonizar su propio santo patrón al margen de la burocracia vaticana. Y el primero en salvar a la humanidad del anunciado fin del universo.

PRIMER TRAGO: SILVERIO NO CREE EN MILAGROS

Ramón Silverio no cree en otros milagros que los que brotan del trabajo creador del hombre. Pero, aun cuando siente la libertad de ser ateo, toda su vida ha estado rodeada por la religión. Siendo niño, en los campos de la Minerva, llegó a aprenderse de memoria la Oración a san Luis Beltrán. Así que, cuando los hijos feísimos de su vecina se enfermaban, ella lanzaba su grito de casi doscientos metros: “Ramoncito, ven a leerle el ensalmo a Miguelito, que me le hicieron mal de ojos”. Y allá iba a recitar completica la oración, que terminaba: “Yo te curo y te ensalmo. Jesucristo Nuestro Redentor te sane, bendiga y haga en todo su divina voluntad. Amén, Jesús. Consumatum Est. Consumatum Est. Amén, Jesús”, pero él seguía: “Imprenta de Ángel López, Santa Bárbara y Alemán“.1 Y no paraba de hacer cruces mientras leía el pie de imprenta. Y los guajiros le decían que tenía «acierto». Décadas después le hemos visto interpretar personajes de cura en el teatro y la televisión. En una de esas absolvió a una jinetera, y “parece que funcionó, porque se fue enseguida”. O también se ha ataviado con plumas y un poncho para encarnar al Maya Mayimbe, sacerdote que oficia el matrimonio de las más variopintas parejas por la Ley del Mejunje. Pero al final se mantiene firme en su ateísmo.

—Sílver, ¿de dónde viene san Mejuncio?

—Él nació como casi todas las cosas del Mejunje. Era una idea vieja que yo tenía a partir de un nicho que había aquí, y yo quería poner en ese nicho un santo; pero tenía que ser uno inventado, que representara todos los intereses mejunjeros. El santoral católico no tenía ninguno que se ajustara. Sintetizar todo eso era muy difícil. Estaba san Sebastián, pero qué va, tampoco. Y, a raíz de la última restauración, Raunel logró concretar genialmente esta idea. Lo supo interpretar muy bien, porque se acerca a la imagen que uno tiene de los santos; pero a la vez logró que fuera gay, roquero, miki, músico, teatrista; que representara a todos esos grupos que se mueven en el Mejunje. Raunel lo trajo hecho. En cuanto lo vi, me dije que eso era lo que yo quería y ahí mismo le inventé el nombre: san Mejuncio de los Desamparados. Y vino a dar al bar, no al nicho.

—No creo que haya muchos santos en un bar.

—Pero también es patrón de los borrachos. Eso le cabe. Fíjate: tiene tatuajes. Está asaetado: las saetas son baquetas de esas de tocar batería. Es muy buena escultura. Después Riverón escribió la décima, y a partir de ahí comenzó la veneración. No es que vengan los peregrinos, pero sí hay gente que le pone dinero y lo venera. Mira, yo tengo el criterio de que casi todos los santos la gente los inventó y les atribuyó hechos milagrosos. Ahora resulta que toda esa pléyade viene los 26 de enero a la procesión de san Mejuncio: lo sacamos en procesión, le damos la vuelta al patio. Nunca a la calle, porque ya es bastante irreverente tener un santo inventado tan cerca de la catedral.

—¿Y nadie ha escrito la vida de este santo?

—Nadie. Tal vez le falte eso. Habría que explicar por qué resucitó en el Mejunje. Cómo se hizo patrón de este lugar. Bueno, nosotros hemos vendido hasta estampitas, y hemos pensado en algún otro souvenir, como un pulóver o unos mejuncios chiquitos, de yeso.

—Hasta donde conozco, tuviste cierta formación religiosa.

—Bueno, fui un niño de campo. Tú sabes que los campesinos hacen esos altares donde lo mismo hay una foto de Antonio Maceo que de san Lázaro o santa Bárbara. El sincretismo es enorme: lo humano y lo divino. Lo mismo ponen una espada que unos quilos prietos. Yo nací en esa religiosidad que no es de iglesia; mis padres eran adoradores fervientes de la virgen de la Caridad. Y la invocaban para todo: le hacían velorios en mi casa. En mi niñez y juventud creí también en eso. Estaban los espiritistas, los que leíamos el ensalmo, los que curaban. Había oraciones para curar todas las dolencias. Y la gente decía: “fulano tiene acierto”. Yo era como un pediatra del ensalmo.

—Óyeme, y ¿lo del arca de Silverio tuvo que ver con san Mejuncio?

—No, no. Fueron dos cosas que no tenían nada que ver una con otra. Tú sabes que se anunció el fin del mundo por el calendario maya, y muchos empezaron a prepararse. Y —como yo creo que hay que buscar aquellos motivos que movilicen a la gente— hicimos una gran movilización bajo el lema de “Solo el Mejunje será salvado”. Inventamos «el arca del Silverio», de cartón y madera. Alexis Castañeda —que tiene mucho sentido del humor y es ya como el historiador del Mejunje— me ayudó mucho. Tengo las fotos por ahí. La cantidad de gente que fue al arca. Porque era un día realmente de fiesta. Había que anotarse por parejas: a veces dos mujeres, o dos hombres, hombre y mujer, o un trío podía venir y anotarse. Y cuando dimos todos los cupos, empezaron a hacer la lista de los fallos. Al final, a las doce, cuando la vida no se acabó, salí vestido como el Maya Mayimbe para dar a conocer una proclama escrita por Alexis. Tocaron un fotuto. Yo leí el alegato, y luego se puso música que llama a la espiritualidad: desde We are the world hasta la Oda a la alegría… Todavía hay muchachos que recuerdan aquella noche del 21 de diciembre de 2012. Hicimos un llamado a que se acabara este mundo (ante todo hay que desterrarlo de las mentes) en que desaparece la solidaridad, cada día hay más guerras, y cada vez la gente se quiere menos. Fue una noche preciosa; pero no: aquello no tuvo que ver con san Mejuncio.

—¿Tienes noticia de algún milagro hecho por él?

—Bueno, hay quien dice que le ha pedido y que entonces se acabaron los problemas en su casa. Hay quien ha encontrado un marido por casualidad y se lo achaca al santo. Pero yo, desde que entendí que era un hombre libre, dejé de creer en todas esas cosas porque al final te atan, te someten a dogmas y prohibiciones que no estoy dispuesto a cumplir. Yo no creo en milagros.

—Pero muchas personas piensan que el Mejunje es un milagro.

—Sí, claro. Es muy difícil mantener tantos años activo y siempre en evolución, un espacio como este: tan plural, tan raro, tan extraordinario y de tanta energía positiva que hasta los animales entran, buscando protección. El Mejunje es para mí, más un que un milagro, una utopía realizada.

SEGUNDO TRAGO: LA RAZÓN NO VALÍA

Graffiti del MejunjeA Maribel Rodríguez Monteagudo, “la Gallega”, no se le puede olvidar aquella tarde en que el audio de la catedral estaba un poco bajito o, a la mejor, el viento se puso demasiado mejunjero: lo cierto es que se mezclaban en el éter la misa que daba el padre y un rotundo Perdóname, conciencia, en la voz amada de Lucía Labastida. Sobre todo en las últimas filas del templo se confundían los nombres del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo con aquel desgarrado “La razón no valía”, a lo Piloto y Vera. ¿Sería una travesura de san Mejuncio?

—¿Tienes noticia de algún milagro de este santo?

—¡Sí, cómo no! Chico, yo siempre me siento en el bar, porque me gusta oír la música desde aquí atrás. Hace como un año vi entrar por esa puerta a una madre desesperada. Ella sufría por su hijo, no porque sea homosexual, sino por la conducta que tenía. El muchacho se había desaparecido de la casa, y ella llegó buscándolo. Vi que Orlando le sirvió un refresco. Se sentó. Entonces descubrió a san Mejuncio. Preguntó. No dije nada, porque yo sabía que era inventado. Pues la señora decidió pedirle a él por ser «el santo de los homosexuales». Y le puso dinero. Y resulta que al hijo le hicieron la propuesta de un curso, así que se hizo peluquero y está trabajando con unos particulares. Ya dejó todos los problemas de conducta y las malas compañías. Y la señora tiene que agradecérselo a este santo; por eso estaba después buscando una postalita. Ah, y sé de otro milagro: una muchacha que está en Alemania, se casó con un alemán. Hizo una boda de conveniencia pues ella es lesbiana y él es gay. Ella dice que su viaje al extranjero se lo debe a san Mejuncio. También he visto al barman, a Orlandito, cómo se arrodilla a suplicar, pues fue mucho lo que él pidió cuando su madre estuvo grave. Y ahí se ven las ofrendas que la gente le pone cuando recibe un resultado.

—¿Qué le has pedido a san Mejuncio?

—Yo no. No es que no le tenga fe, pero no creo en ningún símbolo de esos. Aunque respeto las creencias de cada cual. Y puede ser. Fue algo que surgió, y puede ser que en el mundo gay, de las personas marginadas, san Mejuncio tenga un poder dado por el Altísimo. Yo lo he mirado con respeto, pero no he creído. Estuve un día, por un hijo, a punto de pedirle algo, pero no llegué a hacerlo. Y he visto a muchas personas defenderlo cuando se forma la polémica. Hay quien te dice: «No, porque lo hicieron aquí: no está canonizado»; pero siempre salta alguien a defenderlo, porque tienen fe en él. Aquí sí ha habido sus debates. Fíjate que cuando la primera Jornada contra la Homofobia, se aparecieron unos adventistas violentos: uno quería «sacarle el demonio» a María, la portera. Y María le tuvo que dar un KO… En fin, no le he pedido nada. Yo he tenido la suerte de que mis hijos varones, que son heterosexuales, no vivan con ningún prejuicio. Pero, aunque ahora hay más libertad, si un día le pidiera algo, le pediría que la gente no juzgue más a las personas por sus preferencias sexuales.

TERCER TRAGO: COMO UN DESAHOGO

Resulta que cerca del icono hay una foto de Silverio y otra de la cantante Ernestina Trimiño. Un curda pidió permiso, hizo su ofrenda y, al ver las dos fotografías, se persignó frente a ellas con un “En paz descansen”. Fue mucho lo que Ernestina y Silverio se rieron de la anécdota. Cuántas historias así no habrá vivido Orlando Reinoso Castillo, “Orli”, desde su puesto de cantinero.

—Yo lo atiendo. Lo limpio, le echo ron… Según. Le echo humo. Tengo ahí al lado del bafle una virgen de la Caridad y otra de Guadalupe, que donó un mexicano. Cuando les pongo flores a ellas, le pongo también a él. Muchos clientes creen mucho en él. Los dejo entrar a dejarle dinero.

—Veo que, cuando alguien te compra ron, de ese le das a san Mejuncio. ¿Podemos considerarlo como un impuesto?

—Sí, cómo no. Lo cómico es que se le echa arriba. No lo pongo en un vaso, para que nadie piense que después me lo tomo. Yo hace años que no bebo. Entonces lo baño de ron a él. Y eso se ha convertido como en una… ¿tú me entiendes? También yo les hablo. “Orli, ¿quién es ese?”. “San Mejuncio de los Desamparados”. Algunos lo confunden, y les explico: “No tiene nada que ver con san Lázaro. Fíjate en las gafas; fíjate para que veas la pose de gay que tiene. Mírale los tatuajes”. Él tiene de todo un poco: teatrista, roquero, jipi, repa… de todo tiene él. Es un mejunje. Y, mira, pasan cosas lindas. Me piden permiso para echarle algo. A veces a mí me da un poco de pena porque yo sé que no está santiguado, que es una cosa de nosotros. Un santo único, único, único en el mundo. Pero ya tienden a creer tanto en él que se arrodillan y le piden ahí. A veces a mí me da pena ver a alguien arrodillado; pero se arrodillan: tienen fe. Le piden mucho las señoras del domingo, las que vienen a bailar danzón. Pero los gays también le piden mucho. Porque yo les digo: “Miren, ese es el santo de ustedes. Ese es el santo de los pájaros. Arriba, échenle un poco de matapájaros (que es el mismo Decano, pero aquí le decimos matapájaros). Échenle un poquito al santo para que los ayude”. Muchos se tiran fotos con él.

—Si creen tanto en él, ¿no será porque ha hecho algún milagro?

—¡Eso mismo me dijo una vieja del danzón! Yo no le pregunté, por no ser indiscreto, pero ella me dice: “Tú no eres capaz de imaginar en lo que me ayudó a mí san Mejuncio de los Desamparados”. Tuve que auxiliarla al arrodillarse y pararse ahí. Eso a mí me llegó. Yo me quedé callado completo porque hay momentos en que me da como un poco de pena, ¿tú me entiendes? A mí no me gusta engañar. Porque uno sabe que él no es un santo. Otro hombre le puso un ramo de flores por tres días cuando se había cumplido lo que le pidió. Muchas personas creen mucho en él. Y te voy a ser sincero: Yo a veces sufro momentos tristes en mi vida. Yo creo también, porque yo tengo mi Eleguá. Yo a veces me pongo a conversar con san Mejuncio, como cosa mía, como un desahogo, ¿tú me entiendes? Y lo hago con tremenda fe. Yo tengo a mi mamá en una silla de ruedas, con un pie amputado. Y converso con él. Y a veces agarro esa maraca, y la gente me dice: “Tócame la maraca, Orli, pa que me dé suerte”. Aquí viene un señor que es babalao y se queda mirando. Yo le explico: “Es una insignia de la casa. Una jarana. No es una falta de respeto a la religión”. Y él contesta: “No, no, si está muy interesante”.

—¿Qué se hace con el dinero que le ponen?

—A él lo mismo le ponen un quilo que una peseta que un dólar. A veces le han echado hasta tres o cuatro dólares. Eso yo lo recojo y compro cosas para la actividad infantil de los domingos. Yo no lo dejo ahí porque está muy cerca del mostrador, y cualquiera se lo roba. Compro galleticas y premios para los niños, a veces hasta un cake. Él también es el santo de los niños. Aquí vienen tres hermanos: el mayor, otro varoncito y una hembrita. No piden nada, se paran como mirándome; pero yo sé que son muy pobres. Entonces digo: “San Mejuncio, préstame acá”, y les compro tres paquetes de galleticas. Y si tú ves: cuando Palomo se encuentra un peso ni por nada se lo coge: siempre se lo pone a san Mejuncio. Palomo es un negrito alcohólico que me limpia el bar, y yo lo quiero cantidad. Cuando se pasa de tragos, monta a un muerto que se llama Domingo. Yo le regalo un poco de ron, y él me limpia todo esto. Por cierto, ahora me acordé de una anécdota muy simpática. Una noche se emborrachó. Ya Tacones Lejanos estaba cerrado; pero lo oigo: “Psss, ¿qué pasó? ¿Qué te pasó?”. Me dije: “Orli, ¿con quién estará hablando Palomo?”. Me asomé por la rendija y lo vi fajado con el santo: “¿Tú eres san Mejuncio? ¡Pues yo soy san Palomo, y me tienes que respetar! Yo soy más duro que tú. Tú lo que eres un maricón. Párate bien, anda”. “Palomo, ¿qué estás haciendo?”, le grité. “No, nada, niño, nada: que se metió conmigo”.

ÚLTIMO TRAGO: MIRANDO A SAN MEJUNCIO

“Yo fui quien hice la esculturita, por encargo de Silverio, en 2010 —responde Raunel González Rivero, desde España—. Simplemente debía ser una imagen como santo, que reuniera la fauna del Mejunje, por decirlo en nuestros términos. La posición recuerda a san Jorge, del que se apropiaron los homosexuales, y las demás características pertenecen a otras manifestaciones de los que frecuentamos el sitio.”

No es el primer santo roquero: por lo menos Jim Morrison se le adelantó. En lo de alcohólico, sí le tomó la delantera al venerable irlandés Matthew Talbot, cuya santificación sigue en proceso. No es el primer santo apócrifo. En esto lo acompaña nada menos que Lázaro: a ese mendigo que, en el Evangelio de Lucas, dormía con sus llagas a la puerta de un adinerado, no lo canonizó la Iglesia sino el pueblo y ¡miren que ha hecho prodigios!

¿Y será acaso san Mejuncio el primer santo homosexual? Parece que tampoco.

En 2010 beatificaron al inglés John Henry Newton, pese a las murmuraciones sobre sus treinta y dos años de convivencia, en el siglo xix, con su colega Ambrose St. John. Pero este es solo un capítulo reciente de una historia que comienza con Sergio y Baco, Polieucto y Nearco, Felicitas y Perpetua, en los que algunos han visto las primeras tres grandes parejas homosexuales de la iglesia primitiva. Día tras día la comunidad LGBT despliega un manto de sospecha sobre la orientación sexual de algún santo o beato, y así crece la lista de los que ahora llaman queer.2

Con la sexualidad de san Mejuncio no hay ninguna disputa: él es más gay que santo. Tal vez por eso se entiende tan bien con todos los que padecen hambre y sed de igualdad. No necesita la primacía entre los roqueros, homosexuales, borrachines o mikis, porque prefiere ser el único en quien se junta todo eso. San Mejuncio de los Desamparados sabe escuchar y guardar los secretos. Es tan discreto que a nadie le revela los detalles escandalosos de su propia pasión. Se imagina en su altar escoltado por san Sebastián y santa Juana Arco, heroína y travesti.

Una señora inválida escapa de la muerte; varias ancianas encuentran marido; una joven se monta en un avión rumbo a Europa; desaparecen de golpe y porrazo todos los conflictos de un hogar… De estas victorias —y otras que no se cuentan— ya puede hacer alarde san Mejuncio.

Ramón SilverioA poco más de cincuenta metros, en nuestra catedral neogótica, los feligreses rinden tributo ante la efigie de santa Clara de Asís, patrona de la ciudad. Ah, pero aquí, en Tacones Lejanos, las malas lenguas repiten lo último que un hereje leyó en Internet: que la patrona se escapó de la casa cuando querían casarla con un hombre; que se peló «al machito» y que era dura, durísima: “Fíjense que Gerardo Machado le negó el presupuesto para un templo y, por eso, se cayó un 12 de agosto, que es el día de la santa”.3

Pero él se yergue en sus cuarentaidós centímetros, como si se burlara de todas las historias que a su lado repiten.

Aquí estoy, cara a cara con san Mejuncio. Voy por el cuarto trago y estoy cerrando una sucia transacción: un reportaje a cambio de un milagro.4

¿Será pecado mortal esperar una gracia de un santo apócrifo, borracho, gay, amante del teatro y cómplice de las tribus urbanas?

Escúchame si puedes, patrón de todos los desampararos. Y tú perdóname, conciencia.

NOTAS

1. Ricardo Riverón Rojas: El Ungüento de la Magdalena, 2da. Edición, 229 pp., Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2011, ISBN: 958-959-11-0742-8, p. 202. Riverón es también el autor de la «Oración a san Mejuncio».

2. La existencia de todo un santoral queer está amplia y tendenciosamente documentada en libros de John Boswell, Richard Cleaver, Dennis O’Neill o Terence Weldon, y en sitios de Internet como el blog Jesus in Love. Incluso sobre los personajes bíblicos, la comunidad LGBT ha vuelto la mirada escrutadora, y adivina parejas formadas por David y Jonatán, Rut y Noemí, Marta y María de Betania.

3. Antiguamente el día de santa Clara de Asís se conmemoraba a el 12 de agosto y no, como ahora, el 11. Por tal motivo, la Verbena de la calle Gloria, en Santa Clara, siempre se ha celebrado en esa fecha.

4. San Mejuncio escuchó la súplica y me concedió la gracia de que este texto obtuviera uno de los premios del Concurso de Periodismo Cultural 50 Aniversario de El Caimán Barbudo.

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