Actualizado el 1 de abril de 2016

Piedras rodantes en La Habana

Por: . 30|3|2016

Mick Jagger en La Habana, CubaNo sé si al fin Mick Jagger pudo quedar satisfecho luego de aquella noche, pero medio millón de cubanos se curó la nostalgia o la curiosidad de ver en vivo a la banda rockera en activo más seguida del planeta.

Cierto que ya los Rolling no han dado más lengüetazos que los hits pasados, que no se oye de ellos sino en tonos antológicos, de elegía sesentera. Cuando tu música es himno de una generación tampoco precisas andar rompiéndote el coco para escribir otro “Angie”.

Un cuarteto de ingleses cincuentones corea cada tema. Son esa hornada que lleva la lengua en el pecho, por debajo del pulóver. Hacen de muralla para mis amigos y yo en medio del  concierto.

Al aire libre y con el fresco en fuga, movidos entre el vaho agrio de los que vienen y van por angostos trillos humanos, los corpulentos vecinos europeos son nuestra salvación. La inmovilidad, probada circunstancia para confraternizar, propicia escenas como esta:

How did you get entrances?

We are friends of some people in there —y señala una mujer hacia el escenario, que está a 50 metros de nosotros. Habla alto, lo sé, pero su voz es susurro mezclada con “Brown Sugar”.

No hay quien compita aquí con el poderoso audio del stage. Se ha convertido en mito y la gente rumoraba que es el más moderno para espectáculos. Desde que empezaron a alzarse las torres de luces y bocinas la semana pasada sobre el vasto terreno de la Ciudad Deportiva, no han parado los murmullos: si era este el último concierto de la banda, si dejarían aquí los equipos de sonido.

I´ve been in sixteen concerts of the Rolling Stones —salta orgulloso otro inglés, y le pide a dos frikis con gestos que avancen, que no se detengan ahí, que no hay más espacio.

Ahora no cabe una aguja en un evento de estos; pero en los años 60, cuando el rock era la música del enemigo y cortaban melenas y hacían redadas anti-metaleros, la cosa era distinta. Recordemos esto, sí, pero sin azotar más el tiempo que aquí nos sobran fustas.

Mick Jagger en concierto, La Habana CubaMick Jagger rememoró, en la lengua de los cubanos, cuando sus canciones estaban prohibidas por la Revolución. Pero ya ven: Fidel en persona inauguró la estatua de John Lennon en un parque habanero, y los Rolling Stones cantan con la venia del gobierno, que es el único modo en que se pueden hacer las cosas en este pedazo de tierra.

Parece que hay perdón. Claramente no olvido; pero sí un pasar página.

Los británicos aterrizaron en una Habana simétricamente alineada con los ojos del mundo. 48 horas después que Barack Obama abandonara la isla, llegan ellos. “Las cosas están cambiando, ¿no?”, pregunta Jagger. El público devolvió un grito eufórico cuando el bocón de Londres habló en un español fonéticamente estrujado.

La boca de Jagger es icónica…literalmente. No el sentido en que alguien diría que la de Angelina Jolie es la bemba de su adolescencia. El logo de la banda está inspirado en las fauces del intérprete de “Miss You”.

Extrañamente parecido a nuestro difunto Carlos Ruiz de la Tejera —peludo, la cara llena de pliegues y el humor mientras recorre el escenario—, Jagger, dicen, ha tenido más mujeres que el mítico rey Salomón.

Es un torbellino, un dolor de objetivos para los fotógrafos. De aquí para allá, de allá para acá, en el escenario amplísimo que pone fin a su gira americana “Olé tour”. Si no es porque me cuentan que siempre el tipo fue así, así de hiperquinético, explosivo, ocurrente, diría que está intentando probarle algo a alguien. La verdad es que son, Keith, Mick, Charlie y Ronnie, orgullo del género rock y la geriatría moderna.

LAMIENDO LA CIUDAD

La Habana, esa capital tan poco capitalina, recibe megaeventos como la Tierra al Cometa Haley. Acostumbrándose aún al paso cada vez más frecuente de las estrellas, se tupen sus arterias y la gente anda en tumultos por las grandes avenidas como un rio de cabezas que va todo al mismo sitio.

En honor a la verdad, un concertazo como este, gratuito e irrepetible muy probablemente, porta las propiedades del veneno de escorpión. No sé si la filantropía tenga dos temporadas en el repertorio del grupo, pero sí sé que los precios de un boleto a sus presentaciones están muy alejados del bolsillo nacional. De modo que el gesto actual se agradece, y ellos también van gustosos de tocar en la ciudad de moda.

Aprovechemos entonces mientras La Habana no vuelva a ser la invisible que era, o peor, una distinta, de plástico, con Starbucks y McDonalds mestizos.

Mientras eso llega (o no) los comercios, abarrotados este Viernes Santo, aprovechaban el alud de consumidores que causaban las piedras rodantes. En el kilómetro peatonal desde la última calle transitable hasta la tarima, un tumulto se apiña en redondel mirando al suelo. Debajo de todos, un extranjero, pelo rojizo y acento extraño, saca pullovers que combinan el logo de los Rolling con la bandera cubana. Diez CUC, diez. La gente le da el dinero y arrebata su pedazo de tela.

Unos jóvenes alemanes cruzaron el Atlántico para llegar al concierto. No encontraron alojamiento en La Habana, así que se fueron a una ciudad lejana, Cienfuegos, para esperar el Viernes Stoniano. Alquilaron un transporte, y más de dos horas en la carretera los trajeron. Se sienten afortunados: en Berlín entrar costaría un ojo de la cara.

Algunas invitaciones permitían acceder a los primeros cien metros alrededor de la plataforma. Cinco veces la mostramos en distintos puntos del camino acordonado.

Desde la periferia, llegar a la Ciudad Deportiva no era cosa difícil. Las autoridades dispusieron el transporte público para llenar el lugar. Como magnetizados, autos, camiones desde otras provincias y ómnibus acercaban la armazón a las calles circundantes.

The Rolling Stones en La Habana11 de la mañana y Sergio ya estaba entrando al terreno: un pomo de agua, un paquete de galletas y el pelo recién pintado de azul. La vida.

Del otro lado de la urbe, en mi parada, una vieja se quejaba del transporte desviado: ¡Pero yo no quiero ir a ver a los Rolling Stones! ¡Yo quiero ir pá mi casa! En Cuba la cosa es así: Rock o Muerte, ¡Venceremos!

A las 8 con 38 minutos una voz pedía que recibiéramos a la banda. Sergio y la vieja la oyeron y gritaron por igual.

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