Actualizado el 26 de abril de 2016

Pinceladas de una literatura habitada por fantasmas

Por: . 23|4|2016

Yunier Serrano: “Ahora intento hacer un poemario sobre lo que fui y he perdido. Quiero reencontrarlo y es bastante difícil." Aquí nace “El Oeste”. El polvo no se levanta en grandes nubes que lo cubran todo. El suelo no es árido. Todas las casas son iguales, de techos de cinc y de paredes prefabricadas, parecen de muñecas, fáciles de armar, también de desarmar y esperan hace siglos por pintura. Este es un Oeste cubano, carente de pistoleros, repleto de armas blancas, de broncas a filo de machete, de puños ensangrentados, de venganzas ciegas, de madres llorando a hijos muertos… Orlando Nodarce es un pueblo chico y ya nadie lo conoce por su nombre, porque es “El Oeste”.

En una de esas casitas se esconde Yunier Serrano. Es pequeño, delgado, de ojos pardos y labios gruesos. Mira sus manos, sus pies, su cuerpo y no ve qué lo convierte en un ser diferente. Solo que no quiere salir afuera, esa es su gran verdad. Se esconde para evitar los abucheos, las palabras obscenas, los tú no juegas con nosotros, los no te queremos aquí. Su piel aindiada aún recuerda las pedradas de la semana pasada.

Nadie en la casa le pregunta por qué no sale a divertirse. El padre llega en las noches, cansado de cocinar y embotellar puré de tomate; la madre se dedica casi enteramente a su otra hija.

La bella durmiente:Ilustraciones pertenecen al libro Del toronjil a la hierba buena del escritor pinareño Nelson Simón.Mira por la ventana entrecerrada, sus ojos hurgan en las proximidades de la calle. Su mente de niño se ha cansado de esperar. Se llena de valor y sale al portal. Él no ve las diferencias, pero todos los demás lo miran, hay algo raro en su caminar, un contoneo que no hay en otros niños, que lo asemeja al andar de ciertas mujeres. Esta vez va decidido a defenderse, no es siquiera el más bajo del caserío. En una esquina recoge varias piedras de distinto tamaño y textura, pero todas capaces de hacer daño una vez lanzadas. Percibe un cúmulo de miradas sobre él, y el silencio no es más que el preámbulo de las burlas. Advierte que no durara mucho el mutismo, a su alrededor comienzan los silbidos. Los niños pueden ser muy crueles, porque en “El Oeste” no hay sitio para los débiles, y la inocencia parece haberse ido de vacaciones.

—¿Loca, qué haces por aquí? —le pregunta uno de piel muy oscura y rasgos africanos.

— ¿No te dejamos claro que aquí no juegan las chernas? —le interroga el del rostro repleto de pecas.

Yunier siente miedo, descubre el odio en las miradas. Intenta calmarse, evitar el tembleque de las piernas, el sudor corriendo por sus manos, las lágrimas deslizándose mejilla abajo. Aprieta fuerte las piedras, las lanza, con alguna da en el blanco y después corre todo lo que le permiten sus piernas. Al día siguiente intenta salir, nadie lo mira ya o al menos no le gritan. Vuelve sus ojos a los demás, hay moretones en las piernas y brazos de otros niños, no está seguro de haber propinado esos golpes con sus pedradas, pero al menos estas le han granjeado algo de libertad.

EL CIRCO EN CASA

Llegan los años noventa y en contra de los pronósticos de la escasez, Valeriano, el padre de Yunier, decide tirar abajo la casa, para agrandarla, diría él. Poco a poco se desparraman por doquier trozos de hormigón, ventanas rotas y los dos niños de la casa viven a plenitud el espectáculo.

La ambición de Valeriano por mejorar los impulsa a la vicisitud. Una especie de tienda de campaña los guarece del frío, del sol y se convierte en el único hogar de la familia por unos meses. La tienda está construida de lonas negras, las mismas que emplean los campesinos cubanos para darle sol al arroz; dentro se apilan muebles y ropa. Años después Yunier dirá que aquello era para él como tener el circo en casa.

Un día cualquiera el cielo se ennegrece más de lo usual, Yunier y su hermana miran atónitos las nubes grises; sus padres prevén el aguacero. La lluvia cae a cantaros sobre la tierra seca de Orlando Nodarce. Todos corren a guarecerse bajo sus techos de cinc, mientras los miembros de la familia de Yunier sostienen las lonas negras ansiosas por volar, pero el aire es muy fuerte y les disputa la tienda. El agua se cuela lentamente bajo los pies de los pequeños quienes felices gritan. Los adultos los observan consternados, no pueden divertirse, ser adulto significa ser responsables y no sonreír ante las catástrofes. Para Yunier ser adulto es muy triste, demasiado aburrido. Su afán de no crecer lo perseguirá en la adultez.

ESCOGER EL CAMINO DIFÍCIL DE LOS TRAZOS

Las muchas horas de soledad arrojaron a Yunier hacia los libros. Desconocía aquellas raras formas que eran las palabras. Ante sus ojos eran garabatos, le atraían más las ilustraciones. Así fue creando su burbuja personal, su mundo privado sin burlas ni atropellos, donde dibujar lo ayudaba, lo protegía. “Aun hoy mantengo un cerco, cierta distancia con el mundo exterior. Al final, en mi interior sigo siendo ese niño solitario, reflexivo”.

La oruga se ha resfriadoEl dibujo le atrajo amistades, cierta popularidad entre los compañeros del aula. Se dedicó por un tiempo a hacer los trabajos de plástica de muchos; ellos obtenían buenas calificaciones y, en cambio, él obtenía el reconocimiento que tanto necesitaba. Aprendió solo, sus padres lo llevaron a un taller en la Casa de Cultura de su localidad, pero  aprendió poco allí. La posibilidad de estudiar en una escuela de arte nunca llegó. Con el tiempo preferiría el empirismo y la observación como canales básicos de su obra. Así, diría en una entrevista a la periodista Yanet Pérez: “Soy completamente autodidacta, a veces me alegro de no haber estudiado para llegar a soluciones que de haberlo hecho, me serían más fáciles; pero aplico una frase de Lezama: escoger el camino difícil, quería desentrañar la travesía bella y escabrosa de las artes plásticas”.

La familia suele ser el comienzo de todo, pero en la de Yunier reinaba la incomunicación. La figura del padre se erguía como patrón: Valeriano inspiraba temor a su hijo, un temor infundado; pero para Yunier el verlo solo por las noches y por pocas horas establecía un límite, un muro entre ambos.

A pesar del miedo, asegura que en su vocación de artista plástico ha influido mucho la ayuda de su padre: “Es muy sensible y creativo, mi veta de artista la saco de él. Siempre me ha apoyado, ha ido conmigo a comprar lienzo y óleo en su motocicleta, aunque él no sepa que son esas cosas ni para que las necesito”.

Recuerda que cierta vez soñó con una silla azul repleta de clavos, se despertó sobresaltado y sintió el impulso de realizar el sueño. Corrió y se lo comunicó a su padre, quien le ofreció una de las sillas del comedor. Pronto la llevó al cuarto, dio varias pinceladas azules, claveteó durante un rato y estuvo lista, puro arte conceptual.

La vida lo llevó por el camino de las ilustraciones para niños, lo cual se convirtió en una de sus grandes pasiones, al punto de desarrollarla más que la literatura, sobre todo por cuestiones de tiempo. “Puedes ilustrar un libro mensual pero no escribir uno por mes; y la ilustración me da para comer, no puedo decir lo mismo de la literatura”. Ha dibujado para varias editoriales, entre ellas Cauce, Loynaz, Oriente, Sed de belleza, El mar y la montaña y Ediciones La Luz.

Las páginas de algunas obras de Excilia Saldaña, Mildre Hernández y Nelson Simón están repletas de sus dibujos un tanto aniñados. Además, ha ilustrado para Cauce la antología Cuentan que el amor un día, preparada por el escritor Nelson Simón y el editor Carlos Fuentes. Actualmente colabora con la publicación para niños Chinchila.

PRIMERAS LETRAS CON COMPLEJO DE EDIPO

Las aventuras de Verne, Salgari y Conan Doyle fueron las lecturas adolescentes de Yunier. Nunca leyó poesía. Leía por competir con su hermana mayor, quería sobresalir por encima de ella, aprender sus cosas, llamar la atención de la madre que le dispensaba más cuidados a la hija.

Confiesa que siempre ha celado a su madre, y que ganarse su amor era muy importante para él. Este cierto Complejo de Edipo, lo llevaría a convertirse en un ser muy competitivo, siempre quiso ser más bello e inteligente y la lectura pasó a ser una de las ganancias de la competencia.

Existe una frase manida que dice que el tiempo lo cura todo, incluso las desavenencias entre madre e hijo. “Hemos aprendido a querernos y a respetarnos. Somos muy parecidos físicamente y en carácter, por eso nuestra relación podía ser muy tirante, pero al final lo yo solo quería su amor, su atención”, testifica Yunier.

Sus inmersiones en la escritura comenzaron con las cartas de amor que escribía por encargo en la secundaria. Una de sus profesoras a quien burlonamente nombraba “Vaca Pinta”, vio destellos de escritor en el jovencito y llamó a la madre para decírselo. El Yunier adolescente tildó de ridículo el hecho. Los primeros versos aparecieron más tarde; en el preuniversitario llegó el amor a revolverlo todo. La chica se llamaba Dunia. “Fue algo medio loco, le escribí muchos poemas pero no eran de amor, eran crónicas de todo lo que sucedía a mi alrededor”, comenta.

ORACIÓN DE SANTA YOHANDRA

Yohandra ha perdido el rostro, se suma como tantos otros a la cámara oculta de los recuerdos. Era la jefa de Yunier cuando este pasaba el Servicio Militar Activo en la unidad de la marina El Esperón, ubicada en Guanajay. Ella significaba comodidad, pases los fines de semana y la tranquilidad de pasar desapercibido entre un montón de hombres con las feromonas a flor de piel. Yunier la recuerda con cierta nostalgia: “Conocí a esta chica, y después de ella descubrí que había algo que siempre estuvo solapado en mi persona, reprimido e invisible para mí mismo”.

Duendecitos de capa escarlata Yohandra fue el tránsito, el puente entre el chico que tuvo algunas novias y que se temía a sí mismo, y el hombre que decidió encarar su realidad y olvidar los prejuicios sociales. Sería la mujer que marcaría el fin de una vida llena de mentiras. “Fue el momento en que me doy cuenta de que no me llenaban realmente las mujeres, que no me gustaban, quizá por eso le dediqué un poema: Oración de Santa Yohandra”.

Los versos finales dan fe del descubrimiento, de la aceptación, del rechazo…

Mis manos extendiéndose por sus senos, y reconocer,

como quién acaricia una bestia, el momento exacto

en que supe

que una felicidad más cruel o más real se acercaba.

nunca más besaría los labios de una mujer

nunca más tendría ese instante.

No sería fiel y engañoso.1

TODO COMENZÓ CON LOS 20

Después del Servicio Militar, Yunier dejó atrás las polvorientas calles de su Oeste en el municipio de San Cristóbal y se fue a estudiar Lenguas Extranjeras al Instituto Superior Pedagógico Rafael María de Mendive. El cúmulo de emociones, sentimientos y angustias reprimidas en su ser desde la niñez afloraron cuando cumplió los 20 años. Fue entonces cuando abrió los ojos y vio que existía un universo fuera de las casitas prefabricadas y el ambiente marginal de su pueblo. La crisis lo llevaría a escribir, lo exorcizaría de todas sus preocupaciones.

Descubrió la literatura como profesión y se llenó del valor de abandonarlo todo: la universidad y la masculinidad. “A los veinte decido dejarlo todo. Lo pensé mucho. La carga de toda mi niñez se fue acumulando encima de mis espaldas y no pude más. Ese fue el momento, se dio la circunstancia, y decidí que no deseaba ser profesor, que quería dedicarme a la literatura, ser escritor y que me gustaban los hombres”.

Dejó la carrera sin más y se fue a casa. A la familia le contó que había suspendido el curso. Sus padres no preguntaron y dejaron pasar los acontecimientos. A pesar de que él cuente que se aceptó tal y como era desde ese entonces, llevó una vida bisexual por algún tiempo y tuvo varias novias antes de encarar su condición de gay.

El golpe más duro que recibieron sus progenitores fue cuando Yunier les comunicó que se iba a vivir para Pinar del Río, para desarrollarse como escritor; sin embargo, esta vez tampoco preguntaron. Yunier fue a vivir con su pareja por el aquel entonces, el editor Carlos Fuentes, quien sigue siendo el compañero de sus días. Los años han establecido una tregua entre Yunier y sus padres, ya lo visitan y aceptan sus preferencias sexuales.

Sí, los 20 revolucionaron la vida de Yunier… Ocurrió un día cualquiera, ya ni recuerda la fecha exacta de cuando una amiga del pedagógico lo invitó al espacio El Patio de la Poesía radicado en La Casona. Su rol de oyente le permitió comparar los poemas leídos allí con los suyos; y entonces “me di cuenta de que mis poemas tenían mucho que ver con aquello. La próxima vez que asistí, me acerqué, dije que era poeta, enseñé mis poemas y los leí. Todo fue muy fácil, estaba en sintonía con aquel mundo”, señala Yunier.

Su brújula personal para la poesía indicó como norte el Taller de Poesía y Narrativa de Nelson Simón. Allí descubrió otra vía de escape: la literatura infantil, con ella logró encontrase a sí mismo, hacer las paces con su yo interior. Como él mismo afirma: “Comencé a escribir para echar luces sobre lo que estaba oscuro y aliviar el dolor. Mi literatura ha cambiado mientras cambia mi vida, no podría desligar una de la otra, gira en torno a lo que yo soy y a lo que he sido. Cuando sondeas en lo más profundo de mis textos infantiles puedes ver los traumas de mi niñez”.

Sus primeros poemas serios son para adultos, logra publicar algunos en la revista pinareña La Gaveta y también en la publicación bayamesa Ventana Azul; pero la literatura para niños consigue atraparlo por completo. En la revista Cauce aparece su cuento para niños Un piano para Federico, el cual también ilustra. En el 2008 ingresa al Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Se gana la entrada al curso con tres cuentos para niños; uno de ellos, El sombrero de Saint-Exupéry. Con este cuento y otros conforma su obra Un libro de espías, ganadora de la Beca Caballo de Coral que otorga el Centro Onelio, siendo el primer libro para infantes en recibirla.

Su novela Un minuto de fama le granjea una mención en los premios Ismaelillo, de Literatura para Niños y Jóvenes. Este título también sería Beca La Noche de la Asociación de Hermanos Saíz. Esta vez escoge como protagonista a un niño invisible y envuelto en un gran mutismo. Este niño huye del resto, se esconde. Solo tiene un minuto para brillar, donde se ofrece de voluntario y escribe la respuesta de la tarea en la pizarra; después de esos breves sesenta segundos vuelve a la invisibilidad. Yunier explica que es una historia muy divertida, al menos como está contada; pero sus declaraciones lo contradicen: “El pequeño se hizo invisible él mismo para huir de burlas, de las exigencias de los padres. En el fondo es muy triste. La trama es sobre él reencontrándose, intentando no temerle a la gente.”

Su primera publicación en formato de libro llega de manos de la Editorial Sed de Belleza de Villa Clara. Lección de amor y de anatomía es un poemario infantil que rompe los cánones establecidos por ese género. El hilo que conduce todos los versos es la historia de un niño al que le han asignado la difícil tarea de escoger a un compañero de aula y describirlo anatómicamente. Como el amor no puede faltar, el niño elije a la chica que ama y, en lugar de transcribir conceptos científicos, hace un libro de poemas, uno por cada parte del cuerpo.

RETORNO A LA SOLEDAD

La casa es pequeña, para llegar a ella se debe desandar el recodo formado por otras minúsculas viviendas. Todo es azul, las paredes al menos; pero te dan la sensación de que  a tu alrededor todo es de ese color. Aquí vive solo, pasa los días creando en medio de esa soledad que adora, o que él mismo se impuso desde siempre.

Hablamos mucho, sobre él, sobre mí, sobre la literatura. Conversamos y escucho su voz distraída, mientras prepara la comida en su cocina estrecha. Prefiere las ensaladas, un poco de col por aquí, un tanto de tomate por acá y al final unos aros de cebolla. Me cuenta que aborrece las comidas pesadas porque lo sumergen en un sopor que le impide trabajar. Me muestra un montón de ilustraciones y el poemario Los bajos reinos, con el cual obtuvo en 2014 una mención en el concurso Hermanos Loynaz y que saldrá publicado en 2016.

Los poemas son como ligeras pesadillas, la 1, la 2, la 5, la 7 y la 9. ¿A qué responden las numeraciones? No lo sé, tampoco le pregunto. Me parecen desgarradores los poemas, los leo y asisto al desmembramiento del alma de su autor. Entonces vuelvo a mirarlo, abre una y otra vez el refrigerador como quien busca algo. En verdad es un ser distraído y solitario. Parece que ha olvidado mi presencia, me he convertido en un ornamento, un ser invisible como el niño de su historia.

Me habla de nuevos proyectos. “Ahora intento hacer un poemario sobre lo que fui y he perdido. Quiero reencontrarlo y es bastante difícil. Rescatar todo eso que está tan ligado y mezclado me es difícil. Hablar de mí mismo es muy complicado. En ocasiones no tengo claro ciertos eventos de mi vida, porque les fui echando arena con los años. Con tal de no recordarlos, de ocultar cosas, he sublimado muchos sucesos para cuidarme a mí mismo.”

La primera vez que lo vi fue en una Feria del Libro, cuando comentaba su cuento ganador del concurso La Gaveta. Una historia que después leí, aunque si fuera por su intervención nunca la hubiese leído. En su voz había desánimo, algo de desinterés, y era porque la historia no le agradaba, el cuento estaba “saturado de sexo, drogas y alcohol” como dijo en la presentación. Cosas muy distantes de la fantasía que teje para niños.

Abuela y Caperucita en BiciYa es tarde, no quedan vestigios de sol en el cielo. Quisiera quedarme un rato más pero el camino es largo y la oscuridad nunca me agradó. Me despido con un beso de “Valerio”, hace tiempo que cambió su nombre por ese seudónimo. Simplemente no le gustaba el suyo, no lo creía un buen nombre para un escritor. Las razones de por qué ese y no otro, no las sabe; deja que otros las cuenten por él, tal vez por su padre Valeriano y porque, como me dice, “Valerio significa guerrero” y cree que eso ha sido él toda la vida.

Aprovecho mi minuto de visibilidad y le digo que me marcho. No hace objeciones al respecto, me invita para otro día, le contesto que quizás un día de estos me paso y le robo el tiempo.

Me voy y no solo por temor a la oscuridad o porque esté lejos de casa. Me marcho porque en sus ojos se ve que ansía estar solo, que quizás necesita esconderse dentro de su burbuja o reencontrarse con viejos fantasmas.

NOTA

1. Fragmento extraído del poemario Los bajos reinos.

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