Actualizado el 5 de mayo de 2016

El regreso de la Bolita:

55 y 77 nunca van a dar 40

Por: . 2|5|2016

El mundo de la bolita, si bien ilegal, complejo y hasta vicioso, en el fondo atrapa por todo el misticismo que gira sobre las personas y sus creencias a la hora de elegir la próxima jugada. Siempre con la esperanza de que esta vez la suerte sí esté de su lado. La lluvia parece interminable. Una vez más, el sol de la mañana engañó a quienes ahora esperan inquietos el cese del aguacero. El silencio hace fiesta dentro de los dos metros cuadrados que sirven de parada de autobús. El cielo todavía encapotado no es buena señal.

Un grito deshace el mutismo y las miradas se dirigen hacia el ciclista que, sin pensarlo, atraviesa la calle inundada en respuesta al llamado. “Dime Chiqui, ¿qué número te gusta para hoy?”

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El Bolo, como se le conoce en el barrio, a sus cuarenta años todavía dedica largas horas a ir de un lugar a otro subido en su montañesa de color naranja. Sin que este ejercicio le haga perder las libritas de más que le regalaron el sobrenombre.

Hace años que el Bolo es uno de los tantos recogedores —también llamados boliteros o apuntadores—, que colectan en su barrio las jugadas de sus pobladores. “Es preferible andar «en chivo» que a pie con este sol”, dice sonriente, pero como la gente juega hasta tres veces al día, es comprensible que se auxilie de este medio de transporte para cubrir la mayor cantidad posible de clientes.

“Ayer tuve un día tremendo. Por la mañanita el primer recorrido y recogí cantidad. Al mediodía volví a pasar para el tiro de las dos, y la cosa se repitió. Con este calor y como era domingo, todo el mundo estaba delante del ventilador en su casa. Ya en la noche, algunos incluso jugaron dos veces. ¡Por poco suelto los pies dando pedales! Pero negocios son negocios”.

A Javier ya hasta le parece extraño que lo llamen por su verdadero nombre. Desde los 18 años le pusieron el apodo durante el Servicio Militar; y ahora incluso el apelativo combina con el trabajo que hace. “¡Ahí viene el Bolo de la bolita! Hace poco escuché le decía una señora a otra y me dio tanta risa que por poco me caigo de la bicicleta”, cuenta.

Ni él mismo recuerda bien cuándo empezó de lleno “en este giro”. En el barrio, “la bolita” siempre ha sido parte del día a día de sus habitantes y fue testigo desde pequeño de la afición de sus vecinos y del negocio de su padrastro Ramón.

Riéndose, recuerda que “de chamaquito” y escondido de su mamá, Ramón lo llevaba a recorrer las casas de sus clientes para anotar las jugadas. “Cuando mi mamá desconfiaba un poco, le decía que me iba a llevar al parque, ¡y de verdad que lo hacía!, pero solo porque se le hacía camino a la casa del banquero. ¡El viejo era candela! Pero de él aprendí cómo se mueven las cosas en este mundo, aunque de aquella época para acá ha llovido bastante”.

Ramón era bolitero de gran prestigio en la zona porque nunca pagó fuera de tiempo. Respetaba mucho el dinero de la gente para que le respetaran el suyo. Cuando la artritis le impedía ya salir de casa, los clientes iban a llevarle las jugadas. “Él las recogía desde el ancho sillón donde pasó sus últimos años y yo luego me encargaba de llevarlas hasta el Banco”.

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La «bolita», como se le conoce en las calles al juego de apostar por uno o varios números de la charada o la cartilla, se ha convertido en un fenómeno de gran amplitud en Cuba.

Declarada ilegal junto al resto de actividades semejantes, como parte de medidas tomadas por la Revolución para arrancar de raíz el legado de los gobiernos corruptos precedentes; sin embargo, consiguió llegar a nuestros días por el escabroso y tentador camino de lo prohibido.

Los años de la efervescencia revolucionaria atentaron contra la supervivencia de estas prácticas, herederas del tiempo de los casinos lujosos y las casas de juego mantenidas por el capital de Estados Unidos en la Isla. Pero la llegada del Período Especial y los difíciles noventas, demostró que ese pasado todavía se mantenía latente en el recuerdo; y volvió a salir a flote, dentro del sector poblacional económico y educativamente más vulnerable, cuando la bolita tomó con fuerza las calles.

“La gente necesitaba algo en qué creer y, mientras unos se volcaban a las salidas ilegales o al amparo de la religión, otros simplemente seguían buscando en los poderes celestiales la fortuna tan necesitada”, confiesa la Chula, una de las más veteranas clientas del Bolo.

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Alrededor de las 5:00 p.m. es normal, en este vecindario apartado de las principales arterias capitalinas, ver el desfile de personas que van de un lado a otro con pequeños papelitos en las manos, en busca de sus apuntadores. “Este es el horario —advierte el Bolo—  cuando más juega la gente. No sé si porque la mayoría ya está de regreso en la casa o porque si es de la que más rápido tienen noticias. Lo cierto es que eso no falla, el tiro de las noches es el que más recauda.”

Las reglas de este juego son muy claras. A partir del primer número, que no se toma en cuenta, salen tres más: uno fijo y dos corridos —casi siempre representados por dos dígitos; así, por ejemplo, aunque sea el número 3, sale representado como 03—.

El fijo es el más importante, o al menos para los que juegan en esta modalidad, ya que por él se paga 75 veces la cantidad de dinero que se puso en la jugada; y por cada uno de los corridos, 25. Aunque los precios, en cualquiera de las formas establecidas, varían bastante de acuerdo con los bancos y las localidades desde donde se apueste.

Además de ésta, existen otras dos formas de jugar: el “Parlé” o Par, que consiste en acertar dos de los números ganadores del tiro, cobrándose por ello 800 veces lo que se apostó; y el Candado, que consiste en acertar los tres números ganadores, toda una suertuda hazaña por la que puedes cobrar $800.00 por cada uno de los tres números acertados más su multiplicación por la cantidad apostada. O sea: 3 X 800 (2400) X el dinero invertido en esa jugada.

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Pero un juego de este tipo no es exclusivo de la mayor de las Antillas. En nuestro continente, y más específicamente en Brasil, existe uno de características similares, que comparte con el cubano la ilegalidad de su circulación y la cantidad de adeptos que gana cada día.

En reportaje para la revista El Malpensante*, el periodista colombiano Ángel Unfried aborda la “lotería de los animales” en el gigante suramericano y expone que el popularmente conocido como “jogo do bicho”, tiene tanta difusión que ya se le considera “tan brasilero como la samba, el fútbol y la cachaca”.

“A pesar de tratarse de una actividad ilegal —afirma Unfried—, el bicho se juega masivamente en todo Río de Janeiro y en casi todo el país. Convertido en una tradición desde hace 120 años, está profundamente arraigado en la cultura popular. La correspondencia entre números y animales es una referencia reconocida en todos los niveles sociales.”

Pero entre el “bicho” brasileño y la “bolita” cubana, también hay marcadas diferencias. En primer lugar, difieren en su temática central, que en el caso cubano abarca no solo animales sino, como se explica en su cartilla, “todos los sueños y nombres de los objetos que se presentan a diario en el sendero de la vida”; y sin que a un número le corresponda necesariamente un solo significado ni viceversa.

En Brasil, “la cara visible del juego son los bicheiros: un ejército de apuntadores dispersos por toda la ciudad, que tienen pequeñas libretas en la mano, y apoyan sus bancas contra postes o árboles que, además de ayudarlos a protegerse del sol y la lluvia, sirven para la publicación de los resultados cuatro veces al día, casi siempre en zonas de alta circulación de transeúntes y policías, quienes pasan muy cerca simulando indiferencia”. Mientras, en Cuba, si bien existe semejante “ejército de boliteros”, estos no se conducen igual y es muy distinta la relación que guardan con las autoridades. Aquí, dependiendo de su modus operandi, pueden distinguirse tres tipos de recolectores.

Hay boliteros que recogen en su propia casa, obligando a los clientes a pasar por ahí a dejar su jugada. Otros son caminantes, que recorren el barrio en busca de jugadores, pero al hacerlo a pie tienen restringida su área de trabajo; y además, están los que, como el Bolo y con el fin de expandir su zona, utilizan algún medio de transporte o se auxilian de teléfonos celulares para recolectar las apuestas de sus clientes.

En cuanto a métodos de difusión de los resultados, los bicheiros publican los números ganadores en postes y árboles, mientras que la vox populi se encarga de “solucionar” el problema de los boliteros. Esto convierte el “asunto cubano” en tema todavía más serio, ya que la fuente primaria de la información es otra ilegalidad: las antenas o cables para ver canales del exterior.

—Si existe otra manera de conocer los números del día, no la conozco. Al menos nosotros solo utilizamos la que nos brindan los cables ilegales tan frecuentes en barrios como este —explica el Indio, recién incorporado a la hueste de jugadores de su barrio.

—Los tiros de número se rigen por las veces en que se publican los resultados de las diferentes loterías norteamericanas, y esto lo podemos saber gracias a las instalaciones clandestinas. El día que por alguna razón no se puede ver la señal, tenemos que recurrir a colegas de otras zonas para obtener la información —agrega el Bolo.

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—En nuestro país el juego ha pasado por varias etapas hasta llegar al punto donde se encuentra hoy —narra Cuqui, conocida como la “vigilante más destacada” del barrio, y no precisamente por sus actividades dentro de la organización cederista—. Cuando chica, nadie se atrevía a mencionar el tema, acababa de triunfar la Revolución y todo aquello era castigado solo de pensarlo. Pero de unos años para acá, ya es como ir a buscar el pan a la bodega. Se ha vuelto el comentario de cada esquina a cualquier hora del día.

Hasta el Bolo se sorprende. Cuando la época de su padrastro tenían que ser ingeniosos para comunicar a la gente los números que habían salido.

—Que si por números de teléfonos, direcciones de calles, carreras de un juego de pelota, ¡qué sé yo la de cosas que inventábamos! Pero ya no es igual. Ahora vas por la calle y al descaro ya te gritan de un lado a otro o desde un balcón: ¡oye!, ¿qué salió por la tarde?, o ¡pasa después para que me anotes un número! Ya la gente no se mide… —advierte mientras se acomoda para seguir su faena ciclística.

Para ellos, los que dan la cara en las calles, episodios así no son la gran cosa cuando, al final, y como sucede con todos los negocios ilícitos, sobreviven precisamente de la ilusión de la gente por alcanzar algún día el premio dorado.

El mundo de la bolita, si bien ilegal, complejo y hasta vicioso, en el fondo atrapa por todo el misticismo que gira sobre las personas y sus creencias a la hora de elegir la próxima jugada. Siempre con la esperanza de que esta vez la suerte sí esté de su lado.

Sin embargo, esa ya está echada: 55 y 77 nunca van a dar 40.**

*El texto de Unfried para El Malpensante fue reproducido en El Caimán Barbudo, Edición 383, 2014.

**Bola y Bolitero nunca van a dar Suerte.

Categoría: Artículos | Tags:

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