Actualizado el 9 de mayo de 2016

Confesión del Posthumano:

Blado, te odié por vil y alevoso…

Por: . 7|5|2016

Ah, Blado, pero no me revolví en ese odio de muerte y agarré tu sarcasmo por el lado del desafío, y me puse a hacer entrevistas, reportajes, crónicas,...

Foto: Richard

Tú tan martiano, esto te va a encantar: Blado, te odié por vil y alevoso… Te lo juro. ¿Acaso no te acuerdas de cómo llamaste a este pobre muchacho recién llegado a la redacción? “Oye, niño, así que tú eres El Posthumano”. De sopetón, sin conocerme, burlándote por esos artículos que escribía yo, repletos de gaya ciencia y docta filosofía. De pronto, náuseas me daba de verte, y sin poder replicarte, porque eras un Mito: el Caimán más antiguo, un poeta que admiré desde mi adolescencia en los 80, el tipo que entrevistó a Fito Páez cuando a mí mismo me decían Fito Páez.

Ah, Blado, pero no me revolví en ese odio de muerte y agarré tu sarcasmo por el lado del desafío, y me puse a hacer entrevistas, reportajes, crónicas, a tomarle el pulso a la cultura por la calle del medio, como lo hacías tú, porque quería demostrarte que podía ser tan periodista como tú.

Coño, Blado, antes no te lo dije y qué lástima tenga que llegar mi confesión en el momento póstumo… Tú me hiciste crecer, fue así mismito. Como de seguro también le habrá pasado a otros, a los que bajaste los humos con esa facilidad tuya para colgar el mote justo y a la hora clave.

Blado, pasó el tiempo y pasó… Y te me fuiste poniendo tan villano y tan hermoso, tan facilito de querer cuando uno descubría las llaves de tu bondad. Tú haciendo la ronda con la mano de Teresita Fernández agarrada bajo la Ceiba de Don Alejo. “Mira, Fidelitoooo…”, truenas con la voz ronquísima. Vaso de ron en ristre y se te sale un estallido de risa, de la risa más gozona que ojos humanos vieron. Son chispazos. Son recuerdos.

A qué negarlo ahora, Blado, a veces fuimos rivales. Tú queriendo halar la revista para un lado y yo para el otro, tozudos ambos, tú con la autoridad de los años, yo con la del editor de plantilla. Pero con un respeto que a la larga (así lo creo) llegó a ser mutuo, porque nos arrimaba idéntica fidelidad y amor al Caimán Barbudo

Hay que revelarlo ahora, Blado, que otras veces fuiste mi par del reino. El mejor aliado, la palabra arcana en que apoyarme, sobre todo si estaba en juego la autonomía, la libertad del irreverente Saurio. Porque, y esto lo sabe cualquiera, hacia dentro somos la redacción de la eterna porfía, la de decirnos hasta alma mía cuando nos da por arreglar el mundo; pero ante el afuera, leal escuadra de mosqueteros.

Con el tiempo dirán que en su novela Los Hermanos Caimaneros, Dostoievski escribió: “Si Blado no existiera, sería menester inventarlo”. Uno para Todos y Todos para Uno, te vamos… No, yo te voy a extrañar. Estuve llorando toda la noche por ti, Blado.

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