Actualizado el 17 de mayo de 2016

Día 1

Por: . 17|5|2016

Desfile en Romerías de Mayo

Imágenes cortesía de la autora

“Pero tú has estado aquí antes”, me guiña uno del Comité Organizador al momento del arribo y yo sonrío para mis nostalgias. Sí, mucho antes, en el cuarto año de la carrera, convencí a Lorena un viernes de mandarnos desde Camagüey a Holguín en botella, después de terminar su prueba de Análisis de los Materiales. Éramos dos flacas, con par de mochilas respectivas, apostadas frente a la línea de tren donde todo obligatoriamente debía parar, preguntando a camioneros o a choferes de guagua si nos adelantaban al menos hasta Las Tunas… Éramos dos locas de atar que no sabíamos muy bien dónde nos quedaríamos, pero alguien nos había dicho que llegáramos a la Universidad de Holguín y que dijéramos con la cara más seria de nuestro repertorio facial que veníamos a un evento de algo ahí. Una vez dentro, aparecería un cuarto y alguna bandeja en el comedor; porque, vamos, es Oriente.

Fueron mis primeras Romerías de Mayo, las de la novatada: en apenas 72 horas descafeínamos a las Tres Lucías; despintamos a besos al tipo este que se disfraza de Chaplin y anda todo el tiempo por ahí; limpiamos con nuestros shores los pisos del Caligary, donde nunca falta la cerveza dispensada en vasitos plásticos para beberla tumbado en el suelo con nuevos amigos; y dos horas antes de emprender un regreso suicida en camión y sin haber almorzado, subimos la Loma de la Cruz justo a las tres de la tarde, con un perro sol que aún debo tener marcado por algún lado de los hombros.

Después de eso (de más está decirlo), regresé los dos años siguientes. Le tenía a las fiestas del romero el mismo apego que un metodista al culto del domingo. Cada vez me quedaba más tiempo y atraía a más cómplices; instaba a los socios a “guardar pan pa´ mayo”, o sea, a salvar algún presupuesto monetario para la escapada hasta Holguín, y veníamos a trasnochar con David Blanco y Haydeé Milanés y Qva Libre, con la gente del ballet contemporáneo Codanza que insertaba a los trasvesti de la ciudad en sus coreografías de tango, con los DJ de las electro-fiestas y los raperos…

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El barro humano de D´Morón repta con sigilo por la calle Libertad.Ahora vuelvo, después de perderme dos años, pero ya no vengo a tocar las puertas del ISA para que Hendricks me diga que sí, que puedo quedarme otra vez de favor en los albergues desiertos, que ahorremos el dinerito y no gastemos, que él nos hace quimbombó con algo esta noche… y que, dime, cuántos son tus amigos esta vez, María-bonita. ¡Ah!, los tiempos lindos aquellos, como prensa des-acreditada.

Le explico al señor que sí, que he venido en otras ocasiones, pero por mi cuenta, no por la “canalita”. Y miento un poco que este es el primer viaje por trabajo, así toda seria, como si yo misma me creyera que no vengo a Holguín en mayo como todo el mundo, a fiestear, a reencontrarme con gente entrañable, a tirar un poco el cable a tierra.

Al final, nada es tan distinto: he llegado por la lista de espera de una terminal y con el celular roto, sin saber dónde me toca dormir la poca noche que la juerga le deje al descanso. Me he tomado un bicitaxi por solo 15 pesos nacionales y el conductor me ha cuidado las maletas en lo que averiguo; he dado con el puesto de mando de la Biblioteca Provincial y allí con la amabilidad de todo el mundo para cuidar mis bultos o para ofrecerme teléfonos sin candado con que llamar a cualquier parte. Dos nociones implacables mueven siempre a este evento y a la ciudad toda inmersa en él: la de la fraternidad y la de lo espontáneo. Muchas cosas no empezarán en la hora, el lugar o incluso el día indicado en programa; pero yo creo que de eso de trata un poco: de salir a dejar que lo que bulle por ahí te sorprenda. Salir a encontrar, a encontrarse, a ser encontrado.

Allá arriba de la Biblioteca hay como un recibimiento. Un muchacho ronco presenta el número de dos chicas con violín y chelo que hacen música clásica mezclada con background electrónico. El muchacho ya no tiene voz y esto apenas empieza, las muchachas de las cuerdas andan con los brazos pintarrajeados en una onda body-art y rasgan unas versiones hiphopeadas de Bethoven que están súper chéveres. Al fondo, una pizarra reza en trazos con plumón que para estas Romerías se esperan invitados de países como Alemania, Australia, Canadá, Chile, Fracia, México, Ecuador… algo más de una decena de naciones. En medio de la retreta, se pasa el trago de rigor (un Cubalibre) y luego vamos saliendo cada uno a nuestros destinos. Me espera el cuarto nueve del motel Don José, en la Plaza de La Marqueta, así que el concierto de Frank Delgado de esta noche lo podré escuchar hasta desde el balcón.

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Coma en cada edición de las Romerías, el desfile inaugural con motos clásicas y las abanderadas le imprimen un aire más juvenil al encuentroLos del Don José dormimos y nos bañamos allá, pero comemos en Hotel Turquino. Es la trashumancia de las fiestas del romero, importante no olvidar eso. Sirve para socializar, para conocerse la ciudad con los pies y para no ponerse gordo de tanta cerveza. A mí por suerte me han tocado los mejores compañeros de cuarto del Ejéééército Libertador, Laura y Henry, del Sistema Informativo y con ellos empiezo a planificarme la noche.

Llegar tan tarde ha hecho que me pierda miserablemente la conferencia de Luis Álvarez en La Periquera, que inaugura el congreso Memoria Nuestra; pero luego de un baño reparador parto rauda: inciso a) a merendar algo por ahí, un batido de esos espectaculares que hacen en la calle del Hotel Santiago; inciso b) a ver lo del Festival Internacional de Teatro Callejero, que termina siendo D´Morón Teatro y no el grupo Tecma que promete el programa para las seis (lo de la espontaneidad y las sorpresas, recordar de nuevo).

El barro humano de D´Morón repta con sigilo por la calle Libertad. Representan a la Cecilia de Cirilo Villaverde, con capataces y negros cargados de cañas y muchachas de trajes con mucho fausto y la cabeza troquelada de rolos y moños. Un séquito de extranjeros muy blancos dispara flashes sobre la estampa a destiempo de la esclavitud. Los lentes enormes de sus Cannon y sus Nikon son nublados de tanto en tanto por algún cubano imprudente que se les atraviesa en venganza con sus celulares “michi-michi” y les mortifican los planos, y filman y fotografían muy de cerca a los artistas, demasiado de cerca, con esa incomprensión tan nuestra respecto a los espacios personales.

Hay niñitas recién salidas de la escuela, con sus uniformes rojo y blanco, y abuelas con nietos, y parejas de noviecitos… La mayoría de la gente tira fotos con los ojos, que es la mejor de todas las cámaras, porque es la que toca gratis al nacer.

Yo como que no me lleno, he visto a esta gente representando una Ilíada monumental en el Festival de Teatro de Camagüey y ahora se me quedan un poco cortos. Aunque si me los pusieran a escoger, los prefiero en la otra variante del grupo, la que se muda par de veces al año a comunidades intrincadas en medio de la nada, para convivir durante un mes en la casa de las personas de pueblitos fantasmas a enseñarles a sanar su marginalidad con cultura. Puro sacerdocio del arte.

La obra va cayendo, como la tarde. Es hora de escapar a la azotea del Caligari, a compartir las cervezas de rigor con el profe Najarro, que vino otra vez de Camagüey. Todo está igualito a la imagen de mi recuerdo: los neumáticos enormes en el suelo, la gente desparramada sobre ellos, la música “anti-popular” que nos gusta, el chico probando su guitarra para empezar a descargar. Y entonces miro y veo a Hendricks, mi buen amigo Hendricks que par de mayos me le dio techo a la tropa… El Caligari es uno de esos lugares de ir a toparse con todo el mundo.

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...las muchachas de las cuerdas andan con los brazos pintarrajeados en una onda body-art y rasgan unas versiones hiphopeadas de Bethoven que están súper chéveres. La noche tiene dos paradas: las Tres Lucías, para el café de postre después de la comida y para ver por fin el documental Los amagos de Saturno, que trae la Muestra Joven del ICAIC; y después de las nueve, La Marqueta, donde va a descargar el inmenso de Frank Delgado.

Las Tres Lucías es el café de los cinéfilos. Sus paredes están tatuadas de celuloide por doquier. A mí me gusta sentarme cerca de la carita moza de Eslinda, no hay mayo que no la mire y me parezca que es igualita a Winona Ryder, o Winona a ella, claro.

El café está, capuchino y expreso; pero de la Muestra no hay señas. En el televisor, frente al público pegado a las tazas humeantes, Luis Miguel sacude su pelo de cuando lo tenía y canta algo. Saturno ni siquiera amaga. Laurita, Henry y yo nos reímos otra vez de esta epilepsia de inicios de Romería, y al final hacemos nuestro propio “panel teórico”, la mesa-debate “Triada del Capuchino”, donde desmenuzamos al periodismo nacional, y compartimos nuestras vivencias, inconformidades, episodios de censura o la sencilla atrocidad del desgaste cotidiano. Las Romerías es un poco también eso: un espacio físico-temporal para las saunas espirituales, una ciudad durante una semana a donde ir a coincidir con otros distintos para remendar tu fe.

Frank, por suerte, sí está en la Marqueta. Será el fin por todo lo alto de nuestra primera noche. Toca hasta pasadas las diez y media, con un muchacho instrumentista que hace del tres un escándalo. Revive con sus temas a muertos entrañables que no parece que se vayan a ir nunca, como el Santy y Formell; y a otros que ya nadie recuerda como Elián, esteee, no, Jassán, no, qué diga, Milán; sí, Milán Cundera.

La gente grita con él a toda voz “Carajo, Miguel” y aplaude en espasmos de risotadas. Y a veces tienen que soplarle un fragmento de sus propias letras, que se le olvidó de golpe. Los extranjeros tiran por alguna esquina sus pasillitos que dan grima y un grupillo de adolescentes se hace un selfie para guardar el recuerdo.

Yo le tomo prestada una frase al Che al visitar Machu Pichu y la tuerzo en mi mente: “es bueno encontrar un mayo y un Holguín sin anuncios de reguetón”. Igual tendré que volver a las bandas sonoras de mi P15, pero para eso falta. Ahora es Romerías, apenas la primera noche, y Frank rasga en su guitarra la salvación de Otra Orilla.

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