Actualizado el 13 de mayo de 2016

La última broma de Bladimir Zamora

Por: . 11|5|2016

Ahora pienso que quizás fuimos “víctimas” de la última broma del Blado...

El miércoles 4 de mayo corrió por la red un titular: El Caimán Barbudo está de luto: Bladimir Zamora Céspedes murió. Por unas horas, la noticia se adelantaba a la realidad. Pero esto tiene su historia:

Una semana atrás, llamo al Blado y él me dice que tiene un dolor en el estómago, que va al hospital. Como tres horas después, Joaquin Borges Triana (nos turnábamos en las llamadas desde hace cerca de dos años) me calma: “No te preocupes. Ya se le quitó el dolor, le dio por la cantidad de medicamentos pero le pusieron una inyección y se alivió”. Le digo: “Eso es una gastritis medicamentosa, pero no me gusta…”, y el Joaco: “Ahí está la doctora. Me das pánico cuando hablas así”. Entonces nuestro amigo todavía pensaba en venir a La Habana para celebrar las cinco décadas del Caimán.

Al otro día volvieron a inyectar al Blado. Luego comenzó con vómitos y diarreas de sangre y se lo llevaron al hospital. Comenzaron las llamadas, correos, a médicos, funcionarios, para que se preocuparan por el querido paciente del hospital Carlos Manuel de Céspedes. Averigüé el teléfono de la terapia y llamaba haciéndome pasar por médica. Racso hacía lo mismo, hasta se conocía el nombre de las enfermeras.

El martes decidieron que no se podía hacerle la hemodiálisis. Tenía prácticamente paralizados los riñones, más el hígado que apenas funcionaba por la cirrosis hepática, con los pulmones contrayéndose con respiración artificial, y el cerebro muriendo por la intoxicación debida al fallo renal y hepático.

El miércoles es día de Peña del Caimán, desde hace siete años. Mientras el ron y la música circulaban con el sabor especial de estos encuentros, el Joaco atendió una llamada del trovador Pedrito Beritán, quien a su vez dice haber recibido comunicación de Salvador desde Bayamo. “Murió el Blado”, rezaba la noticia; y Joaco así lo trasladó. Fidelito llamó a Anita, su esposa y también amiga de Blado, y de este modo empezó la cadena… Yo llamaba a algunos amigos, ella a otros.

Pensaba que lo único que se debía publicar era El Caimán Barbudo está de luto: Bladimir Zamora Céspedes murió. Pero el editor, nuestro eficaz Rafael Grillo, me convenció de que escribiera una nota. Lo hice, se la leí por el teléfono, me dio el Ok y la mandé a Racso para la web del Saurio, al tiempo que la colgué en Facebook, la envié a Cubadebate, Radio Reloj, Cubasí, porque el Blado se merecía que todos sus amigos supieran que decía adiós a la madre tierra.

Diez minutos después me llamó Anita y me dijo que desde Bayamo le informaban que el Blado seguía vivo. Entonces se armó otro corre corre, regando la ¿buena nueva? Pero ya, por ejemplo, Cubadebate lo había colgado. Quizás estuvo ahí por veinte minutos; y se destapó al abejero en la red:

“Habían preparado una nota antes de que muriera” (Lo cual es falso).

“No dicen la causa de la muerte” (¿Era necesario? Si en Facebook, Racso y yo escribíamos partes continuos.)

“Se publicó la misma nota en todos los lugares”.

Culparon a Cubadebate del error.

Me molesté mucho con esa cantidad de acusaciones. La única que puedo aceptar es que podría haberse confirmado con el hospital antes de escribir la nota. Pero es que la noticia parecía totalmente creíble, pues muy poco antes los mismos médicos habían asegurado que la situación del Blado era crítica y sólo cabía esperar.

Ahora pienso que quizás fuimos “víctimas” de la última broma del Blado, que vía telepática dijo a Salvador que había muerto, y este a Beritán, para que se soltara la bomba en el lugar ideal: la peña que justo él había creado y conducido por años junto a Fidelito. ¿Y a quién induce que le avisen? Pues al Joaco, el mismo que lo llamaba con frecuencia y se ocupaba de su bienestar. Por supuesto que el velatorio empezó cómo debía ser: entre canciones y rones, en el sitio donde aún reina su olor.

No habían transcurrido 24 horas y ya la noticia era cierta, a mí trasmitida por boca de su hermano. En Facebook, un espacio ignorado por el Blado, llovieron las notas de congoja por su deceso. Aparecieron amigos de diversos lugares. Algunos que incluso no lo veían desde el preuniversitario. Mientras en Bayamo, su querida cuna, se le rendía buen homenaje, su nombre se volvió recurrente en la red de redes. Estoy segura de que, con su sonrisa sarcástica, desde algún lugar me está mirando escribir estas líneas y dirá, a lo oriental y refiriéndose a internet: “¿Viste, tú? Esa cagá sirve para algo.”

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