Actualizado el 13 de junio de 2016

San Salvador:

La ciudad que no parece

Por: . 8|6|2016

Los vigilantes son una presencia constante en la ciudadEn la Zona Rosa de San Salvador, distrito florido de bares y apartamentos lujosos, se puede tomar el pulso de la vida nocturna. En La Ostra, digamos, jovencitas aindiadas bailan cumbia alzando los pies como si el piso ardiera. Entre el humo del cigarro y el de una máquina antediluviana, el Dj no para de interrumpir temas de Justin Bieber o bien Tito el Bambino o bien Celia Cruz, para mencionar nombres de sus conocidos tan desconocidos para el resto de la disco.

Una pareja se enrosca en el medio del salón, atravesado por luces coloridas y un ambiente vaporoso. La gente le deja sitio y cierta morbosidad pone a girar las caras, nadie sabe cuándo el beso pase a ser una nalgada, luego una teta afuera. El joven se empina la botella de ron, y ella sigue bailando como serpiente alrededor de una probeta etílica.

La cola en los baños es larga, un bostezo madrugante. Es el oasis hediondo donde puedes estar quieto, pero solo por un rato, lo que dure una meada. Los toques en la puerta no se hacen esperar.

Un amplio mesanini al final del salón exhibe muchachas con largas melenas de rojo intenso una, amarillo otra y negro la tercera. Pasan tipos y tocan las pocas partes con ropa, bailan un rato con ellas y se pierden en el humo. Las tres sonríen y cantan. Solo eso.

Esta noche mientras ellas, la pareja de limazas, y yo bailemos aquí, allá afuera matarán a 16 personas.

-Yo acá no bebo nada que no llegue a mí sellado.

-¿Y eso?

-Luego te secuestran o te desaparecen, y más que uno es extranjero –me dice un boliviano sudado como bracero. – Y te digo más, cubano, este bar está operado por la Mara 18.

San Salvador en la noche es manada de autos acechando a los fiesteros.

-¡Taxi, señor!

-No, gracias, ya vienen por nosotros.

Los taxistas forman flotillas para transportar grupos grandes. Hablan entre ellos a través de walkie-talkies, y a uno se le erizan los pelos de la nuca recordando al boliviano.

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Las mañanas comienzan con el graznido de un ave muy oscura de cola larga, parienta cercana del cuervo. Zonte, le llaman. Rompe temprano un canto de pájaros que me hace sentir en la selva. Algunas notas suenan a violinazo mal dado.

-¡Una moneda! ¡Una monedaaa!

La niña sin nombre lleva en una mano rosas plásticas y en la otra, otra mano más pequeña que la suya.

-¿Cómo se llama?

-Kim –me dice y levanta el brazo de su compañera-. Kim, de Kimberly.

Ella apenas musita alguna palabra que no sea dinero. Ella es ese diez por ciento de menores que dice la UNICEF trabaja en El Salvador. Ella es uno de los miles de casos que reportan los informes del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia explicando que el abandono y la mendicidad son de los principales golpes contra la infancia del país.

La niña sin nombre estira la parte superior de su pullover para que yo vea que no miente: Instituto de no-sé-dónde. El nombre maya no cabe en mi diccionario caribeño.

-¿Y las personas de ese sitio saben que estás aquí?

Niega la cabeza con los ojos como platos:

-Si se enteran se molestarían.

San Salvador es también la ciudad que no parece. Gentil hasta el cansancio vive el día a día. Incluso aquellos hombres de marrón que hormiguean las esquinas, las empresas, los hoteles, los grandes comercios, los restoranes chinos, Dollar City, el Trade Center, saludando y sonriendo, con un shotgun al hombro. Son los Vigilantes. Un oficio que va en alza ante la inseguridad, contratistas que llegan de casi cualquier sitio con licencia para tiros.

Yo vi a uno repartirle coscorrones a un niñato.

San Salvador es la urbe sitiada por sus miedos. La ciudad que tiene armas para estar más segura, pero un hombre armado es siempre un peligro.

-Los Vigilantes son muy enojosos. Gritan, amenazan. Uno, discutiendo con un civil se le acabó la paciencia y le pegó un disparo –me contó la dueña de una pupusería.

Ahora mismo entre las zonas más seguras de Sivar (nombre de pila de la ciudad) cuenta la colonia de Layco.

Cuando tomó posesión en 2014 el presidente Sánchez Cerén se negó a habitar la residencia presidencial.

-Ahora es una galería -cuenta una corresponsal extranjera que me recibe-, pasa solo por ahí a recepciones oficiales.

Austeridad fue su palabra de orden. Así que hoy vive, como antes de elecciones, en la casa 1046 de la 19 avenida norte y 31 calle poniente. Entre los árboles de los parterres se apostan soldados, y la vida sigue igual en las casas adyacentes. Ahora, por supuesto, temiendo menos la noche.

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No he paseado Nueva York en el auto de Rihana, pero sí San Salvador junto con Gabby Chacón.

Sonriente y gentil. En la valla publicitaria de camisas anchas, conduciendo a Santa Tecla, en los jingles de Radio Progreso, en portadas de CD, en el clip más reciente en Youtube.

Su presencia significa al menos una persona exaltada, que la reconoce e indaga si algo se nos ofrece. Ella debutó desde la adolescencia con discos y en shows televisivos. Su paso y ascenso a la final del reality El número uno le dio visibilidad para el gran público más allá de la iglesia, donde ya había estrenado su potente voz.

-Cuando di ese paso fue muy difícil. La mayoría de las emisoras cristianas no quería radiar mis temas. Algunas personas creían que negaba de mi fe, vea, que me había ido para el mundo –relata; una mano al volante del Kia azul cielo y otra acomodándose el pelo largo y brilloso.

En San Salvador abundan los templos protestantes. Entre 1998 y 2009 la presencia de esa comunidad pasó de representar el 20 por ciento de los salvadoreños a ser el 38.

Hay casos curiosos de esas edificaciones, como el vistoso santuario mormón, coronado con una estatua de oro, que está inutilizado gran parte del año. Tras sus paredes fastuosas solo se celebran bodas en las que participan los novios y el oficiante. Pero el resto de las congregaciones vive algo diferente, y es activísima socialmente. La influencia de la comunidad cristiana en la opinión pública es pasmosa.

-¡Lo único que nos puede detener para no cometer un acto de violencia es el temor a Dios! –decía un predicador. El Salvador es reconocido por la ONU como el país más violento del hemisferio. Lo que se habla en las iglesias es parte del día a día.

-A mi familia y a mí nos han asaltado ya unas seis veces más menos –dice Gabby y masca chicle mirando el retrovisor, frenando lentamente. Estamos en un embotellamiento, tan folclórico acá como las pupusas. Hace unos años el gobierno amplió créditos y los sansalvadoreños aprovecharon. Luego se dieron cuenta que tenían más autos que ciudad. Estimaciones de veinte minutos de viaje pueden acabar convirtiéndose en cuarenta.

-Un día me pusieron una pistola aquí –salta del fondo del Kia el hermano de Gabby, hasta ahora en silencio, y alza índice y anular a la altura de la sien-. Sentí que la cargaban. Eran seis: dos alante, dos atrás y uno a cada lado en sus motos. ¡Y eran unos bichos, como de mi edad!

Unos niños apenas, diríamos en Cuba.

Los atascos son un modo otro de ver la ciudad y su gente. Una señora desdentada se acerca a la ventanilla, Gabby le alcanza unas monedas, la mujer se aleja dándonos gracias y a Dios. En otra demora una mujer bajita y huesuda esperaba como semáforo en el medio de las vías con un niño de brazos y otro, más grande, que le hacía monadas para que sonriera. En el último, era noche, hombres descamisados soplaban buches de querosén para avivar una llama.

-Es en verdad lamentable –Gabby hace una mueca de pena con los labios carnosos.

-Mejor eso que robar –le digo y me escucho duro.

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Contrario a La Habana o a otras ciudades cubanas, el pavimento en San Salvador sube y baja, como si rodáramos sobre un dragón con escoliosis.

Una vez que muere el sol, el verdadero alumbrado público es el de las vallas publicitarias. (Messi, por ejemplo, proponiéndote un Rolex.) Si Starbucks, Wendy´s, McDonalds o Pizza Hut se largaran buena parte de estos predios quedaría a oscuras. Quizá solo iluminado Antiguo Cuscatlán.

El barrio dejó de ser hace tiempo un sitio residencial para convertirse en bazar gastronómico. El plato fuerte: pupusas. Casas y casas y casas anunciando neoninas que se vende ahí el alimento nacional.

Los paseantes ni se fijan mucho en ellos, ya tienen el preferido entre decenas de establecimientos, pero para un recién llegado puede resultar sobrecogedor.

Habitualmente en garajes, las pupuserías amasan tortas bien de maíz, bien de arroz, a la vista del cliente. Unas mujeres bajitas galletean sonoramente las bolas con manos aceitadas. Crean un plastón anónimo. El relleno le pondrá nombre: carne de cerdo ripeada (chicharrón, le llaman), queso, frijol (molido, siempre molido), chayote o loroco, una flor autóctona que el paladar salvadoreño no perdona. (Igual suerte corre, pero en otros platos, la flor nacional, el izote).

Tiran la torta a la plancha hasta que el queso se derrama por alguna abertura.

Lo arenoso en la pupusa se diluye mezclándola con encurtidos picantes a base de zanahoria y col troceadas. Siempre acompañan el plato en grandes envases.

Y luego a comer con las manos. Quien ose hacerlo con cubiertos puede ganarse el cartel de agringado.

Gabby pide cuchillo y tenedor. Los pide a la dueña de la pupusería, que es joven y amiga de años, tratándola de usted. Aquí es así. Entre desconocidos y amigos, de madre a hijo, cuando se enamoran. es una mala palabra que los cubanos dejamos escapar como una victrola la música.

El Salvador es tan gringo como Cuba china. En 2001 al presidente Francisco Flores le bastaron seis meses para dolarizar la economía sin preguntarle a nadie. La Gran Vía es un mall como el mejor de Atlanta; Starbucks sirve el café que sale de la montaña, pero anota el nombre del consumidor en el envase, al estilo del norte. ¿Yoe? Sí, con ye.

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