Actualizado el 29 de septiembre de 2016

Juan Carlos Flores:

Poeta… y nada más

Por: . 23|9|2016

Imágenes tomadas de Internet

1.- Franja

Extraño sitio y extrañas las palabras que lo nombran.

Soy un hombre obstinado, la idea era viajar para disminuir el

mal que padezco, gran mal o pequeño mal y sus daños

colaterales, sé que he de vivir mi vida entera soportando el

mal que padezco, y sus daños colaterales, sé que la causa

verdadera de mi muerte será el mal que padezco, gran mal o

pequeño mal y sus daños colaterales, no la presentación

pública del mal que padezco, grandes o pequeñas

representaciones, ni lo que daño colateralmente. Llevo diente

de ajo y otros atributos todo el tiempo, en el bolsillo trasero

del pantalón, pero esta táctica familiar tiene sus fallas. Necesito

pisar mierda, si fuera posible pisar mierda de vaca. Solo

encuentro terrones, la fauna está contraída.

Extraño sitio y extrañas las palabras que lo nombran.

………

El autor del texto anterior, Juan Carlos Flores, fue alguien que comprendió que la poesía se hace con drama, con dolor. Desde la mañana del miércoles 14 de septiembre, cuando su cuerpo apareció colgado en el balcón del apartamento en que residía en la zona 6 de Alamar, ya no está entre los vivos y ha pasado a ser alguien recordado con amor. Lo que para nada ha cambiado es su condición como uno de los más grandes poetas no solo de nuestra generación, esa del decenio de los ochenta (protagonista del renacimiento del arte y la literatura en Cuba), sino de las últimas décadas del siglo XX y de lo que va del presente, para no ser en demasía absoluto y decir que entre nuestros hacedores de versos, él es uno de los de mayor autenticidad, sin distinción de época.

Cuando evoco a Juanca, como le llamé con el transcurrir del tiempo a partir de que nos conocimos una de las tantas noches en que coincidimos en la antigua Casa del Joven Creador en la Avenida del Puerto hace más de 25 años y descubrimos nuestra mutua pasión por la obra del vanguardista Rolando Escardó (muerto a los 35 años en un lamentable accidente), no me queda otro remedio que pensar que ser un destacado poeta cubano es sinónimo de padecer una enfermedad de corte terminal. Quien dude de semejante afirmación, recuerde solo los casos de Raúl Hernández Novás, Ángel Escobar o el más reciente antes que el de Juan Carlos Flores, el villaclareño Heriberto Hernández, por solo mencionar unos nombres.

O, pensándolo una segunda vez desde una perspectiva diferente, quizás no…, y ser suicida sea parte también de nuestras más auténticas tradiciones, un rasgo de una u otra manera esencial de “lo cubano”, a contrapelo de la imagen estereotipada de nuestra gente como un pueblo alegre, siempre presto para la rumba y el choteo. DE lo contrario, ¿cómo explicar que las tasas de suicidio entre los cubanos durante todo el siglo XX hayan sido elevadas, al punto de ser próximas y en ocasiones superiores a las de varias de las naciones de Europa tradicionalmente suicidas y, además, alejadas de las cifras reportadas en los países de América, África, el sur europeo y Asia-Oceanía (con excepción de Japón, China Rural, Sri Lanka y algunas islas del Pacífico)?

Con lo anterior no se pretende expresar que la “alegría” no resulte un componente de suma importancia entre nosotros, los nacidos en la mayor Isla del Caribe. Empero, quizás el novelista Miguel del Carrión tuviese razón cuando afirmaba que la alegría del cubano es una alegría roída por dentro. De ahí que cuando supe la noticia del trágico final de Juanca, no me sorprendí en lo más mínimo. En el teatro de la realidad cubana, la pasión rompe todos los récords y, aunque sería cosa de un estudio sobre el “inconsciente nacional”, la reiteración del suicidio en nuestra cultura, con idénticas proporciones tanto entre los residentes en el país como en las filas de quienes conforman la diáspora, apunta a que esta es una práctica históricamente internalizada entre nosotros.

Visto por algunos como una de las personas que más ha creído en la poesía, Juan Carlos Flores escribió versos como este:

“Exiliado de mí, si pudiera regresar a algún sitio, me gustaría regresar a mí mismo, lugar con arboledas”.

Juan Carlo Flores, junto al poeta, amigo y fundador del grupo OMNI Zona Amaury Pacheco2.- Cuento de caza

Huye porque te muerde los pies. Hay un cocodrilo en el río

del pueblo. Hay un cocodrilo en el río del pueblo. Hay un

cocodrilo en el río del pue/

Todos dicen que hay un cocodrilo en el río del pueblo. Arman

una partida de cazadores, formada por los más osados y

después de una larga y minuciosa pesquisa dan caza al

cocodrilo. Un cocodrilo del tamaño real pero de goma y pintado

de azul. Qué decepción. De manera que la noticia era una

broma echada a correr por un bromista anónimo, el mismo

que colocó el cocodrilo de goma, el cocodrilo pintado de azul

en el lecho del río. Todos, sin embargo continúan diciendo

que hay un cocodrilo en el río del pueblo.

Huye porque te muerde los pies. . Hay un cocodrilo en el río

del pueblo. Hay un cocodrilo en el río del pueblo. Hay un

cocodrilo en el río del pue/

………

Nacido en 1962, los primeros ejercicios escriturales de Juan Carlos Flores los lleva a cabo en talleres literarios, donde por entonces comparte con jóvenes figuras como él, pero que luego serían de suma importancia para las letras cubanas. Son los casos de Armelio Calderón, Ismael González Castañer, Jorge Alberto Aguiar y Pedro Luis Marqués. En 1990 obtuvo el Premio David de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba por su libro Los pájaros escritos, publicado por Ediciones Unión en 1994 y con el cual recibió el Premio de la Crítica ese mismo año. Me parece que fue ayer cuando asistí a la presentación de dicho título, llevada a cabo en el contexto de la Feria del Libro de La Habana, efectuada en esa ocasión en los salones de Pabexpo. Aún conservo un ejemplar de Los pájaros escritos, dedicado por Juanca y donde me decía: “Para un ciego que ve claro”.

Desde lo que fue su ópera prima, se comprueba que Juan Carlos Flores era un poeta rebelde e iconoclasta, signado por la profundidad con que él entendía el hecho poético, en el que su lírica se centraba en preocupaciones de carácter cívico. En cuanto a lo estilístico, hallamos el predominio del verso en prosa, con la utilización de párrafos que tal parecieran ser monólogos, que se ocupan de la existencia de la gente común y por intervenir, de forma dialógica, en los acontecimientos que tienen lugar en la esfera pública.

Según Reina María Rodríguez, amiga personal de Juanca y quien prologó varios de sus textos, el sujeto poético de Flores era “un vagabundo que resiste las embestidas de un afuera soñado”. Ello se comprueba con la lectura de los poemas recogidos en el libro Distintos modos de cavar un túnel (Unión, La Habana, 2003), con el cual obtuvo el Premio de Poesía Julián del Casal, gracias a la belleza con la que aborda la expresión del horror de lo material.

Después le sucederían los poemarios Un hombre de la clase muerta (1986-2006), editado en 2008, y El contragolpe (y otros poemas horizontales) (Torre de Letras, La Habana, 2009). En Estados Unidos, Kristin Dykstra ha traducido al inglés los poemas de este ´último libro, para ser publicados en una edición bilingüe por la casa universitaria Alabama Press.

Tomado por más de un vecino como un loco que con sus escritos consiguió hasta viajar, Juan Carlos Flores escribió versos como este:

“Ser quien escribe o quien habla es habitar en un cementerio, pero dentro de una fosa común”.

Juan Carlo Flores, junto al poeta, amigo y fundador del grupo OMNI Zona Amaury Pacheco3.- Principado

Los idiotas me miran.

Sus miradas son paredes donde

rebota mi memoria, que es la esfera.

Aunque trillos existan hacia lo oscuro

numinoso de allá dentro ya no somos

los caminantes de esos trillos.

Costa norte/costa sur.

Las mismas aguas regresan a las

mismas playas de arenas movedizas,

extensión sobre la cual hay huella y

objetos. Todo lo que he buscado

escapa hacia lo rojo, sin embargo.

A los idiotas miro

Esta mirada es la pared donde

rebotan sus memorias, que son

esferas. Aunque trillos existan hacia

lo oscuro numinoso de allá dentro

ya no somos los caminantes de esos

trillos.

Casa tomada, dices.

Lo que soy y los que soy, todos dentro de una casa sostenida

por el horcón más débil.

………

Fundador del colectivo de arte multidisciplinar denominado OMNI Zona Franca, con el que participara en intervenciones públicas al corte de escenificar y cantar versos en calles y casas de Alamar, además de ser los hacedores de la puesta en marcha de los festivales de Poesía Sin Fin y núcleo central en un fonograma harto atractivo como Alamar express, tengo la impresión de que uno de los momentos en que sentí más feliz y menos críptico a Juan Carlos Flores fue allá por 2006. En ese año, gracias al apoyo de la embajada de España en Cuba, desarrolló un interesantísimo proyecto de poesía antropológica. Así, por una temporada, se trasladó hacia una localidad campestre del sur de provincia Habana y convivió allí con los que trabajan la tierra. de dicha experiencia realizó el CD titulado Vegas Town, en el que declama los poemas surgidos al calor de semejantes vivencias.

Hoy, que Juanca se suicidó o lo mató su enfermedad, cosa que yo no sabría definir, a manera de instantáneas, evoco algunos de los encuentros que tuve con él. NO preciso la fecha, pero en una presentación de El Caimán Barbudo en Alamar y donde leyesen poesía uno que otro integrante de OMNI Zona Franca, allí estaba Juan Carlos Flores. Esa tarde compartimos un buen rato (así como unos cuantos tragos de ron) entre amigos como el trovador Ray Fernández y los ya físicamente ausentes Blado (el caimanero mayor) y Armandito, el otrora realizador de nuestra revista.

La última vez que coincidimos y hablamos por breves minutos fue a propósito de la inauguración del espacio “El Ingenio”, en la Biblioteca Rubén Martínez Villena, en La Habana Vieja, iniciativa del también poeta alamareño Karel Leyva. En esa ocasión, Juanca celebró su cumpleaños 52 como mejor podía hacer, es decir, con una lectura de su poesía. Si el Alzheimer que comienzo a padecer no me juega una mala pasada, creo que entre los textos que le escuché decir esa tarde estuvieron “Sed”, “La fuente”, “Maratón”, “Mi maestro de kung fu”, “La máquina licuadora” y “Mea culpa por Tomás”. A mí me habría encantado oírle también otros como “Body art”, “Manual de instrucciones”, Poemas encontrados” y sobre todo, “El mensajero”, una auténtica maravilla en la poesía cubana de cualquier tiempo.

Ahora, mientras escribo, de un golpe vienen a mi mente los recuerdos de las no pocas ocasiones en las que en las distintas emisiones del desaparecido Festival de hip hop entre 1995 y 2001, organizado por el desactivado Grupo 1 en el anfiteatro de Alamar (todo un suceso en el devenir de la escena de Música Cubana Alternativa), me encontré en el público a Juanca. Probablemente de esas andanzas surja el hecho de que en cierta zona de su lírica, nos topemos con el empleo de una estructura en los poemas con la utilización prominente de la repetición, clara señal de la presencia de una estética minimalista y que ciertamente revela una conexión con la cultura del hip hop. No en vano escucharle decir sus poemas, verdadera fiesta para los oídos y para mí solo comparable a lo que acontece en las lecturas de ese gran poeta que es Omar Pérez (otro integrante fundamental de la extendida familia de los caimaneros), siempre me hizo evocar la figura del clásico MC del rap o incluso, una suerte de jazz poet.

Poeta más de una vez nombrado como “el Bukowski de Alamar” en virtud del sabio manejo que solía hacer de lo sucio o escatológico, Juan Carlos Flores escribió versos como este:

“Mi cabeza es un aspa, mi cabeza es un aspa, mi cabeza ha usurpado la función de mis pies”.

Amigos y admiradores de la poesía de JCF, llevan sis cenizas hasta la playita de los rusos...4.- Lugar de veraneo

El lugar donde perforadores bombas lanzaron/ petróleo no había pero quedó el lugar denominado “el charco de las bombas”/ alberca para los niños y los jóvenes/ narcisos que gustan de la musculatura/ de los ejercicios al aire libre y los juegos natatorios/ un agujero pardo-gris/ entre los campos de cultivos/ o el lugar donde perforadores bombas lanzaron/ petróleo no había pero quedó el lugar denominado “el charco de las bombas”/alberca para los niños y los jóvenes/ narcisos que gustan de la musculatura/ de los ejercicios al aire libre y los juegos natatorios/ un agujero pardo-gris/ entre los campos de cultivos/sobre esa agua entrampada/ flotan las vísceras de reses.

………

El miércoles 14 de septiembre debió ser un día más, típico del verano caribeño. Por la tarde, yo tenía planificado irme a la peña de El Caimán en la EGREM, en especial para celebrar el cumpleaños de Darío Alejandro, una de nuestras últimas y buenas adquisiciones en la publicación. Empero, una llamada al término de la mañana me hizo trasladarme a eso de las tres hacia el área de Cuatro Caminos, a fin de recoger un paquete de discos que me habían enviado. Yo sabía que estaba anunciada lluvia pero no imaginaba que sería tan fuerte y mucho menos que en la zona en que me encontraba, la red de alcantarillado público es una quimera o apenas funciona, por lo que el agua se acumula en magnitudes sorprendentes y que lo dejan a uno literalmente inmovilizado. Así que cuando vine a salir del sitio, ya era tarde para llegar a la peña.

Pero ese no sería el único pesar de la jornada. Cuando en casa descargué los correos electrónicos del día, recibí uno procedente de la revista artístico literaria Hypermedia Magazine, con un breve pero sentido texto del narrador Jorge Enrique Lage, en el que en un editorial/homenaje informaba del suicidio de Juan Carlos Flores. A partir de ahí comencé a leer en numerosos sitios de Internet las repercusiones por el acontecimiento. Sí me veo en la obligación de expresar que, con excepción del Granma, la prensa escrita, radial y televisiva en nuestro país ignoró olímpicamente el suceso, algo no extraordinario ni fuera de lo común, si se piensa que Juanca solo fue un Poeta con letra inicial en mayúscula, cierto que uno de los de mayor importancia en la literatura cubana reciente, pero nada más.

Algunas amistades de Juan Carlos Flores, en su mayoría pertenecientes al gremio intelectual, tuvieron la peregrina idea de gestionar que el funeral no fuese en Alamar (como le correspondía por el área de residencia) y que se trasladase su cuerpo al establecimiento de Calzada y K en el Vedado, lugar en el que con frecuencia se lleva a cabo el velatorio de personalidades de la cultura, así como intentar que se le concediera un ataúd de los destinados a figuras importantes, muy diferente del utilizado para el entierro de los ciudadanos de a pie. Empero, nada de tales (en mi criterio) fatuos pedidos ocurrió a la postre.

Por una amiga común que asistió al funeral, supe los detalles del velatorio en Alamar, al que no fui por tres razones. La primera, porque siempre he creído que dichos actos son expresión en gran medida de la hipocresía social, por lo que no suelo ir a casi ninguno ni tampoco aviso a nadie cuando he tenido pérdidas familiares. La segunda, porque el funeral era en Alamar, región de la capital cubana en la que nunca logro orientarme pues por su anárquica construcción, es el sitio más anticiego del mundo que he conocido, al punto de que en ocasiones he tenido que renunciar a la conquista del amor (o al menos, de los favores) de una que otra encantadora alamareña, por no verme obligado a transitar por ninguna de las zonas de esa joya perteneciente a la más selecta antología del absurdo, no solo arquitectónico o urbanístico. Y la tercera, porque en la actualidad, debido a problemas familiares, permanezco enclaustrado en mi casa, con excepción de mis salidas al patio bar de la EGREM. Sé que Juanca, uno de los tipos más anticonvencionales que he conocido, aprobaría mi proceder.

A varios días de ser cremado y esparcidas sus cenizas en el mar de la Playita de los Rusos en Alamar, lugar donde se bañaba de niño y que fuera testigo de la escritura primigenia de algunos de sus poemas, no puedo menos que pensar en el destino de nuestra (de)generación, como nos llamase el humorista Eduardo del Llano. Formados por la Revolución, al irrumpir en la esfera pública, formulamos nuestras propias propuestas creativas desde una nueva actitud: nuestro signo no sería ya el del pecado original y no éramos asalariados dóciles al pensamiento oficial.

A tres décadas del florecimiento de maneras renovadoras de expresión artística en Cuba y de haber vivido el trauma del incesante proceso migratorio de los amigos, varios de los protagonistas de aquel parteaguas en nuestra cultura han empezado a partir, ahora sí de forma definitiva. Santiago Feliú, Alberto Rodríguez Tosca, Frank Abel Dopico, Heriberto hernández y ahora Juan Carlos Flores (entre otros) nos dejan claro que, al margen de que nos aferremos a la utopía de querer tener a todos los amores reunidos a nuestro alrededor, a fin de cuentas no queda otro remedio que percatarnos de cómo ha crecido la ausencia.

Protagonista de memorables recitales concebidos entre el performance y el happening lingüístico, el Poeta rebelde e iconoclasta de Alamar, creador consciente de que nunca sería ni tan siquiera considerado para ser Premio Nacional de Literatura a pesar de merecerlo de sobra, Juan Carlos Flores escribió versos como este:

“la cigarra canta y cantar es el único sentido de su canto…, yo, no soy una cigarra. Ni siquiera tengo voz”.

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