Actualizado el 25 de octubre de 2016

Messi, Cristiano y cosas por el estilo

Por: . 23|10|2016

Se llama fútbol.  Se llama El Fútbol en la época de Messi y Cristiano. Y se ha implantado, orondo, en Cuba.“En España tenemos el Madrid-Barcelona. El Madrid representa el centro, la capital y la homogeneidad de la lengua española. El Barcelona representa la provincia y lo catalán. En el duelo se disputa el prestigio y la hegemonía de una ciudad sobre la otra; la cultura española homogénea y hegemónica contra la catalana. El famoso futbolista inglés David Beckham, que jugó en el Real Madrid, fue recibido con huevos en la ciudad de Barcelona y con una pancarta con la leyenda “Catalonia is not Spain”. (El fútbol nos une: socialización, ritual e identidad en torno al fútbol, artículo de Jorge Alberto Meneses Cárdenass)

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Hay algo que celebrar en estos tiempos en los que no nos queda mucho por lo que regocijarnos. Algo que produce el salto de esas lágrimas humanas que el abuso de telenovelas, campañas patéticas y melodramas terminó tapiando. Algo que consigue que un edificio de catorce pisos se estremezca a la hora en que la sopa está servida, y la sopa tiemble con los gusanitos de fideo como si hubiera un tiranosaurio de Spielberg trotando cerca. Hay algo. A primera vista, es sencillo. Tiene que ver con una pelota, una cancha, dos puertas con tejidos regulares y once jugadores contra otros once. Aún más, tiene que ver con la rivalidad de uno contra uno.

Se llama fútbol.

Se llama El Fútbol en la época de Messi y Cristiano.

Y se ha implantado, orondo, en Cuba.

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Cuando el niño Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro nació en Funchal, la capital de Madeira, Portugal, faltarían dos años para que Lionel Andrés Messi Cuccittini —ni siquiera un embrión por esos días—  naciera en Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina, un 24 de junio de 1987. No habría que esperar mucho, tal vez, para que se produjera El Fútbol en la época de Messi y Cristiano, porque ambos astros empezaron a mostrar sus descomunales talentos desde la infancia. Gracias a esto, el FC Barcelona se encargó de costear el tratamiento de la enfermedad hormonal de La Pulga, un niño diminuto, ensimismado y aparentemente deleznable que con una bola de fútbol y ese toque único en espacios reducidos, hacía que las líneas defensivas se licuaran en el campo, sin gambetas fuera de este mundo, sin mucho efectismo ni disparos poderosos fuera del área. Siempre da la sensación de que Lio no hace nada de lo que hace por impresionar a nadie, ni mucho menos a sí mismo; ya sabemos que el rosarino cobija sus emociones como un moái de la Isla de Pascua, o puede que simplemente no sea el hombre ordinario que suele rascarse la entrepierna antes de cobrar un penal y estrujar la cara como si hubiera chupado un limón criollo cuando lo tira a las gradas o pierde un partido. Aunque lo hayamos visto, con la gran carga frustrante que llevaría en sus espaldas, derramar su aflicción en el final de la Copa América Centenario frente a Chile.

El escritor argentino Hernán Casciari comparó a La Pulga con un perro. Una mascota sin inteligencia que tuvo tiempo atrás. Se llamaba Totín. Totín era completamente indiferente hacia el universo hasta que alguien en casa agarraba una esponja amarilla de fregar platos; una esponja en particular, se la mostraba y, justo ahí, el animal enloquecía. A este símil arribó Casciari después de ver en recopilaciones de Youtube cómo a Messi le ponían zancadillas en los partidos o lo agredían a patada limpia, y el gran futbolista se concentraba exclusivamente en controlar el balón del modo en que se fija la atención en aquello que encierra todas las razones de la vida, y el dolor físico o el resto de la humanidad fuera apenas una minucia. No había un acto de aislamiento, sino de intimidad, una intimidad en la que solo cabían el fútbol y él. Era la versión más Messi de Messi. Verdaderamente irritante. Verdaderamente imposible. Los entrenadores de los conjuntos rivales se mesaban los cabellos. Las estrategias caducaban gracias a un muchachito demasiado enrollado con la pelota, de un metro sesenta y nueve de estatura, y al que, en apariencia, nada más le importaba.

“Y entonces un día aparece un chico enfermo. Como en su día un mono enfermo se mantuvo erguido y empezó la historia del hombre. Esta vez ha sido un chico rosarino con capacidades diferentes. Inhabilitado para decir dos frases seguidas, visiblemente antisocial, incapaz de casi todo lo relacionado con la picaresca humana. Pero con un talento asombroso para mantener en su poder algo redondo e inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final de una llanura verde”, escribe Casciari en su blog Orsai, el 11 de junio de 2012, en un post que tituló “Messi es un perro” —evidentemente, no de la forma en que Baby Lores empleó en sus canciones el término.

“¿Ustedes sabían que Messi tiene el síndrome de Asperger? Es una forma leve de autismo, que le concede el don de la concentración por encima de todo y de todos”, dijo, con menos contrato retórico, el ex futbolista brasileño Romario, por su Twitter.

Jorge Horacio Messi, padre del crack argentino, respondió al brasileño diciendo que lo acusaría por levantar falsedades. Sin embargo, Romario no se vio envuelto en ningún problema. En cambio, a la familia Messi la sacudió un escándalo por fraude fiscal que provocó, al final de la cuenta, una condena a 21 meses de prisión para La Pulga, la pieza cardinal del equipo de los blaugrana de la Liga Española, su mina de oro.

Luego, el Barcelona se dedica a lanzar campañas en respaldo a Messi, mientras que muchos otros insisten en que el jugador excepcional cumpla las leyes como el resto de los mortales.

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En El Fútbol en la época de Messi y Cristiano hay un paraje biográfico en que se cruzan las historias de los dos futbolistas más aclamados del momento. Tanto Messi como Ronaldo se criaron en una familia de bajos ingresos. Fueron de la pobreza a la cúspide, realzando el sempiterno modelo de éxito: El esfuerzo y tu singularidad te sacarán del hoyo feo de la pobreza.

Por eso muchas de las esperanzas de los niños necesitados se depositan en el fútbol.

Cristiano Ronaldo vs Lionel Messi wall paperEl fútbol es un deporte que lo entienden incluso los que no lo entienden, como escribiera el periodista argentino Martín Caparrós. Es un mercado colosal que le exprime el jugo a las biografías y, por qué no, a las personalidades de sus figuras. Si el ególatra de CR7 se pareciera al manso de Messi, ¿qué gracia, qué condimento tendría su antagonismo, no?

“Las personas que me conocen bien, me adoran”, dijo Cristiano Ronaldo en una entrevista en el 2012, y uno piensa que es posible, porque a fin de cuentas se trata de un joven cuya mayor virtud y desgracia es ser quien es.

CR7, un monumento al atleta de alto rendimiento, un cañón en la pierna derecha, una celeridad y despliegue físico insólitos, anotó 31 goles en 30 partidos en la Liga de España 2013/14 con el Real Madrid, tiempo después de haber marcado su enorme diferencia en el Manchester United de la Premier League.

Su éxito no cuenta a secas en el fútbol. Fuera del terreno, el portugués confiere su imagen a marcas de ropa y otros productos, obteniendo ganancias millonarias cada año. Y, cada año, provoca una miríada de opiniones a su alrededor.

En una ocasión, CR7 dijo, tras un partido con el equipo merengue, que le tenían envidia “por ser rico, por ser guapo (galán) y por ser un gran jugador”. Ronaldo mide 1,85 m. Pesa 80 kg. Siendo más joven —antes de la prohibición— usaba aretes con los Red Devils, patillas en forma de estalactitas y mostraba una pequeña elevación del labio superior, siempre resaltada cuando corre o regatea soltando vapor. Ronaldo rechaza el consumo de alcohol y es muy cuidadoso con su apariencia, tanto que uno puede llegar a asegurar que el día en que desaparezca el six-pack de sus abdominales, simplemente no lo soportaría y se lanzaría por el primer barranco que encontrase.

En 2009, el Real Madrid desembolsó 91 millones de euros a Manchester United por el portugués, convirtiéndose en el jugador más caro del mundo. No fue una compra a la ligera. El club hacía de su inversión la sustanciosa movida que representaba poner a los dos mejores futbolistas de la Tierra en una misma liga, la BBVA, y en su par de equipos fielmente opuestos.

Y, como sea, valió la pena. Ningún club se arrepentiría de comprar al hombre alígero de papel, que se elevó a una altura de tres metros para cabecear la pelota y anotarle un gol hermosísimo a la selección de Gales en la Eurocopa de este año. Una lección. Portugal, el equipo que con mejores generaciones de futbolistas no conquistó nada de nada, ganó cuando solo tenía a CR7 en el rol protagónico, de primero en los créditos.

Michael Part, escritor y guionista estadounidense, es el autor del perfil  Ronaldo, su asombrosa historia. El texto cuenta a pedazos la vida personal del luso, como la parte en que CR7 sentía tal afición por el fútbol que en su hogar, en los días en que aún no podían darse el lujo de comprarle un balón, armaba bolas con sus calcetines y jugaba con ellos. También narra que le decían “Llorica”, porque si se emocionaba o entristecía, rompía a llorar, lo cual todavía no ha superado. Cristiano, además, fue bautizado Ronaldo en honor al actor y otrora presidente de Estados Unidos, Ronald Regan.

Entrevistado por Santiago Cruz Hoyos, reportero del periódico español El País, Michael Part comenta sobre la complejidad de la persona de Ronaldo. “Él sabe que la cámara siempre busca su primer plano, sus gestos y cada movimiento. Es una persona muy sensible y también es un actor, una estrella en ese gran escenario que es el fútbol”, dice.

Además, explica que la fortuna y la fama excesiva pueden ser muy destructivas en una persona. Part piensa que Ronaldo ha sabido manejarlo. Y que, sin dudas, se ha montado una dualidad. Hay un Ronaldo jugador y un Ronaldo comercial. El personaje público y el individuo real. Las implicaciones hacen que compararlo con Messi tienda a volverse superficial.

El Fútbol en la época de Messi y Cristiano.Así resulta infinidad de veces. El día en que Portugal se coronó en la Eurocopa de Francia, rápidamente algunas calles de La Habana fueron despertándose con un crescendo y se partieron en dos bandos. Un grupo ronaldista colgó la bandera de Portugal en la verja de un círculo infantil, después subió una música a todo volumen; pero lo más ferial sucedió cuando un seguidor de Messi pasaba como gacho, como un perro —no el perro descollante de Casciari— al que acabaran de apalear por lanzar una dentellada a la canilla del vecino y titubeara entre el instinto de volverlo a hacer y la reprimenda de su dueño. Entonces los ronaldistas le gritan que el astro argentino es un muerto, un penco, un sin corazón. Y el seguidor del rosarino levanta el mentón muy despacio, como si lo tuviera de plomo, y espeta sacando todo el grueso de su voz adolescente, con aire aforístico: “Messi es un salvaje”.

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—Cristiano Ronaldo, rey de los metrosexuales, no deja que le crezca un vellito ni se pinta el cuerpo, creo que modela para una marca de cuchillas de afeitar; al revés, Messi sale con una barba colorada, se tatúa el nombre de su hijo Thiago en una pierna y se cubre los antebrazos con tinta. Yo soy una mezcla de los dos, no tengo tatuajes pero soy un barbudo, la única diferencia es que mis pelos son negros —dice José Manuel, un amigo estirado, de huesos grandes y nariz chata con el que voy a patear una pelota en algunas tardes, y que vive convencido de que el fútbol desplazó al béisbol en Cuba.

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El caso de Cuba no es tan grave como el de otros países, por ejemplo, México, donde el autor de un artículo de socialización, ritual e identidad respecto del fútbol, el investigador Jorge Alberto Meneses Cárdenas se pregunta: “por qué los jóvenes rechazan el uniforme escolar, pero portan con orgullo la playera de su equipo, y de qué manera se explica que los jóvenes no participen con disposición natural en el canto de su himno nacional, pero gustosos canten himnos y canciones de su equipo de fútbol”.

En El consumo cultural: Una propuesta teórica, el argentino Néstor García Canclini dice: “La gente consume en escenarios de escala diferente y con lógicas distintas, desde la tienda de la esquina y el mercado barrial hasta el supermercado y los macrocentros comerciales. Sin embargo, como las interacciones multitudinarias y anónimas de los malls y la televisión se hallan cada vez más entrelazadas con las interacciones pequeñas y personales, se vuelve necesario pensarlas en relación”.

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Un miércoles de julio, yo estoy pensando durante un respiro en cuánto me agrada esa rivalidad vacía y al mismo tiempo benéfica que alcanzamos José Manuel y yo. La dicha de mantenerla y de no quitarle. Él, un hincha casi enfermizo del Barça, bufa al intentar un desborde que ya se le queda flojo. Yo, medio fiel al Real Madrid desde la Era Galáctica, lucho recortando de un lugar a otro, tirado hacia el lateral, hasta que me arqueo por la falta de aire y me dejo caer de inmediato en el césped. A los treinta años y con la reducción de horas de juego, nuestras condiciones no son las de hace un lustro o más. Pero tratamos de comportarnos igual: contar siete pasos con pies número 43 que harán la medida de la portería, encajar dos palos de madera en el terreno que antecede al arrecife, golpeándolos con rocas como el simio de 2001: Odisea del espacio. El terreno no se ha ablandado lo necesario porque ha recogido solo unos goterones ralos de lluvia, por lo que la rociamos un poco hasta que los duros granos forman una pasta carmelita que cede. Después, el primero que anote diez goles gana. Simple.

—Tenemos la edad de CR7, que ya a estas alturas no es el de antes— digo, y José Manuel nada más jadea. El terreno se nos ha vuelto inmenso. Un día se nos triplicará, y no podremos reducirlo.

Entretanto, sospecho que Ronaldo no es el Ronaldo que conozco, sino el tipo que me han vendido, el personaje vanidoso y arrogante que se ha tenido que montar un muchacho con una belleza bastante vulgar por atraer la atención mediática. Tampoco me trago la modestia de Messi, igualmente me huele a teatro, a vitrina. Una cosa similar me pasa quizás con la bravuconería de macho de Hemingway y los que pregonan por todos lados una calentura por Cortázar. Lo auténtico de Messi y Ronaldo es la sobrada calidad futbolística que tienen, el juego epatante que generan. No creo ni en La Pulga ni en el CR7 mediáticos, al igual que no deberían hacer caso de ellos los comentaristas deportivos.

Pero nada me alarma tanto como cuando me pongo, por distracción, a escuchar a los grupos de estudiantes de secundaria y preuniversitario que se concentran en las cercanías de los edificios; y resulta que no tienen más temas de conversación que la supremacía de Messi o de Cristiano, después del asunto del reguetón. Me da cierta pena, cierta inquietud. José Manuel tiene una conjetura: El canal Telerebelde comenzó a trasmitir partidos de las Grandes Ligas por temor a que la falta de atractivo de la Serie Nacional de Béisbol atentara contra el carácter masivo del Deporte Nacional, pero en las calles el Deporte Nacional es el fútbol. El Fútbol en la época de Messi y Cristiano.

Messi, Cristiano y cosas por el estiloNunca se vio un pique semejante. A Pelé y a Maradona les tocó una vía libre, un mercado más inerme. A mí me corresponde oír en mi cuarto, a las doce de la noche, que un mozuelo fuera de sí le grite a otro que lo mira desde un plano contrapicado: “Asere, tú no sabes ni cojone de fútbol”.

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