Actualizado el 2 de noviembre de 2016

Sobre el Premio Nobel de Literatura

Por: . 31|10|2016

Las personas en el fondo se habrán dado cuenta, casi instintivamente, que los Premios Nobel, junto a los Oscar o a los Grammy, significan muy poco en sus vidas. Tras la ceremonia y los titulares, resultan un tanto inútiles. Ha pasado casi un mes desde que el Premio Nobel de Literatura 2016 fuera otorgado a Bob Dylan y poco a poco desciende el número de comentarios que se le dedican por minuto. Así funciona la información. Las personas en el fondo se habrán dado cuenta, casi instintivamente, que los Premios Nobel, junto a los Oscar o a los Grammy, significan muy poco en sus vidas. Tras la ceremonia y los titulares, resultan un tanto inútiles.

Las noticias cubren un papel de lo más curioso en el mundo contemporáneo. Son una excusa para hablar. Se habla de la paz en Colombia, o de las elecciones en Estados Unidos, y se hace habitualmente con un conocimiento muy vago de cada tema. Datos lejanos y confusos. Apenas nos enteramos de un hecho y ya queremos dar nuestra opinión. No porque nos interese, sino porque algo uno tiene que decir. Como el chiste de un niño, que suele ser forzado y accesorio. Seamos sinceros, ¿cuántos de los que criticaron la decisión de darle el Nobel de Literatura a Bob Dylan tenían por lo menos una alternativa mejor en sus cabezas?

Y soy de los que creen que no debieron dárselo, aclaro, y no me siento particularmente ofendido por el hecho de que la mayoría de los que apoyaron mi decisión no supieran de qué estaban hablando, aclaro, solo digo que me parece curioso el fenómeno en sí. El interés o la indignación que las personas sintieron ante una noticia, seguido de su indiferencia tras un breve período de tiempo.

Una amiga que como yo criticó la decisión, lo hizo desde la perspectiva de que la literatura cada vez está más desplazada en el mundo, y que por tanto el Nobel de Bob Dylan era la certificación de una sentencia de muerte. El pensamiento me estremeció, porque en el fondo ya lo presentía. La literatura cada vez está más cerca de convertirse, como las artes plásticas, en un residuo, en un par de instrumentos sobre una mina agotada. Aunque (vale la pena distinguir), a diferencia de las artes plásticas, la literatura no corre el riesgo de morir por agotamiento, sino por asfixia. La competencia con el cine, la televisión e inclusive (por cuestiones de tiempo y esfuerzo visual) los videojuegos.

¿Qué debe hacer el Nobel? ¿Seguir la corriente por temor a quedar obsoleto o intentar cambiar la corriente, con los riesgos que implicaría hacerlo? ¿Pero qué repercusión tiene a fin de cuentas la noticia de que el jurado ha dado el premio a uno u a otro autor? Las personas la escuchan, la comentan, y luego siguen sus vidas. ¿Cuántos empezarían a leer a Philip Roth o a Murakami solo porque fueran merecedores del Nobel? Desde esa otra perspectiva (que apoyo con dolor en mi alma), parece que estamos condenados de cualquier forma. La decisión del Nobel no es siquiera criticable, mucho peor: es invisible.

Y soy de los que creen que no debieron dárselo, aclaro, y no me siento particularmente ofendido por el hecho de que la mayoría de los que apoyaron mi decisión no supieran de qué estaban hablando, aclaro, solo digo que me parece curioso el fenómeno en sí. Philip Roth y Murakami pueden dormir tranquilos. No han perdido una enorme oportunidad. Ya no hay nada que puedan hacer. No hay nada que puedan cambiar. Son las últimas chispas de una llama que agoniza. Son los dioses de una ciudad deshabitada, solos y tardíos. Su encanto para las personas, como el encanto de todos los escritores de hoy y los de mañana (probablemente), es el de no ser contemporáneos. Un músico o un cineasta pueden ser contemporáneos. No así un escritor. Pensemos en las fotos de contraportada, sepia o blanco y negro, el escritor con su mirada fuerte, es un viejo artesano que ha venido a conocer el mundo demasiado tarde, pero el libro está ahí, todavía queda, todavía puedes comprarlo. La mayoría de las grandes editoriales promocionan a los escritores vivos como si ya estuvieran muertos. ¿De qué otra forma los ve la sociedad? Sin importar lo que produzcan, su imagen será digna de lástima, e incluso de admiración y respeto, que acaso serán peores. El escritor contemporáneo recibirá una admiración previa y gratuita, semejante a la recibida por los tocadiscos. Terrible incomprensión.

Escribe Cioran que un aborigen se esconde durante el exterminio de sus semejantes. Resiste durante muchos años hasta que por fin se entrega, seguro de que van a matarlo. Sucede todo lo contrario. Lo reciben con júbilo y alabanzas. Es en verdad el último.

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