Actualizado el 17 de noviembre de 2016

Dr Jekill and Míster Hyde se mudan al Cerro

Por: . 13|11|2016

Los desechos del alma. Se trata de una recopilación de imágenes acerca de lo retorcido de la naturaleza humana, del estado de remordimiento y culpa por desear, o haber hecho algo que va contra las normas de la moral o el sentido común de la sociedad.

Fotos de Alba León Infante

UNA DE ESAS NOCHES

En una de esas noches que caminaba el Parque G hacia arriba y hacia abajo, cuando era todavía un adolescente atormentado, con mis amigos buscando novias o, como mínimo, algo de diversión que no fuera la del barrio, nos encontramos, sentados en una esquina, a un grupo de esos que llamábamos entonces frikys verdaderos, quiero decir, frikys que notabas que eran de los de antes, de los del Patio de María y esas historias, no solo por su ropa sino también por su pose, en realidad la ausencia de ella, pero sobre todo por las miradas de insomnio, el cansancio de sus gestos y la conciencia de ser una especie en extinción en la sociedad cubana.

Nosotros no queríamos ser frikys, hablo de mis amigos y yo, pero admirábamos en silencio la manera en que aquellos seres alucinantes se resistían, con estoicismo y una misteriosa tolerancia, a la invasión de decenas, a veces cientos, de púberes y otras alimañas que cubrían las calles de la Avenida de los Presidentes los fines de semana. El lío era que para la gente de mi edad no “había más nada que hacer”, aparte de caminar, cansarse, dar chucho, tomar unos tragos y regresar un poco tarde, quizás borrachos, pero con la certeza de estar cumpliendo con los rituales de turno de la época.

Pero esa vez fue diferente, esa noche, mientras observábamos a los frikys conversar y empinarse de sus botellas de vodka, uno de ellos llamó a alguien del piquete: Ariel,  dijo y todos miramos al nombrado con asombro. Siempre he sido un cobarde, tanto que soy el primero que desconfía y se pone en guardia, y esperé la reacción de mi socio. Ariel, se repitió el llamado y mi amigo no atinó, hasta que el que lo llamó se levantó, alegre, fue en su dirección y lo pudo ver de cerca. Francoi, qué tú haces aquí, preguntó mi socio; el friky que venía hacia nosotros iba vestido de negro, llevaba pinchos y collares, barba y despeinado; le respondió que eso era lo que se preguntaba él, con cara de mira donde estás, y de pronto se abrazaron y besaron en las mejillas. Ninguno de nosotros acertaba a decir nada, hasta que nuestro amigo nos anunció, este es mi hermano Francoi, y respiramos aliviados.

Nos invitaron a sentarnos con aquel grupo y fuimos. La menor de ellos tenía veintitantos años y treinta y pico el mayor; o sea, muy viejos para nosotros y por sus pintas bien podían ser miembros del Consejo de Ancianos Frikys, si hubiera habido algo parecido. Sin embargo, nos dieron de su vodka, tenían varias botellas, y siguieron con sus discusiones. Poco a poco los recién llegados nos fuimos integrando en la mecánica; primero con cautela y después más sueltos, comenzamos a intervenir en las conversaciones, yo muy motivado por impresionar a la amiga del hermano de Ariel, que era toda una belleza. Conversamos sobre lo obvio: la política, el sexo, la juventud, sobre música, cine, poesía y arte en general, de todo un poco, pero recuerdo que al final el asunto más o menos giraba alrededor de la hipocresía, de cómo la gente fingían o preferían mirar para el lado, por miedo sobre todo, para no ver lo feo, lo podrido, lo real. Se notaba que los frikys, que ya me parecían gente normal y hasta me caían bien, hablaban desde la experiencia de grupo y el radicalismo de haber soportado toneladas de presión, discriminación social, cultural y política por el hecho de vestirse, escuchar un determinado tipo de música, o tener supuestas ideas políticamente incorrectas; pero lo que me sorprendía era que no hablaban con rabia, al contrario, hablaban desde la libertad de no tener que fingir demasiado acerca de ellos mismos y el orgullo de restregarle eso a los demás. Para un adolescente de catorce o quince años, con los conflictos clásicos de identidad, aquello era impresionante.

Desechos del alma (2)Sobre las cuatro y media de la madrugada, ya todos en estado avanzado de embriaguez y cuando no quedaba nadie alrededor nuestro, llegó un muchacho rubio, desaliñado, parecía también borracho por su caminar y venía acompañado de una trigueña preciosa de ojos azules con una guitarra, preguntó si podía sentarse con nosotros porque “no quedaba nadie más en el parque”, y se sentó, casi sin esperar la respuesta, su novia no se sentó al lado de él, sino en el otro extremo del círculo, o sea, al lado mío. Nadie les hizo caso durante algún tiempo, y yo no me atrevía a mirar hacia mi izquierda, casi nos habíamos olvidado de ellos hasta que el rayado de la guitarra empezó a sonar, primero bajito, y después más alto. El rubio cantaba Mi girl, mi girl, don´t lie to me, tell me where did you sleep last night y miraba hacia abajo y el pelo le caía sobre la cara, terminó casi gritando con una voz rayada que le hacía contorsionarse mientras tocaba. Era la rabia y la tristeza de su voz una súplica hacia alguien; levantó la vista hacia la trigueña de ojos azules y en ese momento nos dimos cuenta de que los dos estaban llorando, el maquillaje de ella se había corrido, pero seguía siendo bella incluso en ese estado, quizás más. No dijo una sola palabra en todo el tiempo que estuvo sentada allí. De pronto el rubio se paró, dijo: nos vamos, gracias piquete y se despidió; ella se fue con él y se alejaron en dirección a la calle Línea, en diez segundos, quizás algo más, nadie dijo nada, hasta que Francoi rompió el silencio: Ya casi son las cinco y media, vamos a coger la guagua. Fue la primera vez que amanecí en la calle G.

Desechos del alma (4)DIEZ AÑOS DESPUÉS

Más de diez años después, el artista visual Francoi G. Pérez nos presenta la exposición Los desechos del alma. Se trata de una recopilación de imágenes acerca de lo retorcido de la naturaleza humana, del estado de remordimiento y culpa por desear, o haber hecho algo que va contra las normas de la moral o el sentido común de la sociedad. La muestra versa sobre los efectos secundarios de la hipocresía. (Y es como una continuación de aquella conversación en el parque G).

El artista hace énfasis en los sentidos primarios: ver, escuchar, tocarse, hablar, saborear, busca quizás una retrospección hacia la psiquis para lograr una respuesta en el espectador. El artista es un provocador, y si bien la técnica no está lo suficientemente depurada, la expresión de los modelos: él mismo y su novia, obligan al público a reflexionar acerca del sentido de vivir en estado perpetuo de autocensura.

El acero frío de unas esposas en un cuerpo desnudo, la lujuria de desear lo prohibido, la mujer del prójimo o la sobrina adolescente que despunta, el instinto suicida, ese masoquismo de gozar con la negación del placer. La certeza de que la finitud de la vida no está solo en la muerte sino en la posibilidad de autolimitación de los sentidos. La culpa de haber roto las reglas aparentemente sagradas y ese insomnio de que tu cara delate la supuesta suciedad, de eso habla Francoi, de ese ser humano doble o triple que nos acoge en un solo cuerpo y que parece estar a punto de transformarse en un ángel o un monstruo dependiendo de la oportunidad. De ese ser humano que saludamos todos los días y que somos la mayoría. De nuestros particulares Drs. Jekyll and Mrs. Hyde.

Desechos del alma (5)Es cierto que podríamos pedirle también a Francoi un poco más de osadía y complejidad en la composición. Siento que puede haberse quedado con la epidermis en ciertas poses, es probable que sus próximos trabajos superen ciertas limitaciones formales; más, se siente en la soledad de la galería esa sensación de desamparo que queda cuando estamos desnudos y enfermos, en un hospital, después de una convalecencia, y todo un año de medicina nos ha registrado el cuerpo como si fuéramos un ratón de laboratorio. Esa debilidad, ese desparpajo de llegar al fondo y que no importe lo que hay para ofrecer, es lo que se siente cuando se entra a la galería Teodoro Ramos, del Cerro, por estos días. Es la misma que tenía un borracho que dormía su mona, todo desgreñado y sucio, en el portal de la galería cuando llegué. Quizás Francoi le pagó al borracho, aunque es poco probable, quizás el borracho se bebió el contenido de las botellas que forman la instalación “La última resaca”; y si ese fuera el caso me parece perfecta esa manera performática de recibir al público que tiene el autor de la exposición Los desechos del alma.

Intuyo que el artista seguirá trabajando los conflictos asociados a la luz y la oscuridad. Es algo que lo persigue. En estos días y por motivos de salud, porque tiene dificultades en la visión, vaya ironía, Francoi debió pasar tres días y tres noches encerrado en un cuarto oscuro cumpliendo un protocolo experimental para su enfermedad. De las preguntas que se hizo en ese tiempo, de sus angustias, alegrías y dolores, es muy probable que nos vuelva a convocar para otra exposición y entonces veremos qué se trae. Por lo pronto nos invita a apreciar los desechos de su alma y, ya de paso, alguno de los nuestros.

Categoría: Artes plásticas | Tags: |

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