Actualizado el 28 de diciembre de 2016

Cirules, un auténtico “cazador” cubano

Por: . 26|12|2016

El mayor enemigo de un cazador nato de leyendas, es siempre el tiempo.Fue el viejo Antonio el primero que lo incitó a descubrir aquellos parajes que solo conocía por las historias de corsarios y piratas. Tenía apenas 10 o 12 años cuando decidió comprobar por sí mismo lo que contaban en su pueblo. “Si dejas amarrado un caballo por la noche en Cayo Romano, al otro día amanece muerto”. Las oleadas de jejenes y mosquitos no permitían otro destino.

Pero él nunca tuvo miedo, aunque parecía bastante arriesgado atravesar las zonas casi intransitables que conducían desde Nuevitas a Cayo Romano, Cayo Guillermo y Cayo Coco, para encontrarse con la naturaleza más abrupta. Realizar esa travesía era como viajar a un país lejano, al núcleo de una tierra salvaje solo desafiada por aventureros y por locos.

Ese fue el comienzo para Enrique Cirules, escritor cubano, cazador ávido de los mitos y la historia; el hombre que se atrevió a fabular desde lo real para mostrarnos los días cubanos de Ernest Hemingway, “ese desconocido”; el nos llevó por los caminos de la Gloria City, y hurgó en una Cuba subterránea donde la cocaína corría como agua de cabañuelas.

Su primera gran decisión: ver con sus propios ojos esos lugares contados por pescadores, tortugueros y navegantes. Luego, aprender el oficio, pulir la vocación, reunir las armas precisas.

Su bibliografía reúne un puñado de libros imprescindibles: La vida secreta de Meyer Lansky en La Habana, Conversación con el último norteamericano, La saga de la Gloria City, El imperio de La Habana, Hemingway en la Cayería de Romano. Varios años después, llegó a la Gloria City, una tierra que hacía poco honor a su nombre. (Sí, un lugar supuestamente “paradisíaco”, que desató el primer éxodo de norteamericanos a Cuba y que resultó ser una zona casi desierta, ubicada cuatro millas al oeste de la bahía de Nuevitas, en la provincia de Camagüey.)

Cuando puso sus pies allí, conservaba cierto estilo salvaje, pantalón de cuero y botas coloradas. Había decidido dedicarse en serio a la literatura, aunque eso implicara dormir en “cualquier bajareque” y vivir de modo precario. En ese momento optó por quemar todas las naves y dejar solo una en pie.

Simplemente lo supo. Sería escritor.

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Cirules, el Autor, sostiene más de siete décadas sobre los huesos pero no en los ojos. Sus ojos se detienen en distintos tiempos y se resisten a envejecer. Conserva el espíritu inquieto, las destrezas de cuentero excepcional. Si lo miramos de cerca encontraremos que parece más un hidalgo que un pirata; un literato con alma de trotamundos.

Estamos en La Habana, en Casa de las Américas, en el año 2015 y todavía ningún titular sabe de su muerte que acontecerá en diciembre de 2016. (Hay asuntos que no ha contado y que solo conoceremos después, por ejemplo, la voluntad de que sus cenizas se esparzan en las aguas de la Bahía de Nuevitas, frente a la Punta del Guincho).

Por ahora, volvemos al origen. No hablamos de ninguna muerte, pero sí de su nacimiento a la literatura en un pequeño pueblo camagüeyano sin libros ni bibliotecas.

“En mi comarca florecían muchas historias. Esto ocurre cuando una poderosa cultura está castrada, no tiene grandes posibilidades de mostrarse; la gente es analfabeta y los relatos se van albergando en la memoria de la comunidad. Era muy incitante. Después descubrí todo aquello por mi cuenta. Ese mundo me entró por los ojos desde el conocimiento y la experiencia.”

Cirules recuerda especialmente cuando le regalaron El tesoro de la juventud, con el cual conoció a los grandes maestros de la literatura universal.

En otro momento de su vida y durante casi siete años trabajó cargando barcos. En esa época Puerto Tarafa era el puerto azucarero más importante. Cuenta que llegaban hasta 600 buques de gran altura a cargar azúcar. Buques de todas partes. Hombres de todas partes. Historias de todo tipo. Herramientas para una buena cacería.

“Experimentaba la sensación de que había mucho que decir. Desde el principio me alejé de los temas más tratados. Un escritor debe interrogarse sobre esos espacios casi insospechados.”

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Faltan apenas dos años para que comience la década del 30. Ernest desembarca en el muelle de San Francisco. Viene con Pauline Pfeiffer. Un día después tomarán el barco que los llevará a Key West para ocupar la mansión que el tío millonario de Pauline les ha comprado.

Trae debajo del brazo el original de Adiós a las armas. Ha abandonado París con una idea fija. Quiere quedarse en América, pero no en la América continental. Desde este momento se vuelve un extraño para muchos.

“Hemingway ha sido muy estudiado. Se han registrado todos sus huesitos hasta 1928. Lo cierto es que nunca creó un mito o una leyenda en Estados Unidos. El mito y la leyenda están en Cuba. Resistirse a eso es fracasar. Existe todavía cierta intolerancia a la hora de entender su vida, casi siempre al margen del escenario cubano y de la cultura cubana. En ese pecado no solo incurren los norteamericanos sino también los cubanos.”

Pensemos en los arquetipos, el Hemingway playboy, el pescador aventurero, el borrachito del Floridita, el hombre solitario de Finca Vigía, el que escoge Cuba porque es un lugar barato donde no se le molesta. Pero eso es pura bobería, nos dice.

“Esas no son las razones fundamentales. Es ahí donde viene el misterio”. Se pregunta entonces cómo es posible estudiarlo al margen de los acontecimientos históricos de esos 25 años que antecedieron al triunfo de la Revolución. Cómo fue posible que aquí se construyera su mito si los cubanos casi no conocían su obra; si lo primero que leímos de él fue una versión de El viejo y el mar, publicada por Bohemia en el 56.

“Para mí fue asombroso descubrir la influencia que Hemingway tuvo en el mundo pictórico de la década del 30”. (Recordemos por un instante que él lanzó al pintor cubano Antonio Gattorno al escenario norteamericano y que luego el artista de la plástica se casó con una millonaria, comenzó a hacer vida de playboy en las tabernas de Nueva York y durante 20 años no volvió a pintar).

“Fue así como se quedó fuera de la tradición pictórica de la época; y ahora le quieren echar la culpa a Hemingway de que instó a Gattorno a irse de Cuba. Me parece que eso es injusto, y esas injusticias se repiten con Hemingway. En la década del 50 lo atacaron virulentamente. Es lógico, la gente esperaba la novela de la Segunda Guerra Mundial en el escenario cubano y él no se atrevió a publicarla. Fue una novela muy complicada. La conoceríamos diez años después de su muerte con el título de Islas en el golfo, pero le faltan cientos de páginas”.

Según Cirules, Hemingway siempre optó por construir la ficción desde la realidad qué él mismo vivía y, por supuesto, tuvo que haber estudiado el contexto cubano de la época.

No se puede tapar el sol con un dedo. “En la década del 50 la Isla era el centro internacional del tráfico de drogas, circulaban todos los canales de la heroína; la cocaína también se había instalado en La Habana y aterrizaba por el aeropuerto militar de Columbia. Estuvo en manos de los militares cubanos todo el tiempo”.

Los estudiosos de Hemingway tienen dificultades para acercase al escenario cubano desde un ángulo más abierto, más comprensivo. Tiene que ver con estos años de bloqueo norteamericano contra Cuba, apunta. Esa intolerancia ha afectado, incluso, otros libros que abordan el tema de los norteamericanos en Cuba.

“Geraldine Chaplin quería filmar la Gloria City y nunca pudo grabar por las presiones del bloqueo. Todo lo que venía de Cuba era tabú. Por otro lado, tenía un contrato con una editorial de Nueva Jersey y de pronto el editor me dijo que mis libros estaban suspendidos indefinidamente. En Cuba, la cultura se caracteriza por no excluir al que viene de otra parte; al contrario, respetamos al otro por su valor, su inteligencia y sus condiciones. No me parece extraño que Hemingway fuera un gran amigo de Cuba y que deseara para Cuba y los cubanos un destino mejor.”

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En la barbería de Felo Centella, en 1955, Enrique escuchó hablar por primera vez de la mafia norteamericana. Tenía un amigo chofer que trabajaba con los narcotraficantes instalados en Camagüey. Él fue su puerta de entrada al mundillo de los gánsteres.

En la década del 60, otro amigo que era dealer le propuso escribir “un libro que estremecería el mundo”. Sería sobre los casinos. Durante un mes recorrieron La Habana hurgando en el pasado de una ciudad que parecía haber olvidado esa otra parte de su historia.

De ese modo confirma que sus relatos no comienzan en las páginas de un libro, sino en la propia vida. Algunos lectores no coinciden con uno —nos cuenta— pero la mayoría no resiste la tentación de ver qué hay detrás del género de ficción, cuáles son sus límites.

Su bibliografía reúne un puñado de libros imprescindibles: La vida secreta de Meyer Lansky en La Habana, Conversación con el último norteamericano, La saga de la Gloria City, El imperio de La Habana, Hemingway en la Cayería de Romano. Libros para saber que lo real puede ser mucho más sorprendente.

“Hoy la novela se ha enriquecido con elementos del ensayo, el periodismo, la crítica, y hasta incluye aspectos historiográficos. La gente disfruta de la ficción pero no hay ficción pura. Si nos remitimos a los grandes maestros de la novelística universal veremos que es así. La literatura no nace solamente de la imaginación.”

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“Son historias fabulosas que te van cayendo. Pero hay que estar alertas — afirma—, como buen cazador”.

A dos años de publicar Conversación con el último norteamericano, se le apareció un muchacho para revelarle la vida de su abuelo, un hombre de apellido Drake, descendiente directo del corsario Francis Drake.

Hace unos días Cirules reencontró las grabaciones de aquel joven. Tiene que publicarlo, nos dice, porque daría una nueva visión sobre el mito. ¿Realmente Francis escondió gran parte de los tesoros que conquistó en tierras cubanas?

La escritura no se detiene. Y en sus manos, ahora mismo, hay un material sobre la participación de los cubanos en la Guerra Civil Española. No adelanta más. Sabe que no debe mostrar todas sus armas.

“Hemingway ha sido muy estudiado. Se han registrado todos sus huesitos hasta 1928. Lo cierto es que nunca creó un mito o una leyenda en Estados Unidos. El mito y la leyenda están en Cuba.Todavía no es diciembre de 2016. No hay titulares ni muerte con su nombre. No existen tales cenizas y la Bahía de Nuevitas no sabe que en ella reposará el eco de un tremendo narrador.

Estamos en Casa de las Américas y Enrique espera poder encontrarse otra vez con sus lectores y las historias pendientes. Tiene 77 años. Lleva una carrera contrarreloj para “publicar lo que le falta”. El mayor enemigo de un cazador nato de leyendas, es siempre el tiempo.

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