Actualizado el 3 de diciembre de 2016

De un asteroide a La Habana

Por: . 2|12|2016

La vorágine creadora, el romanticismo esperanzador y el éxodo de personal calificado se unieron para transformar a aquel publicista pequeño burgués, ex-play boy del Instituto de La Víbora, en un verdadero salvaje, de barba pluvial, revólver y todo.

Fotos Yoe Suárez

Cuando triunfa la Revolución me convertí en el primer maestro voluntario que fue a la Sierra a enseñar. Luego paso a administrar el ingenio de la familia Lobo, de cuya hija menor yo era amigo en la infancia (me ablandaron por ahí y me fastidiaron la vida en verdad), cuenta Enrique Pineda Barnet con cierto cansancio en los ojos.

La vorágine creadora, el romanticismo esperanzador y el éxodo de personal calificado se unieron para transformar a aquel publicista pequeño burgués, ex-play boy del Instituto de La Víbora, en un verdadero salvaje, de barba pluvial, revólver y todo.

—Como premio a mi buena gestión me pasan al Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX) sobre 1961 —rememora con desgano.

Raúl Roa, el estrafalario Canciller, lo recibe con los brazos abiertos, encantado con el muchachito que había ganado el Premio Hernández Catá de literatura.

—Tenía referencias del intelectualito que le acababan de regalar.

El MINREX lo designa Encargado de Negocios del gobierno revolucionario en Uruguay. “Ya para aquel entonces parece que ese país quería romper con Cuba, y había declarado persona non grata a Mario García Incháustegui, importante diplomático, embajador allá en ese momento”.

Uruguay, Ecuador, Chile, Bolivia, México y Argentina se oponían con distinta intensidad a sancionar a la Revolución, defendiendo la autodeterminación.

El grupo negociador de Buenos Aires temía que aquella expulsión radicalizara la izquierda en la región y, lo que era menos previsible pero peor, la de la derecha. En apenas un quinquenio las piezas de ese mosaico estaban en su sitio: Crisis Nuclear, aumento de focos guerrilleros, golpes de Estado, Operación Cóndor, ad infinitum.

Por otra parte, capitaneados por Washington trece gobiernos del área aprobaban se castigara a La Habana. En cambio, Brasil manifestaba su disposición a la convivencia: que Estados Unidos coexistiera con Cuba como Finlandia con la URSS.

Un cronista de la Agencia EFE escribía a inicios del 62: “La Organización de Estados Americanos, que hasta hace poco se enorgullecía de que todas sus decisiones habían sido tomadas siempre por unanimidad, ha tenido diferencias en relación con la cuestión cubana”.

En ese caldo espeso se convoca y celebra la octava Reunión de ministros de Relaciones Exteriores, que tenía en la mira al recién declarado régimen marxista-leninista.

—Montevideo me niega el agreement, el Che se entera; y yo, que siempre creí era un completo desconocido para los altos mandos, me sorprendo —cuenta Pineda Barnet, socarrón—. Ignoraba si ellos me ignoraban, todavía lo ignoro y quiero ignorarlo.

—Así que no te dejaron entrar…pues ahora tú vas a ir conmigo a Uruguay —le dijo el Ministro de Hacienda, y lo nombró uno de los secretarios de la delegación. Con esos arranques típicos de la época, la Revolución decidía que Enrique, de todas todas, iría a Punta del Este.

***

Luego del 59 la condición de asediada, puso en boca de esta isla una retórica espartana. Así, aunque se fuera a comprar tomates, usted no estaba en un simple viaje de negocios, sino en una misión.

Lo que EPB no sabía era que iría al Sur a misionar doblemente: una por la diplomacia, y otra por la cultura.

—Antes de salir se me acercó una señora que representaba una entidad parecida a lo que es hoy el Instituto Cubano del Libro. Era una de esas damas demasiado cercanas al trono, sin definirse muy bien las funciones que tiene. “Como usted es un intelectual, el Comandante en Jefe quiere encomendarle esto”, ahí me explicó, y yo me quedé lelo. Cuando voy para el aeropuerto, el Che me dice: “Vaya a afeitarse, que aquí el único que va con barba soy yo” —recuerda EPB frunciendo el entrecejo donde no le cabe una arruga más.

Un copioso pelambre como el de Camilo Cienfuegos enmarcaba su rostro. Después de aquello más nunca lo dejó crecer. El colmo de la calma fue cuando le pidió la pistola que portaba.

—Llego a Uruguay y me presentan a un joven encantador que dirigía la revista que el Partido Comunista Uruguayo dedicaba a los niños: El Churrinche. Se llamaba Rubén Acassuso, y aprovechando su condición comienzo las averiguaciones para mi encomienda.

—¿Usted conoce El Principito, de Antoine de Saint-Exupery?

—Claro —contesta el porteño.

—Yo tengo un encargo, de parte de Fidel Castro, de llevar ese libro conmigo para Cuba.

Al día siguiente se aparece con dos ejemplares. Misma portada, misma edición; uno dedicado para Fidel y otro para EPB. Los guarda y no los saca hasta que va de vuelta a La Habana.

Se apresura a volver al hotel en que está acuartelada la delegación. La caldera está a todo vapor.

—Recuerdo que destruimos muchos papeles —dice—. Primero se queman y luego se meten bajo el agua y entre la ceniza se mueren las palabras.

—¿Qué destruían?

—Ni yo sé de qué eran. A veces mejor ni saber.

Ya se comentaba que en la reunión de la OEA los iban a expulsar.

—Llevaba dos días sin dormir en estos menesteres. Salí al pasillo que nos pertenecía y vi un cuarto abierto, una cama vacía. No tenía nada inmediato para hacer antes del almuerzo así que me tiré un rato. Y cuando estoy en el primer sueño, siento que me dan unos buenos manotazos en la planta del pie: “¿¡Estas son horas de dormir, compañero!?”.

Era el Che.

—Me sentí terriblemente mal: humillado, reprendido, castigado. Bajé al almuerzo con el moco caído. Se lo cometo a una amiga y me dice que no me ocupe, que eso ya se le olvidó.

Cuando termina de comer, EPB nota que el Che se le acerca:

—Como usted es el intelectual del grupo, quiero que me compre un souvenir para mi esposa —y extendió sus diez pesos, los mismos que habían dado a cada integrante de la delegación para todo el viaje.

Enseguida vino la amiga:

—¿Viste?, fue para pasarte la mano, para pedirte disculpas…

—Bueno, para mí eso no era una disculpa, era simplemente un mandado, y yo salí a cumplirlo lo mejor que pude —subraya Pineda Barnet, 54 años después.

—Y por curiosidad, ¿qué le compró a Aleida?

—Una cartera de piel, creo que de cocodrilo.

***

“El actual gobierno de Cuba que oficialmente se ha identificado como un gobierno marxista-leninista, es incompatible con los propósitos y principios del sistema interamericano. Esta incompatibilidad excluye al actual gobierno de Cuba de su participación en el sistema interamericano. El consejo de la OEA y los otros órganos y organismos del sistema interamericano adoptarán sin demoras las providencias para cumplir esta resolución”.

Contrario a lo que el 22 de enero del 62 podía significar, con sus duras palabras hacia la Revolución, el avión, alegre por el retorno, se llenaba de cánticos políticos de la época. Los delegados sentían que la batalla no se perdía, que la OEA no expulsaba a Cuba, sino que la isla se distanciaba hacia otro futuro… incierto.

Acomodado en su asiento, Enrique pasa una a una las páginas de El Principito. Lo bebe mientras surca las nubes de Suramérica. Y queda fascinado. Se pregunta cómo él, que tanto se las daba de culto y afrancesado, desconocía tal maravilla. Inclina su ego; se siente más humilde.

Al llegar al MINREX encuentra a la señora que le había hecho el encargo. Saca uno del maletín, y toma un taxi a la casa. Muchos días después, luego de actualizar a amigos y familia sobre el show montevideano, el libro lo llama.

¡Fue un error! Cae en la cuenta y sonríe: Fidel seguramente ha leído Pineda Barnet o Enrique donde esperaba su nombre.

Foto Yoe suárez

Lo busca y lo hojea, tropieza con frases dispersas: “La autoridad se apoya antes que nada en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, el pueblo hará la revolución”; “Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores”; “Ése es el drama, que la consigna no ha cambiado. El planeta gira cada vez más deprisa de año en año y la consigna sigue siendo la misma”…Y entonces, la dedicatoria para el Comandante en Jefe en la página primera…

¡Fue un error! Cae en la cuenta y sonríe: Fidel seguramente ha leído Pineda Barnet o Enrique donde esperaba su nombre.

—Aún lo tengo —afirma sonriente señalando a un cuarto lleno de estantes que ha estado evacuando durante semanas—, pero debo buscarlo.

Antes de llegar él con esos ejemplares a La Habana, no se había impreso El Principito. Poco tiempo después, las muchas ediciones cubanas tendrían los mismos dibujos que aquella de Montevideo.

Y así el pequeño príncipe aterrizó en la isla que cada día más se iba haciendo asteroide.

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