Actualizado el 29 de diciembre de 2016

¿Que la Paz descanse en paz?

Por: . 28|12|2016

Sesenta años de guerra dejan muertes en tres grados: 260 mil tumbas, la real; y 45 mil desaparecidos, la diaria, interminable. Los vivos sienten la muerte de un modo familiar.La pastora colombiana contaba cómo tres guerrilleros jugaban al fútbol con una cabeza humana. Entre pase y pase, la sangre dejó de correr y algunos plastones negruzcos en el polvoso caserío daban fe de que el balón estuvo vivo antes. El pastor estuvo vivo.

De paso por La Habana, la mujer hacía la historia; el riesgo de misionar en las zonas intrincadas. Ya antes la había narrado en Lima, San José, Caracas, Brasilia, Asunción. Colombia es, para el mito regional, un ataúd con bandera.

A unas cuadras de mi casa, por cuatro años, se han sentado a dialogar comandantes de las FARC y heraldos de Bogotá. Da un poco de escalofríos saber que mientras comes, duermes o arreglas el jardín, hay una guerra cerca decidiendo ser o no.

"Imagino que a nadie le guste heredar una guerra, le guste que el campo cultive huesos en vez de frutos, le guste el futbol que juegue con las cabezas humanas."En el Palacio de Convenciones de La Habana se ha vivido un trasiego de comunicados, acuerdos y desacuerdos. Entre sesión y sesión de los Diálogos de Paz, tropecé por el vecindario con el comandante ciego Jesús Santrich. Salía a tomar el sol en un tándem, o a un restaurante cercano junto a un discreto escolta.

Ese hombrecillo pidió perdón en TV por 79 muertos que una bomba de las FARC dejó entre ruinas de una iglesia en Bojayá. Y yo vi en ese gesto, algo más que el gris anuncio que ya se hacía habitual.

Por el perdón se empieza, y por pedirlo también. Han sido tantos disparos de un lado y de otro, que imagino muy difícil encontrar una opinión que tamice el rencor, el odio, o el recelo.

Perdonar parece a veces escape insatisfactorio, y la venganza camufla sus púas como justicia. No el olvido, que anestesia; sí el perdón, que nos restaura. Dispensar, para Colombia es la única salida del engranaje de encono, tan bien aceitado por décadas de conflicto.

Sesenta años de guerra dejan muertes en tres grados: 260 mil tumbas, la real; y 45 mil desaparecidos, la diaria, interminable. Los vivos sienten la muerte de un modo familiar. Quizá por eso sorprenda que el 2 de octubre, por estrechísimo margen, los colombianos dijeran No a la paz.

El plebiscito cerró un ciclo de non sense mundial: el Brexit, el Nobel de Bob Dylan, la elección de Donald Trump… Lo que ocurre con los otros disparates, es que ninguno de ellos ha costado siete millones de desplazados. A nadie le cauterizan raíces por salirse de un Bloque económico, o dejar plantada a la Academia sueca.

Da un poco de escalofríos saber que mientras comes, duermes o arreglas el jardín, hay una guerra cerca decidiendo ser o no. Pasaron cuarenta días de incertidumbre y desierto, hasta que el pasado día 13 de noviembre las FARC y Bogotá volvieron a sentarse cerquita de mi casa, luego de ajustes al pacto que había perdido en las urnas. Firmaron un “nuevo Acuerdo Final para la terminación del conflicto armado, que integra cambios, precisiones y aportes de los más diversos sectores de la sociedad”, según un comunicado conjunto.

Nada se ha dicho sobre el próximo paso. Apenas Iván Márquez, con la sombra imperativa que no dejó en la selva: “Al nuevo acuerdo el único camino que le espera es su implementación”.

Si hubiera plebiscito, si yo fuera colombiano, votaría por la Paz. Lo primero no lo sé, lo segundo no seré. Pero imagino que a nadie le guste heredar una guerra, le guste que el campo cultive huesos en vez de frutos, le guste el futbol que juegue con las cabezas humanas.

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