Actualizado el 24 de enero de 2017

Layu y las contradicciones literarias

Por: . 23|1|2017

Pudimos haberla ignorado, obviar la mala intensión e ir por caminos alternativos; pero en aquel entonces la literatura era igualmente proporcional a Layu, es decir: un mal gigantesco...

Ilustraciones: Amilkar Feria

De cariño la llamábamos Layu. Físicamente, por dentro, era una mujer; por fuera: una aparición. Nuestra profe de literatura, sin demasiadas reservas, se presentó así en su primer día: “Ustedes son periodistas, jamás aprenderán buena literatura, no tengo mucho para enseñarles”. Es fácil imaginar lo hostil de lo sucesivo, la materia impartida sin energía y sin pasión, un aula repleta de estudiantes boquiabiertos a los que Layu solo veía como inservibles pedazos de materia inorgánica. Pudimos haberla ignorado, obviar la mala intensión e ir por caminos alternativos; pero en aquel entonces la literatura era igualmente proporcional a Layu, es decir: un mal gigantesco, un temido precipicio donde nos esperaban los Cancerberos del Infierno.

Los que sucedieron a Layu fueron incapaces de avanzar en la escalera de las expectativas: el señor P. y su plan de literatura latinoamericana, se centraba en narrar sus experiencias de viajes por los países de la región, y cuando conoció la tumba de Azuela y cuando en Brasil le hicieron tal homenaje y cuando pisó la tierra de Gabriela Mistral y de Rosario Castellanos, y que si los ojos de esa muchacha del fondo del aula se parecían a los de Aura. La de literatura cubana hablaba tan amablemente y sin variaciones de tono o de importancia, que convertía las clases en espacios ideales para el sueño. Jamás un profesor incluyó en su plan el estudio de la poesía, todo fue siempre prosa y prosa estrictamente cerrada en el marco del plan temático, prosa por catálogo, por remedio, por abre la boca que aquí va un avioncito con Los de abajo o con Hamlet o con Edipo o con Generales y doctores.

La verdad que tuvimos bastantes profesores raros en la Universidad. La Sra. W que nos impartió por enésima vez Historia de Cuba tenía una facilidad enorme para trocar a cada minuto todos los términos del alfabeto. Había quienes llevaban una libreta con las barrabasadas. Recuerdo, cómo en vez de una Revolución altruista la nuestra había sido “alturista”; y de un señor con cierta filiación religiosa nombrado “prebístero”; y de cuando le dijo a mi amiga S. “estás de vacaciones”, porque la sorprendió con un papel que nos pasábamos de mano en mano para no morir de tedio o de un infarto de conocimiento en aquellas clases. Mi amiga S. se quedó paralizada, no entendió, hasta que la Sra. W habló: “Qué salgas del aula”.

Otro fue Mr. LBA, un fortachón que tenía locas a las muchachitas y no pocas profesoras. Hasta cierto punto aquello era entendible, pero su arrogancia y esa parada atlética a lo gladiador en medio del aula no era capaz de rendirnos a todas. Él inventó un sistema de evaluación diabólico. Si no hablabas en tantos seminarios y alcanzabas por encima de los 4 puntos en algunos y de los 5 en otros, estabas embarcado. Sembró el terror. Se paraba enfrente, casi siempre vestido de negro, con unas manillas de pinchos en las muñecas y decía: “A ver tú, responde”. Aquello era tremendo.

Finalmente pasamos literatura como pudimos. A ciencia cierta no tengo ningún recuerdo feliz de esas clases, no aprendimos nada en aquel ambiente hostil.

Ilustraciones: Amilkar Feria

Finalmente pasamos literatura como pudimos. A ciencia cierta no tengo ningún recuerdo feliz de esas clases, no aprendimos nada en aquel ambiente hostil. Layu tuvo varias novias después que serenaron su espíritu social. Nosotros nos marchamos rotos, incompletos.

Cada tarde me siento en una mesa roja. Sirvo una copa de vino y leo indeteniblemente hasta el comienzo de la madrugada. Pienso, a veces, en la continuidad de las palabras de Layu, en las fracciones de tiempo, en la persecución acosadora de una sensación. Pienso en una sombra grande, sin zonas de calma, que da vueltas y arranca todos los espacios de la luz.

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