Actualizado el 12 de enero de 2017

Retrato íntimo de un hospital enfermo

Por: . 10|1|2017

Para ir a un hospital, de acompañante o de enfermo, no importa en qué modalidad, es preciso despojarse de remilgos, escrúpulos y boberías alimentadas con la rutina diaria.El cartel que te recibe es más que ilustrativo: “Peligro: No acercarse”. Es la última advertencia. Sin embargo, en este punto del camino no queda otra alternativa que proseguir. Este hospital tiene una temperatura fría, gris, de rápido y deseado olvido. Posee la textura de las películas de Eliseo Subiela. Parece otro país. Nada que ver con el calor, la luz y el verde de la yerba primaveral. Nada de eso. Solo frío.

Cuando alguien permanece mucho tiempo en un centro hospitalario como acompañante de un enfermo, tiene la oportunidad de meditar, quizás demasiado, sobre las cosas que le rodean. Incluso en época de laptops, Xboxs, y Samsungs Galaxys el tiempo no pasa en un hospital. Ni para el enfermo ni para el acompañante. Los segundos se detienen a propósito para obligarte a reflexionar.

Nadie imagina su destino en un hospital. Solo los predestinados. La mayoría de nosotros cree que irá a trabajar o a morir en otro lugar. Inclusive los predestinados, esos desdichados seres, no imaginan que trabajarán en hospitales tristes, en hospitales enfermos. No sé cómo alguien soporta trabajar en lugar como ese. Compadezco a los trabajadores de salud. Ellos deben ser las personas con la mayor disposición sobre la tierra. Es necesario tener una paciencia asiática, una educación europea, y una vocación social que trascienda el humanismo básico como en ninguna otra profesión en la sociedad.

En el hospital suceden cosas extraordinarias. Allí se rompen los moldes sociales. De un momento a otro, te ves obligado a ejercer de confesor popular —sin desearlo— ante las desdichas múltiples de la gente que padece a tu alrededor. La conversación y el arte del chisme son religiones oficiales.

Un hospital es un templo. Un santuario al culto de la esperanza. Donde la felicidad es una idea recurrente en todos. Los que llegan temen perderla al ingresar. Los que salen —no importa si vivos o muertos— van determinados a conseguirla a cualquier precio.

El hospital es un micromundo. El lugar de las antípodas emocionales por excelencia. Donde compartes la alegría por la marcha feliz de tu vecino de cama; y donde dos horas después tus nervios te ponen a prueba cuando la persona que llega para sustituirlo, muere de un paro respiratorio. La impotencia ante la muerte es una de las peores sensaciones para un ser humano. Te vira al revés. Te hace cuestionarlo todo, o casi todo.

El hospital junta la belleza de la manera más inverosímil. La enfermera es un primor y el doctor un adefesio. El paciente más desagradable tiene una nieta caramelo. Un jazmín sobrevive en un vasito plástico en el baño y los besos son instantes mágicos de esperanza y vida. El hospital celebra el nacimiento y la muerte, con una procesión de lágrimas que se diferencian solo por el motivo, nunca por la intensidad ni por las expresiones faciales de la comparsa.

Para ir a un hospital, de acompañante o de enfermo, no importa en qué modalidad, es preciso despojarse de remilgos, escrúpulos y boberías alimentadas con la rutina diaria. Al hospital hay que ir dispuesto a todo, a morir o a nacer de nuevo. A llorar y reír como un loco. Es el sitio donde no quieres expirar. Donde pretendes que los diagnósticos tengan una exactitud matemática y, que al mismo tiempo, todos comprendan tus arrebatos irracionales. En el hospital —¿quién lo diría?— descubres un amor furtivo, que se va como mismo llegó, fugaz, pero que fuera eterno durante una noche. Al hospital no quieres volver, pero sabes que seguramente lo harás. En el hospital entiendes que nunca se está lo suficientemente preparado para ir allí. Nunca.

Categoría: Artículos | Tags: | |

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados