Actualizado el 19 de enero de 2017

Un humilde suspiro

Por: . 16|1|2017

No imagino qué pudiera haber ganado la montaña con nuestra presencia. Para ella, tal vez, fuimos un pensamiento más, de esos que pasan fugazmente por la cabeza. En cambio, nosotros tenemos grabada en la memoria cada pisada para llegar hasta su extremo, desde donde emitir, cada vez que la evocamos, un humilde suspiro.

Fotografías Gretel Marín

En más de una oportunidad he pretendido colocar en mi currículo la cantidad de montañas que he subido en mi vida. Pero esta pretensión, también, me ha parecido un ridículo, toda vez que estropearía un acontecimiento de indescifrable trascendencia espiritual. En todo caso debería aclarar, al menos para mí mismo, que subir una montaña no es propiamente un deporte, en términos estrictamente técnicos, así como un evento cultural, tampoco me atrevería a calificarlo meramente de turismo.

En Cuba he subido todas las montañas que he podido, intentando con ello escalar las que he imaginado; incluso el monte Olimpo, en el vecino planeta Marte. Muchas veces, para calmar esa extraña propensión a las alturas, he llegado a pensar que un cuerpo celeste, como la Tierra, pudiera ser, en sí mismo, una montaña orbitando alrededor del Sol. Pero nunca ha sido suficiente. Siempre quedan algunos salientes que rompen la norma de la superficie, aquellos que quedan, de modo engañosamente insignificante, más cerca de otros cuerpos celestes.

Ya antes de viajar a Angola conocía la existencia de un lugar prominente llamado Morro do Moco, un sitio que sobrepasaba en altura a todo lo que había subido con anterioridad en mi humilde experiencia de montañista amateur. Una vez en África, lo tenía tan localizado en el mapa y en mi mente, que hubiese resultado casi una aberración irme de Angola sin confrontarme físicamente con una idea tan elevada. Solo sabía que el morro vivía su imponente y fresca monumentalidad en la provincia de Huambo, en las proximidades de la localidad de Usoke, fronterizo con Benguela, y que su estatura se alzaba hasta los 2620 metros sobre el nivel del mar. Por suerte, para las impacientes neuronas de una espera que ya duraba tres años, mi novia Marcela se convirtió en la mejor cómplice de un propósito que pasó a ser común. Todo ese cúmulo de energía mental, que atraía la posibilidad de acercarnos al Sol sin que derritiera la cera de nuestras expectativas, pasó por una interminable fila de propuestas a amigos, para visitar ese abrupto y enigmático paradigma de la orografía africana. Lamentablemente la iniciativa no rindió fruto entre las decenas de convidados, pero no dejamos de sembrar la idea.

Gretel y Edulo dijeron que sí con una prontitud tan asombrosa, que Marcela y yo no podíamos dar crédito a la resolución de nuestros amigos. Luego elucubramos que anduvieran tras el mismo propósito desde hacía mucho tiempo. Después de tanto buscar, era lógico ver aquello con cierta sospecha, pero, al cabo de nuestro asombro, no quedó más que aceptarlo: teníamos compañeros de viaje. Nos encontramos con ellos en Benguela, dos días antes del ascenso, desde donde viajamos hasta las inmediaciones de Huambo en el todoterreno de Edulo, quien resultó ser un experimentado conductor. Al día siguiente partimos a la base del morro por caminos de difícil acceso y bajo una tempestuosa lluvia, que parecía advertirnos de los rigores de nuestro objetivo. Cuando llegamos a la aldea de Cadjonde, el fenómeno climático persistía. Los vecinos explicaron que la lluvia era una residente habitual durante esta estación, así que nos acostumbramos rápidamente a la húmeda circunstancia. Con la mayor inmediatez posible, fuimos conducidos ante el Soba local, a quien Edulo Batalha entregó unos presentes de cortesía (vino, jabón de lavar, fósforos, sal y cierta cantidad de dinero). Según la tradición, el Soba debe autorizar y dar sus buenos augurios para que la incursión corra con la mejor suerte, al tiempo que asignaba un guía para facilitar las complejidades de la escalada. Para nuestra sorpresa, muy buena, por cierto, muy pocos residentes de la aldea hablaban el portugués con fluidez. Solo algunos jóvenes, que habían estado temporalmente fuera del restringido ámbito rural, se expresaban en el idioma oficial del país; el resto, principalmente los mayores, hablaban una variante regional del Umbundo, un hermoso idioma que se aferra a la vida en estos apartados lugares. Ante la pluviosa coyuntura, y por sugestión de nuestros anfitriones, no nos quedó otra alternativa que esperar, en tiendas de campaña, hasta el día siguiente para subir. Marcela y yo, en el apretado recinto de nylon que nos facilitaron Gretel y Edulo, caímos en la cuenta de nuestra improvisada experiencia, pues nuestros compañeros de viaje nos proveyeron de todos los recursos para acometer el acto poético que estábamos viviendo.

La noche del 31 de diciembre fue una delirante prueba de resistencia. El frio y la llovizna, que se filtraban por las paredes y suelo de la tienda, ubicada en el terreno de futbol de la aldea, hicieron casi imposible que pudiéramos dormir. Según nuestro guía, segundo al mando del Soba, deberíamos partir a las cuatro de la mañana del primer día del año; pero nuestra brújula no apareció hasta las siete en punto. Luego de un frugal desayuno, apenas un sorbo de café y unas cucharadas de avena, partimos. El guía se empeñaba una y otra vez en conducirnos hasta el “Morro Pequeño”, de unos 2400 metros. Con igual insistencia, y casi como si no escuchara sus palabras, yo le repetía que queríamos ir al “Grande”, al verdadero. Semejante fraude, después de tanto tiempo de espera, no valían doscientos metros menos. Súbitamente, el guía llamó a otro muchacho, llamado Simão, para que nos condujera hasta el morro verdadero. Con diligente investidura, “el falso guía” se despojó de su abrigo, capa, bufanda y botas de agua, para entregárselas formalmente al otro. Viendo aquel traspaso de poderes, se me heló la sangre, pues lo único que llevaba encima era un suéter, no muy tupido, y un gorro de estambre ajustado a la cabeza. Marcela estaba otro tanto desprovista, y ambos calzábamos zapatos nada adecuados para la epopeya vertical, mojados desde el día anterior. Luego de caminar unos cuarenta minutos, hasta donde comenzaba la auténtica ascensión, ya no sentía que estuviera tan ensopado como había amanecido. Como salidos de la nada, dos niños de once o doce años comenzaron a acompañarnos con la destreza de cabritos montañeses. Simão los interpeló en su idioma, a lo que ellos respondieron, al parecer, con suma y rápida elocuencia, convirtiéndose en nuestros escoltas inseparables. El guía nos mostraba la dirección en la que quedaba el Moco, pero allí solo había nubes. Solo cuando estábamos a mitad de la cuesta, durante el “síndrome de la blasfemia”, en el que te juras que nunca más te meterás en semejante aprieto, se podía apreciar la completa magnitud de la cima durante breves intervalos.

Por suerte, para las impacientes neuronas de una espera que ya duraba tres años, mi novia Marcela se convirtió en la mejor cómplice de un propósito que pasó a ser común. Al mucho tiempo de una fría y brumosa quietud, en la que solo escuchaba los golpes agitados de mi corazón y el roce de nuestros pies contra la hierba mojada, pues habíamos perforado una nube desde su base, llegamos al punto en que ya no había más que subir. Estábamos exhaustos. Al término se erigía una pequeña tarja metálica, fijada al extremo de un tubo, con la inscripción: “IGREJA Adv. 7: DIA // CENTRAL- BENGUELA // 25/09-2016”. Hacia un lado había otra, más baja, en la que ya no podía leerse nada. El pequeño espacio de la cúspide estaba colmado de desechos, bolsas y botellas plásticas, restos de comida y huellas de fogatas. Es obvio que no todos le rinden igual culto al benemérito Moco, o, intentando verlo desde un ángulo antropológico, sería ese el modo más sublime en que otros visitantes han manifestado su satisfacción de haber llegado al extremo vertical de Angola. Todos nos dispersamos, quizás queriendo encontrar el mejor sitio donde registrar, individualmente, el más amplio espectro de aquella calma cósmica. En silencio, los niños deambulaban de un lado a otro, jugando seriamente, para sus adentros, con la eterna solemnidad de aquella plataforma suspendida en las nubes. Tal vez fueran ellos, en su ingenuo desconocimiento, o en su infinita sabiduría, quienes mejor conectados estaban con este ámbito, que para nada les resultaba desconocido. Simão, que en algún momento debió pasar por la misma formación de los pequeños, se centraba más en su encomienda, observando distraídamente la abierta configuración del grupo. Relajado del esfuerzo físico, ni mi respiración sentía: Solo el leve silbido del viento, tamizado entre las hojas y ramas de los arbustos.

Hay un refrán que dice: “Para abajo, todos los santos ayudan”, algo que cuestionas críticamente cuando estas bajando una montaña. Es probable que los santos ayuden, de tal modo, que la levedad del cuerpo lo interpreta de otra manera. Categóricamente, aseveraría que descender una montaña es tan complicado como subirla. Luego de salir de las entrañas de la nube, cuesta abajo, los niños subían y bajaban a nuestro alrededor como ángeles guardianes, hasta que se perdieron entre la bruma de una llovizna que comenzó a dificultar el descenso. Solo escuchábamos sus risas y llamados, lejos, abajo. Para nosotros, los tropezones y resbalones estaban a la orden del día en la empinada pendiente. Aunque vuelvas sobre tus pisadas, el regreso es un camino diferente, créanme. Quizás por el entusiasmo de alcanzar la cúspide, casi nunca se calcula lo que se derrocha para llegar hasta ella; únicamente lo sabes cuando estás de vuelta. A pesar de ello, Gretel Marín sacaba, a intervalos, su Canon para hacer fotos. Con la cautela que exigía el sofisticado equipo, apuntaba aquí, allá, obturaba, y lo guardaba rápidamente en su estuche. El verde intenso y húmedo de las hierbas se extendía por las laderas. Era imposible no detenerse a contemplar la relación de colores de la montaña y su contraste con los grises del cielo. Teníamos los dedos y las manos engarrotadas, y resultaba muy complicado realizar cualquier operación manual, desde subir un zipper hasta agarrarse de una rama. Al llegar hasta una labra, a poco más de la mitad de camino hacia la aldea, los niños habían asado mazorcas de maíz para nosotros. Nadie puede imaginar lo infinitamente reparador que esto puede resultar para alguien que acaba de pasar por una vivencia tan extenuante.

Morro-do-Moco: El verde intenso y húmedo de las hierbas se extendía por las laderas. Era imposible no detenerse a contemplar la relación de colores de la montaña y su contraste con los grises del cielo. Otras veces me ha sucedido, al pasar por una experiencia, literalmente, tan elevada, que sus repercusiones, sin contemplar las osteomusculares, comienzan a destilar desde el momento en que llegas a casa, descansas, y amaneces al siguiente día. De ahí en adelante hay pequeños cambios que, con el tiempo, terminan por operar modificaciones sustanciales en la percepción de las cosas. No imagino que pudiera haber ganado la montaña con nuestra presencia. Para ella, tal vez, fuimos un pensamiento más, de esos que pasan fugazmente por la cabeza. En cambio, nosotros tenemos grabada en la memoria cada pisada para llegar hasta su extremo, desde donde emitir, cada vez que la evocamos, un humilde suspiro.

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