Actualizado el 24 de marzo de 2017

El Mejunje:

Con todos y para el bien de todos

Por: . 22|3|2017

Con algún que otro pasaje donde la denuncia se acerca al panfleto, al comentario tribunicio (por demasiado explícito, y que por tanto, se desearía más diluido en el intercambio entre los personajes que tan bien funciona), Jacuzzi significa sin dudas la madurez de Yunior García en tanto dramaturgo.

Fotografías: Jorge Luis Domínguez

Tiene la edad que para muchos indica plenitud de vida, y eso es lo que justamente demuestra El Mejunje, que en 1984 se fundó en Santa Clara como alternativa cultural que aglutinara manifestaciones artísticas, públicos e intereses diversos. Y llegó para quedarse: a 33 años de creado, el centro cultural villaclareño goza de perfecta salud.

Poco más de tres décadas sin detenerse (todo lo contrario), perfeccionándose, aprendiendo y enseñando, han convertido el Centro que se ubica justamente al centro del país, en un referente incluso internacional en tanto significa un sitio generador de cultura, aglutinador e inclusivo, lo cual ha replicado ya en experiencias semejantes (como la capitalina Fábrica de Arte).

También de cumpleaños redondo (en este caso 25), el Mejunje Teatral —que durante un buen tiempo fue competitivo y solo de Pequeño Formato— en la edición de este 2017 dejó a sus participantes de todo el país (e incluso de otros lares) la convicción de asistir a uno de los eventos más sólidos y motivadores entre los de su tipo a nivel nacional.

Teatro Escambray se insertó en esa línea crítica mediante su puesta Naufragio, dirigida por Rafael González. Dos jóvenes truecan experiencias y sucesos de vida, a veces desde el monólogo, otras desde la conversación directa, en un registro que abarca el exilio interesado, el fraude con las becas literarias, la marginalidad, los nunca bien zarandeados desmanes de la burocracia y otros males que siguen delineando el mapa social y cultural del país.En esta ocasión también pudo verse excelente teatro sobre todo del interior —al que apenas tenemos acceso quienes vivimos en la capital— y que en términos generales giró en torno a tres grandes temas: la relectura de referentes significativos del canon literario infantil (básicamente en teatro para niños e incluso para adultos); la búsqueda de la Utopía, mas no en una mítica “tierra de nadie” sino en su “aquí y ahora”, en un proyecto de país soñado sobre todo por los jóvenes, así como (muy ligada a la anterior) el examen y cuestionamiento de la realidad cubana contemporánea.

Ante la imposibilidad de acercarnos a todo lo apreciado en los intensos días “mejunjeros”, comentaremos algunas de las puestas que de un modo u otro se movieron en tan sugestivos ámbitos.

Dador Teatro, de Sancti Spíritus, presentó el espectáculo Juglaricuenteros en La Cucarachita Martina, que tal indica su nombre, se vuelca al conocido cuento con tanta economía de recursos como imaginación y sana motivación al público infantil, el cual respondió con el entusiasmo y la complicidad que todo buen teatro genera. Mirielsi Valdés y Fernando Gómez son actores y titiriteros que conocen a la perfección su oficio; ayudados por los originales vestidos y máscaras que dinamizan el relato, bajo la dirección de Fernando Miguel Gómez (autor también de la versión) protagonizaron uno de los gratos momentos de las funciones.

Dentro de una línea más enfocada a los mayores y con una perspectiva posmoderna (en tanto revisar satíricamente los títulos a través del pastiche) llegó el camagüeyano Teatro de la Luz que dirige Jesús Vidal Rueda, con su puesta Cuentos clásicos, que justamente se enfrenta a conocidos textos (Caperucita Roja, El Gato con botas…) nada menos que rimados por el poeta y repentista Alexis Díaz Pimienta y con una postura lúdicra que no solo “vacila” los personajes y accidentes fundamentales de las historias sino que los recontextualiza, cubaniza y convierte esos cercanos referentes en afiladas comedias.

Bien actuados, con notable movimiento escénico y eficaz dirección, se resiente sin embargo el exceso de rupturas y distanciamientos dentro del devenir dramático, lo cual llega a afectar el discurso; pienso que ello debe, al menos reducirse, y estoy seguro quedará mucho más limpia la puesta.

La también matancera Cuatro resultó sin dudas uno de los momentos más sugerentes del evento. A caballo entre la danza y el teatro, o como sus creadores lo han llamado acertadamente —teatro coreográfico”— la pieza une a cuatro personalidades: el dramaturgo José Jacinto milanés, la cantante Rita Montaner, el músico Ernesto Lecuona y la heroína Haydée Santamaría.Mas, si de fiesta se habla, nada como Cubaneando, del matancero Teatro Papalote, bajo la dirección del experimentado René Fernández Santana: un viaje a los ritmos criollos, mediante una coherente mezcla de estos en toda su variedad y riqueza, que ejecutan actores devenidos bailarines y titiriteros (tan competentes en esas facetas que se les perdona otra menos destacada: la vocal), los cuales, siguiendo los creativos diseños y caricaturas de Zenén Calero y Jacqueline Ramírez, también parodian figuras esenciales de nuestra música (el Benny, Bola, Celeste Mendoza, Los Zafiros…).

Arte escénico cuestionador y removedor en muchos sentidos lo portaron grupos como Trébol Teatro (Holguín), el veterano Escambray (Villa Clara) y Teatro D´Sur (Matanzas).

De la ciudad de los parques nos llegó el más reciente estreno de Yunior García (Semen), como sabemos, uno de los dramaturgos más inquietantes y afil(n)ados dentro de las nuevas promociones; con Jacuzzi, él (autor del texto y director de la puesta) y su grupo Trébol Teatro escrutan mucho y hondo: un trío erótico (donde hubo fuego y cenizas que arden) se lanza tan a fondo como a la bañera –devenida espacio altamente simbólico desde su topicidad tan mínima como expresiva- que la muchacha intenta ver como el sofisticado invento de las burbujas, y estas son también algunas de las ilusiones y sueños que motivan a los tres: resentimientos, choques de posturas ideopolíticas, coqueteos sexuales presentes y pasados que juegan con la diversidad, inconformidades y rabias en torno a la realidad que les toca (y desgarra), la cual en algunos casos se asume en toda su crudeza y en otros se disimula mediante el abrazo a otras latitudes, nos llegan en un texto que muestra la agudeza, la densidad conceptual y la hondura dialógica que caracterizan al autor, quien además, se luce aquí en toda su fuerza histriónica.

Con algún que otro pasaje donde la denuncia se acerca al panfleto, al comentario tribunicio (por demasiado explícito, y que por tanto, se desearía más diluido en el intercambio entre los personajes que tan bien funciona), Jacuzzi significa sin dudas la madurez de García en tanto dramaturgo.

Teatro Escambray se insertó en esa línea crítica mediante su puesta Naufragio, dirigida por Rafael González. Dos jóvenes truecan experiencias y sucesos de vida, a veces desde el monólogo, otras desde la conversación directa, en un registro que abarca el exilio interesado, el fraude con las becas literarias, la marginalidad, los nunca bien zarandeados desmanes de la burocracia y otros males que siguen delineando el mapa social y cultural del país.

Las maletas que ellos portan y mueven en escena resultan un símbolo elocuente y por ello muy bien elegido: en ese equipaje cargan un mundo de soledades, de dolores y obsesiones pero a la vez de potencialidades, proyectos de vida y obra emprendidos y en buena medida realizados, aun cuando resultaron en  algunos casos truncos. También oscila (aunque se integra a la perfección) el lenguaje asumido para el discurso: metafórico, tropológico en general a veces; otras, directo y hasta brutal. No menos ecléctico es el tono general de la puesta: irónico, paródico en ocasiones alternando con un realismo sin afeites. Lo cierto es que tanto la puesta, donde el minimalismo y el sincronizado movimiento escénico apoyan la fuerza del texto, como las enérgicas y matizadas actuaciones de Roberto Águila Y Arlettis González, redondean una obra sólida, de esas que metabolizamos y nos llevamos a casa tras la función.

Algo semejante ocurre con Andrea, de Teatro D´Sur, a cuyo director y fundador, Pedro Angel Vera, se rindió homenaje (no pudo asistir por problemas de salud) mediante un logrado documental previo a la representación.

La canción de los Beatles She´s leaving home (Ella dejó la casa) parece corporizarse en esta pieza de Jorge Díaz, un autor chileno en el que se ha “especializado” el colectivo de Unión de Reyes. Lo mejor es que el caso de la joven que un día da el portazo abandonando a una familia disfuncional y conflictiva, es uno de esos dramas a los que no escapa Cuba.

Mediante un montaje inteligente en el que los personajes interactúan (eso sí, en una labor irregular del elenco) y a la vez exponen sus propios conflictos en torno al que centra la obra, Andrea pone el dedo en la llaga en torno a problemas generacionales, familiares y sociales incidentes en el comportamiento errático y muchas veces irreversible de los adolescentes.

La también matancera Cuatro resultó sin dudas uno de los momentos más sugerentes del evento. A caballo entre la danza y el teatro, o como sus creadores lo han llamado acertadamente —teatro coreográfico”— la pieza une a cuatro personalidades: el dramaturgo José Jacinto milanés, la cantante Rita Montaner, el músico Ernesto Lecuona y la heroína Haydée Santamaría.

¿Qué tienen en común cuatro seres diversos en apariencia, protagonistas de vidas y trayectorias no precisamente semejantes (amén de las coordenadas artísticas que los unieron, porque aun la luchadora revolucionaria, como sabemos, dirigió la Casa de las Américas)?

Las maletas que ellos portan y mueven en escena resultan un símbolo elocuente y por ello muy bien elegido: en ese equipaje cargan un mundo de soledades, de dolores y obsesiones pero a la vez de potencialidades, proyectos de vida y obra emprendidos y en buena medida realizados, aun cuando resultaron en  algunos casos truncos.

Admira el modo en que Yadiel Durán Bencosme (quien obtuvo por esta obra la Beca Santa Camila de la Habana Vieja), Rubén Darío Salazar, María Laura Germán y Zenén Calero (responsables de la puesta en diversos rubros) logran mixturar las personalidades convocadas y sus historias: cómo mediante el movimiento danzario, el texto y la música arman un discurso coherente y enriquecedor que establece sutilezas, vasos comunicantes, reflexiones: esas que se lleva uno consigo al terminar la obra, donde las luces, la perspectiva semántica del espacio y las actuaciones llevan un peso considerable.

Quizá haya ciertas zonas de los personajes que merecieran un tanto más de profundización (sobre todo en el caso de Haydeé, también perfectible por su joven actriz Anis Estévez) pero lo apreciado lleva el sello indiscutible de la plenitud estética.

Naufragio, dirigida por Rafael González. Miami-Habana en abril, de Villa Clara, fue otra puesta notable gracias a la eficaz labor de la actriz Yeni Ferrer, asumiendo varios personajes bajo la égida de Oliver de Jesús: las muchas caras del éxodo a Estados Unidos específicamente en la ciudad emblemática de los cubanos y los antecedentes en la capital nuestra, trazan un mapa donde coexisten muchas historias semejantes: solidez dramatúrgica al hilvanar circunstancias y seres descuellan en un texto que sugiere tanto desde lo que dice como en lo que silencia.

Quedan, por supuesto, obras que aplaudimos en el Mejunje Teatral pero el espacio sitúa siempre frenos.

Felicitaciones entonces al infatigable Silverio en la dirección, al promotor Alexis, la productora Katia y a tanto artista y técnico que por los días finales de enero, convirtieron al Mejunje (y a Villa Clara toda) en la capital del mejor teatro cubano.

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