Actualizado el 3 de marzo de 2017

¿Se acabó la magia con El Público?

Por: . 1|3|2017

Micro y macrohistoria que se entrecruzan; ilusiones y utopías, partículas de ideales que van quedando, migajas de sueños irreparablemente rotos...

Fotografías Racso Morejón

“Ríete, que detrás de la risa viene el llanto”, me decía mi madre no pocas veces cuando yo sopapeaba las reglas del respeto y de conducta, las normas de familia y todo lo permisible por nuestros mayores. Y al final terminaba llorando.

Así le ocurrirá a los espectadores de la puesta en escena de Harry Potter: Se acabó la magia, del colectivo teatral El Público. Su director Carlos Díaz ya lo había advertido: se acabó la magia; y como un sístole y un diástole que se antepone entre la butaca y el proscenio, el pecho se encoje e inflama con cada evocación, cada bocadillo, cada recito, cada diálogo.

Historia y nación van de la mano en un subtexto anhelante, que palpita con la vehemencia de la ética y lo irrenunciable del Ser humano; con su prístina voluntad de dibujar la realidad desde la ironía y los marcados matices de sacrilegio y hastío que desembarazan en no pocas de las situaciones planteadas por la nueva pieza teatral de El Público.

Los actores mueven sus historias con licencia lúdica de arrebato y, en medio de toda la reconstrucción dialógica, la sociedad aguijoneándolos, o atemperando cada descalabro vital que nos propone el (sub)texto. Sobre todo el subtexto.Micro y macrohistoria que se entrecruzan; ilusiones y utopías, partículas de ideales que van quedando, migajas de sueños irreparablemente rotos. Vidas en trozos y trazos de vidas, que fluyen desde una Otredad construida para saltar las “fronteras humanas no las del misterio”. Lo social y lo particular, lo público vs. lo íntimo y privado, conciencia y jolgorio, tiran de una y otra pata arriba del escenario. Los actores mueven sus historias con licencia lúdica de arrebato y, en medio de toda la reconstrucción dialógica, la sociedad aguijoneándolos, o atemperando cada descalabro vital que nos propone el (sub)texto. Sobre todo el subtexto.

Cuba late desde la condición de lo humano, en este teatro que muestra la ansiedad del individuo. Vaya manera de decirnos que se acabó la magia; cuando lo que deja la obra en el espectador es la estupefacción, desprendida del sentido de los monólogos y el espectáculo hacia el rincón del alma donde se define cada quién, donde se registra la sordidez del cada cuál, y la (des)esperanza de todos. Harry Potter… se eleva como un drama que rompe y arma, arma y rompe, para finalmente desfragmentar paradigmas que habitan bajo la sombrilla de la nación; dígase progenitura y contexto, urbanidad y adolescencia, educación y autoridad, sociedad y formación social. Simbiosis cuestionadas, porque debajo de sus mangas muchas veces no hallamos varita mágica que valga.

La mutación se le da muy bien al teatro, dicen los que saben, pero lo cierto es que sociedad y espíritu hacen de esta obra una bitácora para la dramaturgia cubana más reciente. Lleva el teatro, como sujeto político que es por definición, un adiestramiento crítico implícito, que ejerce como instrumento para la libertad creadora. En el espacio donde se explayan los niveles de manifestación psicológica y sociológica, en la mutua asimilación experimentada desde ia relación espectadores/actuaciones, es donde Harry Potter: Se acabó la magia produce un despliegue emocional más allá de su universo dramatúrgico, más allá del trabajo de luces y escenografía, para imbricarse con otras facetas del discernimiento artístico, entiéndase vivencias, anécdotas, subterfugios, alegorías, evocaciones personales. Entonces, tanto más nítido se hace el dibujo de los personajes, su conducción y los estados de ánimo que estos imprimen encima del escenario.

Cuba late desde la condición de lo humano, cuando lo que deja la obra en el espectador es la estupefacción, desprendida del sentido de los monólogos y el espectáculo hacia el rincón del alma donde se define cada quién, donde se registra la sordidez del cada cuál, y la (des)esperanza de todos.Harry Potter: Se acabó la magia no se desvanece en la displicencia cotidiana, por muy embarazosas que resulten las circunstancias que consigue encimarnos. Por demás, no sé qué pensaría Harry —el mago niño de Hollywood— sobre esta puesta; pero quisiera imaginarme que está entrenando con su varita, o bien está buscando, desesperadamente, soluciones bajo la otra manga.

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