Actualizado el 20 de marzo de 2017

Suelto y sin chaleco, Werner Herzog en Cuba

Por: . 17|3|2017

Werner Herzog: No se permite quejarse. Lean hasta el agotamiento. No malgasten su tiempo en Facebook. Anden a pie tres mil kilómetros, durante tres meses. Probablemente sea más intenso que pasarse tres años en una escuela de cine.Werner Herzog declaró sus pautas:

1 – No se permite quejarse.

2 – Intenten depender de ustedes, solo de ustedes, lo más rápido que puedan.

3 – Apéguense a su cultura: no traten de importar otra. Sobre todo, no traten de llevar Hollywood a sus películas, den lo que tengan dentro de sí.

4 – Tengan el valor de creer en sus visiones, sin importar lo que piense el resto del mundo.

5 – Lean hasta el agotamiento. No malgasten su tiempo en Facebook.

6 – Anden a pie tres mil kilómetros, durante tres meses. Probablemente sea más intenso que pasarse tres años en una escuela de cine.

Los concurrentes a la conferencia quedaron fascinados. Fue el lunes 6 de marzo, en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV), cuando el controvertido cineasta alemán recién pisaba, por primera vez en su vida, suelos cubanos, para intercambiar palabras con estudiantes de la escuela y otros invitados.

Su estancia en Cuba se debía a su taller “Filmando en Cuba con Werner Herzog”, en el que se echó en los hombros la tutoría de medio centenar de alumnos provenientes de tres decenas de países, entre el 6 al 16 de marzo.

Entonces se entregó el realizador bávaro a una especie de bombardeo de preguntas. Y después de comentarios técnicos respecto a su obra, elogios a su carrera cinematográfica, anécdotas sobre sus incursiones en la ópera, incluso en la animación —de las cuales, confesó interpretar la voz de un personaje en cierto capítulo de la serie Los Simpson—, le pidieron, amén de su experimentada trayectoria, consejos para los realizadores en ciernes. Y allí fue que dictó los seis mandamientos según su propio Evangelio.

Desde sus vivencias habló Herzog, un vejete con el temple estereotipado de los germanos, inalterable aun cuando narraba anécdotas humorísticas, porque muy chistoso fue, en verdad. Con canas de un hombre de 74 años, a las que bautizó cada una como Kinski en honor —o aborrecimiento, por el estrés que le provocó este, según confesó en su documental Mi enemigo íntimo— al actor que protagonizó cinco de sus más grandes películas. La relación con Klaus Kinski fue eso: amor y odio.

Pero mucho antes de conocer al padre de Nastassja Kinski, ya había incursionado Herzog en el cine, prácticamente autodidacta desde sus primeros rollos. Y había caminado en su adolescencia extensos senderos europeos: desde Múnich con destino a Albania, de Múnich a Grecia; de Múnich hasta un lugar que tocara su dedo en el mapamundi; siempre en la búsqueda de nuevas imágenes, puras, y sin someterse a construcciones luego convertidas en cánones y lugares comunes.

De tal manera podría describirse la obra de Herzog. Una incesante pesquisa a lo desconocido, el anhelo de un encuentro con nuevas perspectivas del mundo. Para ello, inmerge en las profundidades del Amazonas, en la gélida Antártida y dentro de un infierno volcánico: Todo lo que empequeñezca al hombre y lo vuelva miserable ante la fuerza de una naturaleza hostil.

Muchos especialistas afirman que bastantes personajes suyos representan una especie de alter ego del director: excéntricos, megalómanos, rebeldes, inescrupulosos, obsesionados con gigantescas ideas destinadas al fracaso desde su concepción.

Y bien podríamos creerles, pues en Aguirre, la cólera de Dios, su protagónico Lope de Aguirre enloqueció en la busca de El Dorado; al igual que en Fitzcarraldo, el melómano Brian Fitzgerald que, con su empresa de montar una ópera en medio de la selva amazónica, cruza su barco a través de una montaña. Tal vez sean estas, metáforas del cine de Werner Herzog, en un mundo enfermo de Disney y de, como refirió en la conferencia, documentales sobre la extinción de los felpudos osos panda.

Es, sin embargo, un hombre de otros tiempos. El contexto actual no propone un sabor tan bohemio. Ni siquiera el archipiélago cubano tiene la mitad de la distancia que recomendó desandar a sus jóvenes pupilos el realizador. Otra vez la insularidad achaca entre las inquietudes de las mentes creadoras, como lloriquearon tantos escritores caribeños en los 60 entre palmeras y platanales.

Lamentablemente, los jóvenes de hoy —gran parte de ellos— desconocen las películas de Herzog; a contemporáneos suyos quizás también les pase. El viejo Werner, por fuerza, debe aún someterse a la prueba del tiempo, al igual que lo hicieron sus precedentes intelectuales: Griffith, Murnau, Pudovkin, Buñuel, Kurosawa…

Pero Herzog demostró resolución con una de sus pocas sonrisas en todo el encuentro, mientras contaba sobre la vez que un productor le predijo su estadía en una celda acolchada. A ese, le respondió: “Excelente final para mi carrera como realizador”. Y luego fastidió: “Hasta que mi último aliento, esperaré ese chaleco de fuerza y seguiré haciendo películas. Cuando escuchen o lean la noticia en internet, sabrán que llegué a buen fin”.

 

INTO HAVANA

 

En homenaje a esta figura trascendental del cine alemán de la segunda mitad del siglo XX, la Cinemateca de Cuba se dio a la tarea de barajar una retrospectiva de la filmografía de Werner Herzog en el cine 23 y 12, que fue inaugurada la noche del 8 de marzo con Aguirre, la cólera de dios (1972).

La misma pantalla refractó las cintas También los enanos empezaron peque­ños (1970), Corazón de cristal (1976) y su ópera prima, Signos de vida (1968). Justo después de esta última pieza audiovisual, en la tarde del sábado 11 de marzo impartió allí mismo una clase magistral, abierta a todo público interesado, una empatía de loco a loco.

Werner Herzog: Intenten depender de ustedes, solo de ustedes, lo más rápido que puedan. Apéguense a su cultura: no traten de importar otra. Sobre todo, no traten de llevar Hollywood a sus películas, den lo que tengan dentro de sí. Tengan el valor de creer en sus visiones, sin importar lo que piense el resto del mundo.Como mismo en otros tiempos los dientes de los proyectores mordieron los huecos de los celuloides de Herzog, en marzo de 2017 los reproductores digitales exhibieron el resto de las películas que conforman el ciclo representativo del realizador muniqués: Fitzcarraldo (1982) —filme que le valió el premio al mejor director en el Festival de Cannes—; el documental Carga de sueños (1982) —sobre el extenuante rodaje de Fitzcarraldo en el Amazonas—; Donde sueñan las verdes hormigas (1984); La balada del pequeño soldado (1984); Cobra verde (1987); Mi enemigo íntimo (1999). Cerrando, el 19 de marzo: Encuentros en el fin del mundo (2007) —nominado al Oscar al mejor documental—; e Into the abyss: a tale of death, a tale of life (2001).

Luego le perdimos la pista. Quizás comenzó otro peregrinaje de tres mil kilómetros.

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