Actualizado el 29 de marzo de 2017

Vivir entre balones

Por: . 27|3|2017

Desde muy niño supe (y odié saberlo) que, mientras dormía en una cuna, Maradona se despedía para siempre, de la mano de una enfermera, del torneo que lo elevó años atrás al firmamento.Yo nací en 1994, un año marcado por aquel primero de enero en que se levantaron los zapatistas en Chiapas, también señalado por la victoria electoral de Nelson Mandela. Muchos lo recordarán por el suicidio de Kurt Cobain o la muerte de Ayrton Senna, el nacimiento de la primera Playstation o el estreno de Pulp Fiction. En Cuba sin duda se vivían los momentos más duros del Período Especial. Si me preguntan a mí, prefiero decir que nací el año del Mundial de Fútbol de Estados Unidos.

Con apenas dos meses, por primera vez dejé de ser el centro de atención en mi casa, cuando toda la familia corrió hacia la televisión para ver el partido entre norteamericanos y suizos que, disputado en Detroit, inauguraba dicho campeonato. Geográficamente hablando, nunca se había desarrollado un mundial tan cerca de nuestra casa.

Desde muy niño supe (y odié saberlo) que, mientras dormía en una cuna, Maradona se despedía para siempre, de la mano de una enfermera, del torneo que lo elevó años atrás al firmamento. Al mismo tiempo, otro legendario de esta competición, Ronaldo Luis Nazario Lima, fue turista con dorsal en aquel campeonato: no logró levantarse del banquillo a patear una pelota. Hay quien sale campeón hasta sentado.

El goleador italiano Roberto Baggio desempeñó el papel de villano en este, el primer mundial definido desde los once metros, tras fallar el último lanzamiento y convertir a los brasileños en heptacampeones. Todo, gracias al milagro de tener corriente eléctrica en la casa, aquel día lo pudo grabar mi padre en un casete de formato Betamax (esos que después nos parecerían miniaturas al lado de los “modernos” VHS) para mostrármelo cuando creciera. Mi padre, fanático de la canarinha, se anotaba un hijo y un título del mundo en solo meses.

Mis primeros recuerdos del fútbol aparecen cuatro años más tarde, cuando se disputó en tierras francesas la edición número dieciséis del Mundial. Estos recuerdos, paradójicamente, no son de golazos ni paradas espectaculares, sino de mi abuelo y mi padre viendo partidos en un diminuto televisor a color. El círculo blanco de la media cancha sobre el fondo verde lo tengo aún grabado en la retina.

Ahora reparo que en mis primeros encuentros con el fútbol todo era al revés: se jugaba al amanecer, era practicado por personas mayores, lo veía solo, desde una grada tan vacía en la que muchas veces luché contra el sueño. Para colmo de paradojas, el equipo de mi abuelo, que siempre salía campeón, se llamaba Cerveceros, y eran precisamente los jugadores, y no el público, los que tomaban mayor cantidad de cervezas.Mi abuelo, que nació en España, habría sido futbolista profesional de no haber escapado hacia el paraíso del béisbol. Con poco más de 60 años, Betancourt, como lo llaman sus amigos, era uno de los delanteros estrella de la liga de veteranos de La Habana. Yo iba todos los domingos antes del amanecer a verlo jugar en el Estadio de La Polar.

Ahora reparo que en mis primeros encuentros con el fútbol todo era al revés: se jugaba al amanecer, era practicado por personas mayores, lo veía solo, desde una grada tan vacía en la que muchas veces luché contra el sueño. Para colmo de paradojas, el equipo de mi abuelo, que siempre salía campeón, se llamaba Cerveceros, y eran precisamente los jugadores, y no el público, los que tomaban mayor cantidad de cervezas.

Además de que el fútbol es cosa de domingos, aprendí en la Polar a montar bicicleta, trepar construcciones en ruinas, saltar en las lianas de los árboles y que a los balones de fútbol, si se les pegaba muy desviado, podían caer al río. De hecho, siempre pensé que los grandes estadios debían tener un río cerca, y que si en el Bernabeu o en el Calderón se le pegaba muy fuerte a la pelota, esta iría a parar al Manzanares.

El primer Mundial que vi íntegramente de este deporte, que tantos tilos y meprobamatos me haría tomar en el futuro, sería el de 2002. Acostumbrado a madrugar para ver a mi abuelo, no me molestó en lo absoluto que este torneo se disputara antes del amanecer, más bien me parecía natural.

Hoy no puedo negar que de ese campeonato salí un poco confundido. Mi selección favorita fue Turquía; le tomé un especial aprecio a un delantero suplente de aquel equipo llamado Ilhan Mansiz, quien sería mi primer ídolo. Eso sí, efímero, porque nunca más lo vi jugar.

Por aquella época me costaba trabajo separar al fútbol de la ficción: Hércules, Batman, Tarzán, Harry Potter, Tom Sawyer y los Power Rangers se me entremezclaban con las estrellas del balompié.

En 2002 también comprendí que España era el mejor equipo del mundo, pero los árbitros nunca los dejarían ganar, aunque el Real Madrid los vengara constantemente en la Champions. Supe que los alemanes eran puro músculo, que en los porteros ingleses no se puede confiar, que los brasileños bailaban samba a la par que jugaban. Los coreanos me demostraron que cuando se juega en casa, el árbitro puede convertirse en el jugador número doce.Aprendí en aquel campeonato, mientras en mi cabeza se mezclaba lo real con lo fantástico, todo lo que sé hoy en día. Supe que Vieri era un toro, y que nadie lo podía parar cuando encaraba a la portería rival, que “Tarzán” Puyol, defensa de la selección española, podía caer al suelo de cualquier forma sin hacerse daño, porque era de goma. De Raúl, mi futuro ídolo, me dijeron que no jugaba muy bien con España, pero era “el ángel del Madrid”, cosa que me pareció sobrenatural, aunque completamente creíble.

En 2002 también comprendí que España era el mejor equipo del mundo, pero los árbitros nunca los dejarían ganar, aunque el Real Madrid los vengara constantemente en la Champions. Supe que los alemanes eran puro músculo, que en los porteros ingleses no se puede confiar, que los brasileños bailaban samba a la par que jugaban. Los coreanos me demostraron que cuando se juega en casa, el árbitro puede convertirse en el jugador número doce.

Supe que en los Estados Unidos había un jóven llamado Donovan que daba gusto verlo jugar, y que para disfrutar de los argentinos habría que esperar. Vi por primera vez a aquel brasileño de pelo largo y dientes pronunciados, Ronaldinho, sin sospechar cuántos domingos amargaría en mi adolescencia. Tuve mi propia final del Mundial: la surrealista lucha por el bronce entre coreanos y turcos. A día de hoy, aquel partido me sigue pareciendo el más bello que se haya jugado alguna vez.

Recuerdo a mis padres levantandome temprano para ver el último juego de ese campeonato que, para mí, se había acabado en el duelo por el tercer lugar. No había amanecido, pero toda la familia estaba reunida en la sala aquella mañana en que Ronaldo marcó dos goles al mejor portero del torneo y festejó repitiendo el mismo gesto con que me regañaban los profesores. Quizá lo que más llamó mi atención fue que un equipo tan alegre como el brasileño, se clavara en el suelo tras la victoria a pronunciar rezos y plegarias en vez de correr de felicidad por todo el estadio.

No olvido a un vecino llegando eufórico, a festejar en mi casa, feudo español por naturaleza, pero también embajada del fútbol en el barrio. Cuando Cafú levantó la copa, alguien dijo que tocaba el cielo con sus manos. Desde ese momento sé que no hay nada en la vida como ganar un Mundial de Fútbol. Cada 4 años miro con envidia a los 23 elegidos que levantan esa copa, con la certeza que en los segundos en que sale el confeti y el capitán alza el trofeo, se encuentran literalmente en el cielo.

Aquel día terminó el Mundial para todos excepto para mí, quien con la certeza de que el fútbol era mucho mejor que las películas, volví a ver esos partidos diariamente, en perfecto orden, durante dos años.

Otro gran descubrimiento por aquella época fue un libro: La Guía de la Liga Española, de la revista Marca. Ahí descubrí los planteles de todos los equipos, los nombres de los estadios, de los presidentes, los palmarés, los récords históricos. Mientras leí aquello, sentí que entraba a un nuevo mundo, con sus propias reglas, sus pesonalidades, sus ciudades. Un mundo mucho más grande de lo que imaginaba, y del que decidí formar parte desde entonces.

Confirmé que todo todo lo vivido en tierras asiáticas continuaba, de forma más desorbitada, a nivel de clubes. Descubrí que el Madrid acababa de salir campeón de Champions con un fantástico gol de volea de un calvo, al que llamaban Zizou. El brasileño Roberto Carlos también estaba allí, así como Lucho Figo y el “ángel del Madrid”, aquella figura mitológica llamada Raúl González, y por si quedaba alguna duda sobre su filiación con los merengues, lo aclaraba su segundo apellido: Blanco.

Por entonces comenzaba en Europa la temporada 2002-2003; y yo, aquí en Cuba, en el tercer grado, pidiéndoles a mis padres que me cambiaran de escuela, porque yo no quería estudiar sino ser futbolista. Semana tras semana sintonizaba religiosamente el programa Gol, con aquella memorable presentación en la que se hablaba “del deporte más hermoso del mundo”, cosa que aquel niño, no entendido en metáforas, se tomaba al pie de la letra.

En ese entonces, lo que hoy me resulta inadmisible me parecía prodigioso; los partidos eran muy atrasados y del primer tiempo transmitían solo un resumen.

La Liga española era una competencia tranquila, que yo iba ilustrando mediante aquellos partidos vistos los sábados al mediodía, y cuyos resultados seguía con 15 o 21 días de atraso, pues era el ritmo con el que llegaba a mi casa un periódico llamado Galicia en el Mundo. En las páginas deportivas siempre buscaba emocionado la tabla de posiciones para ver como iban los blancos. Me parecía una cosa de suerte, una semana podían aparecer en primer lugar, otra en tercero. En aquel periódico se disputaba el verdadero campeonato para mí.

Otro libro que por la época me influyó muchísimo, fue la biografía que unos periodistas escribieron sobre Diego Armando Maradona. Todo universo precisa de sus leyendas, y la del Diego es bellísima, más para un niño. La leí como un libro de aventuras. La historia del Diego en Cebollitas, Boca Juniors, me atrapaba tanto como la de Huckleberry Finn en el Mississippi.

De pequeño asociaba el fútbol más a lo fantástico que a lo real. Entonces fue cuando creí que Maradona era cubano. Argentina no era más que el nombre que se ponían los cubanos para ir a los mundiales, encabezados por Maradona, a quien alguna vez había visto por La Habana. Guiado por todas aquellas historias del muchacho de Cebollitas, que me parecían tan cercanas, me hice fanático de la albiceleste. Diego fue para mí lo que Harry Potter para muchos de mis amigos.

La Liga española estaba llena de sorpresas en aquellos tiempos iniciáticos. El primer campeonato que recuerdo haber ganado, me lo disputó la Real Sociedad; le temía en la misma medida a los partidos contra el Valencia del “Ratón” Ayala y del “Payasito” Aimar, que a los del “Superdépor” de Juan Carlos Valerón y Diego Tristán. El Barcelona, con Saviola y Rivaldo en la punta, marcaba goles de fantasía, pero no podía entenderme con ellos, porque en vez de tener a un ángel en el terreno, lanzaban cabezas de cerdo y botellas de whisky a los estadios.

Todavía mis padres no me permitían ir solo a la escuela y ya había comprendido que seguir el fútbol desde aquí sería difícil, donde la única oportunidad de ver rodar un balón pasó a ser los domingos a las 8 de la mañana. Con la tozudez que solo tienen los niños y los viejos, durante mucho tiempo me desperté antes del amanecer, y me senté frente al televisor desafiando al hipnótico patrón de prueba, única programación de las madrugadas entonces, hasta que saltasen las notas del himno nacional y a continuación mi anhelado programa Gol.

La adicción se agravó mientras crecía. Cada vez seguía el fútbol con más regularidad; comencé a entrar a los hoteles para ver los partidos, al principio de la mano de mi padre o mi abuelo. Después pase años siguiendo los partidos en internet, y me dí cuenta de que la Liga era mucho más vertiginosa de lo que mostraba Galicia en el Mundo.La adicción se agravó mientras crecía. Cada vez seguía el fútbol con más regularidad; comencé a entrar a los hoteles para ver los partidos, al principio de la mano de mi padre o mi abuelo. Después pase años siguiendo los partidos en internet, y me dí cuenta de que la Liga era mucho más vertiginosa de lo que mostraba Galicia en el Mundo.

Las cosas cambiarían mucho en el futuro: el Madrid se quedaría sin ángel; traerían a otro Ronaldo, más atlético pero menos mágico; Zizou, ya retirado, ahora ocupa el banquillo; Casillas, el portero que volaba entre los palos, se diluiría en conflictos con Mourinho, el único entrenador necesitado de más protagonismo que sus jugadores.

El fútbol se juega por las tardes casi todos los días de la semana; el Dépor, el Valencia y la Real Sociedad son equipos de media tabla; sin embargo, aquel Atlético mediocre, de la mano de un exjugador nada vistoso, Simeone, le discute los campeonatos a un Barcelona que encontró al nuevo Maradona, quien con más disciplina y menos carácter responde por Messi.

Afortunadamente, en esta ínsula el fútbol se ha convertido en cotidiano. Ya no es necesario madrugar para ver goles, ni ir a España para ver al angel del Madrid. Cada vez somos más “los tifosos”, quienes por más que nos digan que no, juramos que a la pelota se juega con los pies.

Categoría: Artículos | Tags: | | | | | |

Director: Fidel Díaz Castro

Diseño web: Héctor Otero

Relaciones públicas: Racso Morejón

Redacción digital: Editor: Racso Morejón y Darío Alejandro Escobar

webmaster: Racso Morejón

Desarrollador web: Escael Marrero

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados