Actualizado el 5 de mayo de 2017

La isla de los confinados

Por: . 15|4|2017

El 12 de diciembre de 1941 marca el inicio de la tragedia de los japoneses en suelo cubano. Fue el día en que los declararon “Extranjeros enemigos”...

Fotografía de Alexis Pérez Soria

La primera noticia acerca de los japoneses confinados en el Presidio Modelo la tuve en abril de 2012. Yo había ido a la Isla de la Juventud con un grupo de “tecleros”1 a desarrollar acciones comunitarias y a conocer la Isla. Mi visita inicial fue al antiguo penal y, después de explicar su pasado y el paso de los moncadistas por allí, la guía dijo:

—El Presidio también sirvió como campo de internamiento para los ciudadanos japoneses, alemanes e italianos residentes en Cuba durante la Segunda Guerra Mundial.

En el acto todos mis sentidos se pusieron alertas. Antes de que la guía terminara de relatarnos, la historia me había atrapado completa y definitivamente. No tenía remedio, aun cuando estaba segura de que ya los confinados no estarían vivos, aun sin saber si los descendientes estaban en Cuba, si estaban dispuestos a hablar, si… A pesar de las dudas, lo decidí: iba a escribir sobre aquellos hombres y sus familias —específicamente sobre los japoneses, porque fueron los más marginados y los más numerosos—; sobre la injusticia y el desarraigo; sobre el sufrimiento de los hombres y la valentía de las mujeres; sobre los hijos que crecieron sin padres, los de Cuba y los de Japón.

En febrero de 2013 encontré mi segunda pista: una foto de Mario Naito, uno de los descendientes, en un libro de Jaime Sarusky; fue la punta para desenrollar la madeja. Al otro día fui al Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) donde trabaja y conversé con él. Me contó lo que sabía de los sucesos, me contó de Miyasaka, el representante de la Comunidad Japonesa en La Habana, y de otras familias. Conocí a los hijos de los confinados y me dijeron: “Adelante, de lo que sabemos le vamos a contar.” Entonces comenzó mi andar de La Habana a la Isla de la Juventud y a Pinar del Río.

De la capital caminé cada rincón donde supe había alguien con sangre nipona, y en Pinar del Río me entrevisté con Margarita Iwasaki y Mieko Inoue. A la Isla de la Juventud regresé en enero de 2014. De allí saqué algunos de los testimonios más desgarradores y vi a Shimazu, el único sobreviviente de los internados, el que residía en el Hogar de Ancianos y murió con ciento ocho años.

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El 12 de diciembre de 1941 marca el inicio de la tragedia de los japoneses en suelo cubano. Fue el día en que los declararon “Extranjeros enemigos”, ordenaron su reclusión en campos de internamiento y nombraron a un interventor que dispusiera de sus propiedades, todo por medio del Decreto Ley No. 3343. Al Presidio Modelo no los llevarían hasta 1942.

Muchos coinciden en que fue en septiembre de 1898 cuando el primer inmigrante de la Tierra del Sol Naciente arribó a la Mayor de las Antillas, pero es la década de 1920 la que registra la mayor cantidad de entradas. La situación económica imperante en Japón propició que algunos de sus ciudadanos se aventuraran al Nuevo Mundo en busca de mejoras.

Aun cuando Cuba no fue el primer destino —pues un gran número llegó luego de pasar por México, Perú, Brasil, Nicaragua…—, la propaganda que hablaba de millones danzando y de vacas gordas en la Isla la convirtió en el lugar ideal para hacer fortuna y luego regresar a las naciones de origen. Ya para 1941 muchas de estas esperanzas habían sido frustradas y la orden de encarcelamiento acabó de pisotearlas.

Francisco Miyasaka asegura que la causa del confinamiento tuvo un fuerte contenido político: Batista siguió los pasos de los yanquis que, a fin de cuentas, eran quienes realmente nos gobernaban.

—Fíjate que los lazos entre Cuba y Japón no eran malos. En 1902 hay un mensaje del emperador felicitando a Estrada Palma, el primer presidente de la República, y en 1927 comienzan las relaciones diplomáticas. Entonces, ¿a fe de qué declarar la guerra a un país que no te había agredido?

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La injusticia enclaustró entre las paredes del Presidio Modelo a trescientos cincuenta japoneses, de ellos nueve descendientes mayores de edad.

Fotografía de Alexis Pérez Soria

La injusticia enclaustró entre las paredes del Presidio Modelo a trescientos cincuenta japoneses, de ellos nueve descendientes mayores de edad. Estuvieron allí, en el edificio de Ingreso y Selección, casi cuatro años; los liberaron en enero de 1946, cinco meses después de la capitulación de Japón. Todavía hoy se desconoce el porqué de semejante zarpazo.

Durante todo ese tiempo permanecieron en pésimas condiciones, con una alimentación horrenda, deficiente atención médica, expuestos a los embates del clima. Muchos se enfermaron y nueve fallecieron. Satochi Enomoto fue uno de ellos.

Por otra parte, las visitas eran cada quince días o una vez al mes, aunque la gran mayoría no las recibió nunca pues las familias residían lejos, en la Isla grande, y no contaban con recursos para sufragar los gastos del viaje. Los que sí fueron pudieron vivir la crueldad de los encuentros: durante quince minutos debían sostener un diálogo en español y en alta voz, para que los guardias pudiesen escuchar. Un significativo porciento de los japoneses no dominaba el español, así que aquellos minutos se iban en miradas tristes, llenas de desesperación.

Y no fueron los hombres los que más sufrieron, sino las mujeres. Casi en su totalidad eran japonesas y se quedaron solas, con hijos pequeños y prácticamente sin ayuda de nadie. Eso sin contar la xenofobia de que fueron víctimas en ciertos pueblos. Las cubanas, al menos, tuvieron a sus familias para apoyarlas, pero las niponas se vistieron de heroínas, sembraron la tierra, vendieron helados, atendieron barberías y mantuvieron los hogares. Igual hicieron los hijos mayores, algunos casi niños. Este fue el caso de Miyuki Iha, quien murió con veintitrés años en 1954 porque los fertilizantes le intoxicaron la sangre.

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Para 1998 solo quedaban en suelo cubano quince nipones de primera generación. Hoy solo está Shimazu, en un Hogar de Ancianos de la Isla de la Juventud. Hasta el quinto grado de consanguineidad suman alrededor de mil doscientos los miembros de la Comunidad Japonesa Cubana, con presencia en todas las provincias y el Municipio Especial, excepto en Guantánamo.

He ido a buscarlos a sus hogares. He conversado con ellos y los he visto mezclar costumbres y tradiciones, pues también son cubanos. Tal vez muy pocos los reconozcan en el andar agitado de estos días, pero esos hombres y mujeres de ojos rasgados guardan mucho más que una identidad diferente a la nuestra.

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SAMURÁI3

En la Isla de la Juventud hubo  un samurái. Vivía en un hogar de ancianos, pero no lo sabía. Tenía ciento seis años, o ciento siete si lo cuentas como los japoneses, pero a veces decía que son ciento dieciocho. Se llamaba Shimazu y tal vez no lo recordaba. Yo le conocí.

Miyasaka fue el primero que me habló de él, no me dijo que era un guerrero nipón, mas debí suponerlo.

—Uno de los japoneses confinados en el Presidio Modelo en 1943 está vivo, es el único que queda —me espetó una tarde a mediados de mayo de 2013, y yo no le podía creer.

En enero de 2014 fui a Gerona. Allí le vi.

El viaje desde Batabanó dura casi cuatro horas. En el catamarán se hace cómoda la travesía. Si te toca cerca de las ventanillas puedes ver el mar de un azul que solo existe ahí; si no, nada más te llegan de refilón pedazos de olas a través del cristal ajeno.

Cuando por fin divisas la Isla, te dan la bienvenida las montañas y te asalta la zozobra de si por algún azar de la vida no tendrás que quedarte en este pedazo de tierra para siempre; al menos a mí me pasa. Y el samurái se quedó.

Mi primer entrevistado en la Isla fue Nobor Miyazawa. Yo quería saber sobre la vida de estos hombres en presidio y Nobor me narró lo que sabía. Me contó su historia, me habló de Japón, de su economía, de la Isla de Pinos en la época de su papá, de la capacidad de trabajo de aquellos japoneses, verdadera lección para los productores de hoy, y me habló de Shimazu. Quería conocerlo y Nobor me dijo:

—Está en el asilo, puedes ir a verlo, aunque no te va a aportar nada de lo que estás buscando; tiene demencia.

Le respondí que no importaba, que escribir sobre él me era suficiente, que no todos los días se encontraba uno a un japonés llegado a Cuba en los años veinte y que estuviera entre los confinados del Presidio Modelo; mucho menos a uno vivo. Le pedí que me relatara más y entonces supe que Shimazu tiene sus creencias, que dice tener dos santos: uno japonés y una virgen cubana, que lo cuidan y que ha durado tanto porque nació un 24 de diciembre.

Hoy solo está Shimazu, en un Hogar de Ancianos de la Isla de la Juventud. Hasta el quinto grado de consanguineidad suman alrededor de mil doscientos los miembros de la Comunidad Japonesa CubanaYa pasan las dos de la tarde en el Hogar de Ancianos Francisca Navia Cuadrado, de Nueva Gerona. Estamos a mediados de enero, hay frío y para mañana anuncian más. En el patio se encuentran varios abuelos. Antes de entrar juego a adivinar cuál de ellos es Shimazu. Pero no está en el patio. Entonces pido hablar con el director.

Armando González Pérez es licenciado en enfermería, es un hombre afable y accede a conversar conmigo. Indago por el japonés y me cuenta de su reloj biológico, de la confusión con su nombre, del combate diario cuando hay que bañarlo, de lo ambiguo de su edad.

En su documento de identidad se puede leer “Sanrichiro Shimazu”, mas algo apunta a que hay una r que sobra; por un tiempo fue Michiro o Sanichiro, invariable solo el apellido, y así es como mejor se le conoce. También dice que nació en 1907, por lo que tiene ciento seis años para nosotros, porque los japoneses cuentan según el tiempo vivido y así Shimazu ostentaría ciento siete inviernos. Pero a veces el samurái se ufana en decir:

—Ciento dieciocho, ¡sin medicinas!

Entonces ríe, abre la boca, se señala la encía desnuda y exclama:

—¡Y sin dientes!

Es todo un personaje Shimazu. Anda con un mecanismo exacto como el Big Ben de Londres, y no se sabe el reloj. Se levanta de madrugada a la misma hora y conoce cuándo tiene que desayunar, merendar, almorzar, comer, salir al patio, fumar; y fuma, fuma muchísimo, el cigarro se le ha adherido a la mano y no le puede faltar. Sin embargo, anhela que las manecillas salten de la una a las tres, pues a las dos toca el baño. Shimazu detesta bañarse.

En la oficina de Armando se sienten los gritos en japonés que recuerdan a los samuráis de las películas. Así sucede siempre, esa es su odisea. Empuña el bastón con fuerza y pone la misma excusa: que mañana se va, que se va a morir:

—Yo matar a ti —le grita a la asistente y le muestra el bastón que ahora es su katana.

Las muchachitas se ríen, lo arrastran casi y él se resiste con toda la fuerza que nadie puede imaginar en este anciano de andar lento. Las muchachitas ríen y lo bañan.

Shimazu nació en el año cuarenta de la Era Meiji en Niigata, una prefectura del Japón, y a Cuba llegó en la primavera de 1928. Se fue a la entonces Isla de Pinos a vivir con el tío que lo mandó a buscar, en el poblado de Santa Bárbara. Allá estuvo durante treinta años y el campo le dio para vivir. Fue agricultor y de los buenos. Luego se mudó para El Júcaro.

Alguna vez, en los años 80, comentó a una periodista:

—Yo vine para quedarme. No tengo quejas ni faltas.

Hortensia Oganeku tenía seis años cuando Risei Uyema se asentó en McKinley y, muy joven, se casó con él. Era hija de dos inmigrantes japoneses que alguna vez trajeron las mismas intenciones que Risei. Y un día, en El Júcaro, decidió que ya no podía seguir solo. Nunca se casó, no tuvo familia. Así, entregó todas sus tierras al Estado y se internó en el Hogar de Ancianos donde le vi. Era 21 de septiembre de 1997 cuando les ingresó el abuelito más antiguo, la reliquia del lugar.

Shimazu sale lentamente del baño. Cada paso es una victoria. Demora ocho minutos en avanzar poco menos de dos metros, pero no permite ayuda. Pasa de largo cerca de la silla que habitualmente ocupa en el comedor, señal de que va hacia el patio, y se sienta en su sillón.

Tres pares de ojos lo miran atentos, y él, indiferente. Tres personas conversan sobre él y no se entera. Su mente anda lejos, muy lejos, quién sabe dónde. Pero si una de las personas se le acerca, saca una cámara, lo fotografía, Shimazu posa, hace una reverencia, extiende la mano, y si dice algo es en “espanjaponés”, el idioma que usa.

—El japonés es el san Benito de aquí, el día que falte lo vamos a extrañar —dice Armando y me anuncia que en la Isla están pensando construir un hogar con mejores condiciones y que posiblemente se llame Sanrichiro Shimazu.

La certeza del cariño que inspira Shimazu me la trae un ancianito carismático que pareciera salido de una película de Cantinflas. Lleva un gorrito de colores y viene bailando y silbando con un cómico movimiento de las manos. La escena que se sucede es simpática y mucho, pero sobre todo, es tierna.

—¡El japonés! Ciento siete años, como han matado gente y tú todavía vivo. Ahorita me entierras a mí.

Pero Shimazu continúa impasible.

—A ver, un cigarrito para el japonés —se lo enciende, le acaricia la cabeza y le aconseja:

—Tienes que hacer como yo, que con noventa y dos años tengo dos mujeres y todavía canto.

El japonés no parece oírlo, le acepta el cigarro y fuma. Fuma muchísimo.

Shimazu vivía en un asilo de la Isla de la Juventud y quizás ni se acordaba. Se inventó un idioma nuevo y caminaba encorvado pero no permitía ayuda y les gritaba a las enfermeras cuando lo querían bañar. Puede llevar nombre de samurái o no. Quizás nunca peleó, mas su alma era de guerrero. Tenía ciento seis años, o ciento siete si lo cuentas como los japoneses, y a veces decía que son ciento dieciocho. Murió en Nueva Gerona, yo le conocí.

ABUELO RISEI4

La de Berta Uyema es una casa grande en el fondo de Ciro Redondo, otro pueblecito perdido de la Isla de la Juventud. En la Isla de la Juventud, a no ser Gerona y La Fe, todo lo que queda son pueblecitos perdidos. La casa es de mampostería con techo de placa, es espaciosa y tiene las puertas y las ventanas protegidas con malla metálica contra los jejenes, porque está ubicada a escasos kilómetros de la costa.

Llegué una mañana de marzo de 2014 y Berta escogía en la mesa del comedor unos frijoles colorados para el almuerzo, aunque apenas el reloj pasaba de las siete. Es una señora de setenta y seis años, de pómulos anchos, labios hundidos y ojos rasgados. Y siempre lleva bastón.

Berta habla poco, poquísimo, como si le costara trabajo sacar las palabras. Le preguntas y ella permanece ensimismada durante unos segundos, demora en responder y lo hace con una sonrisa mezcla de dudas y timidez. Indagas por sus padres, por las siembras, por la época de Presidio, y Berta se pierde en el tiempo, remueve sus recuerdos y los trae despacio, muy despacio, como si tuviese miedo de que se fueran a romper.

Afuera el sol comienza a desperezarse, pero en el comedor de la casa de Berta la luz no cambia, las horas no avanzan; mejor, se estacionan en los años veinte del siglo pasado, en una historia pasada también.

Risei Uyema, nacido en Okinawa, era profesor en Tokio y un día escuchó decir que en una isla del Caribe llamada Cuba se ganaba mucho dinero en poco tiempo y que los japoneses iban allí a hacerse poderosos. Pero arribó aquí y se encontró con un panorama completamente diferente.

—Mi papá llegó en 1926 y decía que no hubo año tan malo como ese. Al menos para él fue así. Comenzó a trabajar en Camagüey y finalmente se mudó a la Isla de la Juventud.

Hortensia Oganeku tenía seis años cuando Risei Uyema se asentó en McKinley y, muy joven, se casó con él. Era hija de dos inmigrantes japoneses que alguna vez trajeron las mismas intenciones que Risei. En 1936 les nació José, el primer niño, de cinco que tendrían en lo adelante. Berta vino en 1938 y sería la única hembra.

Dice Berta que el día que se llevaron a Risei andaba un camión cargando a todos los japoneses de la zona, a los hombres mayores de edad, y que no dejaron ni uno libre. Berta era muy pequeña, mas recuerda que fueron los de la guardia rural y que entonces su mamá tuvo que sembrar en el campo para poder mantenerlos a ellos.

—Nosotros nos quedábamos en la casa mientras mamá iba a la finca. La suerte era que estaba cerca y que mis tíos, ya mayores, ayudaban a mi mamá. Y José, que también hacía algo.

A Hortensia Oganeku le tocó sufrir doble aquella injusticia. Además de su esposo, en el Presidio Modelo confinaron a su papá. A sus hermanos no pues aún no cumplían los dieciocho, aun así, el mayor nunca fue a la visita por miedo a que allí mismo lo hicieran prisionero.

Del momento en que su papá regresó al hogar, Berta no se desprende por nada. Dice que todos saltaban de contento y que en un cajón Risei trajo un presente para cada niño. En los tres años que pasó encerrado tejió un suéter a cada uno de sus hijos y ese día se los entregó.

Después, el trabajo diario en el campo sería su principal preocupación. De Japón le quedaría el sushi, el pescado crudo, el trato amable y la rectitud con que educó a su prole. Risei Uyema murió en 1972 y Hortensia Oganeku, en 1999.

—A la escuela no se podía faltar, y eso que nosotros empezamos a estudiar grandes ya. Y en la casa había que hacer tooodo lo que mi papá dijera.

A pesar de las dudas, lo decidí: iba a escribir sobre aquellos hombres y sus familias —específicamente sobre los japoneses, porque fueron los más marginados y los más numerosos—; sobre la injusticia y el desarraigo; sobre el sufrimiento de los hombres y la valentía de las mujeres; sobre los hijos que crecieron sin padres, los de Cuba y los de Japón.

Fotografía de Raúl Cañibano

En el Museo Municipal de la Isla de la Juventud, en Nueva Gerona, hay una exposición permanente que recuerda el encierro de los japoneses en el Presidio Modelo durante la Segunda Guerra Mundial.

Si un niño viene de Ciro Redondo a Gerona y pide ir al Museo Municipal, no a Coppelia, no a montar los aparatos en la esquina del parque, sino al Museo Municipal, puede ser motivo de asombro. Pero escuché de uno que cada vez que salía de su pueblecito perdido hacía la misma petición:

—Quiero ir al Museo para ver a mi abuelo.

Después supe que el niño era el bisnieto de Risei Uyema y que el poco de sangre nipona que le corre por las venas le alcanza para desbordarse de orgullo siempre que contempla el retrato en una pared del Museo Municipal de Nueva Gerona, aunque Risei Uyema haya muerto hace más de cuarenta años y el niño no lo haya conocido.

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NOTAS

1. Personas que en todo el país leen la sección La Tecla del Duende del periódico Juventud Rebelde. (Nota del Autor).

2. Ver Rafael H. Reyna: “El problema de los japoneses en Cuba”, Bohemia, 21 de diciembre de 1941, p. 27. (Nota del Autor).

3. Sanrichiro Shimazu murió en el Hogar de Ancianos de Nueva Gerona el 10 de julio de 2016, cinco meses antes de cumplir 109 años. Sirva esta crónica como homenaje a toda su vida. (Nota del Autor).

4. Este capítulo del libro obtuvo Mención en el Concurso de Periodismo Cultural del Caimán Barbudo en 2016. (Nota del Editor).

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