Actualizado el 17 de mayo de 2017

De escudo

Por: . 17|5|2017

En tiempos en los cuales muchas veces se tiende a desdibujar la individualidad cultural de cada país, mantener la trova cubana representa como un escudo que impida que seamos confundidos en un caldero amorfo.

Fotografía de Richard

Aquella vez estábamos sentados alrededor de una mesa en el patio del Patio de la EGREM. Esto quiere decir que, donde estábamos, se escuchaba la guitarra lejísimos, voces, algunos feedbacks; y cuando alguien abría la puerta que da del patio al Patio podíamos escuchar algunos versos cantados. Nada claro.

Pero cuando alguien abría la puerta él hurgaba allá adentro ladeando la cabeza, se metía en la música, se iba, hasta que alguien cerraba la puerta y entonces volvía a hablar.

—Ahora se van a contar siete años de que empezamos a hacer estas peñas —me dijo—. Y en ese momento, excepto el Centro Pablo, no había espacios más o menos estables para la presentación de trovadores.

Yo estaba allí armando un reportaje sobre las peñas de trova en La Habana.

Él allí estaba porque siempre estaba. Los miércoles. Sobre las cuatro y media.

Ya él no bebía alcohol y yo tampoco.

Así que estábamos uno frente al otro chupando el absorbente de una caja con jugo mientras las otras gentes a la mesa bebían ron.

Me dijo:

—Esta peña es una peña coordinada por El Caimán Barbudo. Y hemos, siempre, por tradición, en el Caimán, hecho peñas en donde convergen trovadores de diferentes generaciones. Puede venir, como acaba de cantar ahora, un muchachito que no tiene 20 años, y un trovador consagrado como es Adriano Rodríguez, que vino varias veces.

«Y en el tiempo también nos gusta, cada vez que haya oportunidad, que haya la presencia de cantores de otros lugares de nuestra América y de Europa. Incluso creo que más allá de Europa, porque, aunque te parezca un poco loco, aquí… hasta un chino ha cantado aquí.

«Y esta peña trata siempre de atender con la misma preferencia que se atiende al más connotado cantor de otro país, a los trovadores que vienen de Guantánamo, de Las Villas. O sea, hay una preocupación por lo coral del país, y por sumar lo que se pueda de todo el mundo».

Creo que tenía una camisa a cuadros, unas chancletas cerradas alante, y que fue una de las pocas veces que lo vi sin la barba.

Adriano Rodríguez

Fotografía Richard

—Yo creo que, desde que la peña empezó hasta ahora, se ha probado que la canción trovadoresca tiene un público, que son mayoritariamente jóvenes, pero vienen gentes de todas las edades, y son receptivos a ese lenguaje signado por la intimidad, diría yo; donde se dicen cosas de los sentimientos individuales, de las preocupaciones sociales, de las preocupaciones patrióticas, de la vida.

Alguien abrió la puerta. Él miró adentro.

—Ya. Dime qué otra cosa que me voy…

Le pregunté algo tonto. La importancia que le deba a la peña.

Fue paternal.

—Lo que aporta esta peña a la trova cubana es la posibilidad de mantenerse viva en el contexto del resto de músicas que tiene el país, que son muchas, y que a pesar de lo que piensen otras personas, gozan de muy buena salud. De lo que no gozan muchas veces es de buena divulgación. Por lo cual el gran público no se entera de qué ocurre con la trova, y con el jazz, y con la música lírica… Más o menos los más favorecidos, por cuestiones que uno puede suponer, son los ritmos populares bailables, que además son importantísimos, ¿no?

«Y quería ratificar que en el camino este de los siete años se han pasado dificultades: no siempre hubo las mejores condiciones; no siempre el vecindario comprendió que aquí se estaba produciendo un hecho cultural…

La mayor importancia de mantener una peña de la trova, así como de hacer otras acciones culturales con la trova, que pasan por la televisión, por la radio, por la grabación de discos, es mantener un hilo de continuidad que comienza en el siglo XIX.

Foto Elio Miranda

«Y nuestra peña (otros hablarán de sus peñas, pero yo hablo de la trova) ha tenido siempre el más grande apoyo de la EGREM; y hasta de músicos de otros géneros, como fue el caso de Frank Fernández, que nos apoyó para poder conseguir una primera guitarra propia para que hiciéramos la peña, porque se daba la casualidad de que al principio venían muchos trovadores, y cada uno de esos trovadores decía: bueno, seguro que Fulano trae la guitarra. Y hubo veces de desesperación, en donde había ocho trovadores y no había guitarra. Entonces a esa hora había que inventar: quién vive más cerca, qué transporte se pudiera buscar. Pero bueno, logramos una guitarra propia. Y, sin embargo, la gente trae sus guitarras, porque al final a la gente le gusta tocar su propia guitarra, ¿no?».

Hubo aplausos adentro.

Sonaban dos, tres voces, con más de una guitarra y un cajón.

—La mayor importancia de mantener una peña de la trova, así como de hacer otras acciones culturales con la trova, que pasan por la televisión, por la radio, por la grabación de discos, es mantener un hilo de continuidad que comienza en el siglo XIX.

«Una de las primeras manifestaciones en las que se conforma la nacionalidad cubana, es la trova. Y en tiempos en los cuales muchas veces se tiende a desdibujar la individualidad cultural de cada país, mantener la trova cubana representa como un escudo que impida que seamos confundidos en un caldero así, amorfo, sin particularidades».

—¿Y socialmente?

—Socialmente igual, porque los trovadores son, de alguna manera, termómetros de lo que sucede en el país, cada cual con su lenguaje.

«Ya el trovador no tiene que ser el que se acompaña solo con una guitarra, sino que puede haber una percusión, una pequeña banda; pero la esencia es decir las cosas que suceden, y proponer, además, mediante una crítica que puede tener la canción trovadoresca, soluciones… Es una reserva de preguntas y respuestas que hace la sociedad misma a través de su canto».

Hubo un silencio ahí. Se levantó.

—Me voy.

...lo único que te pido es que, si vas a escribir Bladimir Zamora, no vayas a escribirlo con uve, porque es con be.

Fotografía Racso Morejón

Fue hasta la puerta, y ya con la mitad del cuerpo adentro miró hacia donde estábamos, me dijo:

—En fin, lo único que te pido es que, si vas a escribir Bladimir Zamora, no vayas a escribirlo con uve, porque es con be.

—No. Obviamente, no.

—Sí, sí, pero yo sé lo que te digo.

Chupó la caja con jugo y se fue.

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