Actualizado el 17 de mayo de 2017

Patria Grande:

Un festival de la América Nuestra

Por: . 15|5|2017

Rapeando sus versos herejes llegó a Cuba la chilena Ana Tijoux, invitada a la tercera edición del Festival Latinoamericano de Rock, Patria Grande, en noviembre de 2016.

Fotografía de Iván Soca

Vengo en busca de respuestas

con el manojo lleno y las venas abiertas.

Vengo como un libro abierto

ansiosa de aprender la historia no contada de nuestros ancestros,

con el viento que dejaron los abuelos

y que vive en cada pensamiento

de esta amada tierra, tierra.

Rapeando sus versos herejes llegó a Cuba la chilena Ana Tijoux, invitada a la tercera edición del Festival Latinoamericano de Rock, Patria Grande, en noviembre de 2016.

Por azares de la vida, “o gajes del oficio” –como suele decirse- fui testigo del momento en que se amasaba la idea de este evento en el año 2013; participaba en las Romerías de Mayo en Holguín y Alexis Triana, quien las presidía, me invitó a una reunión en la que Sebastián Heredia razonó su proyecto de Patria Grande.

Fue entonces que conocí a este Sebastián, joven escritor y promotor argentino, quien me regaló como carta de presentación un ejemplar de su libro Negro Decamerón Negro con una dedicatoria en la que puso: “Para un compañero de mil batallas futuras”… lo cual lo declaraba involucrado –y, de paso, me involucraba-, en esta utopía de enlazar pueblos desde su música. Y por ahí viene la honda raíz del evento que él y Alexis han concretado, la que se nutre de una necesidad histórica. Es frecuente que veamos la integración latinoamericana en planos económicos, políticos o sociales, y pocas veces se ve desde la dimensión que engrana, sustenta, espesa, entronca, esas disímiles ramas para navegar hacia la patria común diversa, enriquecedora, libertaria: la cultural.

Patria Grande” -ya el martiano nombre deja sentada su militancia-, es un festival de la herejía, de esa música proscrita en los grandes circuitos mediáticos, esos monopolios del capitalismo globalizado que nos imponen una seudocultura light, desmovilizadora, efectista, deshuesada, que pretende borrar las culturas de los pueblos, la poesía enriquecedora, humanizante, humanizada.

Si bien el cintillo de este festival lo propone como “de rock” (y en principio lo es), este evento desborda el término –como la realidad de nuestras culturas- y nos propone una gran diversidad de sonoridades desde las que se expresan los pueblos de una América nuestra y nueva; es en realidad lo que podríamos llamar un festival de la canción “alternativa” si no estuviera tan tergiversado, simplificado y prostituido el cartelito; de manera que prefiero llamarlo festival de una canción poética que emerge variopinta en todo el continente, echando mano a cuanta sonoridad impera en el mundo de hoy –tanto a flor de medios imperiales, como en el subsuelo creativo-, y desde una visión indagadora, descolonizadora, que tiene por vocación el estudio de las expresiones folklóricas. De ahí una amalgama que lo mismo trae de rock, que de jazz, que de rap, que de chacarera, son, blues, reggae, cumbia, y todo cuanto han venido tejiendo las disímiles culturas que ahora re-emergen.

Tras un buen período de desmemoria en el Sur, marcado en lo político por las dictaduras y modelos neoliberales que intentaron extinguir nuestras culturas, suplantándolas con la invasión mediática de la mass culture de consumo –o sea la feroz ideología de la    desideologización- ha llegado como respuesta la era de la rebeldía.

Vivimos un nuevo tiempo –como largo sueño comenzando a concretarse- que marca el proyecto bolivariano liderado por Hugo Chávez, no visto únicamente como la revolución venezolana, sino como la objetivación de la esencia integradora y generadora de nuevas relaciones en el continente que emprendió la revolución cubana desde 1959, y que a su vez es portadora del proyecto de José Martí, que veía en la América Nuestra la única vía de salvación ante la expansión del imperio norteamericano.

Y cabe acotar que Martí lanza este destino integracionista liberador en el plano político, en el económico y desde un núcleo cultural; que deja en una revista su semilla sembrada:

“Para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás tierras;”

Su proyecto de salvación común para el sur quedó perfectamente delineado en su poético ensayo Nuestra América, un documento programático, mirando hacia el sacudimiento total del coloniaje español y visionando la necesaria segunda independencia de nuestros pueblos:

“Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. (…)

Martí ha delineado el continente: La América del Sur, la Nuestra, y la del Norte la Otra:

“…El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.”

Este sacudimiento del dominio norteamericano aún está en proceso, en nuestros días el sistema de expansión imperial no ha variado un ápice desde el punto del tiempo en que nos alertó Martí: sus intenciones son las mismas, subordinar nuestras economías, débiles por aisladas, a sus intereses, y para ello propone un modelo de vida global con el que   ahoga y extingue nuestras identidades. Con grandes monopolios globales mediáticos y de información, centrados en manos de los más altos poderes económicos de los Estados Unidos y las sucursales que acaparan las oligarquías de los países del sur, se nos impone un mundo, un ser, una manera de vivir, una “felicidad” desculturizada, despersonalizada, desmovilizada, despoetizada. Su lema implícito: Deslumbrarnos para anularnos y poder amaestrarnos.

No está de más acotar que este modelo despoetizado de vida y cultura consumista amenaza con extinguir las culturas auténticas, no solo a los pueblos del Sur sino también a los de los países del Norte, incluyendo los propios Estados Unidos.

En estos días, esa opresión imperial ha llegado hasta la síntesis simbólica a nivel global;   Nos dictan cómo ser hermosos (“Nuestra Belleza Latina”), cuál es la música que vale y brilla (“Grammy”, incluyendo el específico Latino), qué cine ver (para adoctrinarnos mejor), el del tío Oscar (canonizador de Hollywood). Se trata de un sistema canonizador que impone modelos en el mundo que se van reproduciendo en la TV, los mercados del cine y la música (los más notables) y las agencias y medios de información,  hasta niveles que llegan a lo absurdo, con fórmulas que homogenizan los discursos, que van desfigurando los rostros, y lo que fueran expresiones de los pueblos se van tornando repetidores en las artes, en la información integrando un verdaderamente monstruo de dominación que imponen las oligarquías de los países a los pueblos, con puesto de mando central en el imperio yanqui.

Martí sigue esperándonos mañana para sacudirnos desde Nuestra América:

“Patria Grande” -ya el martiano nombre deja sentada su militancia-, es un festival de la herejía, de esa música proscrita en los grandes circuitos mediáticos, esos monopolios del capitalismo globalizado que nos imponen una seudocultura light, desmovilizadora, efectista, deshuesada, que pretende borrar las culturas de los pueblos“¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.”

Y no es que estemos cruzados de brazos, con su instinto de preservación América responde, aunque en gran desventaja frente a ese despiadado bombardeado mediático globalizado que pretende extinguir las identidades –de los pueblos y los individuos- en consonancia con la imposición de un modelo neoliberal, esclavizante, con que se canoniza la sociedad de consumo como un paraíso de la felicidad

Con esos filtros de los monopolios mediáticos, de información, -que se complementan con un sistema de premios-,  las artes, fundamentalmente, la música y el cine (que son las que llegan y tienen más impacto en las multitudes) van perdiendo su capacidad poética, o sea, su decir, su identidad, para pasar a ser productos comerciales –tratado como cualquier otro objeto… digamos un shampoo, un auto, una batidora- y proponiendo un entretenimiento hueco, efectista, sinflictivo, desligado de la realidad, sin identidad.

En la pieza “Somos sur” de las raperas Ana Tijoux de Chile y Shadia Mansour de Palestina dicen:

La música es la lengua materna del mundo

ella apoya nuestra existencia, ella protege nuestros raíces,

ella nos une desde la gran Siria, África, hasta América Latina.

Aquí estoy con Anita Tijoux,

aquí estoy con los que sufren, y no con los que te vendieron.

Aquí estoy con la resistencia cultural

desde el comienzo, ¡Hasta la victoria siempre!

Los grandes circuitos musicales han logrado mutilarle a la música su sentido de expresión popular, la han domesticado con una censura feroz e invisible que se esconde tras una máscara de complacencia, es como si tuviéramos que agradecer que nos mutilen la voz, el espíritu, pues supuestamente esa música que impera en los grandes circuitos, -a la que se llama comercial-, plagada de lugares comunes, insustancial, desnaturalizada es la que la “gente quiere”, o sea, que esos grandes monopolios nos hacen el “favor” de priorizarla en tan desmedidas proporciones que llegan al punto de colocar la canción auténtica en el plano de alternativa, y con carteles que van desde “elitista” hasta de antipopular.

...en realidad lo que podríamos llamar un festival de la canción “alternativa” si no estuviera tan tergiversado, simplificado y prostituido el cartelito; de manera que prefiero llamarlo festival de una canción poética que emerge variopinta en todo el continente...En el fondo se trata de desactivar a la sociedad de su realidad, suplantándola con un mundo rosado, consumista, que han ido moldeando mediante los medios y ese filtro en que música y cine –las influyentes masivamente de las artes-; despoetizándote la vida te encierran en ese micro universo amorfo, de felicidad epidérmica, para evadirte del acontecer social hacia esa feria de ilusiones; quedas por tanto inmovilizado a voluntad, despojado progresivamente de la capacidad analítica, poetizadora.

Estamos en el punto de que nos creemos que esa maquinaria promociona la música que queremos, que pedimos, y no la verdad: que queremos y pedimos esa música que nos promocionan por todas las vías porque es la que les conviene, la que –de cierta manera- han ido moldeando desde su tabla rasa del poder de difusión, para dominarnos.

Y calan tan hondo, y a veces sutil, los efectos de esa maquinaria totalizadora que sin darnos cuenta caemos muchas veces en su trampa, de tal manera que suelen imperar sus conceptos entre nosotros (hablando ahora como país); y no solo me refiero al efecto nefasto en los públicos que suelen ser las víctimas de este genocidio espiritual, también en los medios y prensa de nuestra Cuba revolucionaria (y que como socialista, o digo más humanista, tiene un sentido diametralmente opuesto). Sin embargo, caemos en ese mimetismo y reproducimos esquemas, fórmulas, y maneras de jerarquizar, acríticamente; copiando estéticas, formas, sistemas de promoción o información, que están hechos con fines contrarios a los nuestros; incluso hay quienes justifican ese “malinchismo” con los mismos pretextos que nos inculcan para ocultar sus verdaderos fines; lo que viene siendo algo así como que a los pueblos hay que darles la bazofia, lo banal, lo insustancial, porque eso es lo que le gusta, lo que le haga “despejar” salirse de la vida cotidiana, o sea evadir el contexto social y ¿hacia dónde esa evasión? hacia la feria de ilusiones, de sentimientos epidérmicos, maniqueos, de –como suele decirse- “descargar adrenalina”, o sea de vibraciones elementales bajo los efectos de la pirotecnia, los efectos especiales, la lentejuela, el sensacionalismo, convirtiendo la felicidad, la vida, en una especie de vértigo ahuecado, que minimiza la existencia y las capacidades humanas para poetizar, o sea, crear, calar, en la riqueza infinita de las culturas y extraer de ellas un crecimiento espiritual.

No solo nos despojan de las artes que nos expresan sino que las suplantan con una cultura apócrifa para desgajarnos las capacidades de ahondar en el entorno (natural, social y humano) y arriba de todo lo agradecemos, pues supuestamente están invirtiendo su capital en complacernos. Nos roban la posibilidad de ser, de crecer, nos quitan la voz, nos imponen la suya y encima los aplaudimos como a benefactores.

Sacar la voz que estaba muerta,

Y hacerla orquesta,

Caminar, seguro, libre, sin temor,

Respirar y sacar la voz.

A “Sacar la voz” nos compulsa Ana Tijoux, una de las invitadas al Festival Patria Grande, y una de esas tantas y diversas voces que tiene el Sur en todo un movimiento que crece y que viene desde hace más de medio siglo resistiendo con poco o ningún acceso a los grandes circuitos de la música.

Como un “Alter latido” como rótulo, llegó en el 2014 la primera edición de un Festival que en tres años ha ido creciendo y diversificando sus propuestas. Han pasado por estos encuentros importantes bandas como Carajo de Argentina, No te va a gustar de Uruguay, Curva Sur, de Venezuela, Cultura profética de Puerto Rico y en la edición reciente llegaron Endemia, de Costa Rica, dos bandas argentinas, Eruca Sativa y Todos tus muertos, Diafragma, de Panamá y muy especialmente Atercioapelados, de Colombia y la chilena Ana Tijoux. Junto a los que vienen han estado alternando bandas nuestras como Tendencia, Stoner, Sweet Lizzy Project, Adictos y La Reina y La Real.

Respirar para sacar la voz.

Despegar tan lejos como un águila veloz.

Respirar un futuro esplendor

cobra más sentido si lo creamos los dos.

Ana Tijoux: Sacar la voz

A “Sacar la voz” nos compulsa Ana Tijoux, una de las invitadas al Festival Patria Grande, y una de esas tantas y diversas voces que tiene el Sur en todo un movimiento que crece y que viene desde hace más de medio siglo resistiendo con poco o ningún acceso a los grandes circuitos de la música.

Foto Ricardo López Hevia

Como especial invitada al Festival Patria Grande recorrió diversos escenarios en noviembre pasado, respirando una tierra que le era familiar pues hasta vivió unos meses en Alamar allá por los 90. Entre sus presentaciones fue la invitada de Silvio Rodríguez en el concierto por los Barrios en la Habana Vieja.

La Tijoux tuvo importantes encuentros en Casa de las Américas y en el Pabellón Cuba, cede de la Asociación Hermanos Saíz, donde conversó con los jóvenes creadores, especialmente con los músicos y la prensa. De ese encuentro El Caimán Barbudo ha tomado algunas de las ideas de la Tijoux.

Soñamos en grande que se caiga el imperio

lo gritamos alto, no queda más remedio

esto no es utopía, es alegre rebeldía

del baile de los que sobran, de la danza tuya y mía

levantarnos para decir: ya basta

Ni África, ni América Latina se subasta

con barro, con casco, con lápiz, zapatear el fiasco

provocar un social terremoto en este charco.

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