Actualizado el 3 de julio de 2017

Villalobos:

El artista fragmentario

Por: . 29|6|2017

No quiere explicar la obra. Es 90 por ciento intuitivo. Su planteamiento no es conceptual, tiene que ver con el sentimiento, con lo directo, el vivir.Esta no es La Habana que tú dejaste, advirtió su amigo Emilio desde el balcón. Y Nelson muy pronto supo que era cierto. La calle Apodaca de los 80 no se parecía a este lugar bullicioso, lleno de algarabía. Tampoco el país. Eso no impide que Nelson Villalobos Ferrer quiera volver a su casa. Aunque a ciencia cierta no es esta su casa, o al menos no es el lugar donde está su raíz sino en Cumanayagua, donde junto a sus cuatro hermanos era parte de la «pandilla de los cocuyitos», pero eso fue mucho antes de que estudiara arte y de que Wifredo Lam modelara para él permitiéndole realizar la  única escultura de su cabeza –en vida del propio artista- o de que conociera a su gran amigo el poeta cubano Ángel Escobar.

Pero en ese Antes, Villalobos recuerda el paisaje natal, un arroyuelo donde se pescaba, las cañas oscilando, las manos descargándolas en grandes nichos; aquel tarambana socio que traía marañón; los amoríos platónicos con las amigas de su madre, el paso de los trenes cargados de azúcar.

Ensamblaje No 3En su hogar no había libros. El primero que tuvo entre sus manos fue un pequeño Larousse. En el Después que impusieron las décadas, se convertiría además de pintor y escultor, en editor. Soñaría para siempre con una biblioteca enorme. Y la tendría. En ella convivirían primeras ediciones y joyas como las obras completas de Jorge Luis Borges que pertenecieron a Reinaldo Arenas.

Durante 30 años vivió en España, donde se dedicó a diversos oficios, sobre todo a la serigrafía, como un modo de preservar su obra anterior. Siempre viajó con sus libros, especialmente con toda la biblioteca de Lezama Lima. No es un estudioso, dirá; «pero tengo sus libros para atesorarlos, para coquetear con ellos». Y ese fue un síntoma que se manifestó muy temprano en su vida. El interés por quienes le antecedieron.

«Soy un ser fragmentado, vivo en una isla fragmentada. Creo que Cuba no tiene una continuidad en la cultura. Somos una mezcolanza. Eso lo dice muy bien Alejo Carpentier en sus libros y yo soy muy apegado a esa mezcolanza».«Siempre me acerqué a la cultura cubana, especialmente a la cultura de los años 50. Tengo con ellos una afinidad tanto creativa como espiritual. Fui muy amigo de Antonio Vidal, Antonia Eiriz. Me acerqué a ellos con la idea de salvar su obra. Porque pienso que si tú no salvas la obra de otros, nadie te salvará a ti».

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Antes de irse de Cuba, Villalobos guardó toda su obra en cajones, como si se tratara de negativos de fotografía, con extremo cuidado. Tres décadas después regresa a La Habana Vieja, abre esos cajones, con extremo cuidado otra vez. Comienza a exponer esa obra. Se percibe como un desconocido. Quiere recuperar el tiempo lejos de su tierra. En estos años no ha dejado de crear.

Él y su familia rebuscan en los basureros de toda la ciudad cualquier aditamento que pueda trocarse en arte, comunicar alguna esencia, entrar en el juego de las percepciones y los sentidos. Y es posible que sea un desconocido para muchos, pero él también ha sido parte de la historia y la cultura cubana. «En la escuela de arte formé parte de un grupo bastante inquieto y polémico.» De esos amigos, muchos están en la diáspora y otros son premios nacionales.

Con un recorrido que comenzó por la Escuela Provincial de Artes Plásticas de Santa Clara, luego en la Escuela Nacional de Arte donde estudió escultura, hasta llegar al Instituto Superior de Arte, sitio que marcó su acercamiento al dibujo y la pintura; su obra fue ampliándose, tomando nuevos riesgos.

Villalobos abordó tempranamente temas que en ese momento no eran comunes en el ámbito del arte; sobre todo desde el caudal de la cultura africana, de las atmósferas místicas de esa religión, más allá de profesar esa fe o no. Un artista es como un chamán, lo que haces tiene una fuerza, una expresión, una poesía; piensa él.

«Todo lo que sea populista es malo, porque no es lo popular puro. El populismo vende pero también desprotege la cultura. Creo que hay que defender el arte de origen africano porque se ha vuelto como un jueguito, una gran fiesta sin nombre y es triste».

En la eclosión del arte de los 80, Nelson siempre estuvo ajeno a grupos. Era una casa sola para crear.

Este artista hablaba en el año 85 de un misterio cubano. Para ello se valía de cuanto objeto se le apareciera. Calderos, jarros, ollas, planchas. «He visto colegas que en la actualidad utilizan esas piezas que ya yo empleaba en aquella época. Por suerte conservo dicha obra gracias a la obsesión de no venderla. Tal obsesión me salvará».

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En el último cuarto de su casa en la calle Apodaca, estaba la biblioteca. Allí pasaba largas horas junto al poeta cubano Ángel Escobar, que iba con frecuencia a buscar libros. Si algo definía a Escobar era el silencio. Hablaba poco, era tímido; sin embargo, en aquellas tertulias informales entre varios amigos se conversaba sobre literatura, poesía, y «de las cosas más locas de este mundo», nos revela Nelson.

Villalobos atesora la correspondencia de Ángel Escobar desde 1984 hasta la fecha de su muerte. Los documentos hablan de su persona y de sus obsesiones. Pronto espera coronar esas memorias en un libro.

«Cada gesto que yo hago está escrito por él, aunque hace mucho que murió. Fue el único que entendió realmente aquel manifiesto sobre el grupo Ruptura, pensado desde la inocencia».

Es fácil percibir en él influencias de toda índole: afrocubanas, egipcias, latinoamericanas, caribeñas, de culturas originarias. Todo en fabulosa simbiosis para abarcar un cosmos pictórico-sensorial(Recordemos que Ruptura estaba conformado por sus cuatro heterónimos: es decir; Nelson, Villa, Ferrer y Lobo y un manifiesto del mismo nombre, con el que defendía el arte por el arte, alejado de épocas y tendencias, un arte plural, plurimorfo, descastado, sin un estilo que no es más que la confluencia de varios de ellos, una intención que se ha denominado villalobismo.)

«El último poema de Escobar es una autobiografía de él, pero es a la vez la mía. Era grande el hombre. El poeta de nuestro grupo. Un grupo espontáneo, sin panfletos.»

En esa época Nelson comenzó a editar libros de poesía. Estando en el Isa, fundó junto a Iván González una revista que poco después fue prohibida y que tenía como objetivo publicar la obra inédita de Lezama Lima y de Virgilio Piñera.

«Tuvimos que cerrar la revista, el pretexto que nos dieron era que habíamos publicado por primera vez a Gastón Baquero, después de que se fue de Cuba. Pero creo que fue por otras razones ya que a los pocos meses salió un libro suyo. Fundamos primero Albur y luego Credo. Son revistas agotadísimas. Por suerte guardo un par de ejemplares».

Evocar a su amigo poeta le recuerda que tiene con él una gran deuda. Sobre todo ante aquellos que desvirtúan su nombre, que simplifican su legado.

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La realidad es que casi toda la obra de Nelson Villalobos Ferrer, estuvo guardada durante más de dos décadas. Me cuenta que es muy apegado a lo que hace. Un amante del dibujo, de la obra en papel.

En España buscó «otras maneras de vivir» sin deshacerse de sus piezas, ya sea desde un taller de serigrafía o mediante la edición de libros. Hoy sigue pintando desde su casa en el corazón de la Habana Vieja. Le da igual realizar un cuadro pequeño o una obra grande. Lo tiene bien claro. El arte es un juego.

También sigue coleccionando «cositas en la calle». Dice tener el complejo de Diógenes. Él y su familia rebuscan en los basureros de toda la ciudad cualquier aditamento que pueda trocarse en arte, comunicar alguna esencia, entrar en el juego de las percepciones y los sentidos. Me muestra un Cristo mutilado, un jarro, una cadena, una rueda que luego quizás sea parte de algo mayor.

Antes de irse de Cuba, Villalobos guardó toda su obra en cajones, como si se tratara de negativos de fotografía, con extremo cuidado. Tres décadas después regresa a La Habana Vieja, abre esos cajones, con extremo cuidado otra vez. Comienza a exponer...No quiere explicar la obra. Es 90 por ciento intuitivo. Su planteamiento no es conceptual, tiene que ver con el sentimiento, con lo directo, el vivir.

Es fácil percibir en él influencias de toda índole: afrocubanas, egipcias, latinoamericanas, caribeñas, de culturas originarias. Todo en fabulosa simbiosis para abarcar un cosmos pictórico-sensorial, que no puede enmarcarse en un solo camino creativo; que se reconoce en sus bifurcaciones.

«Soy un ser fragmentado, vivo en una isla fragmentada. Creo que Cuba no tiene una continuidad en la cultura. Somos una mezcolanza. Eso lo dice muy bien Alejo Carpentier en sus libros y yo soy muy apegado a esa mezcolanza».

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