Actualizado el 30 de junio de 2017

El dolor del changüí

Por: . 28|6|2017

Israel Danger, es además compositor, pero sin dudas el trabajo como promotor cultural le roba gran parte del tiempo, gracias a eso pudo hacer resurgir el changüí en su pueblo

Fotografía Yasser Landazuri Romero

En la época pasada

yo no tenía un lugar

donde poder disfrutar

y ser gente respetada…

Changüí de Andrés Fisto.

«Me plancharon en sonando en Cuba», me dice Israel Danger.  Es un negro corpulento y bajo. Tiene cincuenta años. «Es pa´ jóvenes. Si me dejan traigo algo pa´ acá». Lo ha dicho mirándome a los ojos, en mi oficina nos atrapa el calor. Hay en las paredes caricaturas de Martí, Charlot, Marilyn Monroe, el cartel de Fresa y chocolate. Mi guitarra, la misma que han tocado aquí William Vivanco, Raúl Torres y Eduardo Sosa descansa en un rincón. Mi camarógrafo sabe de los dolores de estos músicos y nos mira el abrazo.

La ropa de este hombre le delata, debe llevar meses sin cobrar dinero firme: «Siéntate bróder.» alcanzo a decirle, junio pasa factura, 34 grados a la sombra, me abanico con un libro de Julio García  Luis que tengo a mi alcance pero no quita el sopor, agarro  un número de la revista La Noria, con todos esos versos de Oscar Cruz,  y espanto un poco el mal aire. Israel me dará una entrevista, trae un bongó, debajo de su gorra nace una gota de sudor, desciende entretenida.

Describir este hombre pierde sentido, solo hay que mirar sus manos, están curtidas por el trabajo, duras, cuando hace gestos se ven claramente las callosidades que la cubren, cientos de horas a pleno sol,  desyerba maíz, yuca, boniatos, habichuelas, pero cuando le dan un chance  hace changüí, la otra parte del tiempo la gasta en la banda municipal.

«Oye», retoma el dolor, «es injusto lo de Sonando en Cuba. Hay que darle oportunidad a los otros». El programa es polémico.  En Oriente se rumoran injusticias, debe ser por el palestinismo, el hecho de que en occidente los nacidos tan al sur tenemos esa cuota de desdén nacida en los llega y Pon, en las oportunidades menores.

Saco mi grabadora. Israel insiste. «Llevaba un changüí y una balada», canta. Es un sonero nato, una voz ronca, casi a lo Cándido Fabré. Conversamos.

«Nací en la ciudad pero desde niño vivo en Los Reinaldo. Yo tuve la oportunidad que me dio la vida de crecer en esa zona que limita con Guantánamo, de ahí nos llega la influencia del changüí, formábamos grupos por tradición, desde el 1997 trajimos el changüí para Los Reynaldo».

Lo escucho hablar con una pasión contundente,  emociona. Los Reynaldo fue un próspero central azucarero, con la renovación desapareció el coloso de dos enormes chimeneas, según entendidos, no era tan eficiente como el Salvador Rosales, el otro del municipio  donde se fabricaban las mieles del ron Bacardí, pero era; sin dudas de los importantes.

Hoy ya no hay la fábrica, una empresa agropecuaria hace el sustento de los más de siete mil habitantes del lugar, el mismo sitio  que hacia 1932 fuera coloso pero en el fútbol. El actual equipo provincial lleva el nombre de Los Diablos Rojos, el gran equipo de ese lugar. Los Reynaldo es además el sitio donde nacieran Amarilis Savón, Reutilio y Diosbelis Hurtado o Dany Betancourt, pero esta vez hablamos con un músico acaso anónimo. No hay medio nacional que le nombre, pocos conocen su habilidad para entenderse con el changüí, el son, el quiribá, si se fuera a la capital podría suspender cualquier septeto de la Habana vieja, pero sigue aquí, ganando unos 300 pesos al mes en  la banda municipal e intentando armar otro grupo de changüí. Lleva en sus manos el color del trabajo. Habla, y  parece vivir sobre cada palabra que recojo.

Israel Danger, es además compositor, pero sin dudas el trabajo como promotor cultural le roba gran parte del tiempo, gracias a eso pudo hacer resurgir el changüí en su pueblo:

«Había muchos grupos en Los Reynaldo pero ninguno tocaba changüí, la mayoría tocaba sones, yo crezco en ese ambiente. Mi abuelo Cátulo Durruti era tresero,  lo escuché de niño, en los barrios. En 1997 fundé un grupo, quería traer un cantante y  él me  decía que si era Changüí él iba, yo era el director y me dije, tengo que hacer changüí,  y me busqué un casete con Chico la Tamblé y toda esa gente , y estudiamos. Hicimos el Changüí».

«Después me fui a Guantánamo, a la mata,  y conocí a los grandes;  Al Moro  Jardines  y a otros, fuimos a sus peñas, hicimos radio y empezó la cosa. A la primera peña vinieron un montón de guantanameros, siete agrupaciones en total, estaba también el Changüí Santiago, estaban Los legendarios con Pedro Vera que sustituyó a Chito Latamblé, un montón de gente y fue un éxito, así empezó todo».

He estado en Los Reynaldo, hay una pintora naif, llamada Isabel Álvarez , una mujer que vive en su naturaleza; pinta con materiales extraídos del fango, si no le llega alguna donación, pesca en una pequeña presa que ella misma preparó, vive en su casa de tablas y guano y baila como nadie el Changüí. Es algo singular, ella agarra su pareja   y uno se queda ensimismado, hay que tenerlos de frente para sentir la vibración  natural de una cultura, no lo sacado a retazos de un texto, lo machacón de este tiempo en que todo sabe a plástico, es gente que parece movida por el viento, Israel Danger lo cree, me habla de la danza:

«El changüí lleva regaño», me dice y toca una marcha rítmica en el bongó. «Este es el regaño. Cuando estás tocando alguien te  grita: regáñaloooo, y se toca mirando al bailador. Hay bailadores que te siguen la marímbola, otros bailan con el bongó, esto lo va llamando y mientras más fuerte mejor bailan y más se improvisa, es como una conversación».

«El bongó del changüí no lleva llaves, no hay técnicas de afinación clásica, el dueño lo afina con candela, tiene un patrón algo complicado en el acento, tiene su clave  y la nombrada frase que surge entre la sonoridad del tres, el canto y la marímbola. El bongó marca la esencia, va sincopado, atravesao, él puede  en el changüí». Hace a capela el sonido de la marímbola, las maracas, el tres, se emociona, toca. «Esto llama al bailador al surco», dice, nos reímos.

Todo lo ha dicho este hombre sentado frente a mí, marca el diálogo con los toques del bongó, los acaricia a veces, sé que estuvo trabajando con el changüí Santiago, pero no pudo seguir por mucho tiempo, le pregunto y evade respuestas. Vamos a hablar de plata, le propongo,  se pone tenso:

Este hombre con sus manos llenas de trabajo volverá a tocar Changüí en la barriada, pondrá a bailar a los suyos, compilará dinero para las peñas, beberá su ron en un bar profundo, mientras los boleros le cuecen sus tardes...

Fotografía de Yasser Landazuri Romero

«Las peñas las hacíamos cotizando, recogíamos 10 pesos mensuales por músico y se hacían buenísimas. En Los Reynaldo hay un talento artístico grande, somos ocho profesionales en distintas agrupaciones, hemos tenido que abandonar la zona , hemos tenido que salir a ver si vivimos de la música que es una bendición , no todos tienen la posibilidad de ser músicos y hacer música, nosotros seguimos y estamos siempre soñando y esperamos que alguien mire hacia Los Reynaldo».

Israel Danger me vio apagar la grabadora, me habló entonces de la imposibilidad de vivir de lo que más disfruta.  Citamos grupos locales, algunos han trabajado solo una vez en los primeros cinco meses del año, cobrarían 300 pesos cada músico cuando llegue el pago, que a veces demora   seis meses o un año y los colegas tienen que hacer como Danger; sembrar, construir, hacerse carpinteros, manejar la guagua local o vender ron y cigarros al menudeo. Es una realidad, este changüisero se pone el sueño en cada palabra: «Si me dejan entrar a sonando en Cuba, la pongo.», me dice, como si eso fuera a salvarlo, o quizá sí, pero vive lejos de la tv nacional, le queda mirar ahí a esas estrellas glamorosas que hablan de giras, featurings, discos vendidos, París, las Vegas, Grammys, Youtube, la canción del año… Este hombre con sus manos llenas de trabajo volverá a tocar Changüí en la barriada, pondrá a bailar a los suyos, compilará dinero para las peñas, beberá su ron en un bar profundo, mientras los boleros le cuecen sus tardes, pero lo sé, nada le va a matar la música que le crece como una palma, como un arma, como el alma; la música que también  crece en este oriente cubano tan natural como un aguacero, la música cubana.

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