Actualizado el 11 de agosto de 2017

Mauricio Figueiral:

Después hablamos

Por: . 7|8|2017

El joven de 33 años es un prominente trovador. Desde el 2003 es miembro de la AHS y ya cuenta con una discografía variada de la cual resaltan temas como «Por una camarera»,«Flores de tequila»o «Mátame», por citar algunos de sus éxitos que nos hablan de amor y desengaño, de sueños y de realidades comunes a cualquier ser humano, o al menos, de cualquier ser cubano. Hace un clima perfecto para estar en un lugar como este: se goza del aire libre, del viento fresco de la cercana playa y, sobre todo, de la excelente música del grupo de rock colombiano Aterciopelados.

Desde el escenario del Centro Cultural El Sauce, la banda cafetera toca con evidente emoción, pues es su primer concierto en la Isla y son una de las mayores atracciones de esta edición del Festival cubano Patria Grande.

Una mala noche para un buen concierto

Pero ni la vocalista Andrea Echeverri, líder del grupo, ni alguno de los músicos que la acompañan en la escena, ni siquiera alguno de los presentes en el lugar, imaginan la desgracia que está a punto de acontecer.

Sí, una terrible desgracia, la peor de todas: la noticia de la inminente llegada de la muerte. Esa dama de negro que arriba para enlutar a más de un corazón cuando viene por un ser querido. Hoy, enlutará a muchos.

Mauricio Figueiral, uno de los mejores exponentes de la última generación de trovadores cubanos, también está allí, él será testigo del triste momento. Ahora observa con interés la acción en el escenario y se mantiene de pie, aunque entre ligeros vaivenes provocados por el ritmo de la música, o por los tragos de ron, o quizás por la confluencia de ambos factores.

El joven de 33 años es un prominente trovador. Desde el 2003 es miembro de la AHS y ya cuenta con una discografía variada de la cual resaltan temas como «Por una camarera»,«Flores de tequila»o «Mátame», por citar algunos de sus éxitos que nos hablan de amor y desengaño, de sueños y de realidades comunes a cualquier ser humano, o al menos, de cualquier ser cubano.

Mauricio está entre la gente y parece relajado, como si deseara pasar desapercibido entre todos; de vez en cuando gira su cabeza como en busca de alguien conocido y se toca su cabello, tan fino y lacio, que pareciera haber sido lamido por una vaca. Lleva camisa de mangas cortas, pantalón, botas y sostiene con su mano izquierda un vaso desechable mediado de ron.

Es viernes, el viernes es un buen día para salir a despejar, para tomar unos tragos y escuchar buena música en vivo. Quizás por eso Mauricio montó sobre su Polski esta noche y se dirigió hacia este lugar, ubicado a pocos kilómetros de su casa del Vedado. Un trovador acostumbrado a incorporar nuevos elementos a su música no podía perderse la oportunidad de escuchar a esta banda colombiana.

Son poco más de las once y el concierto está en su mejor momento (Mauricio también), los colombianos gritan y tararean las canciones, mientras la mayoría de los cubanos intentan seguirles la corriente. Sin embargo, al trovador Fidel Díaz se le nota algo inquieto en el lateral izquierdo de la tarima.

Su aparente incomodidad deja ver sus deseos de que termine de una vez la canción para poder hablar, pero se limita a no interrumpir.

Al fin suenan las últimas notas de las guitarras eléctricas y Fidelito habla al oído de algunos cantantes mientras se desplaza con cierto despiste hacia el centro del escenario y las caras de algunos miembros de la banda se van tornando más pálidas.

«Buenas noches», dice el trovador tembloroso y con ojos aguados. «Quiero decirles que vamos a tener que suspender el concierto». La gente protesta, grita, abuchea en una reacción prematura.

«Cálmense por favor, cálmense. Hay que suspender el concierto porque nos acaban de informar oficialmente que ha muerto Fidel Castro. El Comandante se ha muerto, ya es oficial».-la voz se le tranca y permanece callado por unos segundos.

Mientras tanto, Mauricio y la multitud del público se congelan, quedan estupefactos ante el anuncio. Luego reaccionan y se oyen murmullos, frases como «no puede ser», «se trata de una broma», «¡se murió Fidel!»…

Es 25 de noviembre de 2016 y Fidel Castro ha muerto a los 90 años de edad. Todos los presentes tratan de interiorizar esta dura realidad que hasta hace un minuto les parecía inconcebible.

Poco antes, todo parecía normal, nadie pensaba en la posibilidad de que la muerte se convertiría en la aguafiestas de la noche y, menos, que acapararía tanta atención al llevarse entre sus fauces a una de las figuras más relevantes del siglo XX.

Mauricio Figueiral, «un mal conocido»

Desde sus años de adolescente en el preuniversitario capitalino Vladimir Ilich Lenin hasta hoy, el tiempo le ha escaseado. En aquel entonces era peor, pues se enamoró de una amiga que hasta hoy sigue siendo el amor de su vida y a la cual regalaba sus horas de estudio: la guitarra. Hacía apenas unos minutos que Mauricio y yo conversamos por primera vez. Algunas semanas antes le pedí una entrevista para El Caimán Barbudo, pero todo quedó «en el aire». Al fin coincidimos de casualidad en aquel lugar y le comenté que quería escribir algo sobre él, pues mi última entrevista  a un cantante fue con un reguetonero y, digamos que necesitaba desmentir cierta predilección mía por el  género de los bom bom bom bombom.

-«El lunes a las 11 de la mañana nos vemos en mi casa, mi hermano»-, me dijo muy seguro el trovador habanero.

Ya comenzaba a caerme bien, parecía accesible, me trataba de «hermano» y no tuvo problemas en darme la entrevista. Pero, lamentablemente, esta tendría que suspenderse luego, como casi todo en Cuba días después de la muerte de Fidel. Él tendría que asistir a varias reuniones en el Ministerio de Cultura y, por tanto, nuestro diálogo quedaría pospuesto para una fecha tan precisa como «después».

Un «después» que aún no llega y no porque Figueiral tenga un resfriado, aunque entiendo que no le alcance el tiempo para tantas cosas.

Entre los viajes al exterior, los conciertos en el Barbaram Pepito´s Bar y otros proyectos, «tiempo es lo que más necesita», afirma este cantautor que se declara «trovador por vocación y cineasta por oportunista.»

Desde sus años de adolescente en el preuniversitario capitalino Vladimir Ilich Lenin hasta hoy, el tiempo le ha escaseado. En aquel entonces era peor, pues se enamoró de una amiga que hasta hoy sigue siendo el amor de su vida y a la cual regalaba sus horas de estudio: la guitarra.

Sin embargo, sus resultados académicos mermaron y por amor a la música tuvo que renunciar a su decisión de ser psicólogo o, al menos aprender a conformarse a «hacer psicología con la música.»

Si quería ser artista debía optar, entonces, por una carrera relacionada con la creación y fue así que «tentando a la suerte» aprobó los exámenes de ingreso al Instituto Superior de Arte en la Facultad de Medios Audiovisuales de Comunicación, de la cual se graduó en el 2008. Esta carrera le ha permitido, no solo cantar, sino dirigir sus propios videos y los de otros artistas.

Pero la música sigue siendo su afición preferida. Cada noche que canta en el Pepito´s, o cada tercer jueves que realiza su peña en la Casa del Alba, Mauricio se siente plenamente satisfecho.

No importa que vayan veinte personas o que asistan cien, Mauro canta con el mismo entusiasmo, con la misma fe de alguien para quien «la música no es un trabajo, sino una pasión.»

A pesar de ser el único artista en la familia, recuerda que ese talento también estuvo presente en su abuelo paterno, Donato Figueiral, a quien define en una entrevista como un «gallego tacaño que vino a Cuba a hacer fortuna y encontró arte.» Donato tuvo incursiones en el teatro y en varios filmes de Tomás Gutiérrez Alea como personaje secundario, además de ser uno de los fundadores del teatro Berthold Brecht.

Las «mujeres» de Mauricio

Pero si un elemento ha influido en la obra de Mauricio, más allá de la posible herencia familiar, es la mujer. La fémina es fuente de inspiración y protagonista de muchas de sus canciones y comenta que han existido muchas y muy diferentes.

Según sus propias letras, hay camareras que le han vuelto loco, mujeres que se cansaron de él y hasta «aquella chica a la que dedicaba poemas constantemente» que un día le reprochó fuertemente su romántica actitud: «Mauricio, deja la poesía y las canciones, suelta la guitarra y hazme el amor salvajemente que yo lo que necesito es un terrorista».

Sin embargo, muy a pesar de esto, Mauricio Figueiral asegura haber encontrado ya al gran amor de su vida, la mujer con la que «se siente plenamente feliz». Lo curioso es que a pesar de sus múltiples elogios a la belleza de las cubanas, las místicas ironías de la vida lo llevaron a quedarse con una hermosa extranjera.

Pero en el corazón de Mauricio, junto a su esposa,  también viven otras mujeres, algunas de la familia y otras, casi, como la venezolana Amaranta. Ella es su hermana, su hermana de canción, su hermana de ideas, su hermana de espíritu y de otros vínculos tan fuertes como los de la propia sangre. Es el espíritu de la trova el que ha unido a Figueiral y Amaranta y es ese espíritu el que ha ligado a Mauricio y Venezuela.

De varios conciertos realizados en diferentes países como Paraguay, Argentina y Brasil, son los de Cuba y los de la tierra de Bolívar los que más le llenan el alma.

Y es allí, en esa alma donde están Amaranta y Venezuela, donde radican otros buenos amigos con los que comparte sus noches en busca de una música inteligente: Raúl Torres, Adrián Berazaín, Fernando Bécquer y muchísimos más, tantos que no acabarían las listas ni las noches de cantatas en el Pepito´s Bar.

Mauricio se define a sí mismo como «una especie de vividor con la misión de promover la alegría, la fe y las ganas de continuar», quienes le conocemos, sabemos cuán bueno es en lograrla.

Segunda oportunidad con Mauricio

Mayo trae fortísimas lluvias y un calor insoportable, también algunos recuerdos de noviembre a la memoria. Han pasado casi seis meses de la última vez que hablé con Figueiral aquella noche en la que murió Fidel. Hoy estará en el Barbaram y cantará junto a algunos invitados foráneos, por lo que es una excelente oportunidad de hablarle y también de pasarla bien en un lugar acogedor, decorado al estilo del filme Vampiros en La Habana, de Juan Padrón.

Ya Mauro había llegado al lugar pues a la entrada estaba el Polaquito en el que acostumbra a andar. Definitivamente es un carro a la altura de su físico, pero no de su talento, aunque pienso que ya le tiene cierto cariño, incluso que le costaría deshacerse de él. Hasta lo hizo protagonista en uno de sus videoclip en el que se muestra sonriente mientras conduce el pequeño auto, con igual alegría que Mr. Bean el suyo, la Señorita Rizos el autobús mágico o el lobo de los muñequitos rusos (¿Se acuerdan de eso?)

Y es que al Mauro la ostentación no parece importarle, él es una persona sencilla para quien la felicidad del momento es lo realmente valedero.

Para él «el éxito es muy relativo y depende en gran medida de cada persona. Ser trovador y dedicarme a defender mis propias canciones ha significado cultivar una pasión que me acompañará, tal vez, por el resto de la vida.»

No hay mucha gente en el bar esta noche, de hecho en el resto de las anteriores tampoco, por lo que este y otros lugares parecidos se han convertido en espacios idóneos para la confraternización de conocidos y familiares.

Precisamente hoy es el cumpleaños del papá de Mauricio y la noche promete ser algo más familiar, más íntima. Allí, en una de las mesas delanteras del lugar están sentados sus progenitores, grabándolo mientras toca y aplaudiendo como los más fieles seguidores de la obra del hijo.

-«Buenas noches hermano», me dice al encontrarnos cerca de su mesa mientras me extiende la mano y otra banda le cubre el turno en el escenario.

Este tipo debe pensar que lo estoy asediando-reflexiono para mis adentros-. En este tiempo hemos coincidido en más de siete conciertos y, si no se acuerda de mí, debe creer que estoy enamorado de él.

Pero para mi sorpresa y, sobre todo para mi satisfacción, la memoria de Mauricio es bastante buena.

Definitivamente es un carro a la altura de su físico, pero no de su talento, aunque pienso que ya le tiene cierto cariño, incluso que le costaría deshacerse de él. Hasta lo hizo protagonista en uno de sus videoclip en el que se muestra sonriente mientras conduce el pequeño auto, con igual alegría que Mr. Bean el suyo...-Tú eres el de la entrevista, ¿verdad?

-Sí, Mauricio. Gracias por la canción que nos dedicaste a mi  esposa y a mí. Quería saber cuándo podemos vernos unos minutos para conversar.

-Cualquier día. Tú sabes donde vivo, llámame, pasa por mi casa y allí nos echamos la tarde entera hablando.

Sus palabras me hicieron recordar aquel momento en el que un «después» se fue convirtiendo en un «todavía no» por las ambiguas inexactitudes de la palabra.

Su «después» me hizo pensar en una nueva postergación de mi anhelada entrevista. Sin embargo, a estas alturas he llegado a conocerlo tanto que ya no estoy totalmente convencido de que la necesite, aunque prefiero dejar la puerta abierta…

Mauricio Figueiral!: «después hablamos.»

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