Actualizado el 26 de septiembre de 2017

El día del Louvre

Por: . 25|9|2017

“…y segundos más tarde vi un salón y un pedazo de pirámide de cristal, pero invertida.”

Fotografías cortesía de la autora

De qué otra cosa habla el Louvre si no de hombres que sufren, quieren, matan, mienten, y lloran.

Alexander Sokurov

Cuando bajé del metro en la estación del Palais-Royal, que es en la que uno debe quedarse si va para el Louvre, busqué en principio las escaleras que me llevaran a la superficie, quería ver ya la pirámide, la entrada y la cola. Sin embargo, el cartelito que indicaba Musée du Louvre con una flecha, no me llevaba a ninguna escalera, sino a uno y otro pasadizo.

Las estaciones de metro en París son laberínticas. Yo había pasado dos semanas en Berlín y había aprendido a orientarme un poco, a no dejarme impresionar por esta nueva escritura, este nuevo idioma de pasadizos, pero aquí estaba totalmente perdida. Lo estuve en Berlín al inicio, pero sentía que las estaciones de París eran más sinuosas, se abrían en múltiples pasillos, eran más estrechas, la gente caminaba más rápido, corría, no reposaba ni siquiera en las escaleras eléctricas, de hecho, una de las primeras cosas que me enseñaron en París fue a dejar libre el lado izquierdo de las escaleras móviles, para quienes tuvieran más prisa.

Solía imaginar la cola del Louvre como una hilera de hippies con sus mochilas y cigarros, tipos amantes del arte que estarían dispuestos a inmolarse en una fila de cien metros para cumplir el sueño de contemplar de cerca un cuadro largamente venerado. Me veía bajo el sol, pidiendo el último -no sabía si era necesario, me lo pregunté muchas veces después de saber que iría a París- y esperando luego con ansiedad mientras se acortaba la línea de gente.

La cola del Louvre bajo tierra.Ese era el París que yo conocía La Torre y el Louvre, lo demás podía ser o no, lo demás podía esperar. Habría estado dispuesta a endeudarme, a pasar frío, hambre. Es lo que te inoculan cuando estudias francés. Cuando estudias francés en la Alianza Francesa. La Torre Eiffel, el Louvre y el resto de los monumentos parisinos se van alojando en tu cabeza como si fueran el escenario de una novela, una historia de ficción, donde los protagonistas son unos tipos que hablan francés, solo eso. Tú no quieres conocer “París”, quieres cerrar los ojos y entrar en la dimensión del libro que has leído por tanto tiempo, verte en esos escenarios, creerte que la novela es realidad.

En dos días había visto la Torre, los Van Gogh del Musée d´Orsay, había estado en Montmatre, entrado al Sacre Coeur, había buscado en plan Tomb rider la tumba de cuánto personaje famoso reconocí en el mapa del Cementerio du Père Lachaise. Este era el día del Louvre.

Un tipo uniformado apostado en medio del túnel, con una mesa y un detector de metales, revisaba bolsos con agilidad, “Bonjour madame, merci” “Bonjour monsieur, merci”, abría y cerraba mochilas y carteras, sin levantar el rostro, como si pusiera cuños, inservibles, a sabiendas de que el verdadero control de seguridad, el serio, estaría más adelante.

La ruta se abrió en una galería más amplia, una especie de caverna, húmeda, paredes de piedra iluminadas con bombillas, donde el sendero parecía respirar. Un letrero ordenaba torcer a la izquierda, el pasadizo volvía a encogerse un poco y a la vez se esclarecía por la luz de las tiendas de souvenirs, boutiques, librerías, a uno y otro lado del pasillo, donde la Gioconda era el personaje principal, en la pared, en una columna, en cuanta jarrita, pulóver, libro, bolso o fosforera apareciera tras los cristales.

Bajo la claridad de la pirámide, unos asiáticos se preparan para su visita guiada.La gente apuraba el paso, intuyendo quizás el final de una carrera, la proximidad del objetivo. Yo aún creía que después de este festival de caritas de la Mona Lisa, iban a aparecer las escaleras, la luz y la cola enorme, seguí recto por el único trayecto posible y segundos más tarde vi un salón y un pedazo de pirámide de cristal, pero invertida, jóvenes que salían no sé de dónde y se incorporaban a una fila. ¿Llegué? Me acerqué: “C´est la queue pour le Louvre?” pregunté a la última persona, fascinada una vez más por el hecho de hablar francés fuera de la Alianza. “Oui”, respondió y me ubiqué detrás de ella.

Cómo habrían reaccionado si hubiera llegado pidiendo “el último”, -¿el último para qué?- en un sitio donde todo el mundo sabe que no se habla en jerga, solo se usan términos universales, miradas, actitudes universales, que todo el mundo pueda entender, porque todo el mundo puede estar en esta cola. Hablé en francés, pero bien podrían haberme respondido en inglés, alemán, ruso.

De igual modo ya a estas alturas sabía que en Europa no se pide último, los europeos apenas se hablan entre sí. Todo está diseñado para que no haya necesidad de interactuar, hay carteles en todos lados, carteles que se adelantan a tu pregunta; si aún estás perdido buscas Google map. En Berlín fuimos a un centro comercial de unos cuatro pisos, buscábamos UNA tienda, y cuando estábamos a punto de abordar a alguien, apareció una pantalla táctil con un mapa del centro y un buscador. Los franceses, que siempre están tan apremiados, tienen una aplicación que les dice en qué parte del andén deben ubicarse para alcanzar la puerta del metro que en la estación siguiente les dejará más cerca de la salida.

Otra razón por la cual no es necesario fijar con tanta vehemencia detrás de quien vas y detrás de quién va esa persona, es porque las colas se esfuman bastante rápido. Esta no debía ser la excepción.

La base del castillo de Carlos V, rey de Francia entre 1364 y 1380.Casi a mi costado, un poco detrás, dos mujeres hablaban portugués, delante, un asiático experimentaba poses frente a su teléfono a la distancia de un palo selfie. Por segundos veías al chino, coreano, vietnamita, no sabemos, más feliz y sonriente del mundo, un tipo eufórico, con todos los problemas resueltos, que llegaba a la cima de una montaña y ponía su bandera; al término del flash el cambio era radical, era uno más de la cola.

Yo también me hacía selfies, con mi cámara, y sin reírme mucho, no quería verme como el chino, pero igual era inevitable sentir que de repente me quedaba en cueras, que esta gente rara podía ver una parte íntima de mí, la confirmación de que soy bastante común, como ellos, y que quiero perpetuarme, quedarme en este lugar para siempre, de alguna forma.

La cola avanzó, tal vez duró unos 15 minutos, eran alrededor de las 9 de la mañana. Un cartelito de “Securité renforcée, risque attentat” justificó el protocolo que venía a continuación: detector de metales, revisión de bolsos si son muy grandes, un altavoz advirtiendo cada cierto tiempo que es necesario mantener cerca las pertenencias, un bolso abandonado provocará la evacuación del museo y la destrucción del bulto, o sea, nadie te va a guardar el bolso, ni va a ir por ahí preguntando, ¿de quién es esto? Lo van a destruir y van a sacar a todo el mundo del museo, y eso dicho en francés, inglés, español, alemán, italiano, ruso, chino, creo, y otros idiomas que no pude identificar. Aun cuando parecía bastante real, no me cabía en la cabeza que alguien pusiera una bomba allí, como si esas cosas solo pasaran en el noticiero de mi casa, así que no presté mucha atención.

Tras el control, la cola se dispersó. Había un gran salón, gente que iba y venía, bajaba y subía, la gran pirámide se alzaba, no invertida, sino en su sentido habitual como una gran claraboya sobre nuestras cabezas y unas escaleras eléctricas conectaban este piso con el espacio más allá de los rombos de cristal acoplados.

Ahora todo me parece muy lógico, pero en ese momento no entendía por qué había llegado sin ver la pirámide afuera, qué pasadizo era este que enlazaba con el metro. ¿Dónde empezaba realmente el museo? Compré mi ticket en uno de los puestos, hay varios, uno al lado del otro; tomé dos planos de la instalación en otro punto, crucé todo el salón; un tipo uniformado y medio entretenido que dialogaba con otros dos empleados, hizo coincidir una lucecita roja y el código de barras de mi entrada y ahora sí, esto es el Louvre, sorpréndeme…

Féretro y tapa de féretro de un rey Antef, no se sabe cuál.Lo primero fueron los cimientos del museo y la sensación de estar en un auténtico castillo medieval. Bloques imperfectos, de diverso tamaño, ¡bloques del siglo 14!! ubicados con alguna simetría, las piedras que levantaron lo que en un inicio fue la casa de unos reyes.

Caminaba sin rumbo definido, no tenía ninguna preferencia hasta ese momento, solo quería dejarme llevar. Ya sabía que no podría verlo todo, pero tenía el propósito de al menos contemplar, sentir, aquello que lograra ver, sin dejarme presionar por la grandeza del lugar, que, hasta ese momento, era solo un pasillo de bloques.

Aparecieron entonces las antigüedades egipcias “Antiquités égyptiennes” decía el letrero, del Egipto faraónico, en principio. Mientras observaba la primera gran esfinge junto a los demás curiosos -cuerpo de león, cabeza de rey, no sé cuántas toneladas de granito- y trataba de concentrarme en que esto tenía miles de años, un cartel me devolvió brutalmente a la realidad: “Attention aux pickpockets/Beware of pickpockets/Mucho cuidado con los rateros/Cuidado con os carteristas…”. A veces creo que de verdad los carteles le hablan a uno.

No sabía que iba a ver antigüedades egipcias aquí, en realidad no sabía qué iba a encontrar en el Louvre, vine porque formaba parte de mi mapa parisino y porque es el museo más famoso del mundo, y porque en general, me gustan los museos. Poder ver los despojos de una civilización que existió hace miles o cientos de años es tan sorprendente como descubrir en el cuarto de un científico los objetos de una cultura que existirá de aquí a miles de años en el futuro, es algo que no voy a ver, que no está en mi presente, lejano, inaccesible y equidistante en el tiempo, no importa en cuál dirección. En las egipcias lo que más seduce es el desgaste, las narices rotas de casi todas las esfinges, las imperfecciones donde adivinas el paso de un ser humano.

Camino hacia las vitrinas. Acá viene la explicación del complejo sistema de escritura de 700 jeroglíficos, detallados a tal punto que casi puedes ensayar una oración en antiguo Egipto -o eso te parece-; el acta de venta de una casa escrita en un papiro; la regla del ministro de finanzas del rey Tutankamón; un pequeño reloj de sol; cucharas en forma de antílope; ánforas; ojos de féretros; modelos de casas en piedra caliza; joyas.

La Venus de Milo era el número 2 en el Top Ten de las piezas más visitadas del Louvre.Del suelo manaba aire fresco por unos curiosos boquetes con rejilla que ventilaban el salón, los encontraba inesperadamente. No sentía calor, quizás un poco de frío, así que más bien esquivaba los agujeros. La mayoría de la gente traía sus abrigos amarrados a la cintura, ropa deportiva, ligera, solo de vez en vez me topaba a una chica en tacones y vestido o falda larga. No eran los frikis y snobs que yo imaginaba, sino gente común a la vista, familias que parecían funcionales, mamá, papá y nené, grupos de amigos, gente con ropa nueva y de colores sobrios, gente que mirada de lejos aparentaba ser feliz.

Viene otra sala, o quizás ya he pasado dos, tres. Veo seis esfinges que custodiaron el sendero hacia un templo egipcio, más esfinges, o no sé si llamarlas así porque es todo lo contrario, cuerpo humano y cabeza de león. Ya empiezo a cansarme, es agotador aprehenderlo todo, querer registrar cada detalle en la cámara, como si me llevara el museo en pedazos a mi casa: una estatua del Rey Sethi II; vestigios de un portal monumental en el nombre de Ramsés II; el féretro de un rey Antef, no se sabe cuál exactamente.

Subo unas escaleras, y hay otro piso de antigüedades egipcias: el sarcófago del Rey Ramsés III; el féretro exterior de la Dama Iroubastetoudjaentchaou. Me doy cuenta de que puedo pasarme el día entero viendo antigüedades egipcias, que este lugar es verdaderamente grande y que podría perderme a la Mona Lisa, por ejemplo. Pánico. Eso fue lo que sentí por unos segundos.

Retrocedí, bajé las escaleras. Ya no quería caminar sin rumbo, tenía un objetivo. Quería preguntarle así a cualquiera, de repente, dónde está la Mona Lisa, pero algo de pudor me contuvo. Miré el plano y allí estaban señalados los íconos del arte universal que guardaba el Louvre, entre ellos, la Gioconda. Un mapa de todo el museo colgado en la pared, me señaló con una flecha, “Usted está aquí”, y ahí comenzó la búsqueda.

De camino a las pinturas italianas, crucé otro salón y noté que, en el fondo, un tumulto de gente se apretaba alrededor de una escultura, a todas luces un semidesnudo griego. Rodeaban a la Venus de Milo, por la que no sentía nada en particular, tenía más interés por la reacción de los curiosos, cómo dejaban expuestas sus emociones, el asombro, o el desinterés.

“¡No me quiero hacer nada!”, dijo incómodo un chico, en español, a una mujer de baja estatura, delgada y poco sofisticada, que parecía su madre. Se apartó de ella, le dio la espalda a la Venus, sin alejarse del tumulto y comenzó a hurgar en su móvil. La madre, resignada, puso a la Afrodita detrás y empezó a hablarle a una cámara: “Aquí estoy, tú sabes lo que esto significa para mí, tantas veces la vi en libros, en carteles, tantas veces…” y sin esperarlo, tuve ganas repentinas de llorar, y me contuve.

En la medida en que me acercaba al piso donde supuestamente estaba la Gioconda, aumentaba el murmullo a mi alrededor. La Victoria de Samotracia, cuerpo femenino con alas y sin cabeza en la proa de un barco, otra escultura griega, apareció al subir unas escaleras, instalada en una especie de descanso, donde nacían varios salones. La gente se sentaba a su alrededor, miraban los mapas del museo, conversaban despreocupados o se aferraban al móvil. Algunos parecían desubicados y ansiosos. Creí leer en los labios de un hombre que hablaba con su mujer, “pero ¿dónde está la Mona Lisa?”.

“Parecía que la Mona Lisa estaba haciendo un streap tease, o que inesperadamente movía los labios, guiñaba un ojo o ladeaba la cabeza…”Detrás del tipo encontré un cartel pequeño con la Mona Lisa y una flecha. El museo empezaba a hablarme. Seguí en la dirección que me señalaban, una galería llena de lienzos y de gente, con puertas a otros salones. Otro cartel idéntico al anterior indicaba el camino a la Gioconda, y ella también parecía hablarme y ser cómplice de su propia conquista con carita de “yo sé que me estás buscando…”, o “ya casi llegas”.

En uno de los salones, repleto de gente, me pareció distinguirla a lo lejos, diminuta en medio de una pared tan grande, era el cuadro más pequeño de la sala, aunque no me di cuenta de eso ahí, sino días más tarde viendo las imágenes en mi cámara. Realmente si quieres que un cuadro sea invisible ponlo en el mismo recinto que la obra más famosa de Da Vinci.

Una docena de celulares en alto se disputaban el equilibrio para una foto en medio de los empujones. Parecía que la Mona Lisa estaba haciendo un streap tease, o que inesperadamente movía los labios, guiñaba un ojo o ladeaba la cabeza, que un hecho más extraordinario que su propia presencia ocurría ante el público.

Me sumé a la marejada y entre los tropiezos, el sonido de obturadores, la presión de los oficiales para que no se violara el espacio entre el público y la obra, tuve a la Gioconda a solo un metro y unos centímetros. La observé, pero no había emoción, de repente sentí que yo no era yo, no me reconocía en ese lugar tan lejano, rodeada de esta gente, viendo una de las obras más famosas del mundo, experimenté un extrañamiento tal, no podía emocionarme, mi yo estaba anestesiado. Hice las fotos de rigor, conmigo incluida, por supuesto, y me fui. Sentía un poco de impotencia, viajar tanto para que, al llegar, la que yo soy se esfume, no sentirme yo misma, es como si no hubiera llegado nunca.

Vista la Mona Lisa, perdí un poco el impulso, tomé consciencia de mi agotamiento, el hambre. Traía unas frutas en el bolso, y un tipo de pan dulce, brioche, le llaman, pero no me sentía cómoda para hacer mi picnic en ningún lado. Por una ventana vi la pirámide en el patio -yo estaba un piso más arriba- y quise estar ahí, sentarme en una de esas fuentes de agua que la rodean, mirar el paisaje, comer. Venían a buscarme a las 6:00 de la tarde, mi amiga francesa, del trabajo no se libraba hasta esa hora, y eran apenas las 2:00. Por muy cansada que estuviera, esto es el Louvre, creo que podemos aguantar otro poco.

Los otros parecían igual de fatigados, menos gente en las vitrinas y más en los bancos usando el móvil. Más tranquilo, más silencioso, como si le hubieran bajado el volumen al museo.

Estuve dos horas más. Terminé de ver la colección griega. Se le acabó la batería a la cámara y más que angustia, sentí alivio. Vi otras antigüedades egipcias de camino a la sala de artes decorativas de Europa; luego las joyas de María Antonieta, parte del mobiliario que utilizaron ella y algunos de los Luises, toda una sala decorada; un cuarto dedicado a la madame de Pompadour, amante oficial de Luis XV; Las tres gracias de Jean Baptiste Regnault en la sala de pinturas francesas; antigüedades persas; varios puestos de souvernirs; un baño roto y clausurado; otro abierto; de nuevo la pirámide por la ventana y las ganas de estar ahí. ¿Cómo salgo?

El camino que indicaban las flechas de salida, terminaba en puertas cerradas. No quería bajar de nuevo al piso subterráneo, sino ir directamente a la pirámide, pero no sabía cómo. Seguí otras flechas, antigüedades egipcias, no quiero ver ni un féretro ni un sarcófago más, quiero salir. Où il sont les sorties? Hora de practicar el francés, el museo había dejado de hablarme o yo no lo comprendía ya, así que le hablé a una empleada. Me explicó, me perdí un par de cosas, pero algo entendí. Le pregunté a otra, y a otra. Me veo entonces recorriendo el mismo camino, no hay remedio, Antef, Ramsés, jeroglíficos, gente que acaba de llegar y empieza la excursión, un grupo de chinos con un guía, el gran salón, la pirámide encima, el triple de personas que en la mañana, un restaurante que no había visto, gente consumiendo, otros comprando tickets, alquilando los servicios de autoguía. Luego supe que ese día, miércoles, el museo cerraba a las 9:45 de la noche, o de la tarde más bien, porque apenas a esa hora comienza a oscurecer en el verano europeo.

Entre la marejada de gente, los empujones, el sonido de los obturadores… la Gioconda.Regresé al pasillo, dejé atrás la pirámide invertida, las boutiques, las caritas de la Mona Lisa, casi estaba llegando al metro, y vi a unos tipos corpulentos, negros y vestidos de negro, apostados en el inicio de dos escaleras que comenzaban ahí y se alzaban en direcciones opuestas. Busqué en el mapa y les pregunté cómo llegar al Jardin des Tuleries, me daba lo mismo a donde fuera, lo que quería era salir a la luz. Les di ese punto de referencia porque no sabía cómo decir “quiero salir a la luz”, en francés; y me dijeron que tomara cualquiera de las dos escaleras. ¿En serio? ¡Tomé una de ellas y voilá!! El topo salió de la guarida y allá estaban la pirámide, el sol y la gente.

Me senté en un banco, aun lejos de la pirámide, necesitaba comer. Saqué el brioche, le di una mordida y apareció una paloma, que daba pasitos sospechosamente cerca. Me di cuenta del foco en el que me había convertido sacando comida en medio de la plaza, guardé el pan y me fui de allí. No me gustan las palomas.

Finalmente pude comer sin que me molestaran, y sentí cómo poco a poco me volvían las fuerzas y el sosiego. El Louvre no tiene dimensiones humanas, no tiene el tamaño para que un ser humano lo recorra y se sienta satisfecho, y no salga hecho un guiñapo, como si lo hubieran masticado y escupido. Y aun cuando el museo hace todo lo posible para que no te pierdas, terminas perdiéndote.

La gente se acumulaba en uno de los costados de la pirámide. Yo quería ir hasta allí, pero aun podía esperar un poco. Me entretuve mirando a unos jóvenes que se habían acostado en la plaza, sonriendo, como si lo hicieran en la cama de su cuarto, hablando de algo que veían en el cielo. Las palomas, bonitas de lejos, les planeaban cerca. Una chica grababa a un chico saltando sobre una especie de pilotes, rectángulos de cemento alineados, y al final lo aplaudía como si hubiera completado un peligroso acto circense. Me pregunté entonces cómo habría sido venir al museo acompañada, de una amiga, un amigo, o la persona que uno ama, alguien en quien uno pudiera proyectarse, reconocerse, sentirse uno mismo.

Me paré y caminé hasta la pirámide. Apenas había espacio en el borde de las fuentes para sentarse, todos querían estar allí, cerca de la transparencia del agua y los cristales. No lo noté entonces pero el tumulto de gente en uno de los costados debió ser la cola para entrar, según recuerdo, una cola muy diferente a la mía.

Se nubló un poco, empezó a lloviznar y llegó mi amiga. Esa noche fuimos a bailar a un club, una cosa muy rara que ellos llaman “salsa cubana”. En los días siguientes visité el Centro George Pompidou, los Jardines de Luxemburgo, Notredame, y finalmente vi los fuegos artificiales de la Torre Eiffel.

Días después ya estaba en mi casa, en Santiago de Cuba, con la familia, redescubriendo la humedad del Caribe, acostumbrándome al techo de zinc de mi cuarto y sus 38 grados de temperatura. Pasé un tiempo haciendo historias, mostrando fotos, regresando de a poco.

Una noche, cuando las cosas se habían calmado bastante, busqué un documental –Francofonía de A. Sokurov- sobre el Louvre que quería ver antes de ir al museo, pero que no vi. El largometraje inicia con imágenes de las tropas alemanas entrando a París en el verano de 1940 y tiene como eje la conservación de las colecciones durante la ocupación, pero también la historia del museo. Bajo el efecto de la música del filme y la narración en ruso del director, fui complementando mis recuerdos, reconociendo espacios, cuadros, colecciones enteras, lamentando no haber visto la mayoría, experimentando alguna emoción cuando me revelaba un dato de una pieza visitada.

La pirámide de cristal vista a la altura del segundo piso del Louvre.Hay dos fantasmas, Marianne y Napoleón que deambulan por el museo, desolado, en penumbras. En una de las escenas, y sin que yo lo esperara, porque no se ha hablado de ella en todo el documental, los personajes llegan al salón donde está la Mona Lisa. No hay nadie, solo ellos, los espectros se acercan y contemplan a la Gioconda, diciendo algún que otro parlamento, pero sin quitarle los ojos de encima, la cámara por unos segundos hace lo mismo.

La imagen me emociona, se me aguan los ojos, se vuelve enorme, grandiosa; y me doy cuenta de que sucede ahora porque esta sí soy yo, la que está en mi casa, los tarecos encima del armario, la ropa sucia bajo mi mesa, los grillos cantando, el calor, el sudor, no hay extrañamiento alguno porque es lo más normal del mundo que yo esté aquí en mi cuarto y que la Mona Lisa esté ahí, tras la pantalla de un documental, lejana, inaccesible.

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