Actualizado el 25 de septiembre de 2017

Los intelectuales:

Papel, función y paradoja

Por: . 21|9|2017

Pero los intelectuales reflexivos, por sí solos, no se hallan en situación de transformar el mundo, por mucho que esta transformación sea imposible sin su aportación. Requiere un frente unitario constituido por igual por intelectuales y gente corriente. Con la excepción de unos pocos ejemplos aislados, probablemente esto es más difícil de lograr hoy que en el pasado. He ahí el dilema del siglo XXI.¿Podría haber existido una función social de los intelectuales —vale decir, podrían haber existido los propios intelectuales— antes de la invención de la escritura? Difícilmente. Los chamanes, sacerdotes, magos u otro tipo de servidores y señores de los rituales han desarrollado siempre una función social, y lo mismo podríamos decir de aquellos a quienes hoy denominaríamos artistas. Pero ¿cómo podrían haber existido intelectuales antes de la invención de un sistema de escritura y numeración que necesitaba de manejo, comprensión, interpretación, aprendizaje y preservación? De todos modos, una vez hubieron llegado al fin todos estos instrumentos modernos de la comunicación, el cálculo y, sobre todo, el recuerdo, es probable que las exiguas minorías que dominaban estas habilidades ejercieran, durante una época, un poder social mayor del que los intelectuales han tenido después. Como ocurrió en las primeras ciudades mesopotámicas de los inicios de la economía agraria, los expertos en la escritura podían constituirse en el primer «clero», en una clase de gobernantes sacerdotales. Hasta bien entrados los siglos XIX y XX, disponer del monopolio de la alfabetización en el mundo de las letras —y de la educación necesaria para su dominio— implicaba también un monopolio del poder, protegido contra la competencia gracias a una educación en lenguas escritas especializadas y con prestigio dentro del ámbito ritual o cultural.

Por otra parte, la pluma jamás fue más poderosa que la espada. Los guerreros siempre pudieron conquistar a los escritores, pero sin estos no habría habido ni sistemas de gobierno ni economías mayores; ni, menos todavía, habrían existido los grandes imperios históricos del mundo antiguo. Las personas cultas suministraban las ideologías que posibilitaban la cohesión imperial y llenaban sus cuadros administrativos. En China, convirtieron a los conquistadores mongoles en dinastías imperiales, mientras que su ausencia contribuyó a la rápida caída de Gengis Kan y Tamerlán. Los primeros dueños del monopolio educativo serían lo que Antonio Gramsci ha denominado «los “intelectuales orgánicos” de todos los grandes sistemas de dominación política».

Todo esto pertenece al pasado. La aparición de una clase laica culta en las lenguas vernáculas regionales a lo largo de la Baja Edad Media posibilitó la existencia de intelectuales menos estrechamente determinados por su función social y que estimularían —en tanto que productores y consumidores de literatura y otras formas de comunicación— el surgimiento de una nueva, aunque reducida, esfera pública. El ascenso del Estado territorial moderno requirió, una vez más, un cuerpo cada vez más amplio de funcionarios y otros intelectuales «orgánicos». Cada vez era más frecuente que estos se formasen en universidades modernizadas y bajo la tutela de profesores de secundaria que se habían graduado en ellas. Por otra parte, la suma de la universalización de la escuela primaria y, sobre todo, después de la segunda guerra mundial, la enorme expansión de las educaciones secundaria y universitaria, dieron lugar a un número mayor que nunca de personas alfabetizadas y con formación intelectual. Entre tanto, el extraordinario crecimiento de las nuevas industrias de los medios de comunicación en el siglo XX amplió extraordinariamente el abanico de las posibilidades económicas disponibles para aquellos intelectuales que eran independientes de todo aparato oficial.

Hasta mediados del siglo XIX, hablamos de un grupo muy reducido. El cuerpo de estudiantes que representó un papel tan destacado en las revoluciones de 1848 lo formaban, en Prusia, cuatro mil jóvenes (todos ellos hombres, todavía), y siete mil en todo el imperio Habsburgo, fuera de las fronteras de Hungría. Lo novedoso de este recién surgido estrato de «intelectuales libres» no radicaba sencillamente en el hecho de que compartiesen la educación y el saber cultural con las clases gobernantes —de quienes, por entonces, ya se esperaba que tuvieran la formación literaria y cultural que los alemanes llaman Bildung, una tendencia que compartían cada vez más con las clases empresariales—, sino también en el hecho de que gozaban de muchas más posibilidades de ganarse la vida como intelectuales autónomos. Las nuevas industrias técnicas y científicas, las instituciones destinadas al desarrollo de las universidades científicas y culturales, los sectores del periodismo, la publicidad y la propaganda, el escenario y el espectáculo, todo ello les ofrecía nuevas formas de ganarse la vida. Hacia finales del siglo XIX, la empresa capitalista había generado tanta riqueza que fueron numerosos los hijos y otras personas a cargo de la clase media empresarial que pudieron dedicarse por entero a actividades intelectuales y de cultura. Las familias Mann, Wittgenstein y Warburg son buenos ejemplos al respecto.

Si aceptamos al grupo marginal de la bohemia, los intelectuales autónomos carecían de una identidad social reconocida. Se los consideraba, simplemente, como miembros de la burguesía culta (tal como dijo J. M. Keynes, «mi clase, la burguesía culta») o, en el mejor de los casos, como el subgrupo burgués de los Bildungsbürger o Akademiker. Tenemos que llegar al último tercio del siglo XIX para encontrarlos descritos como un colectivo de «intelectuales» o como «la intelligentsia»: de 1860 en adelante, en la turbulenta Rusia zarista, y luego en una Francia sacudida por el caso Dreyfus. En ambos contextos, lo que parecía distinguirlos como grupo fue que combinaran las actividades del pensamiento con intervenciones críticas en el terreno político. Incluso hoy, el lenguaje popular tiende a asociar, con resultados no siempre acertados, las expresiones «intelectual» y «opositor político» (que en la época del socialismo soviético significaba «políticamente poco de fiar»). Sin embargo, el aumento de las masas lectoras y el consiguiente potencial propagandístico de los nuevos medios proporcionaron a los intelectuales famosos unas posibilidades de destacar sin precedentes, que incluso los gobiernos podían utilizar.

Después de un siglo todavía resulta violento recordar el espantoso manifiesto de los noventa y tres intelectuales alemanes, así como los de sus iguales franceses y británicos, concebido para fortalecer la defensa espiritual de sus respectivos gobiernos beligerantes en la primera guerra mundial. Lo que convertía a estos individuos en signatarios tan valiosos de estos manifiestos no era su experiencia en los asuntos públicos, sino su reputación como escritores, actores, músicos, científicos naturales y filósofos.

El «breve siglo XX» de las revoluciones y las guerras de religión ideológica se convertiría en la era característica del compromiso político entre los intelectuales. No solo defendieron sus propias causas en la época del antifascismo y luego del socialismo estatal, sino que además se los reconocía, en ambos bandos, como pesos pesados del pensamiento público. Su período de gloria cae entre el final de la segunda guerra mundial y el derrumbe del comunismo. Esta fue la gran era de las movilizaciones «en contra»: en contra de la guerra nuclear, en contra de las últimas guerras imperiales de la vieja Europa y las primeras del nuevo imperio mundial estadounidense (Argelia, Suez, Cuba, Vietnam), contra el estalinismo, contra la invasión soviética de Hungría y Checoslovaquia, etc. Los intelectuales eran la primera línea de casi todas ellas.

Por poner un ejemplo, la campaña británica para el desarme nuclear la fundaron un escritor famoso, el editor del semanario intelectual más prestigioso de la época, un físico y dos periodistas; e inmediatamente escogieron como presidente al filósofo Bertrand Russell. Los nombres ilustres del arte y la literatura corrieron a unirse a sus filas, desde Benjamin Britten hasta Henry Moore y E. M. Forster; entre ellos estaba el historiador E. P. Thompson, que, a partir de 1980, sería el rostro más destacado en el movimiento por el desarme nuclear europeo. Todo el mundo conocía los nombres de los grandes intelectuales franceses —Sartre y Camus— y los de los intelectuales disidentes de la URSS: Solzhenitsyn y Sájarov. A la cabeza de la influyente literatura de la desilusión comunista (como la recopilación The God that Failed. A Confession) hubo intelectuales muy destacados. Los servicios secretos de Estados Unidos consideraron incluso que les valía la pena fundar y financiar organizaciones específicas como el Congreso para la Libertad Cultural, con tal de mitigar la desafortunada falta de entusiasmo de los intelectuales europeos por el Washington de la guerra fría. Fue la misma época en la que, por primera vez desde 1848, las universidades del mundo occidental, por entonces en un momento de expansión y multiplicación espectacular, podían ser consideradas por sus gobernantes como viveros de oposición política y social y, de hecho, en ocasiones incluso como semilleros de la revolución.

Esta era de los intelectuales como principal rostro público de la oposición política ha quedado en el pasado. ¿Dónde están los grandes defensores y signatarios de manifiestos? Salvo raras excepciones —la más famosa, la del estadounidense Noam Chomsky—, o permanecen en silencio o han muerto. ¿Dónde están los famosos maîtres à penser de Francia, los sucesores de Sartre, Merleau-Ponty, Camus y Raymond Aron, de Foucault, Althusser, Derrida y Bourdieu? Los ideólogos de finales del siglo XX han preferido abandonar la tarea de buscar la razón y el cambio social, y dejar estos en manos de las operaciones automáticas de un mundo de individuos puramente racionales que, supuestamente, potencian al máximo sus beneficios mediante un mercado que actúa racionalmente y tiende, cuando se ve libre de influencias externas, a un equilibrio duradero. En una sociedad que dispone a todas horas del entretenimiento de masas, los activistas han pasado a considerar que los intelectuales resultan menos útiles, a la hora de inspirar buenas causas, que los músicos de rock o las estrellas de cine de fama mundial. Los filósofos ya no podían competir con Bono o Eno, a menos que se calificaran de nuevo a sí mismos como una de esas nuevas figuras del nuevo mundo del espectáculo comunicativo universal: las «celebridades». Vivimos en una era nueva, al menos hasta que el ruido universal de la expresión personal en Facebook y los ideales igualitarios de internet hayan desarrollado por completo su efecto público.

El declive de los grandes intelectuales protestatarios se debe, por lo tanto, no solo al fin de la guerra fría, sino también a la despolitización de los ciudadanos occidentales en un período de crecimiento económico y triunfo de la sociedad de consumo. El trayecto entre el ideal democrático del ágora ateniense y las irresistibles tentaciones del centro comercial ha reducido el espacio disponible para la gran fuerza demoníaca de los siglos XIX y XX: a saber, la fe en que la acción política era la forma idónea de mejorar el mundo. De hecho, el objetivo de la globalización neoliberal consistía precisamente en reducir el tamaño, las intervenciones públicas y el ámbito de acción del Estado. Y en esto, ha conseguido una victoria parcial.

Sin embargo, otro elemento determinó la forma de la nueva era: la crisis de los valores y las perspectivas tradicionales; quizá, por encima de todo, el abandono de la vieja fe en el progreso global de la razón, la ciencia y la posibilidad de mejorar la condición humana. Desde las revoluciones de Estados Unidos y Francia, el vocabulario de la Ilustración dieciochesca, con su sólida confianza en el futuro de las ideologías arraigada en estos grandes alzamientos, se ha difundido entre los paladines del progreso social y político de todo el globo. Una coalición de estas ideologías y sus estados patronos obtuvo la que quizá fue su última victoria en la lucha contra Hitler, en la segunda guerra mundial. Pero desde la década de 1970, los valores de la Ilustración se baten en retirada, enfrentados a las potencias antiuniversales del «Blutund Boden» («la sangre y la tierra») y a las tendencias reaccionario-radicales que se desarrollan en todas las religiones mundiales. Incluso en Occidente podemos ver el ascenso de una nueva irracionalidad, hostil a la ciencia, al mismo tiempo que la fe en un progreso irresistible cede el paso al miedo ante una catástrofe ambiental inevitable.

¿Y los intelectuales, en esta nueva era? Desde la década de 1960, la enorme expansión de los estudios superiores los ha transformado en una clase influyente con relevancia política. Desde 1968 ha quedado claro que es fácil movilizar a los colectivos estudiantiles, no solo a nivel nacional sino también más allá de las propias fronteras. Desde entonces, la revolución sin precedentes de las comunicaciones personales ha reforzado en gran medida su capacidad de llevar a cabo acciones públicas. La elección del profesor universitario Barack Obama para la presidencia de Estados Unidos, la Primavera Árabe de 2011 y los movimientos vividos en Rusia se cuentan entre los ejemplos más recientes. El progreso fulminante de la ciencia y la tecnología ha dado lugar a una «sociedad de la información» en la que producción y economía dependen más que nunca de la actividad cultural; es decir, de los hombres y mujeres con estudios universitarios y de los centros en los que se forman, las universidades. Esto significa que hasta los regímenes más reaccionarios y autoritarios deben permitir que en sus universidades haya cierto grado de libertad a las ciencias. En la antigua Unión Soviética, los centros académicos eran el único foro efectivo de crítica social y disidencia. Si en la China de Mao prácticamente se abolió la educación superior durante la Revolución Cultural, desde entonces se ha aprendido la lección. En cierta medida, esto también ha sido beneficioso para las facultades chinas de Artes y Humanidades, aunque resulten menos esenciales desde un punto de vista económico y tecnológico.

Por otra parte, el descomunal crecimiento de la educación superior tendió a transformar las licenciaturas y diplomaturas en calificaciones esenciales para la clase media y los trabajos profesionales, de modo que los licenciados pasaron a formar parte de las «clases altas», al menos a ojos de la masa de población menos culta. A los demagogos les ha resultado fácil presentar a los «intelectuales» —el «establishment liberal», según se lo suele llamar— como una élite presuntuosa y moralmente deficiente, que goza de privilegios culturales y económicos. En muchos lugares de Occidente, sobre todo en Estados Unidos y en Gran Bretaña, la brecha educativa corre el riesgo de convertirse en una división de clases entre aquellos cuyos títulos universitarios servirán como seguro billete de entrada hacia las carreras de éxito y prestigio y los que carecen de tales títulos y están marcados por el resentimiento.

Sin embargo, ellos no eran los auténticos ricos, ese ínfimo porcentaje de la población que en los últimos treinta años del siglo XX y la primera década del XXI ha triunfado y adquirido fortunas que desbordan el más codicioso de los sueños: me refiero a hombres —y, en ocasiones, mujeres— cuyos activos personales igualan el PIB de muchos países medianos. En su inmensa mayoría, sus fortunas provenían de los negocios y el poder político, por más que algunos de ellos tuvieran un indudable origen intelectual, al tener título universitario o (como sucede, de forma llamativa, en Estados Unidos) haber empezado, pero no acabado, tales estudios. Paradójicamente, el lujo del que alardeaban con creciente seguridad tras la caída del comunismo generó una especie de vínculo con las masas incultas, cuya única vía de salir de su condición pasaba por unirse a los pocos cientos de personas de cualquier país que alcanzan la cima sin dotes de letras ni empresariales: futbolistas, estrellas de la cultura de masas y ganadores de premios de lotería desorbitados. Estadísticamente, la probabilidad de que una persona pobre siguiera una trayectoria parecida era mínima; pero quienes de verdad lo conseguían disponían, sin duda, de dinero y éxito que exhibir. En cierta forma, esto ha facilitado movilizar a los explotados económicamente —los «fracasados» y «perdedores» de la sociedad capitalista— contra lo que los reaccionarios estadounidenses han llamado «el establishment liberal», una clase con la que no parecían tener prácticamente nada en común.

Han tenido que pasar varios años de grave depresión económica —la peor de la economía occidental desde la década de 1930— para que el resentimiento generado por la polarización económica empezase a desplazar al resentimiento contra la supuesta superioridad intelectual. Curiosamente, sus dos expresiones más visibles las han formulado intelectuales. El desplome general de la confianza en la capacidad del mercado libre (el «sueño americano») para generar un futuro mejor para todos —más aún, el creciente pesimismo con respecto al futuro del sistema económico actual— lo pusieron sobre la mesa los periodistas de economía, y no, salvo contadísimas excepciones, los supermillonarios. La ocupación de lugares próximos a Wall Street y otros centros de la banca y las finanzas internacionales bajo el lema de «Somos el 99 por 100» frente al 1 por 100 de los superricos, se hizo en clara sintonía con las simpatías del público general. Incluso en Estados Unidos, las encuestas mostraban un apoyo del 61 por 100, lo cual supone incluir sin lugar a dudas a un gran grupo de republicanos antiliberales. Pero por supuesto, estos manifestantes que plantaron sus tiendas de campaña en terreno enemigo no eran el 99 por 100. Eran, como tantas otras veces, lo que se ha dado en llamar el «ejército de escenificación» del activismo intelectual, el destacamento de estudiantes y bohemios dispuestos a movilizarse, que armaba escaramuzas con la esperanza de que acabasen convertidas en batallas.

En cualquier caso, surge la pregunta: ¿cómo puede sobrevivir la antigua tradición crítica independiente, propia de los intelectuales de los siglos XIX y XX, en la nueva era de la irracionalidad política, reafirmada por sus propias dudas acerca del futuro? Es una paradoja de nuestro tiempo que la irracionalidad política e ideológica no halle dificultades para coexistir con la tecnología avanzada; en realidad, usan este recurso. Estados Unidos y los asentamientos de militantes israelíes dentro de las zonas ocupadas de Palestina demuestran que no faltan los profesionales especializados en informática que creen a pies juntillas la historia de la Creación según se relata en el libro del Génesis o los más sangrientos llamados del Antiguo Testamento a erradicar a los infieles. Hoy día, la humanidad ya se ha acostumbrado como hecho normal a llevar vidas de contradicción interna, que se desgarran entre un mundo de sentimientos y una tecnología insensible a la emoción, entre el ámbito de la experiencia y el conocimiento empírico a escala humana y el ámbito de las magnitudes absurdas, entre el «sentido común» de la vida diaria y la imposibilidad de comprender, salvo para unas exiguas minorías, las operaciones intelectuales que crean el marco en el que vivimos. ¿Se puede compatibilizar esta ausencia sistemática del racionalismo en la vida humana con un mundo que depende más que nunca de la racionalidad de Max Weber en relación con la ciencia y la sociedad? Desde luego, la globalización de los medios de información, del lenguaje y de internet impide que incluso la autoridad estatal más poderosa pueda aislar del todo a un país, material y mentalmente, del resto del mundo. Sin embargo, la pregunta sigue vigente.

Por otra parte, mientras que la tecnología especializada se puede usar (aunque no seguir desarrollando) sin pensamiento original, la ciencia necesita ideas. Por ello, incluso la sociedad más sistemáticamente antiintelectual del presente tiene una necesidad mayor de personas que tengan ideas y entornos en los que estas puedan florecer. Es razonable suponer que estas personas también tendrán ideas críticas con respecto a la sociedad y el medio en el que viven. En los países emergentes del Asia oriental y suroriental, como del mundo musulmán, es probable que estos intelectuales sigan constituyendo una fuerza de reforma política y cambio social a la vieja usanza. También es posible que, en nuestros tiempos de crisis, representen otra vez esta clase de fuerza en un Occidente que vive en situación de asedio e incertidumbre. De hecho, cabe defender que, en la actualidad, el lugar propio de las fuerzas de crítica social sistemática se encuentra en los nuevos estratos de los licenciados universitarios. Pero los intelectuales reflexivos, por sí solos, no se hallan en situación de transformar el mundo, por mucho que esta transformación sea imposible sin su aportación. Requiere un frente unitario constituido por igual por intelectuales y gente corriente. Con la excepción de unos pocos ejemplos aislados, probablemente esto es más difícil de lograr hoy que en el pasado. He ahí el dilema del siglo XXI.

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