Actualizado el 30 de noviembre de 2017

Remedios, la maldita circunstancia del agua

Por: . 29|11|2017

El cielo al norte de la ciudad, la cabeza de patricioCuenta la historia que la fundación del primer poblado, Santa Cruz de la Sabana de Vasco Porcallo, se hizo en medio de un enorme vendaval, precisamente ante una cruz de madera que ya no se conserva. La tupida vegetación y la presencia de bahías y cayos, convirtieron a la villa escondida en un centro de refugio para las embarcaciones en apuros a causa de las tormentas.

Aquella cercanía de las costas, lo cenagoso del terreno, la presencia constante de huracanes y mosquitos obligaron a varias mudanzas; la tercera de las cuales se realizó el 24 de junio de 1535, día de Juan el Bautista, por lo que el ayuntamiento asumió el nombre de San Juan de los Remedios, esta última palabra como un bálsamo a los males que hasta entonces asolaron a los habitantes a pesar de la posición estratégica para el comercio, pero terrible ante la naturaleza.

La costa norte seguía siendo un puesto clave, el propio rey de España, Carlos II “El Hechizado”, mostró interés por la estancia de Remedios cuando, en pleno siglo XVII, los santaclareños pedían la disolución de la vieja villa y gloria para la suya. Se decía que el monarca, último de la dinastía de los Austria en la península, estaba rodeado de demonios que lo molestaban, de ahí su sobrenombre.

Lo cierto es que aquel reinado ya marcaba la decadencia española en el mundo, y la pérdida de cónclaves en el mar Caribe devenía en un lujo que el viejo y moribundo imperio no se podía permitir.

Hasta la Corte fueron los remedianos con una carta firmada por las mujeres de la villa. Aquella “Petición de las Matronas” fue el primer documento donde se mencionó la palabra “patria” en la historia de Cuba; así prevaleció la villa contra enemigos humanos y sobrenaturales. En 1692, un ciclón había afectado con furia La Habana y cientos de naturales de Remedios prestaron sus servicios para reconstruir a la capital de la colonia. Esto fue tenido muy en cuenta tanto por el rey como por las autoridades de la isla.

Todavía en el siglo XVIII existían numerosos poblados aborígenes, aledaños, con los que hubo comunicación; los cuales también avisaban sobre la cercanía de los llamados por ellos “huracanes” y que para los españoles eran fenómenos incomprensibles. Los indios, conocidos como “cayos”, terminaron por asumir la vestimenta europea y unirse a los nuevos habitantes, pero jamás abandonaron sus establecimientos en las islas aledañas.

Un cañón rústico en la bahía de Buenavista, avisaba de ataques piratas y de trombas de viento a los primitivos remedianos. Las incursiones de Inglaterra en la región y la enemistad con dicha potencia, llevó tanto a “El Hechizado” como a su sucesor Carlos III, “el Ilustrado”, a proteger a Remedios del mal tiempo.

Una vez publicado en la puerta de la Iglesia Mayor el bando real que legitimaba a Remedios y reconocía sus fronteras con Santa Clara, las campanas redoblaron y los vecinos erigieron sus casas con materiales más resistentes. La villa ya presentaba el mismo aspecto que luego captaría en su viaje por la isla el artista Federico Mialhe.

No obstante, el embarro y el guano demostraron ser frágiles ante el paso directo de los huracanes. Así ocurrió entre los días 25 y 26 de octubre de 1837, cuando asoló el temible ciclón de San Evaristo, el cual si se analizan las crónicas podría catalogarse de categoría cinco. Los efectos en la villa fueron arrasadores: no quedó casa en pie, sólo las ermitas, muchos corrieron a refugiarse en los bosques, otros se ahogaron en medio del lodo abundante.

Esos dos días de confusión sacaron a la luz infidelidades conyugales, pues algunas parejas ocultas dieron muestra pública de su amor. A la misma vez, se hizo evidente la ineficacia de usar la Iglesia para enterramientos, pues los cadáveres eran demasiados y en un estado de putrefacción que amenazaba con trasmitir enfermedades.

Algunos de los héroes que lucharon por la permanencia de Remedios yacen enterrados bajo una losa de la Iglesia Mayor, así lo declaran las letras grabadas en el mármol y en castellano antiguo, pero desde aquella gran mortandad se comenzó a usar el cementerio público.

Apenas una década después, otro huracán sacaría a relucir la imaginación del pueblo temeroso. Entre el 10 y el 11 de octubre de 1846 pasó por encima de la villa, siguiendo su curso hacia el oeste, para causar grandes daños en La Habana, donde destrozó la flota de barcos y dañó las fortificaciones.

En Remedios derribó el torreón de la Casa Capitular (hoy sitio ocupado por la Academia de Música) y numerosas viviendas familiares. Pero el hecho que conmocionó a muchos aconteció en la noche, luego del paso del ciclón, cuando se vio en el cielo un meteoro luminoso. Muchos se pusieron de rodillas entonces, lo interpretaron como una señal sobrenatural.

Dos siglos antes, la ayuda a La Habana los había salvado de desaparecer como villa, pues los vecinos de la capital intercedieron por los remedianos, así, los naturales de Remedios volvieron a hacer una junta de auxilio compuesta por los más acaudalados: el Sr. José A. Cirera, Fernando de Rojas, Alejo Bonachea y otros. Hasta la villa de San Cristóbal fueron aquellos filántropos, donde se agradeció y se reconoció otra vez a los remedianos.

A la altura de la segunda mitad del siglo XIX, Remedios ya tenía connotación de ciudad. Se dejó de usar el viejo cañón de la Bahía de Buenavista, había prensa y buenas comunicaciones, alumbrado público, las casas eran de mampostería sólida hechas con barro rojo de las tierras locales. El crecimiento urbano se aceleró a causa del capital derivado de las grandes plantaciones de caña de azúcar, siendo la otrora aislada villa una de las poblaciones típicas del llamado boom económico cubano del siglo.

En 1873 recibió de España el título de ciudad y una vez más la plaza obtuvo privilegios reales en la lucha de la corona contra los insurrectos. Era sitio abundante en tropas de voluntarios y en las crueldades que ellos cometían; por ejemplo, resultaba habitual que aparecieran cuerpos macheteados en la Poza de la Bajada o a la luz pública en medio de la calle principal, San José (hoy Máximo Gómez). Durante una visita del Capitán General Valeriano Weyler, este llegó a llamar a Remedios con el título de “muy fiel”.

Entre el 4 y el 6 de septiembre de 1878, ya en plena paz con los insurrectos, un huracán desató en la ciudad la mayor epidemia de fiebre tifoidea de la isla, y muchos vieron aquello como un castigo por los asesinatos cometidos por los voluntarios. La gente no salía de sus casas; las misas se detuvieron durante meses. Familias pro españolas abandonaron la villa, llenas de miedo.

La superstición cundió otra vez en septiembre de 1901, durante la semana en que el mundo estuvo conmocionado por el asesinato del presidente de los Estados Unidos McKinley. Un ciclón asoló a la villa que unos meses antes celebró la entrada de Máximo Gómez por la calle San José. Los españoles y los simpatizantes con la corona dijeron entonces que volvería la fiebre para llevarse a todos los que gritaron vivas a McKinley. Otra vez reinó el desconcierto, se tomaron medidas sanitarias extremas, no hubo enfermedades.

Entre las supersticiones que crecieron durante estos siglos de lluvias y vientos, hay dos que aún se usan entre los remedianos. La primera es la “Cabeza de Patricio”, como se le denomina al cielo nublado hacia la porción sur de la ciudad, lo cual indica una obligada lluvia torrencial. Patricio era un negro liberto y zapatero, de una enorme cabeza, que vivía al final de la calle de la Bermeja y que peleó en La Habana en 1762 contra los ingleses, bajo el mando de Pepe Antonio, donde se ganó la libertad.

La segunda leyenda se denomina “Baúl de Ña Trina” y consiste en el cielo nublado hacia la parte norte, señal de que también lloverá. Ello se debe a un baúl que crecía o se achicaba según el temporal, objeto que pertenecía a una vecina del barrio del Cristo. Dicha pertenencia se quemó durante un incendio en 1893.

Ambas tradiciones se mantienen hoy, otras ya desaparecieron, como la leyenda curativa de las aguas remedianas, esparcida durante la primera mitad del siglo XX por un señor conocido por el apodo de “Hombre de Dios”, cuyo aspecto barbudo y desaliñado causó estupor y credulidad, al punto de generar una sublevación popular cuando las autoridades lo detuvieron.

Todavía quedan ecos de aquellos días del agua, pues si llueve mucho Remedios se llena de manantiales naturales en medio de las calles. Así ocurrió por primera vez en noviembre de 1931 y luego en la década del setenta del siglo XX. Dichas aguas sobresalían con fuerza del suelo y con una temperatura muy fría. Calles como La Mar, Amarguras y La Laguna deben sus nombres a este curioso fenómeno.

Grabado de Remedios a inicios del siglo XIX, realizado por Federico MialheEn el año 2000, cuando se planificaba por los barrios El Carmen y San Salvador hacer “la parranda del siglo”, un terrible vendaval de varias semanas dañó ambas naves e impidió las fiestas, las cuales se aplazaron y aunque se hizo el trabajo de plaza más alto de la historia (102 pies de alto), las carrozas apenas se exhibieron en pedazos y el fuego fue menor a lo esperado.

Singular y legendaria ha sido la relación de esta vieja villa con el mal tiempo, al punto de que algunos lo consideran el peor enemigo de los remedianos, pues siempre que hay alegría y progreso en la ciudad, se ve aparecer sobre el sur la terrible Cabeza de Patricio. Así ocurrió el 24 de junio del 2015, cuando la gala por el 500 aniversario de la fundación, transmitida al mundo entero con toda la pompa, se vio interrumpida por un viento furioso repleto de lluvia y restos de pólvora de los voladores recién lanzados. Muchos entonces repetían “no hay remedio”, con los rostros desencajados por el asombro, la frustración, el temor, la sorpresa de las aguas por doquier.

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