Actualizado el 12 de enero de 2018

Tequendama:

El salto de los suicidas

Por: . 10|1|2018

El Salto de Tequendama —En cinco minutos sale —asegura el vendedor de boletos en la Terminal de buses de Bogotá.

Veinte minutos después de pasar por un salón vacío como escuela los domingos, montamos en el ómnibus 1190, mi socio, yo y un señor de sombrero que deja su hija. La mujer le quita el sombrero, le pega un beso en los pocos pelos blancos, tapa el beso con el sombrero.

Vamos rumbo a Tequendama, la catarata cercana a Bogotá.

Saliendo de la Terminal, hay una bóveda primero, y otra justo antes de incorporarnos a la avenida, con dos vírgenes de brazos ligeramente alzados. ¿Bendicen a los viajantes contra accidentes y asaltos?

Luego de media hora rodando por la ciudad llegamos a otra terminal. De a poco se montan familias, parejas, y salimos otra vez. Un hombre solitario saca la mano en la calle y se monta de un salto al bus. Abre una carta.

La carta, de una mujer, dice que ella no puede seguir como sigue con él, que la situación está al límite, que “por el bien de Daniela y Danilo” no deben verse más. El hombre dobla el papel cuadriculado. El hombre saca su cuenta. Pierde los ojos en los suburbios bogotanos, de vendedores de frutas y minutos de teléfono, de puentes elevados y grafitis despintados sobre paredes de ladrillo.

Hace mucho los despechados van a Tequendama para lanzarse al vacío. La carretera entre la capital y la cascada corre paralela al río Bogotá. El río Bogotá no es ya un río, sino una nata negra entre rocas gigantes sobre la que flotan espumarajos blancos como balsas.

Un político colombiano cacareó, no hace mucho, que gracias a sus esfuerzos quien quisiera podría bañarse en el río Bogotá. La gente repite la promesa como broma de mal gusto porque los vertimientos de la industria textil son hueso duro de roer.

El Salto de Tequendama A finales de 2017, el ministro de Recursos Hídricos de China, Chan Lei navegó el área más contaminada del torrente y señaló con certeza de oráculo tecnológico que con dos plantas de tratamiento de agua “solucionan de raíz el problema de la contaminación”.

Pocos kilómetros antes de llegar a San Antonio de Tequendama el bus se apea cerca de unas casetas de madera, completamente abiertas, que funcionan como mirador. A la entrada la calle; del otro lado, la vista de un valle verde y estrecho que termina con la catarata.

Justo en el punto donde la corriente deja de fluir horizontalmente y se vuelve una columna de agua totalmente vertical, hay una virgen de yeso. Está sobre una piedra, “la piedra suicida”, le llaman. Las autoridades, cansadas de evitar que la gente fuera hasta el abismo a suicidarse decidieron institucionalizar el proceso facilitando el trámite espiritual:

—La pusieron ahí para que se arrepintieran los que iban a lanzarse —dice un señor de bigote, muy flaco, que pinta uno de los miradores.

—La gente se tira de dondequiera —agrega una señora brocha en mano también.

El hombre de la carta cuadriculada no ha bajado con nosotros. El bus ruge. Nos deja.

La espuma que adorna el río se diluye en los segundos que dura la caída y cuando revienta abajo vuelve a nacer, y con ella el mismo olor a azufre que se mete en los buses cercanos. Solo la carbonara de chicharrones, arepas y embutidos, de unos negocios al borde del abismo disimulan la pestilencia. Si de casualidad el desesperado no muriese con la caída, seguramente lo haría con la piel y las vísceras quemadas por los químicos. En 2014 un informe del Consejo de Estado colombiano dictaminó una alta contaminación con patógenos en las cuencas alta, media y baja, y serios daños ante la polución industrial, agraria, ganadera, y los vertimientos de aguas negras.

El río sigue su curso, en un país suicida, que contamina sus aguas, llevándose a los desesperados bajo la corriente oscura.

Los suicidas de Tequendama dejaban cartas en una caseta al borde del precipicio, pistas que explicaban sus motivos.—A veces trae poca agua y los cuerpos se quedaban en los escalones —dice el hombre señalando unas lajas enormes que sobresalen del farallón.

—Hace quince días se mató una señora —agrega la mujer y chupa un cigarro.

—A veces te enteras cuando ves los chulos rondando, picoteando los restos de la gente.

—A veces no es el demonio —vuelve la señora, con el humo saliendo palabra a palabra—, a veces es la imprudencia.

—Por eso están cercando todo.

Los suicidas de Tequendama dejaban cartas en una caseta al borde del precipicio, pistas que explicaban sus motivos. Los reporteros llegaban al lugar y completaban la crónica roja con citas de los suicidas. Fernando, Jefe de la redacción cultural de El Espectador, escribió sobre el tema. “Y el encanto se perdió —comenta entre risueño y decepcionado—, cuando descubrieron que un periodista inventaba cartas”.

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