Actualizado el 16 de enero de 2018

Lama:

Los refugiados de Mariana

Por: . 15|1|2018

Cuando Paula escuchó el llanto en la radio habían muerto catorce trabajadores de Samarco ahogados o aplastados por la lama. Cinco personas más morirían en Bento Rodrigues en los siguientes diez minutos: dos niños y tres ancianos. Pero en ese momento, nadie sabía nada. El texto siguiente es un extracto del libro Lama, salido en noviembre de 2017 por la Editorial Turbina, y que ahora presentamos en El Caimán Barbudo por gentileza de su autora. Sabrina Duque, nacida en Guayaquil, Ecuador, 1979, cultiva habitualmente el periodismo narrativo y fue finalista en 2015 del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo, por su perfil “Vasco Pimentel, El Oidor”, publicado en la revista Etiqueta Negra. Esta destacada periodista y escritora ha colaborado también con las revistas Soho, Mundo Diners, Gatopardo y los diarios brasileños Folha de S. Paulo y O Estado de S. Paulo; y trabajó durante doce años en el diario El Comercio de Quito, donde editaba la revista dominical Siete Días.

La heroína de esta historia, Paula Geralda Alves, dejó las plantas que estaba regando al ver la expresión en el rostro del técnico de seguridad del vivero. El hombre había corrido de su oficina en el galpón para encender la radio en una de las camionetas de la empresa. Ceño fruncido, pasos apresurados. Algo iba mal. Eran casi las cuatro del jueves 5 de noviembre de 2015 y los ruidos que se escuchaban eran una banda sonora extraviada.

—Parecía avión, helicóptero, tempestad, lluvia, crecida de río. Pero el sol estaba así: lindo y maravilloso… Ese sol, ¿sabe?

Ese sol. Todos recuerdan aquel detalle. Era un día soleado, seco, sin lluvia en las afueras de Bento Rodrigues, un pueblo a 124 kilómetros de Belo Horizonte, la capital del estado de Minas Gerais.

Alguien bromeó: es el pau de arara, las viejas camionetas donde los trabajadores —mineros, campesinos— viajan en la parte de atrás, de pie, apretados y en jolgorio, como en una jaula de papagayos. Pero el pau de arara pasó y el barullo continuó.

Paula trabajaba en Brandt Meio Ambiente, una empresa que cultivaba mudas de árboles para que la minera Samarco reforestase la tierra después de aplanar las montañas de la zona al extraer itabirito, un mineral de hierro. Samarco, la décima minera exportadora de Brasil, controlada por dos gigantes globales —la brasileña Vale y la australiana británica BHP Billiton— empleaba directa o indirectamente a catorce mil personas en la zona. Paula, la reforestadora, era una de ellas. Cuando el técnico de seguridad encendió la radio, Paula y sus ocho colegas escucharon una confusión de gritos, llantos y la noticia de que Fundão, la represa de desechos mineros, había reventado. Eran los empleados de Samarco que lloraban ante el espanto.

—Se estaban avisando. Pero a nosotros nadie nos había avisado.

Nadie les había dicho a los trabajadores del vivero que a las tres y media de la tarde se había roto una represa llena de lama y que una ola de ese material tóxico iba hacia ellos. Una represa que debía estar llena de tierra dura y compacta, pero que se había llenado de agua sin que nadie lo notase para convertirse en una masa fétida, mezcla de lodo y metal, que corría a 15 kilómetros por hora. Una pasta líquida de arsénico, plomo y mercurio, con olor a sal, a barro, a ácido, a porquería. Una masa de color terracota, los residuos venenosos de la extracción del hierro, que raspaba la piel y disolvía la ropa de quien era arrastrado por ella. Antes de desbordarse, la lama había ocupado una represa de la superficie del Central Park de Nueva York, repleta de desechos que llenarían diecinueve veces el estadio inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres.

Así comenzó la mayor tragedia ambiental de la historia brasileña, horas antes de que se contaminase una de las mayores cuencas hidrográficas del país, aniquilando uno de los ríos más importantes de Brasil. Así comenzó la muerte de la cuenca del río Doce, una zona de 86 mil kilómetros cuadrados —algo así como la suma de las áreas de Jamaica y Panamá—, que baña 228 ciudades. Tres millones y medio de personas se quedarían sin agua potable durante meses y terminarían secuestrando a punta de pistola camiones cisterna en las calles.

Cuando Paula escuchó el llanto en la radio habían muerto catorce trabajadores de Samarco ahogados o aplastados por la lama. Cinco personas más morirían en Bento Rodrigues en los siguientes diez minutos: dos niños y tres ancianos. Pero en ese momento, nadie sabía nada. En el pueblo quedaba la mitad de sus seiscientos habitantes. Los abuelos, las costureras, los profesores, los niños en edad escolar. También algunos agricultores, de vuelta a casa tras la jornada en el campo. Nadie les había avisado nada.

—¡No sé ustedes, pero voy a avisar a mi gente!— gritó Paula, mientras salía corriendo del galpón para subirse a su moto y acelerar.

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—¡La represa reventó, corran que la represa reventó! Atrás habían quedado sus compañeros y sus gritos. Bento Rodrigues, el caserío al que se dirigía Paula, no llegaba a trescientas casas. Poco menos de setecientos diez vecinos; la mayoría trabajaba para Samarco o para alguna de las empresas que le brindaban algún servicio, como el vivero. Los otros se dedicaban a cultivar pimenta-biquinho —un pequeño ají en forma de gota, de color rojo brillante—. Había un par de riachuelos con sus respectivos puentes, casas blancas con tejados anaranjados, patios grandes, una escuela. Pero también había una amenaza en las montañas que rodeaban a Bento: las represas de Fundão y Santarém. La primera en teoría llena de tierra compacta, y la segunda repleta del drenaje de agua de la minería y de Fundão.

En Bento Rodrigues quedaba una de las primeras iglesias de Minas Gerais, São Bento, fundada en 1718. Por el centro del pueblo pasaba la Estrada Real, ahora una ruta turística que recorre los lugares más importantes del Brasil imperial. Había un hotel-hacienda a la entrada del pueblo, y también había una cascada de quince metros de altura, la Cachoeira de Ouro Fino. Hasta ahora nadie ha borrado las fiestas patronales de julio de la lista de recomendaciones turísticas en la web del municipio de Mariana. Sobre su mapa se dibujan diez distritos. Cada uno formado por un puñado de pueblos. Eso eran Bento Rodrigues y Paracatú de Baixo antes de que los cubriera la lama.

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Las peores tragedias en la industria minera se leen como un ensayo sobre la claustrofobia. La mayoría de las veces son historias de hombres enterrados bajo tierra, mineros a los que podemos imaginar en una cueva oscura y húmeda, rogando porque la ayuda llegue antes de que se les acabe el oxígeno o se desplome el túnel. Pero el accidente más grave de la historia de la minería en el planeta ocurrió bajo un sol brillante, con un cielo despejado, cuando una enorme corriente de lama atravesó montañas y, aprovechando los cauces de los ríos, cubrió dos pueblos en menos de tres horas y se derramó días más tarde, en el océano Atlántico, después de arrastrar personas y vacas, cerdos, caballos, perros, gatos, gallinas, patos, peces, sapos, pájaros, larvas y miles de especies vegetales endémicas de dos estados brasileños: Minas Gerais y Espírito Santo.

La lama también asesinó al río Doce, un río de 853 kilómetros de largo. La cuenca más importante en el Sureste de Brasil. El drenaje de dos estados. Las aguas que bañan 40 ciudades. El lugar sagrado de un puñado de tribus. El dulce lugar de juegos de miles de niños. La vía por donde entraron los exploradores europeos desde el siglo XVIII para estudiar a las plantas y a los indios bocotudos, el corredor por donde llegaron los colonizadores. En el siglo XX, por el valle del río Doce pasó el ferrocarril de Vitória a Ouro Preto. En el siglo XXI una de las propiedades de la Vale —la poderosa minera fundada con el nombre de Vale do Rio Doce— acabó con sus aguas. Demoró dos semanas y un día.

Los desechos químicos también asesinaron a un capítulo de la literatura brasileña. En 1781, el fraile Santa Rita Durão mencionaba al río Doce en el poema épico Caramuru. El poema Lira itabirana fue escrito dos siglos más tarde por el poeta Carlos Drummond de Andrade y anuncia las lágrimas y amargura que la Vale vertió en el Doce. En 1996, el caricaturista Ziraldo publicó O menino do Rio Doce, sobre su niñez a la orilla del Doce.

Las autoridades ambientales del Ministerio Público de Espírito Santo y del Servicio Autónomo de Agua y Alcantarillado de Minas Gerais lo declararon muerto diez días después del horror. Los ríos perecen en largas agonías, después de décadas de maltrato, como el Ganges, en India, lleno de cadáveres en descomposición o el Salween, en el sudeste asiático, repleto de metales pesados y abandonado por los peces. Cuando llega la noticia de que ahí no hay más peces, más alga, más nada, ha pasado tantos años pudriéndose que hace tiempo es tomado por un cadáver viviente. El río Doce murió de súbito. La burocracia extendió por adelantado el certificado de defunción. El río antes lleno de peces, niños y pescadores apareció oscuro y marchito. Durante una semana, las personas se reunieron en los puentes o en las márgenes del río para ver llegar la lama y llorar mientras los peces saltaban, sofocados, y un par de minutos después flotaban, muertos.

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Paula ha escuchado que van a entregarles las llaves del nuevo Bento a mitad del 2019. Ella cree que las casas, la iglesia y la escuela van a estar listas antes.Paula, la señora del vivero, subió a su moto, una Joy Plus roja a la que llama Berenice, y salió gritando por las calles de Bento:

—¡La represa reventó, corran que la represa reventó!

Atrás habían quedado sus compañeros y sus gritos.

—Paula, vuelve, Paula, vuelve— pero no les había hecho caso.

Lo que ellos veían, y que Paula no vio, era una catarata de lama que se precipitaba doscientos metros entre las montañas para luego recorrer dos kilómetros y trescientos metros hacia Bento llevándoselo todo. Lo que ellos veían desde el vivero y fuera de peligro, era a Paula en su pequeña moto roja con la lama a pocos metros de las llantas. Ellos, sus compañeros de trabajo, vieron a la pequeña Paula —con su poco más de metro cincuenta de obstinación— cruzar un puente que en unos minutos quedaría arrugado y arrancado como un papel por ese mar espeso y achocolatado.

Aquel 5 de noviembre de 2015, Paula Geralda Alves no volteó a mirar atrás mientras gritaba a sus vecinos que huyeran. No fue a buscar a su hijo, no fue a buscar a su madre. Fue a salvar a su pueblo. A todos. Sólo se dio cuenta de lo que había hecho días después.

Sólo cuando llegó a lo alto de la loma y vio que casi todo mundo estaba a salvo, mientras los sobrevivientes subían a camiones y camionetas para intentar salir de allá, Paula miró hacia atrás. Habían pasado sólo seis minutos desde que subiera a Berenice para dar la voz de alarma. Al mirar no vio nada más que barro ácido y apestoso. En seis minutos, a Bento se lo había tragado la lama.

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Mariana —fundada en 1711— fue la primera villa de las Minas Generales. Hasta hoy, en Brasil, sólo el estado de Amazonas responde tan bien a su nombre como Minas Gerais. Si se entra al estado por la frontera con Goiás, se verá primero una enorme mina a cielo abierto, escarbando las paredes blancas de lo que queda de una montaña. Al lado, una ciudad. Luego otra mina, y una ciudad. Una ciudad y a la salida, una mina.

Mariana: casitas blancas, tejas terracota y naranja, puertas y ventanas azules. Calles empinadas y empedradas. Palmeras. Montañas. Si no fuera por los carteles, parecería que nada ha ocurrido en esta ciudad en los últimos cincuenta años. Carteles que asoman en los hoteles, en las panaderías, en edificios chatos: ‘Volta Samarco’. Vuelve Samarco. ‘Apoiamos a volta de Samarco’. Apoyamos el regreso de Samarco.

El 6 de noviembre de 2015 empezaron a llegar los refugiados a Mariana. Ese día y las semanas siguientes, la ciudad se volcó sobre ellos con compasión. Con el tiempo, con los problemas de la convivencia con los desconocidos, con la caída del empleo en la ciudad, con la falta que empezó a hacerles la mina, una parte de esa compasión se convirtió en rabia.

Una ciudad junto a una mina vive en peligro. Es una vecindad que a veces conviene evitar. En Suecia, están llevando a la ciudad de Kiruna a un lugar seguro antes de que el hoyo de la mina de hierro se la trague. En Chile, un pueblo fue obligado a mudarse de sitio. Chuquicamata, que comenzó como un campamento minero, fue destruido y sus habitantes tuvieron tres años para recoger sus cosas e irse a Calama, a quince kilómetros de ahí. Ahora hay moradores de Mariana que les dicen a los refugiados que la minera Samarco siempre quiso mudar a Bento Rodrigues. La minera no lo confirma. Los vecinos de Paula juran que nunca nadie les habló de algo así.

Si Bento hubiera cambiado de domicilio, hoy cien alumnos seguirían en su escuela, 225 familias conservarían su patrimonio y cinco vecinos estarían vivos. Pero ello no habría salvado a catorce empleados de la mina ni a quién sabe cuántos habitantes de Paracatú de Baixo. La lama igual se habría derramado hasta el Atlántico, matando la vida en el río Doce y dejando con sed a más de tres millones y medio de personas que vivían en los municipios de su orilla. La minera, dice el ministerio público de Brasil, alteró la represa sin respaldo técnico. No le hizo mantenimiento. No se dio cuenta de que una sopa de barro y basura tóxica iba filtrándose por la tierra hasta hacerla ceder.

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Efigênia Pereira Gonçalves cultiva un repollo en un balde para ver si se distrae. Junto a la ventana del departamentito donde la envió la minera, la mujer de 77 años cuida una planta para no morir de nostalgia. Efigênia extraña a sus gallinas. Su huertita. Salir a su patio a cosechar la siembra. A sus vecinas, la charla en la ventana, los niños corriendo y gritando a la salida de la escuela. El silencio de las tardes en Bento Rodrigues.

A la señora Pereira no le gusta Mariana. Le parece una ciudad grande, bulliciosa, insegura. Los niños no corren por la calle. Tiene que acordarse de pasar el picaporte en las noches antes de dormir. Encuentra que hay demasiados carros y que van demasiado rápido. También encuentra miradas incómodas cuando sale a comprar en el supermercado y saca la tarjeta que Samarco les da a los damnificados para pagar. Ha escuchado que dicen a sus espaldas: “Me hubiera gustado vivir en Bento, tendría la vida resuelta: nada que hacer y dinero para gastar”. Su hijo, Antônio Pereira Gonçalves, uno de los líderes de los refugiados, le recuerda que es mejor callar.

Algunos de sus vecinos han vuelto de visita a Bento. Se han sentado en el piso donde antes quedaba su cocina, llevaron un termo para tomar café. Ella no aguanta la idea. Está ansiosa por volver a vivir en Bento pero sabe que no será lo mismo. No serán las mismas casas. Quizás no tenga los mismos vecinos. Y eso también será un perjuicio.

Otros perjuicios: el fin de la mayor fuente de agua de la región. Los pescadores que se quedaron sin trabajo para siempre. La muerte de un ecosistema. Las muertes de diecinueve personas, cuyo juicio fue suspendido porque el abogado de Samarco alegó que la policía federal había espiado las conversaciones de los ejecutivos mineros sin autorización. Los fiscales brasileños llevan más de un año intentando llevar a la cárcel a los directivos de Samarco. Acumularon las pruebas de que la represa no tenía mantenimiento, que se hicieron obras sin sustento técnico, que no funcionaban los aparatos para medir la humedad. Hasta ahora, los juicios siguen empantanados. O fueron anulados.

Duarte Júnior, el alcalde de Mariana, no sabe hasta cuándo durarán las cuentas en azul, pues sin Samarco de pronto perdieron cuatro millones de reales al mes. De cada 100 reales que la ciudad tenía para gastar, 89 venían de la minería. Mariana, que jamás pasó de un 8% de desocupación, ahora tiene al 26% de su población desempleada.

Tras la tragedia la minera se marchó y Marianano tenía un Plan B. Un cierre llevó a otro: los desempleados de la mina no tenían dinero para ropa nueva o salir a restaurantes. Los hoteles se quedaron sin los ejecutivos y los técnicos que venían a ocuparse de la producción de Samarco.

Es viernes y frente a la oficina del Sistema Nacional de Empleo se acumula una fila a lo largo de una cuadra. Duarte Júnior sabe que los carteles que piden la vuelta de Samarco resultan ofensivos y dolorosos para quienes perdieron a sus familias, pero también entiende que la ciudad necesita a la minera. Los jóvenes han estudiado pensando en trabajar para Vale, la dueña de Samarco. Quieren ser ingenieros en minería, técnicos en minería, cobrar salarios de minería: después de todo, los precios de los metales se han recuperado.

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En la escuela, a los hijos de los damnificados los llaman pie de lama. Les dicen que si su papá tiene un carro es porque Samarco se lo regaló. Les reclaman que tienen una buena vida, mantenidos por la minera. Samarco paga el alquiler de las casas. Una cesta básica de 300 reales y un salario mínimo —1000 reales— por jefe de familia, más un 20% por dependiente.

En la calle Bom Jesus, 180, en el centro de Mariana, al lado de la escuela de conducción Sofía, queda la oficina de la Comisión de Damnificados. Allá se reúnen los refugiados con la Fundación Renova, la cara amable que inventó Samarco para organizar la ayuda y sacar a su marca de los titulares sobre la tragedia. Uno de sus líderes es Antônio, el hijo de la mujer que cultiva una col en un balde para distraerse.

Antônio Pereira Gonçalves intenta ponerse en los zapatos de la gente de Mariana. Sabe que el desempleo frustra y desanima. Entiende que deben sentirse traicionados: ellos los acogieron y ahora los ven como los culpables de la crisis, mientras Samarco les paga a los damnificados un salario. Pereira sabe que alguien deprimido que pasa los días en un bar no despierta simpatías: es un borracho mantenido.

—Nadie está aquí porque quiere. Estamos mil trescientas personas porque dospueblos desaparecieron por culpa de Samarco… Usted tenía una vida propia, construida, y en diez minutos, no tiene más nada.

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Después de mirar atrás y ver que sólo había lama, Paula encontró a su madre y a su hijo. Los vecinos lloraron a sus muertos. A sus perros. A sus gallinas. También lloraron por sus casas, por sus jardines, por sus parcelas. Por sus matitas de pimenta-biquinho. Por el televisor cuyas cuotas no habían terminado de pagar. Por los zapatos que usaban para las fiestas. Por las fotografías de sus hijos cuando eran bebés.

Pasaron frío, se abrazaron y esperaron que los equipos de rescate abrieran un camino para salir de allá. A pesar de todo, estaban vivos.

Cuando llegaron a Mariana, la mañana del 6 de noviembre, los llevaron al Centro de Convenciones, un edificio nuevo diagonal a la alcaldía. Como habían estado aislados en varias lomas, recién ahí unos supieron de la muerte de otros. Ahí se enteraron de la historia del padre que soltó la mano de su hija cuando en la huida él se fracturó el pie, pero que no soltó la mano del hijo más pequeño. Supieron que los habían sacado de la lama, desnudos, arañados y temblando, casi ahogados. Supieron que estaban en el hospital.

De ahí los instalaron en el hotel Providência. Allá los visitó a diario un psicólogo. Llegó un psiquiatra. Aún no lo sabían, pero varios entrarían en cuadros de depresión. Varios empezarían a tomar drogas. Algunos se volverían alcohólicos. Tres iban a suicidarse. Dos años después de aquel día, varios toman medicinas para no deprimirse.

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Bento Rodrigues, el caserío al que se dirigía Paula, no llegaba a trescientas casas. Poco menos de setecientos diez vecinos; la mayoría trabajaba para Samarco o para alguna de las empresas que le brindaban algún servicio, como el vivero. Paula lleva el cabello recogido y no hay maquillaje en su cutis liso y moreno. Ya no tiene las uñas sucias y desparejas de aquella mujer que trabaja cultivando mudas de árboles. Ahora las lleva medianas, bien pintadas, prolijas: son las uñas de una profesional de belleza.

Año y medio después del día que Bento acabó, Paula aún no tiene empleo fijo, pero ha vuelto a trabajar. Había sido peluquera antes de que la Brandt la atrajera al galpón de las plantas. Con el dinero del premio al heroísmo que le dieron en São Paulo, Paula adquirió los muebles de la sala de su casa y también compró un lavador de pelo portátil, cepillos, secadora. Creó una página en Facebook: My Life Escovão: você fica em casa, eu levo o salão. Usted se queda en casa y yo llevo el salón.

Ahora Berenice lleva y trae a la peluquera a domicilio, cualquier día, a cualquier hora. Paula, la heroína de esta historia, hace manicure, pedicura, peinado y hasta progresiva, un tratamiento químico capaz de dejar una melena encaracolada tan lisa como pelo de geisha. Ella cree que el trabajo es su remedio. Su hijo, João Pedro, no ha dejado de ver al psicólogo.

Paula ha escuchado que van a entregarles las llaves del nuevo Bento a mitad del 2019. Ella cree que las casas, la iglesia y la escuela van a estar listas antes. Después de todo, razona, si el mineroducto —un megaproyecto para transportar metales por una tubería desde un estado a otro— sólo demoró nueve meses en construirse ¿qué tanto puede demorar Samarco en construir 276 casas?. Entonces la sonrisa de Paula desaparece. Baja la vista por un momento y luego habla sobre uno de sus temores, que también es el de sus vecinos: que la minera inunde Bento de agua y lo convierta en un dique.

—Las personas quieren hacer un memorial de visita, para nunca olvidar. Pero Samarco quiere hacer una represa. Para ellos es mejor borrar las ruinas, ¿no?

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