Actualizado el 8 de enero de 2018

Padura, un escritor imán

Por: . 5|1|2018

Sin interrupciones, el autor de La novela de mi vida firmó durante una hora. El fotógrafo Jorge Luis Baños, de IPS, se dedicó a dejar testimonio, como se ve en esta imagen.

fotógrafía de Jorge Luis Baños

A juzgar por la lealtad con que una montaña de lectores sigue a Leonardo Padura, el escritor cubano vivo más leído fuera de la Isla quizás haya entrado en la categoría de los ídolos.

En eso meditaba durante la presentación hace poco, en el centro literario Dulce Maria Loynaz, de El alma de las cosas, tercer conjunto de textos suyos escritos para la agencia IPS y que incluye también materiales publicados en los diarios españoles El País y El Mundo y el brasileño Folha de Sao Paulo

Más allá de la utilidad o los riesgos de la idolatría —o de la admiración furibunda, si no gusta el primer término—, los organizadores de la presentación se prepararon para lo ocurrido: la sala resultó pequeña y habilitaron sillas y audio en el patio; y la multitud llegó, gracias a una promoción de correos electrónicos que circularon con avidez.

Todo esto sucede sin que la prensa de su país, a la que perteneció durante muchos años y de la que yo soy miembro, se tome interés. Ni siquiera cuando la Universidad Nacional Autónoma de México, una de las más prestigiosas de América Latina, le concede el título de Doctor Honoris Causa. Eso, en cualquier país, sería un suceso, las letras nacionales vibrarían de orgullo, y el escritor tendría que esconderse ante una avalancha de solicitudes de entrevistas, sobre todo si es el segundo cubano en ser doctorado por la UNAM, después de Manuel Márquez Sterling, en 1920, por su notable papel como diplomático.

Padura compensa esa poca atención mediática con la calidez de de una parte grande de sus compatriotas, que encuentran en su obra periodística y literaria respuestas a un sinfín de preguntas que se hacen sobre más de cuatro urgencias.

Mientras Ciro Bianchi, un viejo colega que ha ganado popularidad televisiva con un programa sobre la Cuba republicana, presentaba a Padura a sus lectores, el escritor de  Máscaras percibía, por miradas, exclamaciones, gestos del público, su enorme popularidad  entre quienes buscan su obra literaria y periodística como el joyero las joyas.

Es el público que ha seguido las tramas detectivescas y angustias personales del teniente Mario Conde durante casi 30 años, con vacaciones que le da su autor para emprender otras aventuras literarias. Quizás sea aun la literatura más popular de Padura, encabezada por el transgresor policía, sin que esto signifique que El hombre que amaba a los perros no sea una pieza en miles de libreros cubanos.

La ironía y el sarcasmo en las anécdotas de Padura durante su etapa como periodista en medios cubanos inundaron más o menos media hora de diálogo con el atento auditorio congregado en la casona donde vivió Dulce María Loynaz, Premio Cervantes de Literatura de 1992. Llegaron los aplausos al terminar y comenzó la venta de El alma de las cosas.

Yo no alcanzo, pensé cuando vi a aquella masa humana intentando comprar. Los primeros lectores, mirando su ejemplar, comenzaron a desfilar por delante de Padura para —eso no puede faltar en ninguna presentación— que su escritor les firmara el libro, todavía con olor a tinta.

Sin interrupciones, el autor de La novela de mi vida firmó durante una hora. El fotógrafo Jorge Luis Baños, de IPS, se dedicó a dejar testimonio, como se ve en esta imagen. Fui uno de los últimos en llegar a Padura, con quien alguien bromeó sobre el cansancio y el posible dolor en su mano izquierda, con la que escribe.

“Sí, estoy cansado. En México, en estos días, pensé en un momento que no iba a poder seguir firmando libros. Pero tienes que hacerlo, ¿cómo vas a decirle a alguien que no puedes firmarle su libro?”

Así es: un ídolo verdadero no puede defraudar a sus admiradores, o al menos debe esforzarse por no hacerlo. De lo contrario, alguno puede hacerle caso a Mario Vargas Llosa y aplicar su consejo de que a los ídolos no se les debe conocer personalmente, para no correr el riesgo de terminar decepcionados.

Y eso, a Padura, seguramente no le gusta.

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