Actualizado el 2 de enero de 2018

Pequeña radiografía de Vicente Huidobro

Por: . 2|1|2018

¿Qué representa Huidobro? Nada menos que el edénico rescate del verbo convertido en cuerpo sensible. Agradecimientos a Mario Meléndez y la Fundación Vicente Huidobro por proporcionar este ensayo y los poemas del autor de Altazor como colaboración especial para El Caimán Barbudo.

Pequeño dios, antipoeta y mago capaz de descubrir —a través del vértigo del lenguaje; logos que también posee su carga visceral y lúdica— la infinita circularidad del abismo cósmico y terrestre: eso fue, eso es Vicente Huidobro, el vertiginoso (Santiago de Chile, 1893 – Balneario de Cartagena, 1948) que a los veintiún años tuvo la lucidez y se atrevió a decir: “El poema debe ser una realidad en sí, no la copia de una realidad exterior. Debe oponer su realidad interna a la realidad circundante”.

¿Qué representa Huidobro?

Nada menos que el edénico rescate del verbo convertido en cuerpo sensible. Escritura concebida libremente, del mismo modo como la naturaleza puede concebir un árbol. A partir de esta energía, ya todo es posible. Las palabras no estarán obligadas a comportarse servilmente; la poesía no es el reino de lo verificable. Las palabras, dentro de su vértigo / vértice ejercen su libertad; ellas son más verdaderas cuando gozan de una mayor plenitud. La realidad ficticia no tiene la obligación de ser el espejo pasivo y parasitario de la realidad real. El lenguaje, entonces, puede captarlo todo. Y captar el todo es captarse a sí mismo. Es preciso avanzar —la rueda da vueltas aunque su eje permanece inmóvil— creando infinitas conexiones. Ello sólo es posible si se dispone de una red metafórica cuya potencia permita conquistar el territorio sustantivo de la poesía. Aquí la escritura se disgrega, excede, tiembla. La trampa del logos se vuelve ineficaz ante el arrebato analógico de los sentidos.

Vicente Huidobro es el puente entre lo terrenal y lo celeste. Su poesía es hambre de infinito, lucha contra los dioses —dolor por su abandono—, orfandad cósmica y deseo de reconquistar el paraíso, la placenta láctea, por medio del lenguaje fulgurante y libérrimo. El antipoeta y mago reconoce en los dadaístas la primera semilla o el ventalle de la creación: ritmo de las palabras en libertad, desarrollo, expansión hacia el verso sin cadenas.

En 1916, el poeta viaja a París. Un año después aparece Nord Sud; Huidobro está entre sus colaboradores. “1917 ve la aparición de la revista Nord Sud —escribe Braulio Arenas—, la primera de las publicaciones de poesía moderna, y piedra angular para la historia del pensamiento poético contemporáneo… Cuando hojeamos los números de esta importante revista, vemos en ellos los nombres de los poetas que contribuyeron a fundar la poesía moderna: Guillaume Apollinaire, Max Jacob, Pierre Reverdy, Tristan Tzara, André Breton, entre otros, y, junto a éstos, el nombre para nosotros tan emocionante de Vicente Huidobro”.

Que el verso sea como una llave que abra mil puertas

Para que estas mil puertas se abran es imprescindible que el verso sea cinético y disponga, en su interior, de mil claves. He aquí el avance hacia la polisemia del lenguaje, su utilización, su reconocimiento. Cada palabra es múltiple. Cubistamente, las palabras son animales en movimiento perpetuo: sonoras, ópticas, gustativas, olfativas, táctiles; ellas se tienden lazos visibles e invisibles, establecen connubios subterráneos, diásporas insólitas y hasta recurrentes. A más acepciones, el rostro verbal es más poderoso. Caras y caras infinitas en el juego del verbo.

Y ya en poder de las palabras, ¿cómo conquistar esa cantidad hechizada que es la poesía?

El propio Huidobro, en su libro Manifestes (1925), resume así su posición:

1. Humanizar las cosas. Todo lo que pasa a través del organismo del poeta debe tomar la más grande cantidad de su calor. Aquí una cosa vasta, enorme como el horizonte, se humaniza, se convierte en íntima, en filial con el adjetivo cuadrado. (Huidobro se refiere al título de su libro Horizon carré). El infinito entra en el nido de nuestro corazón.

2. Lo vago se hace preciso. Cerrando las ventanas de nuestra alma, lo que podía escaparse y convertirse en gaseoso, en estropajoso, permanece encerrado y se solidifica.

3. Lo abstracto se hace concreto y lo concreto abstracto. Es decir, el equilibrio perfecto, puesto que si usted estira lo abstracto hacia lo abstracto, se deshará en sus manos o se filtrará por sus dedos. Lo concreto si usted lo hace más concreto, acaso pueda servirle para beber vino o amoblar su salón, pero nunca para amoblar su alma.

4. Lo que es demasiado poético para ser creado se convierte en una creación al cambiar su valor usual, puesto que si el horizonte era poético en sí, si el horizonte era poesía en la vida, con el calificativo cuadrado llega a ser poesía en el arte. De poesía muerta pasa a poesía viva.

Poesía como una visión: organismo sensible, siempre y cuando permita ver aquello que antes nunca vimos. Un árbol cuyas raíces, hundiéndose en la espesura de la tierra, llegan al cielo. He ahí su temblor, su algarabía, su cataclismo. Ver y palpar: eso es Vicente Huidobro. Emoción nacida de la sola virtud creadora. Afirmación y duda. ¿Qué hay en estos poemas póstumos, en estos Últimos poemas? La presencia de una obsesión ontológica. Raíz arcaica. Hundimiento en la tierra para saltar al cosmos y restituir, umbilicalmente, la imagen del principio.

 

Hernán Lavín Cerda (Chile, 1939): Licenciado en Filosofía y Humanidades por la Universidad de Chile. Desde 1974 es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Dirigió el Taller de Poesía del Instituto Nacional de Bellas Artes, que se impartió en la Capilla Alfonsina (casa de Alfonso Reyes). Ha publicado alrededor de sesenta libros de poesía, novela, cuento y ensayo.

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