Actualizado el 9 de mayo de 2018

Cuando La Habana es Toquío

Por: . 10|3|2018

Imagen tomada de Tomada de Wifinet

Imagen tomada de Tomada de Wifinet

Una muchacha se adentra a la fortaleza San Carlos de La Cabaña. Es sábado 16 de diciembre, recién amanece y hace calor. En su espalda se pavonea el pelo lacio y oscuro. Se acomoda inútilmente el vestido ceñido, de cuadros negros y rojos, que deja ver unas medias altas a rayas, sus piernas cortas y un poco más. Luce muy joven mientras se tambalea dentro de unos zapatos de tacón. La sigue, minutos después, la horda cuchicheante.

En el bloque J de La Cabaña, una callejuela apretada por pabellones laterales poco más grandes que una docena de bolas de cañón apiladas, se siente el crujir metálico de un equipo de música recién conectado. Un tractor rojo, abandonado por los constructores semanas antes, interrumpe la calle interior. Sobre las gomas de un metro de diámetro, dos muchachos delgados de orejas perforadas y pullovers roídos con los símbolos de Sons of Anarchy y Avenged Sevenfold apuran con gestos al sonidista. Se escucha el opening de la serie japonesa Voltus V y ochenta  personas gritan, tararean y saltan. Alguien dice: “¡Asere, nuestro  himno!”. Ella, entre la multitud, también canta.

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Los territorios de la República Independiente del Metal. Autor: Darío Alejandro Alemán

Territorios de la República Independiente del Metal. Fotos: Darío Alejandro Alemán

Empieza el IV Festival Nacional Otaku (OtaFest) y, con él, un ecosistema que intercala el espíritu de las Comic Con de San Diego, los desfiles de cosplay nipones, las festividades ceremoniales de Okinawa y una Cuba que absorbe todo y lo devuelve con un tono distintivo. Hoy La Cabaña se ve como un salsero en Tokyo: disonante pero seductoramente posible.

Hacia las 11 de la mañana la callejuela del bloque J se divide en dos zonas: la de visitantes/compradores/ curiosos/“turistas”, cosplayers, gamers; y la zona de la “hardcore”. Con el tractor como tribuna, se amontonan a la izquierda aproximadamente treinta personas. En torno al equipo de música se agolpan los fanáticos del heavy metal y el rock asiático. Algunos mueven las cabezas desorbitadamente, otros se quitan las camisas y muestran al resto sus torsos tatuados en medidas dispares. Hay quienes trachean, bailan y quienes se quedan parados con las cabezas al cielo escuchando la música, en puro éxtasis. Es probable que ellos también sean gamers u otakus, o ambos, pero han dejado que el rock pase primero y, sin quererlo, han fundado la República Independiente del Metal.

A la izquierda del tractor todo parece el sueño cruzado de Hayao Miyazaki, los realizadores de Square Enix, Satoshi Tajiri y, ¿por qué no?, de Stan Lee. Es, de alguna forma, como el estudio de filmación del blockbuster más costoso de todos los tiempos: un crossover de Game of Thrones, Final Fantasy, Vocaloid, Naruto, One Piece, Tokyo Ghoul, Dark Souls y Boku no Hero Academia. La zona de los cosplays.

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Mario disfrazado de Monkey D. Luffy, personaje de One Piece. Autor: Darío Alejandro Alemán

Mario disfrazado de Monkey D. Luffy, personaje de One Piece.

Los cosplayers tienen un itinerario particular. Llegan unos minutos antes que el resto y se amontonan en los baños de La Cabaña para pasar de estudiantes de Preuniversitario, mecánicos o trabajadores por cuenta propia a Danerys Targaryen, adeptos del Team Rocket o jefes de nivel de Dark Souls. Es, como cualquier camerino, un terreno medio donde los actores se dejan ir y juegan a ser otros. Adentro se ajustan el disfraz de robot o se colocan la peluca, hablan, practican poses y mohines; afuera, una multitud de personas prepara sus móviles. Esperan. Los cosplayers evocan la sensación visceral de una crisálida a contraluz. Expectación.

En la primera de las cabinas del baño, Mario intenta salirse de unas medias pantis atornilladas a la cintura. Hace unas semanas la prenda, de un amarillo potente, reposaba en el guardarropa de su tía. Ahora, la usa a modo de cinta sobre el elástico de un short rojo de andar con dobladillos blancos. El nudo de las medias no se reciente.

En el Calvario, días antes, su madre adaptaba una camisa blanca XL a las medidas menudas de Mario. La camisa desabotonada deja ver ahora una cicatriz en forma de X que va desde el pecho hasta una cuarta sobre su ombligo. Agarra un pañuelo, la retoca. Cuando salió del Calvario estaba perfecta, ahora el calor la ha deformado. Dentro de poco no será una X. Bajo el ojo izquierdo, otra herida. Dos suturas negras, también dibujadas con acrílico. No necesita retoques. A sus pies, las sandalias de goma de tres cintas negras aprietan sus empeines como las zori a un campesino japonés. Dos mechones negros salen del sombrero de yarey de ala corta. Adentro, tiene 22 años y está nervioso. Afuera, Monkey D. Luffy realiza su aparición con sombrero de paja, pantalones cortos y una banda amarilla en la cintura a la usanza del Rey de los Piratas, Gol D. Roger. La cicatriz de su encuentro con el almirante Akainu aparece en las pantallas de una decena de móviles. Algunos gritan “luffyeate, luffyeate”. Otro pirata entró a La Habana.

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Historietas impresas (Izq) y bocetos originales (Der) de Carlos Manuel Ortega.

Historietas impresas (Izq) y bocetos originales (Der) de Carlos Manuel Ortega.

A las dos de la mañana a Douglas aún le quedaba medio metro de papel por acabar. Sobre la mesa se extendían rollos de papel regalo de grosor muy fino. Debe cortarlo con lisura, en cuadrados perfectos. Los brazos amplios y venosos apenas dejaban ver los pequeños recortes. A sus manos gigantescas entraron papeles de una cuarta y salieron grullas poco más grandes que un índice. Parece un judoca tocando Mozart al violín. Y se escucha el concierto No 1 y el No 3. Y salen las grullas. Cuatro, cinco y seis. El público aplaude y Douglas duerme.

Lleva meses haciendo origamis modulares. Son su orgullo. Aquellos cubos de rubik desplegables, la bandera cubana en tres dimensiones hecha a cuadros idénticos extraíbles. “En Cuba casi nadie los hace. Son origamis muy complejos, demandan demasiado tiempo”, le explica a los curiosos que se asoman a su stand, en un extremo del pabellón tradicional de La Cabaña. Bajo el camisón de seda con la insignia nipona a la espalda, se marca el cuerpo fibroso y ancho. Dos antebrazos velludos descansan junto a estrellas, aves, letras y figuras geométricas en 3D. Es sábado en la tarde y está cansado.

Hacia las 2pm, los voluntarios de la zona tradicional toman un receso. Cinco minutos para devorar uno o dos panes. Víctor, recién termina el suyo y se sienta a la mesa. Sobre ella, un cartel que reza “Stand de Escritura Tradicional Japonesa” y una varilla metálica que aguanta tiras de papel rectangular a modo de tanzakus. A la izquierda, un celular con el traductor abierto en caso de dudas; a la derecha, un repositorio de tinta con espacio para un pincel grueso y una plumilla. De los más de dos mil caracteres que domina el ciudadano común en Japón, él puede escribir sin problemas alrededor de 150 y leer más de 300. Víctor escucha, piensa, traduce y escribe. Entrega el papel, reclina la cabeza con cordialidad y continúa.

Helen personificando a Katsuki Bakugo.

Helen personificando a Katsuki Bakugo.

En los barrios, los confesores populares son las manicures y los barberos. En el Festival Otaku es Víctor. Por él pasa todo. Chistes. “Pon ahí otorrinolaringología”. Apodos. “Pelli Pelli”, para la novia. “El Flecha” para los amigos. “El Friki”, “El Piti”, “Black Power”, “El Aldeano”. Canciones. “El Palón divino”. ¿O era un chiste? Personajes. “Inuyasha”, “Luffy”. Palabras. “Discúlpame”.

Después de trecientos visitantes este sábado y más de dos mil en la pasada Feria del Libro, Víctor tiene, como cualquier barbero, ciertas certezas. La primera se relaciona con las inscripciones del registro civil. Para él la población masculina se divide en Carlos y Alejandros, y la femenina en Lauras y Claudias, dejándole un por ciento a las “Yuyu”.

Ante su stand, se detiene un muchacho descarnado, de pelo rizo y corto que señala nervioso el repositorio de tinta.

—¿Es tinta china? ¿Sabes dónde puedo conseguirla? La necesito para terminar estos dibujos. Soy Carlos Manuel Ortega.

Daria (Izq) y su amiga posando ante las cámaras.

Daria (Izq) y su amiga posando ante las cámaras.

De una carpeta gruesa, rellena de papeles, extrae dos bocetos. Son dibujos de mechas con trazado a lápiz HB y mejorados con portaminas 2B. Saca cuatro cuadernos, las cuatros historietas manga que ha escrito. La primera fue a los 16 años, cuando tenía pocas herramientas y experiencia en la edición digital. Los trazos los hizo a base de bolígrafo Hers, que consiguió en las tiendas de Artex, y el relleno a lápiz. Ahora utiliza para el tintado y las líneas de las viñetas una pluma de punta gruesa de aproximadamente 0.9 mm, una estilográfica para las onomatopeyas y los trazos más gruesos, y una plumilla que improvisó con un palo de pincel para el resto de las líneas.

Después de preguntar a todos los vecinos de su poblado de Colón, en Matanzas, encontró el año pasado un frasco de tinta china con el que hizo los bocetos finales que luego llevó a impresión. Es un pequeño frasco que usa solo en momentos especiales. El inconveniente de la tinta china es que se disuelve fácilmente en agua y lo obliga a resguardar los dibujos de la humedad. Durante un tiempo probó con tinta india, pero apenas permitía que las plumillas dieran dos trazos sobre el papel. “Era como dibujar con aceite”.

Muestra con cuidado sus cuatro trabajos con las portadas de cartulina a color, y las páginas interiores en blanco y negro. Al estilo japonés. Tuvo que imprimirlo a láser en particulares, pagando cinco pesos cubanos por cada cara. Su primera historieta tiene más de 45 páginas.

Ha intentado publicar sus trabajos en Internet; incluso, ha sacado copias para venderlas en los eventos mensuales otakus de Matanzas, pero solo le han comprado una en cuatro años. También probó presentarse en el 2015 a las entrevistas para el puesto en animación en el ICAIC, pero cometió varios errores: “Primero, fui cuando mis habilidades eran muy malas; y segundo, no vivo en La Habana. Aunque me aceptaran tendría que mudarme para acá y abandonar muchas cosas que he logrado allá”.

Estuvo dos semanas pensando el argumento de su primer manga. Lo dibujó con premura, cada página le tomó entre dos y cuatro horas.  A veces llegaban pequeñas recaídas para luego recuperar su ritmo de tres planas diarias. Ahora dibuja de una a media página al día. Repara más en los detalles. Toma pausas para consultar otras obras, aclarar dudas. “Cómo podré dibujar esta parte de la maquinaria de un mecha” o “cómo podría representar la sangre en este tono”; incluso, “de qué manera podría dibujar el pelo para que se vea más realista”. Lee a Hideaki, el creador de Evangelion, a la hora de representar expresiones psicodélicas o desarrollar personajes, a Miyazaki para inspirarse y a Inumimi Moeta, autor de doujinshis, para estudiar las ondas y movimientos de las cabelleras. Investiga. Practica. Hace bocetos y luego lo integra a su estilo de dibujo

A veces realiza pequeños experimentos. Adapta sus historias a estilos más serios, y luego a formas kawaii. Dibuja escenas dispares: paisajes vecinos, mechas, personajes furries, historias gore, romances, comedias, aunque se siente inseguro utilizando el humor. Cree que estos experimentos son estúpidos, pero es cómo único puede llevar al límite sus habilidades. Su trabajo en la oficina de Planificación Física no deja mucho tiempo libre al dibujo. Carlos tiene ya 20 años y hace cinco que sueña con publicar un manga en Cuba.

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Rafael “Ken Katsuki” es fotografiado junto a sus admiradoras.

Rafael “Ken Katsuki” es fotografiado junto a sus admiradoras.

Katsuki Bakugō, tiene hambre. Lleva horas ante las cámaras, realizando las posiciones de combate que le exige el público. Camina entre la muchedumbre con gestos bruscos. Una de las cuatro bombas de poliespuma se desprende del cinto. Mueve los brazos torpemente, sus guantes con formas de granadano no le dejan hacer otra cosa. Traspira por todas partes: bajo la camiseta negra ceñida, las tiras rojas en X y los pantalones anchos y oscuros. Solo los tirantes verdes que le cuelgan de la cintura y las rodilleras blancas de cartulina están a salvo. El sudor empieza a correr. Siente un calor insoportable. Le piden más poses. “Méteme un piñazo, haz como si me odiaras”. Frunce el ceño y el antifaz negro se arruga. Entreabre los ojos rasgados y enseña los dientes. Despliega su enojo. Levanta el guante de papel maché y emula un golpe. La foto está hecha. La peluca rubia desordenada en puntas le empieza a picar, pero el personaje va primero. Dobla una rodilla, levanta los codos. Otra foto. Todos quieren pelear con Helen.

A sus espaldas, una muchedumbre grita y empieza a correr. “Únanse. Peguen las caras un poquito más”.  En las pantallas de los móviles, una muchacha de peluca rosada hasta las caderas se acerca a otra de cabellera azul. Daria, de 16 años, tiene la apariencia clásica de Megurine Luka (Vocaloid): curvas pronunciadas, pelo rosáceo, audífonos grandes, blusa negra con toques dorados, mangas marrones del antebrazo hasta la muñeca, falda larga y oscura entreabierta a la derecha, muslos gruesos estrangulados por medias plomizas. Sus expresiones son lacónicas; su mirada, perdida; su voz, breve. Parece tímida. La otra lleva espejuelos negros y rojos a juego con los audífonos, blusa negra con puntos blancos y leggins. Es menuda y vivaz. Al otro lado del teléfono, el novio de Daria filma. “Abrácense”, dice. Se agarran las nucas y se acercan brevemente. “Péguense lo labios”. Sus cabezas se juntan poco a poco. Chick, chick, chick, chick.  Se amontonan en círculo los curiosos. De entre los gritos, se escuchan peticiones. “Tóquense”, “Bésense”. Dalia agarra las manos de su amiga y las coloca sobre sus senos. Arggggggggggggg. Llegan más personas. Se corre la voz. Otras poses. Una presiona un dedo sobre los pechos de la otra. Se ríen. Desde el extremo contrario, de la lejana República Independiente del Metal, corre una mujer de piernas largas y ojos grandes. Se dirige a Daria. “¿Puedo darte un beso?”. Y en los móviles se ven instantáneas borrosas. Labios mojados. Una lengua sobre otra.

Rafael aprovecha y se deja caer sobre el contén. Por unos minutos disfruta de no ser el centro de atención. Descansa. Desde esta mañana las muchachas le persiguen mientras sus acompañantes murmuran recelosos “No sé qué le ven a ese tipo”. “Apúrate, tírame la foto”, dicen ellas.

Una reacción directa. Lo ven, de estatura media y apariencia frágil, abrigo de cremallera cerrado hasta el cuello, pantalón de mezclilla desteñido. Se detienen. Lo vuelven a mirar, peluca blanca, máscara negra de látex con el ojo izquierdo al descubierto ¡AHHHHHHHH! ¡Qué lindooooooo!

Su careta combina un parche, dos tornillos laterales y unos dientes pintados sobre la tela. Entre ellos, un zíper de mejilla a mejilla le permite hablar. Los amigos cargan su mochila, le buscan audiencia, le hacen preguntas constantemente. Él abre el zíper, dice dos palabras y lo cierra. Vuelve a ser Ken Kaneki, el “chico parche” de Tokyo Ghoul.

A las cinco de la tarde, dos mil veintisiete personas salen de La Cabaña hacia alguna parte. Entre ellos, Rafael se quita la máscara y la peluca y habla a pierna suelta por primera vez en seis horas. Con el pelo negro y la cara al aire, corre nervioso hacia sus amigos, como un niño que acaba de cometer la maldad más elaborada del mundo. Cuando llegue a su casa, ya nadie le llamará Kaneki.

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