Actualizado el 2 de abril de 2018

Carlos Marx:

El “querido” de mi vida

Por: . 29|3|2018

Segunda edición: Editorial Pueblo y Educación

Segunda edición: Editorial Pueblo y Educación

Una mañana, en uno de los correos de Fernando Martínez Heredia-, leí que glosando a Fidel Díaz Castro, me decía: “Tú eres la querida del Moro, no la amante, ni la compañera, la querida como dicen en el campo a la mujer que es la otra”. Aquellas líneas, ¡qué decir!, me llenaron de alegría porque venían de uno de los pensadores que más he respetado en Cuba.

Hoy, al sentarme a escribir esta descarga, recuerdo que en el año 1995 fui a Ciudad Libertad a hablar de Federico Engels en la centuria de su muerte. Acepté porque suponía que se trataba de una charla con estudiantes, y porque me buscarían en carro (era en los tiempos más álgidos del período especial).

Cuando llegué a la Escuela Formadora de Maestros, me llevaron a la oficina del decano que tenía que ver con Filosofía e Historia. No recuerdo su nombre, pero sí que en su librero, al alcance de la mano, estaba mi libro Moro, el gran aguafiestas. Él siguió mi mirada, sacó el librito y lo vi marcado; mi cara de asombro provocó que me dijera: “Tú puedes escribir así porque no eres académica”. Y bueno, la charla no fue para estudiantes sino para los profesores del Pedagógico, algunos de ellos eran doctores en filosofía, y uno, aficionado al dibujo, hizo un “retrato” de Engels mientras yo hablaba. Esa cartulina de un metro y pico, me sirvió para el desfile del Primero de Mayo siguiente. Fernando, un compañero de Radio Reloj, me ayudó a pasar frente a la tribuna con aquel “lienzo”. No sé si Fidel (uno de los marxistas más creadores) lo vio o no desde la tribuna; aunque hubo alguna foto, la cual no conservo, como me sucede con casi todos los instantes importantes en mi vida, yacientes solo en el cofre de los recuerdos, alimentos para el alma.

Ahora, el 9 de marzo reciente, Noel Alejandro Nápoles, autor del Pensamiento esférico (una propuesta de la dialéctica en el siglo XXI y desde Cuba), que no sé si es un genio o un loco, me escribió otra carta sobre Marx: “No sé si tú eres quien mejor conoce a Marx pero estoy seguro de que sí eres quien más lo amas. Una vez más, gracias por aquel librito rojo que me enseñó a escoger siempre, entre el Diablo Rojo y el Prometeo de Tréveris, al Moro”.

Noel, junto a Leo, su esposa, llegó con un ejemplar de aquellos que se imprimieron en la primera edición de 1991. El librito (Leo lo retrató para ilustrar este texto) está marcado, manoseado, amado, por quien lo compró 27 años atrás y desde entonces lo lleva como suerte de talismán (¿contradictorio, verdad Moro?). Las lágrimas juguetearon en mis párpados; supongo que reaccionaría igual cualquier persona que haya escrito un libro y le suceda algo así.

También, desde Galicia, Afonso Ribas Fraga, de -Edicións Laiovento, me dice que el 5 de mayo estará circulando Carlos Marx: o eterno rebelde, en su segunda edición en gallego (la primera fue en 1996), como Mouro, o eterno rebelde. Ese es, de todas maneras, mi Marx.

Como dice Fernando, yo soy la querida del Moro, a pesar de que él no siempre despertaba sentimientos de amor:

“Carlos Schuz cuando lo conoció, era estudiante, tenía 19 años. Devino caudillo de la burguesía:

Edicion original de 1991: Editorial Pablo de la Totrriente Brau

Edicion original de 1991: Editorial Pablo de la Totrriente Brau

“Marx tenía entonces 30 años, y era ya el jefe consagrado de una escuela socialista. Aquel hombre bajo y fornido, de ancha frente, pelo y barba negros como la tez, y ojos oscuros y chispeantes, atrajo enseguida la atención general. Tenía fama de hombre muy versado en su especialidad, y no puede negarse que cuanto decía era interesante, lógico y claro. Pero yo no he conocido nunca a un hombre de presentación más mortificante ni de tan insoportable arrogancia.”

El teniente prusiano Gustavo Techow:

“Marx me ha producido la impresión, no sólo de una superioridad poco común, sino de una gran personalidad. Si tuviese el corazón tan grande como el odio, sería capaz de echarme al fuego por él, y eso que no se ha recatado nada para darme a entender de diversas maneras el absoluto desprecio que sentía por mí, llegando a declarármelo sin ningún género de ambages. Es el primero, y el único de todos nosotros, a quien reconozco dotes para gobernar y el talento de no perderse en minucias ante los grandes problemas.”

Alberto Brisbane, corresponsal de New York Tribune:

“Allí conocí a Carlos Marx, jefe del movimiento democrático. Eran los tiempos en que empezaba a hacerse famoso; tendría poco más de 30 años, y era un hombre bajo y robusto, de trazos finos y abundante cabellera negra. Sus rasgos denotaban una gran energía, y detrás de su actitud serena, no era difícil adivinar el fuego y la pasión de un alma intrépida.” (*)

Ese hombre, arrogante al decir de algunos, fue un padre amoroso y sufrido, perdió a tres de sus hijos.

El 6 de abril de 1855 muere Edgar, Musch, el predilecto de la familia. El fallecimiento del niño devela a un Carlos Marx poco conocido.

El 30 de marzo le escribe a Engels:

“Mi mujer lleva una semana enferma como jamás la he visto, de excitación molar. A mí, me salta el corazón y me arde la cabeza, aunque naturalmente, tengo que hacerme el valiente. El niño no ha negado durante toda la enfermedad, ni un momento, su carácter original, bondadoso y a la par independiente.”

El 6 de abril le dice:

“El pobre Musch ya no existe. Se me quedó dormido –literalmente hablando– entre los brazos esta madrugada, entre las cinco y las seis. Jamás olvidaré el consuelo que nos ha proporcionado, en estos días espantosos, tu amistad. Ya comprenderás el dolor que ha tenido que causarme la muerte del niño.”

El 12 de abril vuelve sobre el tema:

“Como puedes suponer, la casa desde la muerte de aquella querida criatura que la alegraba y daba la vida, es una desolación. No acierto a decírtelo, pero por todas partes le echamos de menos. Yo, que he pasado en la vida por tantos apuros, no he sabido hasta ahora lo que era sufrir de veras… Sólo una cosa me ha sostenido en pie, bajo todos estos tormentos espantosos: la idea de ti y tu amistad y la esperanza de que juntos los dos, aún hemos de hacer algo que merezca la pena en este mundo.”

Moro vio morir a sus niños porque no tenía el dinero suficiente para mantenerlos. De ellos durante la mayor parte de su vida se encargó Engels (un amigo excepcional), al que el 8 de septiembre de 1852 le escribe:

“Tengo a mi mujer enferma, a Jennita enferma, a Lenita con una especie de fiebre nerviosa. Al médico no podía ni puedo llamarlo, pues no tengo dinero para medicinas. Hace ocho o diez días que vengo alimentando a mi familia con pan y patatas, y vamos a ver cuánto dura… He tenido que suspender los artículos para Dana (del New York Tribune), por no tener un penique para comprar periódicos. Lo mejor que podría ocurrirme sería que la señora de la casa me lanzase a la calle. Por lo menos, de este modo me vería exento de una partida de 22 libras. Pero, no hay que esperar de ella tanta complacencia. Por encima del panadero, el lechero, el tío del té, el de las hortalizas, la vieja deuda con el carnicero. No sé cómo voy a salir de este atranco. En estos ocho o diez días últimos, no he tenido más remedio que pedir prestado unos cuantos chelines y peniques a obreros, es lo que más odio, pero he tenido que hacerlo para no perecer.”

Con el humor que lo  caracterizó, glosando la Contribución a la crítica de la economía política, el 21 de enero de 1859 le dice a Engels:

“Seguramente que es la primera vez que alguien escribe acerca del dinero con tanta falta de él. La mayoría de los autores que escribieron sobre este tema estaban en una magnífica armonía con el objeto de sus investigaciones.”

A la escasez de dinero se le unió más de una enfermedad:

El 23 de enero de 1862 le comunica a Weydemeyer:

“Hace unos años que no me siento tan abatido, con este maldito padecimiento de las hemorroides, ni cuando caía sobre mí la lluvia de injurias francesas.”

El 10 de febrero del 1866, a Engels:

“Esta vez me he jugado el pellejo. Mi familia no sabía lo serio que era el caso. Y si el negocio vuelve a repetirse tres o cuatro veces en la misma forma, ya estoy listo. Me siento asombrosamente decaído y terriblemente débil todavía, no de la cabeza, sino de los muslos y las piernas. Los médicos tienen mucha razón cuando dicen que la causa principal de la recaída es el trabajo excesivo por las noches. No voy a contarles a esos caballeros –aparte de que no me serviría de nada– cuáles son las razones que me obligan a esta extravagancia.”

Además de su amistad con Heine y otros poetas, los textos de Johann Goethe, acompañaron a El Moro desde su adolescencia. En 1841, en la revista literaria Athenaum, apareció con la firma de Carlos Marx, este raro poema, de clara relación con el Fausto:

EL VIOLINISTA

El violinista toca su violín/ Con sus largos cabellos en desorden/ Lleva una espada en el cinto/ Y una túnica amplia y arrugada./ ¡Oh, violinista!, ¿por qué tocas con tal furia?/¿Por qué hay en tus ojos un brillo salvaje?/¿Por qué la sangre ardiente y las olas/ encrespadas?/¿Por qué rompes tu arco en mil pedazos?/ Toco para el mar embravecido/ Que se estrella contra el acantilado,/Para cegar mis ojos y que arda mi corazón/Y que mi alma resuene en el fondo / del infierno/“Oh, violinista!, ¡por qué desgarras/ tu corazón /Con esta burla? Tu arte te fue dado/Por un Dios radiante para elevar tu mente/Hasta la armoniosa música de las estrellas.”/“Escucha, mi espada teñida de sangre/Traspasará /certeramente tu alma./Dios no conoce ni respeta el arte./Los vapores infernales invaden el cerebro/Hasta que enloquezco y se transforma /mi corazón./Mira esta espada:/ me la vendió el Príncipe/ de las Tinieblas./Porque él marca el tiempo y traza los signos./Con furia creciente toco la danza de la  muerte./ Debo tocar con furia, debo tocar raudamente,/Hasta que mi corazón y mi violín estallen”./El violinista toca su violín/ Con sus largos cabellos en desorden./ Lleva una espada en el cinto/Y una túnica amplia y arrugada.”

El disfrute de Marx por cualquier manifestación artística ha sido reseñado por todos sus biógrafos, amigos y enemigos. Su formación, iniciada por el padre y el suegro, es casi enciclopédica. Pablo Lafargue, en un artículo titulado “Los gustos literarios de Marx”, dejó asentado:

“Marx no permitía a nadie poner orden, o más bien desorden en sus libros y papeles. En realidad, el desorden en ellos era sólo aparente: todo estaba en su lugar; siempre encontraba sin dificultad el libro o el cuaderno que necesitaba. Incluso, durante una conversación, se interrumpía a veces para mostrar en el libro mismo la cita que acababa de hacer o la cifra que había indicado. Formaba un solo ser con su gabinete de trabajo, cuyos libros le obedecían como si fueran sus propios miembros. En el modo de situar los libros no tomaba en cuenta para nada la simetría: los in-cuarto, los in-octavo y los folletos estaban confundidos unos con otros. No los alineaba según sus dimensiones, sino según su contenido.

Sus libros le servían de instrumentos de trabajo en lugar de ser objetos de lujo. “Son mis esclavos –decía– y deben servirme cuando yo quiera”. Los maltrataba sin cuidarse de su formato, de su cubierta, de la belleza del papel o de la impresión, doblaba las esquinas de las páginas, cubría las márgenes con rayas de lápiz y subrayaba los pasajes históricos. No escribía notas en ellos, sino únicamente, de modo muy espaciado, un punto de exclamación o de interrogación, cuando sucedía que un autor colmaba la medida. El sistema del que se servía para subrayar, le permitía encontrar fácilmente el pasaje buscado. Tenía la costumbre de releer, después de años, sus cuadernos de notas, y los pasajes subrayados en sus libros, para conservarlos bien en la memoria, que era notable. La había ejercitado en su juventud, según el consejo de Hegel, aprendiendo de memoria versos escritos en lenguas que ignoraba.

Este libro es un acercamiento a la vida de Carlos Marx en el aniversario 200 de su nacimiento,(diseñó mi amigo. Pepe Carreiro.)

Este libro es un acercamiento a la vida de Carlos Marx en el aniversario 200 de su nacimiento,(diseñó mi amigo. Pepe Carreiro.)

Conocía de memoria a Henry Heine y a Goethe, a los que citaba frecuentemente en su conversación. Leía a los poetas de todas las latitudes europeas. Todos los años releía a Esquilo en el texto original. Consideraba a Esquilo y a Shakespeare los dos grandes genios dramáticos de todos los tiempos. Había estudiado profundamente a Shakespeare al cual admiraba sin límites (…) Desde 1848, queriendo perfeccionarse en el conocimiento de la lengua inglesa, que leía ya con fluidez, buscó y clasificó todas las expresiones particulares de Shakespeare, hizo lo mismo con una parte de la obra del polemista inglés William Cobbett, por el cual tenía una gran estimación. Dante y Robert Burns estaban entre sus poetas favoritos. Sentía un gran placer en escuchar a sus hijas declamar o cantar las sátiras o los poemas de amor del poeta escocés (…) De cuando en cuando se tendía en un diván y leía una novela, leía hasta dos o tres a la vez, yendo de una a otra. Como Darwin, era un gran lector de novelas. Le gustaban sobre todo las del siglo XVIII y, particularmente, el Tom Jones de Fielding. Los autores modernos que más le tentaron eran Paul de Kock, Charles Lever, Alejandro Dumas padre y Walter Scott. Consideraba Old Mortality, de este último, una obra magistral. Sus novelistas favoritos eran Cervantes y Balzac (…) Tenía tal admiración por Balzac que se proponía escribir una obra crítica sobre La comedia humana cuando hubiera terminado su obra económica (…) Marx leía fluidamente todas las lenguas europeas y escribía tres: alemán, francés y el inglés, con asombro de quienes poseían estas lenguas. “Una lengua extranjera es un arma en la lucha por la existencia”, tenía la costumbre de decir. Tenía para las lenguas una facilidad que heredaron sus hijas. A la edad de 50 años emprendió el estudio del ruso, y aunque esta lengua no tiene ningún contacto etimológico con las demás lenguas modernas que conocía, sabía bastante al cabo de seis meses para poder leer en el original a los poetas y los escritores rusos que más le gustaban: Puschkin, Gogol y Chtchedrin (…) Además de los poetas y los novelistas Marx tenía otro género de distracciones: las matemáticas, que amaba particularmente. El álgebra era para él un reconfortante moral, y le sirvió de refugio en los momentos más dolorosos de su inquieta existencia.

Durante la última enfermedad de su mujer, le fue imposible ocuparse, como de ordinario, de sus trabajos científicos: no podía escapar a la impresión de que los sufrimientos de su compañera dejaban en él sino sumergiéndose en las matemáticas (…) La biblioteca de Marx, que contaba más de mil volúmenes, cuidadosamente reunidos en el curso de una larga vida consagrada a las búsquedas científicas, no le bastaba, sin embargo; y por ello durante años fue huésped asiduo del British Museum, cuyo catálogo estimada mucho…”

Le contaba a Engels en el 64:

“En estos días, totalmente incapacitado para trabajar he leído las siguientes obras: Fisiología, de Carpenter; ídem, de Lord; Histología, de Kollicker; Anatomía del cerebro y del sistema nervioso, de Spurzheim, y la obra de Schwann y Shleiden sobre la grasa celular.”

A Siegfried Meyer, en 1871 le decía:

“No sé si le comunique que desde principios de 1870 tuve que instruirme yo mismo en el idioma ruso, que actualmente leo con bastante fluidez. Todo comenzó cuando me enviaron de Petersburgo la obra más importante del Flerowski sobre la Situación de la clase trabajadora (especialmente de los campesinos) en Rusia y cuando también quise conocer las obras económicas (famosas) de Tshernychewski.”

Quizás es mucha sabiduría para un solo hombre, pero eso solo no hubiera bastado para conquistar a una mujer, cuatro años mayor que él y aristócrata, Jenny de  Wetsfalia, que se casó con mi “querido” contra todo pronóstico el 19 junio de 1843. Justo veinte años después recibió una carta:

“No queda día en que no pasee hacia la vieja casa de los Westfalia (en la calle de los Romanos), mucho más interesante para mí que todas las antigüedades de Roma, porque me recuerda los tiempos felices de mi juventud, aquellos en que sus muros albergaban mi mejor tesoro. Además, todos los días me están preguntando, cuándo unos cuándo otros, por la muchacha quondam1 ′más hermosa de Tréveris, por la reina de los bailes′. No sabes lo endiabladamente agradable que es para un hombre, ver que su mujer sigue viviendo en la fantasía de una ciudad como una especie de ′princesa encantada”.

¿Cómo no amar a un hombre  que te escribe así?

Semáforo con la imagen de Carlos Marx -el Moro-, en Tréveris su ciudad natal.

Semáforo con la imagen de Carlos Marx -el Moro-, en Tréveris su ciudad natal.

Parte de su masa de lectores desconoce que en los manuscritos de El capital (demoró veinte años en escribirlo, uno de los libros más publicados y traducidos de la historia humana), se condensaron los más disímiles sentimientos humanos: amor, duda, odio, fidelidad, pasión, dolor físico y moral, modestia, autosuficiencia, humildad y soberbia, y que su autor fue, literalmente, dejando la vida en cada página.

Y hasta aquí. Sigo siendo “su querida”, ahora que cumple 200 años de nacido. Nadie entonces (5 de mayo de 1818) en Tréveris (donde se acaba de inaugurar un semáforo con la imagen de Moro), pudo suponer que el chiquillo gritón, con una cabellera negra, llegaría al siglo XXI despertando las más acaloradas pasiones, incluida la amorosa.

 

(*) Todos los fragmentos son de mi libro Moro, el gran aguafiestas.

 

NOTA

  1. En latín en un tiempo.

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