Actualizado el 27 de marzo de 2018

Series fuera de serie

Por: . 24|3|2018

De seguro cuando pasen, digamos, veinte años, recordaremos está época —que ahora se nos antoja comercial, cuando no estéticamente desconcertante— como la Tercera (o la Cuarta, he perdido la cuenta) Edad de Oro de la televisión. Pareciera que, a día de hoy, es rutina convertir gran parte de la parrilla televisiva en éxitos de audiencia. No hay que rebuscar mucho en los archivos. Encontramos con relativa facilidad clásicos de la comedia (The Big Bang Theory, Silicon Valley, Two and a Half Men), de la aventura (Black Sails, Lost), del thriller (Homeland), del drama (House of Cards, The Newsroom) y, más difícil todavía, series que reinventan su propio género como Game of Thrones, Westworld o Breaking Bad. No hay que profundizar mucho en la web para encontrar un interminable inventario de paradigmas de la imagen y el sonido.

No es extraño entonces que asalten a la mente del consumidor ávido y experimentado las preguntas del millón de dólares. ¿Cómo es posible tanto talento en todos los frentes: narración, actores, dirección? ¿Cómo consiguen estos gigantes del entretenimiento superar sus propias marcas y tener a los espectadores en el bolsillo? ¿Dónde aprendieron esos guionistas? ¿Cuánto tiempo y dinero cuesta hacer un episodio? ¿Cómo consiguen los muy diversos directores crear una unidad de tono y de puesta en escena?

Enfoquémonos en la pregunta fundamental: ¿cómo consiguen vender sus enloquecidas ideas? Concepto básico: detrás de todo gran serial hay un visionario que cuenta con la creatividad que otorga la pobreza y llama a la puerta del señor del puro y dice las palabras que nadie en su sano juicio se atrevería a decir. A fin de cuentas, estoy hablando de entretenimiento: mientras más enredada y extraña sea la idea, probablemente más creatividad y potencialidad inventiva haya en la propuesta.

Aun así, es difícil imaginar los high concept de los seriales que han revolucionado el medio. “Quiero hacer El señor de los anillos con más violencia, más intrigas políticas y mucho mucho sexo”. “Quiero contar las vidas de un grupo de físicos nerds/geeks de Pasadena, que terminan llevándose a las rubias despampanantes y casándose con ellas”. “Me gustaría hablar de un profesor de química al borde de la muerte que acaba convirtiéndose en un zar de la droga”. La verdad, cuesta visualizar esa conversación, y al entusiasta creador explicando su concepto con un puntero laser y un Power Point.

Asumamos que allí ya no hay señor del puro, sino unos tipos y tipas con olfato de sabueso y una inteligencia superior a la media. Asumamos más, y digamos que ya no hay intermediarios entre la audiencia y los creadores. Ya el público puede llegar a producir una serie mediante el crowdfunding (micromecenazgo) en sitios web como Kickstarter.

Entonces, el señor del puro es ahora, tal vez, un transexual pelirrojo que no tiene que convencer a nadie porque todos creen en su talento (caso específico de las hermanas Wachowski, directoras de la trilogía Matrix y de la serie Sense 8). Estas plataformas de micropago han hecho el proceso productivo de una serie más vertical, facilitando la comunicación entre los directores y los consumidores.

Más preguntas: ¿Por qué son tan buenos estos seriados? ¿Por qué nos dejan con la mandíbula desencajada? Porque saltan barreras constantemente, porque sacan a la luz nuestros más oscuros demonios. Sheldon Cooper (The Big Bang Theory) es un pesado inaguantable; Charlie Harper (Two and a Half Men), un misógino con complejo de Edipo; Richard Hendricks (Silicon Valley) es un hombre en sus veintitantos con severa ansiedad social; Daenerys Targaryen (Game of Thrones) no dudaría en matar a su propio hermano (de hecho, dejó que su marido salvaje lo hiciera por ella) y en la isla de Lost hay más fantasmagorías que en el dickensiano Cuento de Navidad.

Es algo sabido y superado en el terreno de la escritura dramática que los mejores personajes son aquellos que tienen defectos. Los personajes se construyen a través de sus carencias constitutivas. Lo cual otorga más dimensiones que la simple construcción romántica del héroe bueno o la pareja protagonista de la novela de turno. La categoría de antihéroe no es tan reciente, pero se aplica hoy con más efectividad que antes. Los personajes —y las series en general— se construyen como mecanismos de relojería, con base en opuestos correspondientes y en ciertos fenómenos de la percepción. Mantienen un juego de complicidad con el público, para premiarlo, angustiarlo, sorprenderlo y engancharlo.

 Génesis

Corría el año 1999 después de Cristo. Mientras muchos se preguntaban si el 31 de diciembre el mundo llegaría a su final, la HBO estrenaba un serial que puede considerarse como referente de toda ficción televisiva moderna: Los Soprano. Los problemas existenciales y peripecias del viejo Tony harían las delicias de los consumidores hasta 2007, marcando un antes y un después en la producción televisiva.

Para ser más ilustrativos: en el 99 las cadenas de cable estadounidenses estrenaron 23 series nuevas; en el 2014 la cifra aumentó hasta 180, de acuerdo a los números de FX Networks Research. A esa cantidad hay que sumarle los lanzamientos de los canales públicos y los productos que los nuevos jugadores del mundillo del entretenimiento (Amazon, Hulu, Netflix) ofrecen al consumidor. Aunque el tiempo de Los Soprano, The Wire y Six Feet Under haya pasado, las series de ahora se erigen como sus sucesoras directas.

Dólar nuestro que estás en la tele

Toda esta pléyade de gozo audiovisual responde al interés más mundano posible: dinero. La grandísima mayoría de los productos comunicativos de alta calidad que disfrutan los televidentes pueden ser encontrados en la hoja de programación de las cadenas de cable, quienes cobran a sus consumidores una “mísera” suma por el derecho a disfrutar de sus contenidos.

Sin embargo, más allá de la riqueza que traen a sus creadores, existen ejemplos que, con buena producción y altos estándares de calidad, generan conciencia, reflexionan sobre temas importantes, necesarios y de actualidad, se convierten en instrumentos educativos, en difusores de cultura, de historia, de tolerancia. Este tipo de fenómenos solo suele ocurrir en lugares que tienen todas las necesidades básicas cubiertas. Fieles a estos principios encuentras seriados como Transparent, (maravillosamente específica y personal) o las españolas Hispania e Isabel, que son, de algún modo, una respuesta a otras —también históricas— como Roma.

El aumento de la calidad en la ficción televisiva, así como el incremento de la oferta, ha provocado una fragmentación en la audiencia. Hay series para todos, y lo mejor es que la razón para tal cantidad implica la existencia de una gran demanda por parte de los espectadores.

Muy pocos visionarios (por no decir ninguno) intuyó que las series, algo ancestralmente despreciado por cinéfilos “fundamentalistas” y empedernidos, se convertirían en las guardianas de las esencias del buen cine. Solo hay que observar la fotografía en The Handmaids tale, y la dirección de arte de la francesa Versailles o de la inglesa The Crown, para atestiguarlo.

Los creadores más virtuosos que centraron su talento en la gran pantalla ahora están ansiosos de trabajar para la pequeña. Muchos directores han consumado una suerte de éxodo hacia la televisión. El oscarizado Martin Scorsese, un peso pesado de la industria del entretenimiento estadounidense, estampó su rúbrica en la magnífica Boardwalk Empire, donde, además, podemos apreciar el talento de otro italo-americano de experiencia en Hollywood como Steve Buscemi.

No es descabellado afirmar que, en la actualidad, el mayor interés de los espectadores con paladar de sala oscura se centre en qué sorpresas nos depara la octava temporada de Game of Thrones. Aunque para ello tengan que esperar un año (saldrá al aire en 2019).

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Todos los entusiastas del entretenimiento nacidos en Cuba nos hemos hecho la siguiente pregunta: ¿llegará el día en que nuestro país pueda volcarse en el desarrollo de una producción televisiva que pueda competir de tú a tú con un producto extranjero?

El lanzamiento de series inglesas, francesas, suecas, etc. ha hecho tambalear la hegemonía norteamericana en este aspecto, diversificando la nacionalidad de las producciones más consumidas globalmente. Incluso, en nuestro país, encontramos entre la preferencia de los consumidores a las telenovelas brasileñas. ¿Acaso la solución sería una coproducción internacional como The Young Pope? Los escarceos de Mario Conde con Netflix, en la serie de cuatro capítulos Vientos de La Habana —dirigida por Félix Viscarret— arrojaron reacciones mixtas.

Mientras las series foráneas están alcanzando las más altas cotas de calidad de su historia, el telespectador cubano tiene ante sí una parrilla televisiva que carece de muchas cosas. Por ejemplo, el histórico y aceptado espacio de las Aventuras de las 7:30 pm, que reunía frente al televisor a varias generaciones de la familia. Es irónico estar frente a este panorama deficitario de entretenimiento cuando nuestro país fue pionero de la novela radiofónica en Iberoamérica, formato que luego evolucionó a su versión televisiva.

Más importante aún: ¿qué nos falta aquí, para ser como lo mejor de allí? Además de talento, dinero y dedicación, lo esencial son dos cosas: verdad y riesgo.

Verdad quiere decir que en nuestras series favoritas las emociones son auténticas, no imitaciones o simulacros. Las comedias hacen que te mueras de risa, las de suspense y aventura te disparan la adrenalina, las peripecias vitales de la familia Stark y la familia Lannister te sacuden el corazón, te hacen decir: “’sí, sí, sí y mil veces sí, así es la vida y así es la muerte, así nos enamoramos, nos engañamos, caemos y volvemos a levantarnos”.

Y riesgo quiere decir atreverse a ser originales, que no olvidemos a los personajes a los cinco minutos, que la trama cale hasta los huesos, y que la risa y las lágrimas sean verdaderas.

La cuestión es que no podemos esperar grandes adelantos en efectos visuales y demás parafernalia técnica, pero sí trabajar para conseguir grandes adelantos en la mentalidad de los creadores y de las personas al frente de las instituciones que producen estas series. Doble juego o Shiralad fueron propuestas arriesgadas en su época y de una muy alta calidad. Son testigos audiovisuales de que se puede hacer algo bueno.

Nunca igualaremos las millonarias empresas como Netflix, Hulu o Amazon. Esto, lo sé bien, es un hecho tan desgarrador como cierto. Debemos competir en otro terreno: en el de las ideas, en el de la creatividad en las historias, en el de la imaginación. Sin que suene a palabrería hueca.

No somos un país surgido del aire. Nos apoyamos en los hombros de gigantes como Martí, Lezama, Carpentier, Virgilio Piñera, en las letras; tuvimos a un Titón, en el cine; a un Lam, en las artes plásticas; Brindis de Salas, Lecuona y Brouwer en la música. Un interminable etcétera de gente valiosa y creativa. El boom seriéfilo no parece que haya llegado a su punto álgido todavía. Mientras las series americanas son vistas en todo el mundo, otros países han decidido apostar por seriales más complejos. Es hora de que Cuba dé el primer paso. Aunque sea uno pequeño.

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