Actualizado el 26 de abril de 2018

Se nos fue Peyi:

Un tipo delirantemente simpático

Por: . 24|4|2018

Imagen cortesía de la autora: Alex Fleites, Paquita Armas y Peyi

Imagen cortesía de la autora: Peyi, Paquita Armas y Víctor Rodríguez Núñez

Acabo de leer un mensaje de Alex Fleites sobre la muerte de Pedro Luis Rodriguez, Peyi, al que califica como “un tipo delirantemente simpático”.

“Mi loco y dulce diseñador empezó a valorar los colores hasta que, por fin, nos decidimos”, escribí sobre él en un texto acerca de mi vivencia caimanera.

Alex y yo compartimos con Peyi durante un tiempo en El Caimán Barbudo, cuando la revista tenía casa propia en la calle Paseo, casi esquina a 27 (sigo preguntándome por qué la UJC y la Editora Abril perdieron aquella institución cultural, pero bueno…)

Después de muchos años mi loco y yo nos abrazamos en la peña de “El Saurio”, en los Estudios Areito. Era un homenaje al Blado, por allí desfilaron Ray, Frank Delgado, poetas… y el Peyi (como siempre) bebió hasta convertir  cada frase que emitía en una provocación a la risa.

En ese mismo viaje organizamos un encuentro en mi casa, y entonces noté que tenía un problema en la rodilla, no sé qué era (a pesar, Joaco, de las dotes de médica que me atribuyes). Reímos, lo tuve que mandar a callar como en los años ochenta, nos fajamos, en fin, fuimos de nuevo los locos caimaneros.

Peyi, esté donde esté, no me perdonaría que escribiera estas líneas sobre él como diseñador (era buenísimo), dibujante (no lo explotó como podía) y amigo (en las verdes y las maduras). Prefiero hacer tres anécdotas que lo pueden caracterizar:

1) Con nosotros trabajaba Hilda, una eficiente secretaria, un poquito mayor. Una mañana la escucho gritándole a Peyi y diciéndole epítetos que mi querido Grillo no publicaría. Caminé hasta la oficina al final del pasillo y encontré a Peyi partido de la risa. Le dijo a Hilda que tenía un granito en la punta del glande, que por favor lo revisara. Hilda accedió, él primero la mandó a salir, y luego le pidió que entrara, ella lo vio muy pudoroso, cubriéndose con una cuartilla y un hueco en el medio, por donde se asomaba el final de su pene. La secretaria se inclinó para ver y, cuando lo hizo, Peyi quitó el papel y movió de un lado a otro su miembro, mientras reía a carcajada pura.

2) Un día íbamos caminando rumbo a la Sala del Te de la UPEC (Unión de Periodistas de Cuba), donde se bebía un chácata (ron con te frapé) delicioso. Delante de nosotros iba, casi a nuestro paso, un hombre con un sombrero blanco. De momento, Peyi empujó con el dedo el sombrero, este cayó y el dueño lo recogió y se viró con cara de pocos amigos; yo, instintivamente, me alejé unos pasos, y Peyi con voz angelical casi le susurró: “Asere, no es nada personal, hace tiempo tenía deseos de hacer esto, ¿tú no?”. El hombre en vez ponerse bravo, se rio y siguió su camino.

3) El Caimán lo revisaban foto por foto, ilustración por ilustración, el jefe de redacción, el director y el director artístico (Peyi). Era una norma no escrita. Un día mirando los cristales, en el taller de Urría, veo unos bonitos muñecos de Bedia… “haciendo el amor” (no pongo la palabra que va). Llamo a Peyi y lo increpo porque las broncas nos las buscábamos juntos, de forma consciente, responsable, pero no así. Él no le dio importancia pero sé que lo hizo para pasarme “gato por liebre”. Unos días después en la oficina de un funcionario, venido a menos pocos años después, veo los dibujitos circulados. Y tengo una conversación con el tema “los que a ti te aplauden, me llaman a mí para darme las quejas”. Cuando le hago el cuento a Peyi, este me dijo: “No le des importancia, vamos a publicar esto”, y me enseña una revista pornográfica de las duras. Armandito salió volando de la oficina porque Peyi dijo que la revista era del serio realizador.

Podría seguir desgranando anécdotas, Peyi. Pero lo único que me aconsejó Jorge Oliver Medina, al pasarme la dirección del Caimán, fue: “Deja a Peyi a su aire. Esa es su forma de diseñar, parece que no hace nada pero su cabeza está dando vueltas. Cuando él te diga que va blanco en la página, déjalo, el sabe más que tú de eso”. Razón tenía. La época en la que lo diseñó, el Caiman tuvo su impronta… Quien lo dude que revise los ejemplares.

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