Actualizado el 7 de mayo de 2018

El unicornio de la filosofía:

¿Por qué ser fiel a Marx es no ser marxista?

Por: . 4|5|2018

Marx no era marxista, como Cristo no era cristiano ni Buda budista. En carta al cubano Pablo Lafargue del 27 de octubre de 1890, Engels contaba que Marx le había confesado: todo lo que sé es que yo no soy marxista. Entonces ¿qué era? Sencillamente, Marx era dialéctico. En efecto, él tomó el método de Hegel, no el sistema, y del método asimiló el núcleo racional, no la corteza mística. El problema es que, aunque aplicó su método dialéctico al estudio de la filosofía, la política y la economía, jamás lo expuso. Por eso la Ciencia de la Lógica sigue siendo la Piedra Rosetta de El capital.

Ante la ausencia de método, los seguidores de Marx optaron, de hecho, por convertir su legado en un sistema, es decir, a falta de dialéctica crearon el marxismo. Así, salvo honrosas excepciones, han terminado siendo marxistas, no dialécticos y, por tanto, han devenido la negación del maestro. Los marxistas no han hecho más que interpretar a Marx de diversos modos, mientras que de lo que se trata es de desarrollarlo.

Aquellos que han realizado verdaderos aportes a su pensamiento han sido más fieles al espíritu de Marx que a su letra. No olvidemos que Gramsci dijo que la Revolución de Octubre había sido no sólo una revolución contra el capital, sino contra El capital, ya que, a pesar de los pronósticos de Marx, se había producido en un país capitalista atrasado, donde la mayor parte de la población era campesina. El propio Gramsci, en sus textos, jamás hablaba de marxismo sino de filosofía de la praxis.

En Cuba, el Movimiento 26 de Julio fue dialéctico al pensar la estrategia de la revolución: no copió la táctica bolchevique de la huelga general, ni apostó por un golpe en la cúpula del poder, sino que partió de un foco guerrillero en la montañ, que poco a poco devino ejército popular y terminó movilizando a toda una nación. Aquí, siendo fieles a la herencia martiana, más que convertir una clase en sí en clase para sí, transformamos un pueblo en sí en pueblo para sí; es decir, con conciencia patriótica y vocación de humanidad. No por casualidad Cuba fue el único país socialista que no adoptó una bandera de la clase obrera y mantuvo su enseña nacional.

Para colmo de males, el marxismo fue erigido en ideología oficial de los países socialistas y eso lo convirtió prácticamente en una religión. Tan es así que, sin ironía, uno encuentra más dialéctica en la Teología de la Liberación que en los manuales de filosofía soviéticos. Yo entendí mejor las claves del método de Marx con Leonardo Boff que con Konstantínov. Un libro como Iglesia: carisma y poder es más útil para entender la dialéctica que el Manual de filosofía marxista-leninista.

Por eso, cuando a fines del siglo XX el socialismo europeo colapsó y muchos diagnosticaron la crisis del marxismo, se perdió de vista que el verdadero problema era la crisis de la dialéctica. Sin dialéctica no hay teoría revolucionaria ni movimiento revolucionario. Ser fiel al espíritu de Marx no es ser marxista sino ser dialéctico.

Pero ¿cómo ser fiel a algo que no se ha definido todavía? ¿Cómo se explica que, desde la muerte de Marx, en 1883, ningún marxista -y los ha habido brillantes- haya sido capaz de parir una dialéctica? ¿Cómo es posible que la magnífica arquitectura de El capital carezca de planos? ¿Por qué en Cuba nunca hemos publicado las obras completas de Marx y Engels? ¿Por qué, si Marx fue de su dialéctica racional al estudio del capital, nosotros hemos sido incapaces de hacer el viaje a la inversa? ¿Por qué en vez de marxismo no enseñamos dialéctica (de Marx) en nuestras universidades? ¿Por qué no estudiamos más a Gramsci, Althusser, Kosík, Castoriadis, Darcy Ribeiro y otros pensadores que han sido más fieles al espíritu que a la letra de Marx?

Hoy quien intente definir qué es la dialéctica deberá afrontar, al menos, cinco problemas.

El problema del método de investigación. Tradicionalmente la dialéctica ha sido enfocada como un método lógico, pero es necesario fundirla con el método histórico en una síntesis más compleja.

El problema de la teoría del conocimiento. No existe ninguna gnoseología, ni en el ámbito marxista ni fuera de él, que tome en consideración todos los factores que intervienen en el proceso de conocimiento. Las gnoseologías burguesas (excepto el pragmatismo) suelen ignorar el papel de la práctica, y la gnoseología marxista no ha tomado en cuenta el rol de la comunicación.

El problema de las formas de la dialéctica. Casi siempre la dialéctica ha sido concebida como un arte y, a lo sumo, como una ciencia del pensamiento abstracto. Si de verdad queremos conocer y sobre todo transformar el mundo, debemos llevarla más allá.

El problema del diseño del pensamiento. La dialéctica se ha diseñado como un pensamiento euclideano. Es preciso superar esta limitación y acercarla a una realidad más compleja, similar a la descrita por la geometría de Riemann.

El problema del lenguaje. Un pensamiento no euclideano requiere un lenguaje homónimo. Sin embargo seguimos expresando las categorías dialécticas en un lenguaje ordinario, que coloca una palabra al lado de la otra, una oración detrás de la otra. Es imprescindible rebasar esta yuxtaposición.

Mirando en perspectiva histórica, la dialéctica parece ser el Nessy de la filosofía porque los que hablan de ella no saben si existe, los que creen en su existencia ignoran qué es y los que cuentan haberla visto no pueden explicarla. Esta criatura divina —que hasta ahora resulta inexplicable, incognoscible e incluso inexistente— ha surcado misteriosamente todas las eras del hombre, y son escasos los grandes pensadores que no han invocado su nombre o reverenciado sus dones. Por eso, más que un monstruo de las profundidades, prefiero ver en ella al unicornio de la filosofía.

La aclaración de un asunto como este rebasa al propio Marx y alcanza a la naturaleza misma del hombre. La dialéctica enseña a conocer y a transformar la realidad. Por eso es consustancial al ser humano, porque somos la única especie que conoce y transforma su mundo. El ser humano es el homo dialecticus. Si no nos destruimos antes, como solía decir Carl Sagan, la humanidad escribirá su historia en tres tiempos: fuimos animales, somos humanos, seremos dioses.

Tal conquista se la debemos a muchos hombres y mujeres extraordinarios y, sobre todo, a uno que el 5 de mayo de 2018 cumplirá doscientos años. Uno al que sus enemigos apodaban el Diablo Rojo; sus partidarios, el Prometeo de Tréveris; y al que yo, que apenas me considero su alumno, prefiero recordar como el Moro.

Ya es hora de que los cubanos, que hemos contado con pensadores originales desde que nacimos como nación, asumamos el reto de fundar una dialéctica, la nuestra. América es el continente que está al occidente de Occidente y al oriente del Oriente; y Cuba es una isla síntesis, en la que todas las matrices étnicas y las culturas se funden en una sola. Aquí, ni el negro es afrocubano, ni el blanco es eurocubano: todos somos cubanos, vengamos de donde vengamos.    Cubano es más que un gentilicio: es una conquista histórica. Para crear una dialéctica cubana no necesitamos mezclar de manera artificial la herencia europea, la asiática y la africana sino tomar conciencia de la mezcla que ya somos. En este mundo tan falso, no hay otra opción que ser auténtico.

A derecha siniestra, izquierda diestra.

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