Actualizado el 6 de junio de 2018

José Triana:

Tu vida abraza el arte y la memoria

Por: . 4|6|2018

El poeta, narrador y dramaturgo José Triana, durante una presentación en Miami

El poeta, narrador y dramaturgo José Triana, durante una presentación en Miami

Es el lunes 5 de marzo de 2018. Como cada mañana suelo hacer, enciendo mi pc y me conecto a Internet. Voy pasando de sitio en sitio, a fin de tener una panorámica general de lo que acontece no solo en Cuba sino allende los mares. De pronto, al entrar en una de las tantas webs dedicadas al tema cubano, leo la noticia:

“El dramaturgo, poeta y narrador José Triana ha fallecido este domingo 4 de marzo, minutos antes de la medianoche, en París, donde residía desde 1980. Triana, de 87 años y con varias complicaciones de salud, estaba acompañado de su esposa Chantal Dumaine.”

Inevitablemente pienso en mi padre, la primera persona que me habló de José (Pepe, como él le decía) Triana, y no puedo menos que buscar en mis archivos la copia que guardo de una de las ediciones hechas acerca de la obra La noche de los asesinos, estrenada en 1966 por Teatro Estudio, bajo la dirección de Vicente Revuelta y que en opinión de mi viejo fue una puesta legendaria.

Me resulta imposible precisar con certeza el momento exacto en que, según me contaba papi, él había conocido a pepe Triana. A veces, creo evocar que eso fue por 1954, cuando ambos coincidieron como público en el montaje de Francisco Morín y Teatro Prometeo en torno a Las criadas, de Jean Genet. En otros instantes, me parece que el viejo me hablaba de que todo partió de la época en que Triana publicó por vez primera en uno de los números de Ciclón, la revista financiada por José Rodríguez Feo, a quien tuve el privilegio de conocer pues fue el editor de mi primer libro, publicado por Ediciones Unión allá por la segunda mitad de los ochenta.

Tras el triunfo de la Revolución, en los tempranos sesenta, el vínculo de mis viejos (en particular de mi padre) con José Triana se dio a través de la afición al juego de cartas. Por ese entonces, ambos eran visitantes asiduos de uno que otro garito habanero, a los que (según el relato de papi) asistían figuras como Luis Lastra, Julio Matas, Rolando Escardó, Virgilio Piñera y otros nombres cuya mención poco o nada dirá a las nuevas generaciones.

A partir de esos encuentros y dada la afición que experimentaban por el teatro, mis padres no dejaban de concurrir a cada puesta en escena de una obra de Triana. De tal modo, fueron testigos del estreno de piezas como El Mayor General hablará de Teogonía (creación de la que en 1968 y al influjo del dogmatismo de aquellos días se suspendió la puesta realizada por Rubén Vigón) o del montaje que Francisco Morín y Teatro Prometeo llevaron a cabo de su Medea ante el espejo. En algún oscuro rincón de una de las tantas gavetas que en casa almacenan cientos de papeles, deben conservarse aún los programas de mano entregados al público en las ya lejanas funciones.

Después vendrían otras obras, como por ejemplo El Parque de la Fraternidad, La casa ardiendo y La visita del ángel, hasta llegar a La noche de los asesinos. Ahora mismo tengo la impresión de estar escuchando una acalorada discusión entre papi y mami acerca de cuál elenco lo hizo mejor en su momento, si el de Vicente Revuelta, Miriam Acevedo y Ada Nocceti o el de Adolfo Llauradó, Ingrid González y Flora Lauten

Esta creación de Triana le posibilitó ganar en 1965 el Premio Casa de las Américas y hoy, a más de cincuenta años de su aparición, sigue siendo valorada como una de las obras de mayor importancia en el canon teatral cubano y latinoamericano.

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Esta creación de Triana le posibilitó ganar en 1965 el Premio Casa de las Américas

Esta creación de Triana le posibilitó ganar en 1965 el Premio Casa de las Américas

Ni por un instante puede afirmarse que en lo personal yo sea un especialista en materia de teatro, ¡nada de eso! Pero quienes me conocen, saben que sí soy amante del arte de las tablas y asisto con relativa frecuencia a los espectáculos que se dan en los escenarios habaneros. Es una costumbre que adquirí con mis padres, quienes desde que era niño nos llevaban a mi hermano y a mí a distintas salas teatrales.

Por ese camino, siempre he tenido profundo interés en la relación entre teatro y poesía. Para mí, el buen teatro no es otra cosa que poesía. En ambas manifestaciones están presentes todo el tiempo los juegos de máscaras (¿acaso es exagerado asegurar que cada uno de nosotros actúa para vivir?). José Triana es, de nuestros dramaturgos, uno de los que mejor ha congeniado los lazos existentes entre teatro y poesía. Sucede que él se proyectó en ambas expresiones artísticas, y publicó alrededor de 27 libros de poemas y unas 11 piezas teatrales.

Pero su legado fundamental a la creación artística cubana está, sin discusión alguna, en La noche de los asesinos. En opinión de Rine Leal (uno de los más grandes críticos teatrales que hemos tenido en Cuba): “La pieza es la tragedia de la purificación, realizada a modo de exorcismo mental y regida por la sangre”.

Los personajes de La noche de los asesinos, encarnados por tres hermanos: Lalo, Cuca y Beba, participan de un juego, por medio del cual se enjuicia, condena y ejecuta a sus mayores. A tenor con tal leitmotiv, Lalo afirma:

“Sin embargo, tengo las manos atadas. Tengo los pies atados. Tengo los ojos vendados. Esta casa es mi mundo. Y esta casa se pone vieja, sucia y huele mal. Mamá y papá son los culpables. Me da pena, pero es así. Y lo más terrible es que ellos no se detienen un minuto a pensar si las cosas no debieran ser de otro modo”.

A principios de la segunda parte de esta obra, cuando el juicio de Lalo, hay una escena de esas que lo dejan a uno siempre pensando cada vez que se vuelve sobre ella. Me refiero al momento en que asistimos al tribunal que los fantasmas de los padres erigen para volver a imponer su autoridad. Recuérdese que se trata del personaje de Cuca haciendo de fiscal:

La noche de los asesinos trasciende lo meramente cubano y deviene una obra de peso universal.

La noche de los asesinos trasciende lo meramente cubano y deviene una obra de peso universal.

“Le repito al señor juez que el procesado obstaculiza sistemáticamente todo intento de esclarecer la verdad. Por tal motivo, someto a la consideración de la sala las siguientes preguntas: ¿puede y debe burlarse la justicia? ¿La justicia no es la justicia? ¿Si podemos burlarnos de la justicia, la justicia no deja de ser la justicia? ¿Si debemos burlarnos de la justicia, es la justicia otra cosa y no la justicia? En realidad, señores de la sala, ¿tendremos que ser clarividentes? La justicia no puede admitir tamaño desacato. La justicia impone la familia. La justicia ha creado el orden. La justicia vigila. La justicia exige las buenas costumbres. La justicia salvaguarda al hombre de los instintos primitivos y corruptores. ¿Podemos tener piedad de una criatura que viola los principios naturales de la justicia? Yo pregunto a los señores del jurado, yo pregunto a los señores de la sala: ¿existe acaso la piedad? Pero nuestra ciudad se levanta, una ciudad de hombres silenciosos y arrogantes avanza decidida a reclamar a la justicia el cuerpo de este ser monstruoso… Y será expuesto a la furia de hombres verdaderos que quieren la paz y el sosiego.”

Aquí, a través del absurdo, se habla de una situación que a nivel mundial quiere construir un paradigma a partir de la destrucción del anterior: el parricidio como concepto que busca, desde lo simbólico, matar lo viejo para que lo nuevo tuviese un espacio dentro de las luchas y las tensiones sociales desatadas en ese proceso de confrontación generacional que en el presente continúa expresándose, a fin de intentar comprender las distancias que lo aparencial parece acortar, pero que permanecen ahí y se manifiestan desde situaciones distintas y al propio tiempo homólogas. En este sentido, La noche de los asesinos trasciende lo meramente cubano y deviene una obra de peso universal.

Como numerosos estudiosos han señalado: “De manera general, el período comprendido entre 1965 y 1970 se caracteriza por la aparición de nuevas formas de expresión que fueron mal entendidas por la crítica del momento, que llegó a adoptar posturas incluso dogmáticas. (…) Sin embargo, y a pesar de las críticas, los autores de estos años experimentan desde varios campos, intentando la adaptación al contexto cubano de las técnicas del absurdo, la crueldad, los espectáculos rituales, la situación del texto por códigos no verbales y el uso de la improvisación”.

José Triana y su esposa Chantal Dumaine en París en 1987. Imagen tomada de http://www.cervantesvirtual.com

José Triana y su esposa Chantal Dumaine en París en 1987. Imagen tomada de http://www.cervantesvirtual.com

El destino de José Triana quedó sellado en 1968 tras su participación como integrante del jurado que, a nombre de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, concedió el Premio Nacional de Teatro a Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat. Este suceso generó una intensa polémica y devino anuncio de lo que Ambrosio Fornet llamó en un texto suyo, escrito en relación con la novela Las iniciales de la tierra de Jesús Díaz, el Quinquenio Gris de la cultura cubana.

Vale recordar que 1968 es el año de la Ofensiva Revolucionaria, de lo acaecido con Heberto Padilla y su poemario Fuera del juego, el momento cuando se le otorga a Delfín Prats el Premio David por su libro Lenguaje de mudos y luego resulta víctima de la censura de los inquisidores de turno de aquella época. Y es que como expresara Juan Antonio García Borrero durante la segunda sesión teórica del 24 Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, en una disertación sobre el año 1968 y lo que dicha fecha aún significa para nuestro imaginario nacional:

“(…) cuando prescindimos del enfoque crítico de la Historia, se anula la percepción de riesgo que nos avisaría del posible reciclaje de ese conjunto de acontecimientos, pero ahora con un sentido más burdo que trágico. En 1968, aunque no nos guste recordarlo, quedaron preparadas las condiciones para que un poco después se consolidara eso tan nefasto que hoy conocemos por ‘quinquenio gris’. Por eso alguien habló de un año partido en dos, con un primer semestre donde todavía era posible hablar del intelectual crítico de un modo natural, y un segundo donde se afianza la idea de un intelectual revolucionario que no ha de discutir demasiado las directrices de la vanguardia política ante el imponente temor de entregar armas al enemigo”.

Teniendo en cuenta el signo de dogmatismo ideológico prevaleciente en el ejercicio de la política cultural en nuestro país a partir de entonces, en el decenio de los setenta, las obras de José Triana ya no volvieron a estrenarse más en Cuba y lo último de importancia que pudo hacer entre nosotros fue en 1971, cuando escribió el guión de la película Una pelea cubana contra los demonios, de Tomás Gutiérrez Alea.

1980 marca el instante en que José Triana y su esposa Chantal Dumaine, con quien se había casado en 1968, se marchan de Cuba para residir en Europa. En el viejo continente prosigue su quehacer como dramaturgo y varias de sus obras son montadas en diferentes idiomas y países. De tales puestas en escena, una de las de mayor relieve es la efectuada por la Royal Shakespeare Company en 1986 sobre su pieza Palabras comunes, que en inglés llevó por título el de Worlds Apart. En 2011, la editorial Aduana Vieja, dirigida por Fabio Murrieta, publicó en Valencia (España) su poesía completa, algo que también hizo con su teatro al año siguiente. Por su parte, entre nosotros es de resaltar lo hecho por Tablas, al volver a poner en manos del lector cubano la producción dramatúrgica de este camagüeyano nacido en 1931.

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Tres de sus piezas de teatro compiladas bajo el sello de la Editorial Verbum

Tres de sus piezas de teatro compiladas bajo el sello de la Editorial Verbum

Entre los muchos libros de poesía de José Triana pudieran mencionarse algunos como De la madera de los sueños, Oscuro el enigma, Dados de apócrifo, Orfeo en la ciudad…, caracterizados por la utilización de un sentido universal en su discurso poético y que lo lleva a trascender la perspectiva insular. Ello es parte de una visión ontológica y ética que persigue asentarse en la íntima religación de las esencias de una tradición nacional y los valores de la cultura universal.

Aunque hay quienes defienden la tesis de que la lectura simbólica de una creación artística la vuelve en demasía abstracta y, en consecuencia, la extrae de su contexto inmediato; soy de los que prefiere el quehacer de los que por dicha vía buscan universalizar el sentido de su obra. Por eso es que gusto de lo legado por José Triana, porque él es de los que concibe lo cubano como espacio mediador de apropiación creadora de lo universal, como relación y no como sustancia. Así, cubanidad es universalidad propia.

Como parte de esta evocación que hoy he formulado de José (o Pepe, como lo llamaba mi viejo) Triana, quiero concluir con uno de sus textos poéticos, que data de 2013.

Virgilio Piñera

Virgilio Piñera

 

SONATA DE UN VIOLÍN DESAFINADO PARA VIRGILIO PIÑERA

 

Me encanta la idea de dedicarte un poema

distinto a lo que escribo.

Aireando las mismas virtudes y defectos,

las mismas inseguridades y los mismos miedos

como una campana rota y militante.

como una amistad honda, sin reservas,

como tú bailando y tarareando en los pasillos

de la Catedral de Santiago al mediodía, exaltado,

“la tía Tula, que me den candela”.

 

No busco engrandecerte ni disminuir el curso

de tu trayectoria única, hecha de sacudimientos,

traiciones y lealtades, de vértigos e inquisiciones

de palabras escogidas desde el fondo, del fondo

de ese laberinto que anubla y embellece,

cuyo nombre ignoramos.

No voy a discernir qué impulso o qué fiebre

de frío carapacho y melancolía

entorna ese desdén de La carne de René

quizás un acto de venganza y de piedad

contra los infundios de Cárdenas y Camagüey.

 

Aire y fuego, fuego y aire, qué sofoco,

es un martirio andar por esas calles, dice tu hermana,

ardidas por el sol de la mañana, innoble,

repite tu padre y se queda mudo

mirando mariposas entre nadie

detrás del arco iris, irrepresentable,

de ahora y de ayer y tal vez de siempre

con la impresionabilidad de un niño.

 

Me mostraste las formas y la fuerza de un texto

en sus gradaciones especulativas y sentimentales.

Cosa rara, en verdad. Diría, sí, casi inaudita…

No solías hacerlo, no lo hacías,

aunque quizás de otro modo

una fiesta se abre, una fiesta se cierra.

No convoco las rondas del misterio

que entrampa y domina, sin embargo supongo

que esa puerta incógnita, esa puerta intangible

es el eco que guardabas celosamente

de tu vida anterior en Buenos Aires.

 

Me enseñaste, lo digo sencillamente,

la insobornable creencia en el poema

de la vida que agita en las palabras,

el tesoro, la fiesta, lo increíble fungiendo

de creíble marioneta, mares tumultuosos

y diáfanas riberas, tú me enseñaste el pobre

habitáculo, el artificio del artificio

que puebla los jardines de la inteligencia.

 

Nos unía la mediocridad provinciana y el desorden.

Fríos los lazos, frío el hallazgo,

fría la conversación y su estridencia

malvada, estamos en el puerto e ignoramos

los vértigos del reloj, la diáfana claridad

de la atardecida en el plato de garbanzos

y los panes humedecidos de viejos.

Calvert Casey podría llegar de un momento a otro

bamboleando la crítica de Aire frío

entre folios amarillos desasosegados.

Una victoria tuya indiscutible.

Tu obra rozando la verdad de cada día.

¡Ah, el fervor de verdad y del escándalo,

la sierpe de las confidencias y el vacío,

las dudas, los desconciertos y ciertas torpezas!

Somos tan inmaduros como las hipérboles.

 

Juan, mi sobrino, vino a verme el miércoles

y caía un chubasco de padre y señor mío.

Yo me contemplaba en el armario de muecas,

mientras discutíamos de las avispas de oro,

de la creación del mundo y de las planicies bárbaras,

cuando un tercio de soldados llegó,

displicente y extraño mendigando favores

sexuales a los negros que limpiaban las calles.

 

Era domingo entonces, domingo luminoso

y me sacaba los dientes postizos,

contra las compuertas, contra las lámparas,

y Agamenón asestaba un salivazo

a la mujer desnuda de Manet en el cuarto atestado

de sillas y mesas y relojes anticuados,

vejados por el tiempo como rostros.

Yo me inclino y aventuro el poema festivo

que no he escrito. A dos pasos se miran

las calandrias y los cisnes perversos,

creando un manifiesto de músicas celestiales

y dados de anatemas y de concupiscencia.

 

Flora con su tacón jorobado muestra el camino,

a los cuentos y siluetas del teatro

indomesticable en su ardor de ser.

Era un tumulto que tratabas de ordenar a

tientas y tu discernimiento se quedaba

replanteando los signos

inconmensurable como la nada.

 

Zaida reparte las cartas desgastadas

por la maldita trampa del instante.

La viuda y el juez acomodaban sus teorías

ante el asesino displicente. Clitemnestra,

Orestes y Electra formaban un triángulo

de asedio y de herméticas alucinaciones.

—¿Quién está ahí, detrás de la puerta?

¿Quién ha osado romper el círculo?

Ni la madre enferma ni el padre timorato.

Quizás el hijo sepa de los dedos cruzados

o se apropie de la sabiduría de los ancianos

desdibujados en las calles y en las ánforas de los templos.

 

Maya y César te ofrecen un almuerzo en Las Ruinas,

entresoñando el estreno de Dos viejos pánicos

mientras Olga balbucea un enigma

y el cotarro se ahíta de palabras

en contra, silenciosas y baldías.

Tú superas la historia, la trasciendes

en el lúdico ensamble de Él que vino a salvarme,

insidioso ejercicio de la fiesta,

negando la grandilocuencia y el desdén.

Entre luces ritmadas el afán de la muerte,

junto a Lezama entero, también casi sagrado,

y en el alba de espejos el alba de la vida,

generando victorias y descréditos.

 

No me acuerdo de más, no me acuerdo de menos.

Quiero acariciar tu frente en el féretro

y mi mano se esconde, se castiga, y se pierde.

Estoy esperando tu visita y tu crítica

semejante a sonidos de luceros,

y sé que tal vez nunca volveremos a vernos

o sí fragmentariamente en los sueños,

un libertario esquema de esperanza,

y entre borrones fielmente te alabo,

con la humildad de ser siempre a pedazos,

tu vida abraza el arte y la memoria.

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