Actualizado el 14 de agosto de 2018

Luces de Festival sobre Gibara:

Año 14

Por: . 9|8|2018

GIBARA TIENE ESTATUA DE LA LIBERTAD PORQUE SE LA MERECE (HECHA POR SUSCRIPCIÓN POPULAR), aclara la inscripción cincelada encima del pedestal de la patricia con antorcha alzada que se yergue al centro de la plaza principal. Tomo asiento a la sombra de la mujer de piedra y reparo en que alrededor de ella se condensa la vida espiritual de la Villa Blanca. Aledaños están la Iglesia de San Fulgencio, la Biblioteca, el Museo de Ciencias y el Cine Jibá. Me pregunto si acaso esta comunidad orgullosa de un pasado radiante y venida a menos después, habrá creído también ser digna de que un rayo del destino bajo el nombre de Humberto Solás, el creador de Lucía y El Siglo de las Luces, le devolviera el resplandor cuando a comienzos del nuevo milenio puso ahí la sede del Festival Internacional del Cine Pobre.

Entretengo la mente con estas divagaciones en pleno auge de las actividades de un evento que en este 2018 llega a su 14 edición; y me asalta el desasosiego por la ausencia de Humberto y su camisa blanca como bandera de paz en el pasacalle inaugural junto a la gente de pueblo. Presiento, sin embargo, que su alma permanece suspendida todavía hoy, tutelar, sobre cada rincón y suceso del Festival. Cierta nostalgia me embarga por la pérdida de la designación original, aquella de “Cine Pobre” que si bien atrajo siempre polémica, sería defendida conceptualmente por Solás, en el sentido de promover un cine escaso sólo en sus presupuestos de producción y concebido fuera de la opulenta y globalizada industria cultural, pero rico en valores artísticos y humanísticos.

Me veo obligado, sin embargo, a reconocer que la nueva “era de Pichy” —con Jorge Perugorría en el rol de Presidente de las dos últimas ediciones— tiene bastante, diríamos, de “negación dialéctica”, porque conserva, y hasta potencia, las virtudes de la vieja época. Desde Solás, el de Gibara fue una fiesta con la cinematografía en el eje cardinal, pero acompañada por las otras manifestaciones artísticas. Música, danza, teatro, artes plásticas, nunca le faltaron. Pero en este acápite la cita de 2018 alcanza una dimensión apoteósica.

La cantidad y calidad, el peso en la programación de las intervenciones de las distintas artes, casi eclipsa a las películas y ha provocado comentarios acerca de si no debería redefinírsele como un “Festival de las Artes” más que uno simplemente de Cine. Desfile de figuras de la escena musical de Cuba y el extranjero: Silvio Rodríguez, Fito Páez, Osvaldo Montes, Pancho Céspedes, Polito Ibañez, Kelvis Ochoa, Haydée Milanés, Cimafunk… Aporte de las artes escénicas: Codanza, Teatro Andante, Osvaldo Doimeadiós y su hija Andrea, René de la Cruz y Yunior Díaz…; Representantes de la pintura y la fotografía: Cosme Proenza, Alicia Leal, Diana Balboa, Casey Stoll, Gabriel Guerra Bianchini…

Nada de ello es, sin embargo, desafuero de los organizadores sino decisión calculada. Ya en sus palabras de apertura advirtió el famoso actor de Fresa y chocolate de su compromiso con “darle continuidad a la obra de Humberto” y el “espíritu interactivo” característico del evento. “Este Festival no ocurre en una sala de cine —aclaró—, se vive en cada calle, en cada plaza, en cada casa de Gibara, y los gibareños son  los protagonistas de este gran carnaval de las artes. Ellos crean la magia que lo hace entrañable”. La idea es transparente: el cine —desde su nacimiento, incluso, un arte aglutinador de artes, deudor del arte dramático, la literatura y las artes plásticas— convertido en epicentro para una fiesta de la creatividad artística y del vuelo estético, que logre contagiar y haga crecer culturalmente a una comunidad entera.

Otro hecho sintomático de este sentido de encadenamiento con el evento primigenio es la exposición fotográfica Humberto Solás: Un deseo, un camino, mostrada en el lobby del Jibá —la sala local cuyo rejuvenecimiento es, justamente, una consecuencia del Festival— y la reincorporación de Sergio Benvenuto Solás, su antiguo director, ahora en la función de asesor del Presidente. En otros roles, se rescató la presencia de los otros sobrinos fundadores, Aldo y Luis Carlos, y también de varios miembros de la época pasada. Yo mismo, que desde la segunda edición me desempeñé en el diario del Festival, estoy de vuelta, participando como Jurado de la Prensa.

La nueva denominación de Lucía para los premios a otorgar es un homenaje explícito de Pichy al cineasta que lo dirigió en Miel para Ochún y Barrio Cuba. Además, se han recuperado los paneles teóricos, donde destaca el consagrado a las dos obras magnas de la cinematografía nacional, Lucía y Memorias del Subdesarrollo, dirigidas por Solás y Tomás Gutiérrez Alea respectivamente, por los 50 años desde su filmación.

En contra de los que rebajan el papel ofrecido a la cinematografía en la presente cita, opino que hubo una preocupación especial por valorizar al séptimo arte. Lo cual se advierte en la invitación a celebridades internacionales como el portorriqueño Benicio del Toro y el mexicano Demian Bichir, junto a estrellas nacionales (Mirta Ibarra, Eslinda Nuñez, Coralia Veloz, Tahimí Alvariño, Néstor Jiménez, Bárbaro Marín); y en la atinada selección de los filmes en concurso, que coaliga cintas de low budget al estilo de la española Vivir y otras ficciones con alguna opulenta como Bram Fischer (de Sudáfrica-Países Bajos), además de varias producciones de presupuesto decoroso (Casting de Alemania, El último traje de Argentina-España, Los modernos de Uruguay, Paso a paso de Francia y la cubana Sergio&Serguei); todas las mencionadas, propuestas de excelencia en su concepción artística y sensibilidad ética.

Hasta los inconvenientes en la proyección de las películas, ocasionados por la precariedad de la tecnología de exhibición, y que se visibiliza como el lado flaco del evento, se solventan de prioridad por los organizadores y se hacen los reajustes necesarios en la programación, con el interés de no dejar que decaiga la atención del público hacia la oferta fílmica.

Me levanto y me despido de la efigie con túnica griega; está por comenzar una película, de argumento interesante. Después, me convida asistir a una expo de fotos y una puesta teatral. Pero antes de sumergirme en la sala oscura, respiro profundo y huelo. Huelo aire de costa, el olor de perfume áspero del salitre. Huelo aires de libertad, de esa libertad que nos ofrece el humanismo del arte. Huelo aires de florecimiento, los que la cultura engrandece, pero que también se propician desde la prosperidad económica; esa que en 2018 descubro en Gibara luego de que su reciente conversión en Destino Turístico haya hecho proliferar hoteles (de administración estatal), hostales y casas de alquiler (de gestión privada), así como nuevos restaurantes, cafeterías y servicios varios. Otra vez, presiento, la Villa de los Cangrejos alza con dignidad la antorcha.

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