Actualizado el 7 de agosto de 2018

Ray Fernández:

Mamá ando contento

Por: . 6|8|2018

Imagen cortesía del autor

Imagen cortesía del autor

Lo que se podría llamar “espíritu bohemio”, en Cuba es un animalejo en vías de extinción, para regocijo de esos oficinistas que rondan algunos ministerios,  haciendo la parodia del artista. Uno recorre el país y sobran dedos en una mano para contar los lugares de auténtico desmadre creativo. Me gusta pensar en El Mejunje de Silverio, esas entrañables ruinas de Santa Clara, como un sitio así, sobre todo los jueves, sobre todo por La Trovuntivitis.

En La Habana es El Diablo Tun Tun, de la Casa de la Música de Miramar, el río a dónde irán a beber los animales de espíritu libre, también los jueves. Solo que, si bien el espectáculo de los trovadores del centro del país se hilvana a partir de una comunión de muchas estéticas dispares, el de la capital tiene como amo y señor a un solitario Raimundo Fernández Moya.

No importa que siempre lo acompañe una banda más o menos estable, tampoco interesa que nunca falte alguien dispuesto a ponerse a su lado y largar un par de canciones, ni que el piano-bar sea una alucinante cárcel que no te deja salir una vez adentro, por lo atestada. El tipo es él, Ray, para más señas. El rey del performance semanal que sucede casi sin interrupción, desde hace una década.

No siempre fue así. Antes se las vio difícil para “hacer la noche” tocando a pedido en el Malecón habanero. Allí todavía regresa para mojarse en la cultura más popular, sumergida, y alimentar las pocas canciones que logra sacarse al año. Como veremos, no hace falta más.

Chef graduado, pero malo por desinterés; músico autodidacta, aunque curtido por las madrugadas bebiendo historias y algo más, Ray Fernández representa toda la actitud canalla que alguna vez pensamos muerta en medio de tanta pose “trovadoresca”, tanta hondura excesiva que termina convirtiendo a los cantautores de oficio en peces abisales, ciegos.

Fue gracias a Bladimir Zamora que comenzó a darse a conocer como músico en los espacios disponibles para alguien de su laya: en las páginas de esta misma revista, en las peñas del Patio de la EGREM (Centro Habana), en algún que otro encuentro de trovadores Longina (Villa Clara) y las Romerías de Mayo (Holguín).

Llegarían de a poco el fonograma Entre la piedra y el sueño (AHS, 2007) grabado en vivo como parte del proyecto Verdadero Complot, entonces ubicado en el Centro Hispanoamericano de Cultura; y con la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM) se anotó el CD Paciencia (2009) y el DVD El Conciertoski (2013).

Fotografía Raúl Medina Orama

Fotografía Raúl Medina Orama

Muchas peñas y tres discos después de aquel hit underground que en los primeros años de los 2000 fue “La Yuca”, ahora ya está en el mercado Mamá ando contento (EGREM, 2017), con el cual vuelve por sus fueros el juglar de origen villaclareño, pero afincado en Alamar. Con este trabajo confirma a quienes no merodean por El Diablo Tun Tun —esos lo saben de sobra—, que ha logrado encontrar una voz propia, inconfundible en el panorama de la canción cubana contemporánea, y un estilo que ha definido en más de una ocasión como “trova popular bailable”.

El arte final del CD es cuidadosamente naif. En las imágenes, un sátiro de trazos imperfectos invita a relajarse. Quien ha visto a Ray Fernández en directo sabe que es él quien mira desde la portada del disco. Lo que oímos dentro no tiene desperdicio, aunque sus fieles insisten en que son insuficientes los nueve temas seleccionados para llevarnos la idea de lo que significa para la ciudad ese truhán con guitarra.

Hay para todos. Déjate llevar al baile, o escucha cómo Ray —autor de los temas, excepto el segundo— habla de tus padres, de ti, posiblemente de los hijos que tendrás, desde el primer track: “Mamá ando contento”, un retrato de cualquiera que camine bajo este sol. El autor critica con una naturalidad escandalosa la sociedad cubana y sus excesivos controles sobre el individuo.

Su ironía se desata con un lenguaje sencillo, que no está divorciado de lo poético. Cuando le gusta algo de Baquero, Lezama o Miguel Hernández, los sube al escenario o los estampa en una placa mediante poemas musicalizados. Ya había dejado constancia de su amor por ellos en trabajos anteriores, y ahora es Eugenio Florit el pasto de su hambre de poesía, que no es poca. Con “El ausente” recupera versos de ese escritor emigrado, y lo dedica a Bladimir Zamora, igual que el disco todo.

La trova, el son, el bolero, la ríspida franqueza de los MC de rap: toda herencia cabe dentro de un fonograma o un espectáculo de Ray. En su voluntad de erosionar las buenas conciencias ataca la impostura al uso en “El que fuma, bebe y canta”; así como en “Artistaje”, donde se llama a sí mismo “metáfora hilarante/ sorna, sarcasmo, cinismo/ oxímoron urticante,/ soy un bellaco eufemismo”.

Luego disfraza su voz para la ranchera “Pídelo todo mujer”; y más adelante, con “No quiero verte así”, exhibe una ruda ternura. También incluyó en el fonograma las canciones “Hormigón armado”, “Bolero negro”, y “El corrido del gusano”.

Todo el CD es una broma infinita, incluso en la gracia con la que anotó los créditos de quienes lo acompañaron, algunos de ellos tan notables ejecutantes como Cucurucho Valdés (piano) y William Roblejo (violines); y también los “géneros” musicales que se inventa para sus heterogéneas sonoridades: pseudomazurka, batanga taína, himno fórmico, bolero monocromático, nemátodo corrido…

A Ray Fernández, según las evidencias, no lo desvela figurar en la televisión ni lo estremece una invitación a conocer al mismísimo Mick Jagger. Sí le interesa grabar, y a nosotros que lo haga, porque con su música ha dejado un singularísimo testimonio de nuestra época, una crónica social donde aparecemos desnudos y de cuerpo entero.

La cita de León Felipe transcrita en la contraportada del CD, nos revela un poco la operación del artista: “El clown se escapa de la pista y va a buscar al empresario; el hombre se escapa de la vida y va a encararse con los dioses. Porque hay un momento en que es preciso determinar bien nuestra posición en este mundo […]. Sabemos que los dioses se duermen. Que a veces es necesario despertarles… Y blasfemar si no responden…”

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