Actualizado el 27 de agosto de 2010

El policiaco en la Televisión Cubana

¿Adiós para siempre, preciosidad?

Por: . 7|4|2010

Las pesquisas intelectuales del investigador decimonónico Auguste Dupin tras los asesinatos de la Calle Morgue, articuladas por la febril imaginación del escritor Edgar Allan Poe, soltaron las amarras de un género literario, y posteriormente audiovisual, que desde entonces ha navegado con buen viento en el gusto de generaciones miles, atentas al juego de gato y ratón entre guardianes de la ley y violadores de esta: el Policiaco.

Dicho género se ha mantenido durante casi dos siglos en la preferencia de los grandes públicos, fieles a esta manifestación urbana del sempiterno antagonismo entre Bien y Mal, inicialmente de tintes maniqueos: el detective impoluto, racionalista extremo, hijo del Siglo de las Luces y la Revolución Industrial (Dupin fue el fundador; le continuaron Sherlock Holmes, Hércules Poirot, Miss Marple, Maigret, Philo Vance…), pone en juego sus habilidades científicas para descubrir el proceder de ladrones, estafadores y asesinos.

Ya en etapas posteriores, la maduración del género y su aprehensión por parte de autores de altas miras literarias, relativizó las posiciones de los antagonistas hasta tergiversar totalmente las escalas morales. Así se constata en piezas maestras del estadounidense Dashiell Hammet (La llave de cristal y Cosecha Roja), donde los métodos de trabajo, inmorales e inhumanos, de los calificados como “antihéroes” contrastan con los más o menos coherentes códigos del honor criminal. El género ha llegado a prescindir de los policías, y se ha sumergido en el mundo del hampa, indagando en lógicas, conflictos y modelos de conducta otros. Ahí está la monumental El Padrino de Mario Puzzo, y sus posteriores versiones cinematográficas dirigidas por Francis Ford Coppola, quien homenajeó a todo el cine negro de gángsters, protagonizados inolvidablemente por Edward G. Robinson y el pelirrojo James Cagney.

CHANG LI PO, DAVID, JULITO, PABLO Y TAVO: LOS CINCO JINETES DEL POLICIACO

En Cuba, los primeros pasos del género policiaco en el medio radial comenzaron con la mímesis de producciones USA, con personajes como el detective chino Chang Li Po (el cual arribó al cine con la cinta La serpiente roja, dirigida por Ernesto Caparrós en 1937), creado por Félix B. Caignet en clara alusión a la exitosa serie cinematográfica estadounidense Charlie Chang; y Rafles, el ladrón de las manos de seda, suerte de epígono del elegante caballero ladrón francés Arsenio Lupin. Tales episodios pulsaban resortes de probada efectividad en el policiaco mundial: suspenso, misterio, intriga, traición, acción trepidante, la fèmme fatale, crímenes pasionales, el mayordomo asesino…

Los cambios acaecidos en Cuba a partir de 1959, buscaron crear una nueva imagen mediática de la policía, sus agentes uniformados y de civil, limpiándolos de todo sesgo represivo. Ahora se presentan como pueblo uniformado, paladines virtuosos dedicados a purificar la nueva sociedad de los últimos “rezagos del capitalismo”, personificados por los delincuentes.

La connotación política de este simbólico “hombre nuevo” del orden incidió en las producciones del género post 59. Los aires del realismo socialista hincharon las velas de seriales como Sector 40, donde la delincuencia común se imbricaba con los agentes de la CIA, pululantes entre la ciudadanía revolucionaria, para sabotear las prósperas instituciones morales y físicas del Estado.

Poco a poco, el agente secreto, cual James Bond armado de hoz y martillo, sustituyó al policía que combate día a día contra enemigos internos de objetivos individualistas.

A partir de la frase martiana En silencio ha tenido que ser se agrupa una trilogía de series (bajo la dirección inicial de Jesús Cabrera), sobre agentes encubiertos, encarnados por los actores Sergio Corrieri, René de la Cruz y Miriam Mier, en lucha contra los agentes CIA (reclutados generalmente entre batistianos emigrados, resentidos a muerte con el sistema socialista cubano).

Aparte del nuevo enfoque político-ideológico, el género policiaco no experimentó otros cambios formales y estructurales más complejos en el audiovisual nacional. No obstante, existe en las sagas de David y Julito el Pescador una voluntad artística de presentar a estos agentes secretos como seres humanos, sensibles, capaces de ciertos fallos, afectados por contradicciones internas, donde el cumplimiento del deber pugna con las tentaciones de una calmada vida familiar y social, pero terminan renunciando a la felicidad propia en una suerte de autosacrificio en el altar del bien colectivo.

El público cubano siguió fielmente tales propuestas, defendidas por guiones efectivos, directores de oficio y actores de probado calibre; algunos de cuyos personajes, como el Reinier de Mario Balmaseda, aún los recuerda el público. La construcción de los caracteres protagónicos y secundarios, la concepción episódica de las historias, llenas de sostenido suspenso y tensión, con relativamente buen ritmo narrativo, contribuyeron al éxito de tales producciones. A estas se sumó un tardío En defensa propia, quedando expedito el camino para la venida del antológico Día y noche, dirigido por Abel Ponce, punto de giro del policíaco cotidiano a finales de la década de 1980, centrado nuevamente en la lucha contra lacras internas.

Además de las historias, donde se combinan los siempre atractivos crímenes pasionales (hasta extremos de excelente sordidez, como el capítulo “Una llamada para Lucy”) con delitos más comunes; y la veracidad y sencillez de los procedimientos de investigación y captura expuestos, los personajes base fueron un elemento decisivo en el éxito de la serie. El equipo de los “buenos” estuvo integrado inicialmente por Jorge Villazón, Coralia Veloz, Isabel Santos, Luis Alberto García hijo y Sirio Soto hijo, incorporándose luego César Évora. Estos actores supieron asumir orgánicamente sus personajes, acercándolos al cubano de a pie, dotados de contradicciones y matices suficientes para ganarse el calificativo de humanos.

El Capitán (luego Mayor) Pablo Bermúdez, interpretado por Villazón, marcó indeleblemente la serie. Tipo duro, de esporádicas tendencias despóticas, capaz de errar, tampoco estaba exento de problemas familiares (un hijo con tendencias al descarrío), influyentes en su proceder oficial. El registro histriónico asumido desde la contención, sin dejar de ofrecer variedad de matices latentes, del que hacía gala el actor, salvó más de un guión desabrido. Los delincuentes y demás antagonistas eran estructurados con igual rigor, dotados de suficientes luces y sombras, con motivaciones y procederes lógicos, a veces hasta resultar simpáticos, como en el capítulo post-Villazón titulado “Los ingenuos”.

Palmarés especial del jurado merece el serial Su propia guerra, indiscutible hito del policiaco cubano, protagonizado por el inolvidable Tavo de Alberto Pujols. En estos episodios, recientemente retransmitidos sin perder un ápice de lozanía, los delincuentes llegaron por primera vez a planos protagónicos, nucleados alrededor del agente infiltrado, de origen y maneras igualmente marginales. Se re-actualizó así el concepto del héroe anónimo, tratado más rígidamente en el precursor En silencio…, sujeto que sacrifica la estabilidad familiar ante el deber social, sufre estoicamente rechazos e incomprensiones de sus semejantes, y pone su vida en la picota. Perdurable resulta el climático enterramiento en vida del Tavo hacia el final de la primera parte de la serie.

El mundo marginal fue, posiblemente por única vez, analizado con profundidad casi sociológica en una producción televisiva cubana. Los métodos convencionales del trabajo policial y el ensalzamiento apologético del gendarme fueron subordinados al drama humano del héroe de novela negra: un subgénero que prestó códigos y personajes-tipo, como la prostituta (jinetera) de buen corazón, la fèmme fatale, capos del bajo mundo (El Maceta interpretado por Raúl Pomares, y El Fiera de Rudy Mora padre), y todo el sistema de valores rectores del contexto carcelario cubano, al cual se le dedicó toda una línea argumental, también por única vez en nuestra televisión .

La repentina muerte de Villazón marcó la decadencia del espacio, delatando su dependencia casi extrema del personaje. Sucesivos histriones asumieron el protagónico de Día y Noche, empeñado a mantenerse en la preferencia del público. Reynaldo Cruz, Patricio Wood y Ernesto Tapia vistieron el uniforme y los grados en diferentes temporadas, pero se pecó, generalmente, de caracterizaciones gélidas, excepto en el decoroso caso de Cruz.

Las figuras de los oficiales involucionaron hacia entes sin vida privada y mucha menos vida interior. La exposición aséptica del proceso de búsqueda y captura de criminales, degradados hasta caricaturescos bravucones, demostró la importancia del toque humano. No bastó la exposición de la historia íntima de El hombre de San Leopoldo (donde el pertrechamiento del personaje ante el espejo de su casa poco se diferencia de igual accionar de cualquier súper héroe USA), para compensar las actuaciones inorgánicas y la débil dirección.

Tras infructuosos intentos de resucitar el serial, decapitado, cada vez más desfasado respecto al verdadero contexto social, conducido por guiones torpes donde faltaron a clase hasta el rigor y la lógica investigativa, con soluciones facilitadas por forzados giros dramáticos y dependiendo los éxitos policiales de puros golpes de suerte; este enrumbó hacia su inevitable fin. La superficial concepción e interpretación de personajes positivos (muy blancos) y negativos (muy negros), el esquematismo temático-estético; y la renuencia a asumir riesgos con nuevas formas de hacer, dieron al traste con la propuesta. El público, siempre fiel a sus capítulos no perdió un detalle de su decadencia y caída. Día y noche fue enterrado. Omar y Pablo no llegaron a tiempo para resucitarlo, como al Tavo.

CSI: LA HABANA

En un ámbito favorable, rico en bancos particulares de alquiler de DVDs, carente de producciones locales con las que llenar las 24 horas de los canales Cubavisión y Multivisión, la explosiva irrupción de series policíacas made in USA en la Televisión Cubana de los últimos años, con destaque prioritario para CSI, con sus elencos de Las Vegas, New York y Miami, seguido de Prison break, Nash Bridges, The wire, Boom city, Numbers, Miénteme, Without a trace, Life, K-ville, El perfil del crimen, Bones, Jordan, médico forense, y las que se me olvidaron y vendrán a continuación, marcaron la muerte definitiva del policiaco audiovisual cubano tal como se le concibiera hasta el momento.

Incapaz de emular la impecable factura de estas dinámicas producciones, la verosimilitud de las tramas, el cuidado rigor científico y la construcción compleja de caracteres e historias, a cargo de excelentes actores, directores, y productores de olfato canino como Jerry Bruckheimer; nuestra TV, en un intento no menos que desesperadamente ingenuo, por adaptarse a las nuevas circunstancias, se lanzó a imitar fórmulas, sin reparar cuán lejos de la realidad cotidiana caía la pelota.

El experimento inicial, Tras la huella, resultó una propuesta fría hasta en las gamas de colores empleadas. Absurdamente pseudocientífica, protagonizada por una Blanca Rosa Blanco devenida hibridación cyborg de Dana Scully (X files), Grisson (CSI Las Vegas) y Robocop. Esta propuesta tecnofílica llegó a los extremos miméticos, retrotrayendo el género a las fundacionales épocas radiales, cuando Chang Li Po y Raffles duplicaban exitosos modelos foráneos. La inclusión en sus capítulos de policías verdaderos, forzados a actuar, o más bien a recitar parlamentos (¡más no podían hacer!), entorpeció aún más la fluidez dramática. Los realizadores descuidaron una máxima artística básica: lo más importante en una obra es la verosimilitud, no precisamente la verdad. Del cómo se cuenta y no de qué, depende el 99% del éxito.

Tras un curioso y digno amago de serie con temática judicial a lo Perry Mason y Shark, tan fugaz que su nombre no llegó a pregnar en la mente del público ni en la mía; antes del respiro que significó Patrulla 444, más fresca, o refrescada gracias a la visión de Roly Peña, el policiaco cubano se sumergió en simas más oscuras e insondables con el fallido Forense: una triste experiencia que seguía el rastro de equívocas migas dejado por CSI, Bones, Jordan, médico forense, en donde el investigador científico de olfato holmesco, deviene protagonista.

Aunadora de estelar elenco, encabezado por Alina Rodríguez, Isabel Santos y Patricio Wood —estos dos últimos reincidentes en tales lides—, la serie resbaló en el charco de sangre extendido desde el morboso logotipo de corte gore-pop; y cayó en picada, impulsada por el débil guión y la casi inexistente dirección actoral, devenida festival de fantoches forrados con batas blancas.

La posteriores versiones de Tras la huella han suavizado la robotización de los capítulos iniciales, mirando hacia el pasado más reciente. En la entrega subtitulada Turno de guardia, respiran las rutinas de Día y Noche, sus estereotipos del oficial de agentes encubiertos pautado por Luis Alberto García hijo, ahora caricaturizado por Raúl Lora; de la bisoña oficial de guardia de Isabel Santos, ahora tras las cámaras omniscientes; del jefe duro de Villazón, repartido entre el galán otoñal Roberto Perdomo y el galán invernal Rogelio Blaín, con resultados muy modestos. Si bien un tanto rectificada la senda, la sierpe sigue mordiéndose la cola.

Para que no queden dudas, las mejores épocas de Día y Noche y las dos partes de Su propia guerra son recuperadas desde el pasado, para ocultar el insuficiente número de nuevas producciones del ICRT, inundando las pantallas cubanas de rostros muy queridos, desaparecidos tiempo ha del ámbito artístico. Y han llegado a convivir con las transmisiones de los nuevos seriales. La inevitable comparación que puede hacer el espectador avisado deviene pelea de “león a mono”. Todo tiempo pasado del policiaco cubano sigue siendo mejor. Sólo queda esperar, en el sueño casi eterno…

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