Actualizado el 8 de junio de 2010

Un micrófono no es pasarela ni trozo de palo

Por: . 8|6|2010

Un micrófono no es pasarela ni trozo de paloEn su blog La isla y la espina,el colega santiaguero Reinaldo Cedeño Pineda publicó el excelente comentario Un micrófono no es una pasarela, que una vez más se adentra en los problemas de la locución en Cuba. Resultó interesante la rica polémica suscitada por este texto tanto entre profesionales del giro como en consumidores de la televisión y la radio.

“Tomar un micrófono entraña responsabilidad. No sólo para el locutor, en cualquiera de sus facetas, sino para el hablante: periodista, colaborador, animador de una sección…”

“Cualquiera no puede hablar por radio o televisión. Miles (y hasta millones) de ojos, ven; y los oídos, escuchan. En Cuba, por suerte, hay ejemplos notables de brillantez en el sector. De antes y de ahora… PERO desafortunadamente existe un relajamiento en el acceso y evaluación de los hablantes en nuestra televisión”, señala el autor de un blog donde sistemáticamente publica textos sobe la televisión y la radio.

Y ahí está la síntesis del problema: la responsabilidad de quien accede y de quien permite el acceso a un micrófono, porque Usted puede hablar lo que le venga en gana en su casa, pero no tiene el derecho de hacerlo mal en la televisión y la radio para millones de potenciales receptores del mensaje.

En otra parte de su trabajo Cedeño ejemplifica: “Para saber mañana es una excelente idea para comunicar a los más pequeños las efemérides y los personajes de la historia cubana y universal. Los conductores son niños. Es un esfuerzo loable, pero tal condición no justifica los problemas que hemos visto. Para mi asombro, en fechas recientes, el programa Entre tú y yo, entrevistó a una de las niñas con problemas serios de dicción. Cuesta trabajo entender lo que dice (ella y otros). La pequeña contó, en cambio, cómo fue seleccionada y hasta invitada… ¿Por quién? ¿Sobre qué criterios se basó semejante selección? ¿Dónde están los círculos de interés de televisión que formaron a tanta gente valiosa? Los paternalismos se convierten en un boomerang que acaba afectando al mismo apadrinado, y al resto. Lo más triste es que cada uno de esos espacios tiene un director y un asesor. Y por encima de ellos, un jefe de la redacción…”

Tan triste es ese caso, como los otros en que los niños son plantados ante la cámara a hablar como los adultos y parecen más robots que menores. Si una imagen se debe cuidar en la radio y la televisión es la de los pequeños, mucho más cuando en la calle suele decirse, con cierta razón, que es el parentesco con algún actor, actriz u otro trabajador del ICRT, lo que los ha llevado a usar el micrófono y no un casting riguroso.

Un micrófono no es pasarela ni trozo de paloEn los meses recientes, la gente se ha preguntado de quién es familia Osdalgia, como para tener un programa semanal para sí —Tu música en mí— en el que además de cantar todos los géneros, fue su conductora. Vulgaridad en los gestos, pobreza en el lenguaje, mal decir, pésima pronunciación fueron los rasgos distintivos de la intervención de esta cantante en un área que le es ajena. Aquello era abusivo con los telespectadores; pero también perjudicó a Osdalgia, al haberle permitido que intentara animar ese programa sin tener ninguna condición para trabajo tan delicado. Perdió el público pero, sobre todo, perdió ella, que ha sido juzgada no como cantante sino como lo que no es: una conductora.
¿Es que no se le hicieron pruebas antes? ¿Quién decidió que ese espacio fuera al aire? Si por esta puesta es responsable su realizador Víctor Torres —por cierto, un excelente director de musicales—, también tienen culpa los ejecutivos de esa área en la televisión.
Tan gran dislate hizo que floreciera la nunca acabada polémica acerca de si para acceder a los micrófonos es necesario o no ser locutor. En tal sentido, la periodista avileña Sayli Sosa Barceló escribió: “¿Dónde están los locutores cubanos? Es una pregunta que me hago desde hace algún tiempo y que se ha vuelto recurrente por estos días en que la Televisión Cubana estrenó un espacio en las noches del domingo, cuya presentadora es la cantante Osdalgia (…) En Cuba, para llegar a ser locutor es imprescindible cumplir requisitos, como tener una voz radiofónica, es decir, agradable al oído; buena dicción, articulación y entonación; alto nivel cultural, carisma y, por supuesto, estar habilitado en los diferentes cursos que se imparten”.

Más adelante, Sayli dice: “Incomoda, en la mayoría de las ocasiones, ver cómo los protagonistas de audiovisuales populares o cantantes del momento, en funciones de conductores y animadores, aspiran la s, esdrujulizan, presentan dislalias y pseudodislalias culturales, atropellan palabras, rompen grupos fónicos o cometen errores graves de entonación, sin que, al parecer, alguien haga algo”. Y luego apunta: “Al parecer, para expresar frescura, desenfado y aires juveniles, en un programa de televisión es indispensable que sus conductores sean muchachas y muchachos que, aún a riesgo de redundar, articulan mal, conocen muy poco del tema abordado, pierden el hilo de la improvisación o dicen palabras que no recoge la lengua castellana, aunque sí memoricen fácilmente un guión (no siempre de calidad), gesticulen en exceso y asuman poses ficticias. Recordemos que quienes ocupan estos roles constituyen patrones para los públicos, no solo en el aspecto estético (por el cómo se visten o se peinan), sino también por la utilización del lenguaje y los códigos de la comunicación no verbal.”

Luego de ejemplificar varios programas que son conducidos por cantantes o actores, Sayli se pregunta: “¿Acaso los locutores que hoy se habilitan en los cursos organizados por el ICRT no son capaces de animar, conducir o presentar un programa cualquiera? ¿Acaso para interpretar y comunicar un guión sobre un tema ‘especializado’ es imprescindible ser ‘especialista’ en la materia? ¿Acaso es más importante la imagen que el contenido? ¿Acaso están cambiando los modelos de televisión en Cuba?”.

Precisamente, motivada por esta polémica entrevisté a Rosalía Arnáez, fundadora de la Cátedra de Locución y quien ha formado parte activa de ella durante veinticinco años. Le comento que sobran ejemplos de programas conducidos por artistas o escritores que han sido muy buenos sin ellos ser locutores, otros son, o han sido, un desastre. ¿Qué propondrías para evitar esos desgraciados espacios donde se asesina al idioma? —le pregunto— ¿A quién se le puede entregar un micrófono?

Un micrófono no es pasarela ni trozo de paloLa respuesta de la también Presidenta de la Asociación de Medios Audiovisuales y Radio de la UNEAC, fue tajante: “¿Qué propongo? Buena pregunta… Es la que deberían hacerse todos los que tienen poder de decisión. ¡Enorme responsabilidad! Le entregaría el micrófono a quienes decida un consejo artístico, un grupo de expertos, que incluya no solamente a locutores de experiencia, sino a lingüistas, directores, psicólogos, especialistas de imagen en el caso de la televisión. De hecho, hay espacios que uno no podría imaginar con un locutor, por ejemplo, el Vale la Pena de Calviño, La séptima puerta de Pérez Betancourt, y otros. Sin embargo, animar es estimular al público, propiciar una tarde o noche agradable, y para eso no se puede estar en el papel de ser agradable, hay que serlo sin que el espectador sienta que estamos tratando de manipularlo, y eso sólo unos pocos lo han logrado; y llegaron por el camino de la actuación o el periodismo o la música… En mi opinión, con los señalamientos que podamos hacerles, los mejores ayer fueron Consuelo, Pinelli, Cepero. Recientemente, Amaury, Alfredo, Zenaida Romeu, Dayani… Ellos evidencian que los músicos sí pueden desempeñarse con éxito en este tipo de rol, solamente hay que escogerlos bien… Triste papel el de cantantes o músicos que deterioran su imagen asumiendo un desempeño para el que no están listos. En los últimos años se puso de moda esa práctica para llamar la atención del público, y se perdieron los buenos programas musicales o de variedades de larga vida, que favorecían la permanencia de nuestros profesionales en la locución y la animación. Se perdieron las figuras, y las que lograron siempre espacios en horarios estelares y fueron mimados por el público por su simpatía, se marcharon del país a trabajar y vivir allende los mares… ¿¿Entonces?? Es responsabilidad de la televisión la búsqueda y permanencia de comunicadores/animadores/locutores, que ‘enganchen’ al público como siempre ha sido… Es responsabilidad de los directivos de la radio conseguir la identidad de las emisoras y programas con las voces y personalidades que logren el sello distintivo al que aspiramos.”

Director general, guionista y conductor de ese buen espacio Con 2 que se quieran, Amaury Pérez Vidal, amable y provocador, accedió a responderme esta pregunta: “¿Te has puesto a pensar si en el arte de dominar la locución influyen factores genéticos? ¿Sería tu caso uno de ellos?”. “No creo que mi fascinación por la conducción de programas sea hereditaria —contestó Vidal—. Comparar lo que yo hago con lo que hizo mi madre es imposible, cuando no absurdo. Asumo con humildad el lugar que ocupo en el escalafón genético: ella era una gema, y yo un simple aprendiz de joyero.”

Luego le dije: “Hasta donde conozco has estudiado música, pero no te has adentrado en cursos lingüísticos o en especifico de locución; sin embargo, parece que siempre has estado preguntando detrás de un micrófono. ¿Cómo has llegado a ese dominio? ¿Cuánto te preparas para una entrevista?”. Su respuesta no se hizo esperar: “No estudié música y sin embargo escribo canciones; no he frecuentado talleres literarios pero he escrito y publicado dos novelas y un libro de cuentos; tampoco he asistido a cursos de locución y ya ves…, he incursionado como conductor en la radio y la TV con cierto éxito. Rebasé con dificultad el noveno grado, soy malo para las ciencias, pero he sido osado, curioso, atrevido, leo a lo bestia, escucho música a toda hora y de todo tipo, veo mucho cine y televisión, lo pregunto todo, sé escuchar. Tuve en casa a la mejor maestra y la observaba compulsivo y a veces obsesionado. Aprendí mucho de ella, nací con un micrófono en el corazón, los estudios de TV y las cámaras son tan naturales para mí como beber agua fresca. La televisión me hipnotiza hasta límites insospechados.

“Me preparo para las entrevistas como si en ello me fuera la vida. Las diseño con cuidado y delicadeza, luego las estudio, las comparo unas con otras; pero no me las aprendo de memoria, porque el arte de entrevistar tiene mucho de espontaneidad si estás atento. Una respuesta inteligente y no presentida puede alterarlo todo, generando preguntas nuevas, no previstas de antemano, a veces hasta mejores que las que tenías. En una buena entrevista el entrevistado es el protagonista, y el entrevistador es un provocador que debe ocupar siempre un escaño inferior de cara al televidente y al propio sujeto a entrevistar.”

Por último, le pregunté: “¿Cómo decides cuál pregunta hacer? ¿Qué te pone el límite a la hora de insistir en conseguir una respuesta?”. “Me dejo llevar por mi instinto —aseguró Vidal—, poniéndome en el lugar del televidente, porque soy uno más. Mi límite a la hora de insistir en conseguir una respuesta está en no hacer sentir demasiado incómodo a mi invitado, mucho más en un programa con las características de Con 2 que se quieran. No siempre entrevisto a amigos… Ni el cineasta italiano Giuseppe Tornatore, ni la escritora surafricana Nadine Gordimer lo son; pero amo sus obras, admiro sus carreras y eso es suficiente. Con los intelectuales y artistas del patio hay también diversos grados de amistad; pero existe, al menos, una cálida relación entre nosotros y, por supuesto, de mí para ellos, admiración y cariño.”

Doy fin a esta suerte de rosario de opiniones sobre la locución. No creo que resulte imprescindible ser locutor para acceder bien a un micrófono, pero los que lo logran son las excepciones, no la regla. Claro que entre locutores y locutoras, con cursos de capacitación y todo, se pueden encontrar personas con falta de carisma, sin un alto nivel cultural, y que pueden resultar buenos leyendo un texto, pero fatales a la hora de improvisar. De ahí que vuelvo a caer en el principio de este texto: Se necesita mucha responsabilidad por parte de quien decide, e incluso de quien acepta, porque luego el que sufre las consecuencias es el público. Si un micrófono no es una pasarela, tampoco es un trozo de palo para pararse a leer bien, pero en forma seca, el mejor de los textos escritos.

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