Actualizado el 8 de mayo de 2011

Ángeles y demonios del terror contemporáneo

Por: . 12|7|2010

Cloverfield (Matt Reeves, 2007)Expresión replicante de una época signada por la atracción hacia el exceso en sus implicaciones artísticas, políticas, bélicas, criminales, mediáticas, publicitarias, patológicas, consumistas, antiecológicas, la narrativa fílmica contemporánea de terror no ha sabido aprovechar del todo tan inédito abono dramático. Y cuando lo ha hecho, sólo ha sido, salvo excepciones, para tomar nota desde una mera óptica oportunista, de tufo conservador y hollywoodino; apenas marco escarlata, no pintura a fondo del escenario actual de mafias, disturbios sociales, inseguridad, crimen creciente, laceraciones a las personas, sangre…

Decantado hacia el reciclaje, el patchwork de temas, asuntos, conceptos, el terror posmoderno no acusa rupturas frontales con la tradición, al fundir su argamasa morfológica en los modelos de representación o tropos cardinales del género. Esas nuevas películas regurgitan harto mal a sus precedentes, tanto en su ausencia de ambiciones, el nihilista radio de antena de sus preocupaciones o la atroz falta de ideas, como en la indiscriminada acumulación de referencias, la no dosificación de los golpes de efecto, estética ultravideoclipesca, fárrago de planos cortos en espacio y duración, abuso del código del ralenti, angulaciones extremas, tomas de picados y cenitales en clonación ad infinitum, pirotecnia de videojuego, transiciones altisonantes, soundtracks presagiantes, flash backs confusos de textura granulada y ausencia casi total de caracterización de los personajes (las verdaderas estrellas de los filmes son las torturas, trepanaciones, desmembraciones).

La pantalla de miedo del siglo XXI fue presa de un calentamiento global precoz. Anunciado, eso sí. Basta mapear no más los noventa del siglo ido para confirmarlo. A la fecha solo quedan islotes; esta roca sólida, levantisca o curiosa surgida en tal punto; aquel nombre otrora de luxe ahora reciclado en algo más menos parecido a cuánto siempre hizo; algún forastero de San Hollywood que asoma rasgos de estilo (puede ser francés, alemán, japonés, coreano, español) y luego es subsumido/neutralizado por la Meca tan raudo como Megan Fox desbarata anatomías con su boca salaz en Diabólica tentación. Se extrañan autores, corrientes, vibraciones, signos de vida; se aborrece este marasmo, la lancinante sensación de déjà vu.

Sí, a los filofantaterroríficos no nos queda más remedio que asentir que han pasado muchas águilas por el mar desde los tiempos cuando el género proyectaba energía; y no hablo de la protohistoria de la Universal ni la posterior Hammer, sino de muchísimo más acá, de los días aquellos donde del británico tórax de John Hurt emergía, tan feo como luminoso, el Alien fundacional de Ridley Scott (1979); o cuando el viejo Jack hacía sus mejores muecas de arrebatado al deambular por el hotel de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980); de las gozadas de Peter Jackson en Nueva Zelandia, las sagas de Sam Raimi o de George A. Romero, los aportes de Carpenter

Es cierto que ahí, siglo en marcha, habitan movimientos, tendencias y sellos. O películas o realizadores destacables por una u otra razón. En el primer caso, no puede olvidarse algún brillo de la cola trasera del J-Terror u Horror Oriental, como tampoco los repetidos pero cualitativamente intermitentes esfuerzos de la productora catalana Filmax; el sello Ghost House Pictures de Sam Raimi, u otros. Y en el segundo, propuestas o nombres a la manera de Los otros (Alejandro Amenábar, 2001), La aldea (excepcional e incomprendidísimo terror psicológico de M. Nigth Shyamalan), El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007), el británico Neil Marshall (El descenso, Dog Soldiers) o sus coterráneos Hermanos Hughes (Desde el infierno) y Brad Anderson (Sección 9); el surcoreano Bong Joon-ho (El huésped y Phone), el australiano Gregg Malean (El territorio de la bestia), la canadiense Antonia Bird (Voraz), los argentino-mexicanos Pablo Siciliano y Eugenio Lasserre (El bosque), el norteamericano Victor Salva (Jeeper Creepers); los españoles Álex y David Pastor (Infectados), Jaume Balagueró y Paco Plaza (el díptico REC), Juan Carlos Fresnadillo (Exterminio); o el hindú Tarsem Singh (La celda). Obras/nombres indicativos de las potencialidades expresivas de un género reacio a marchitarse del todo; pero, como apuntaba antes, constituyen hechos, individualidades aisladas, huellas asistemáticas, sombras efímeras, cimbronazos de ocasión.

Arrástrame al infierno (Sam Raimi, 2009)El corpus del género sufre de una depresión tan grande como la atravesada por la economía mundial; y ¡curiosidad!, por primera vez en su historia el terror no ha sabido rentabilizar sus dilectas oportunidades de crisis mundiales para levantar escalofriantes epopeyas parabólicas. Antes bien, se deja llevar por la corriente, fabricando en serie para público tan poco exigente como el omnipotente mercado adolescente, los relatos con el peso de las palomitas de maíz consumidas en la sala oscura. Películas que no originan escenarios, ni ideas, ni recursos, que trabajan sobre lo establecido; sólo que, eso sí, incorporando en dosis cada vez menos veladas rasgos doctrinarios y excluyentes.

Olvidémonos de los viejos mensajes pro de George A. Romero sobre guerras, desconfianza o consumismo desenfrenado, lacerantes de la civilización occidental. Ya sabíamos con J. Hoberman y Jonathan Rosembaun que “todo zombie es político”, pero hoy día los mensajes no van de eso.

La densidad de significados del discurso de la década corriente, lejos de lecturas críticas, apunta a que el género anda a paso estrecho junto a la ideología neoconservadora. Su decalogía fundamentalista de angelización moral insiste sobre todo en el alerta, la reconvención, el llamado al “no hagas eso”. El cine de terror adolescente del momento, o porno-tortura religiosa, parece hecho a tres manos entre un padre victoriano, algún predicador de la secta Moon y un clon de Karl Rove. La tendencia setento-ochentera del género, la del castigo a la promiscuidad sexual, se acentúa a grado sumo en la retahíla de novísimas versiones de los filmes dirigidos en aquella etapa por nombres icónicos tipo William Friedkin, Wes Craven, John Carpenter o Sean S. Cunnigham, entre otros. Las revisitaciones de La masacre de Texas, El exorcista, La profecía, La última casa a la izquierda, Viernes 13, Halloween… participan en su mayoría del espíritu punitivo contra el diferente o las relaciones carnales, el alcohol, el ocio, e incluso la desorganización de la agenda en aquellos personajes a los que no se perdona demasiado tiempo fuera de la oficina o el hogar.

Hostel (Eli Roth, 2006)Codificado como pocos, el género adopta en su variante de “jóvenes perseguidos por asesinos, descuartizadores, fenómenos, mutantes” las pautas normativas más estrictas. Aquí todo opera con arreglo a similar esquema. Un ejemplo que habla por todos: Viernes 13, de Marcus Nispel, 2009). Este realizador especialista en matanzas juveniles y remakes, ya en su versión de La masacre de Texas (2003) echaba también en fauces malévolas a niñas hormonales y de buen look. Jovencitas abiertas en canal cuya carne rellenará el sopón de una tribu de fenómenos no es de lo que carece el terror adolescente. En La masacre… el Mal fílmico viene representado por una familia disfuncional, conformada por tarados, engendros y otras perlas más bellas que los Freaks del Tod Browning homónimo de 1932.

Para los personajes deformes del subgénero (que no se enfocan en ningún caso desde el prisma del comentario social de marginados del stablishment o cosa así, sino todo lo contrario: se les asimila al concepto de amenazas) no existe claro reconocimiento de la entidad binaria Bien-Mal, tan solo responden a un rencor congénito, sin contrapartida moral para ellos y donde no se identifican signos de luz, bondad o religión. Ergo, y según el entendido anterior, actúan por efecto de redargución contra esos muchachitos lozanos, vitaminados y sin preocupación alguna en su vida que no sea pertrecharse de un paquete de condones.

Hablando en cristiano: son tan enemigos para Hollywood como los árabes que persigue el agente CIA Leonardo Di Caprio por el Medio Oriente en Red de mentiras. Expresión siniestra del looser, los inadaptados o sujetos fuera de la órbita del sistema, también son los representados, verbigracia, por los mutantes boscosos de Virginia (Kilómetro 666, Rob Schmidt, 2003), o los fenómenos desérticos del remake hecho por el joven director francés Alexander Aja de Las colinas tienen ojos (2006).

Viernes 13 (Marcus Nispel, 2009)El desconocimiento/aprehensión, el desprecio/ignorancia del ciudadano medio norteamericano por la otra parte de los terrícolas, mala cosecha de la ideología imperial, queda evidente en Hostel, ese gran éxito mundial de público en 2006. Aunque el Ministerio de Turismo checo echó pestes por la galería snuffmovista en territorio bohemio de su relato sobre adolescentes picoteados en vivo para deleite de ricos, Eli Roth repitió la dosis en 2007 e inauguró la nueva moda subgenérica del “turiterror”, bien en sincronía con la apoteosis de una época marcada por el clima de odio a lo externo y las alteridades, hiperbolizado tras el cisma del 11 de Septiembre. Hostel da aceite y mantequilla al subgénero de terror con “incauto de vacaciones en el exterior”, exagerador del miedo a lo desconocido y la desconfianza entre los seres humanos. Luego del sonado éxito comercial cayeron varias “gemas” replicadoras del eco, encasillables dentro de disímiles subvariantes: Turistas (John Stockwell, 2007), o Las ruinas (CarterSmith, 2008): aquí una ávida de sangre vegetación mexicana funciona como metonimia del cariz xenófobo de tales exponentes.

Este cine no puede ocultar su ralea exploitation, su visceral naturaleza de producto de consumo, prenda de usar y tirar al servicio de la emoción primaria y la morbosidad. Sobadas, exprimidas, las fórmulas argumentales dan vueltas sobre un mismo círculo sin posibilidad de salida, habida cuenta la estandarización extrema de un dispositivo que, a ciencia cierta, tampoco cuenta con mucho terreno virgen donde reconcebirse, al menos desde planteos ortodoxos o aceptables para la industria. De cierto, existe tanta abulia neuronal que uno abandona los visionajes con más tortura en los ojos que la de Betsabé en el cuadro de Rembrandt, y tendiendo a preguntarse si sus hacedores de cajón serán capaces en determinado momento de zafarse, por ejemplo, de los clisés del personaje que entra en escena de forma inopinada, la puerta que cruje, la sombra pasajera, los constantes y saturadores efectos sonoros, el pedazo de carne desgarrado… En fin, los recursos arquetípicos ya agotados a la fecha.

Mucho del terror actual se cuece en una caldera cuyos olores se olvidan en medio soplo, en tanto sobran los bodrios, con escasa cabida para las buenas recetas de los clásicos en las metodologías al uso. Pese a lo mucho que Spielberg les regalara a los jóvenes directores como enseñanza que si mostraba más de unos segundos al escualo gigante de Tiburón sangriento “menos parecía una fuerza de la naturaleza y más un trozo de plástico”, el estilo contemporáneo dentro del cine estadounidense pasa por la descarnada explicitez gráfica. Y la sugerencia a la hostia. Por esta cuerda se mueve el trabajo de Rick Rosenthal, Marcus Adams, Rob Zombie, Zack Znyder, Jamie Blanks, el Jaume Collet-Serra del remake de Museo de Cera (no así el de la superior La huérfana, 2009)…

Quienes sí hallaron en el arte del sobrevuelo, en el terreno de lo inductivo y el subtexto, bazas comunicantes, fueron los japoneses y algunos vecinos, a través del J-Terror. La comelotodo industria estadounidense trasladó a su ABC casero unas cuantas de estas producciones, prestando mucho más interés en lo narrativo que en lo visual, contrariamente al blasón distintivo de los practicantes del Pacífico. Las versiones gringas, salvo dos o tres excepciones, hacen palidecer aun más a los lívidos fantasmas larguipelinegros de las cintas niponas, coreanas, hongkonesas y tailandesas. El ángulo ontológico de la soledad, la pobreza existencial, las cuitas y el proceso de muda cerebral del ciudadano actual desconectado de sus mismas esencias; así como el aura melancólica, los misterios y silencios, el tempo, los tonos, las sorprendentes vueltas de tuerca, observadas en las obras del género realizadas en el este por gente como Hideo Nakata (Ringu, de 1998); los hermanos Pang, Takashi Shimizu, Kiyoshi Kurosawa (Crímenes oscuros, de 2006), Takashi Miike, Norio Tsuruta, Byeong-ki Ahn, Banjong Pisanthanakun y Parkpoom Wongpoom, muta por lo general en ramplona estridencia al verterse en Hollywoodlandia. Las readaptaciones mainstream de El ojo o Una llamada perdida, no importa los refrescadores de pantalla a lo Jessica Alba o quien sea, representan ejemplos perfectos del adocenamiento narrativo en el cual incurrió la corriente versionística usamericana del terror amarillo.

Infectados (Alex y David Pastor, 2009)Es que por sacarle las tiras al último centavo potencial, aquí se llega a hacer de todo; y dentro de ese todo siguen cabiendo las “de casas embrujadas”, “niños malévolos”, “profecías pseudo religiosas”, o las igual de añejísimas pero a estas alturas intragables monsters mash (películas que reúnen a monstruos). Tal cine carroñero se alimenta de despropósitos como Alien contra Predator o Freddy contra Jason y naderías parecidas. También entra en el saco la prolongación, al infinito y más allá, de sagas como Saw.

Aunque no todo está perdido en el género, y a veces asoman la cabeza modestas pero interesantes obras, a la guisa de las estupendas Escalofrío (Bill Paxton, 2001), May (Lucky McKee, 2002) o Arrástrame al infierno (Sam Raimi, 2009), sumergidas lamentablemente en el mare magnum de sangre y mutilaciones extremas provocadas por machetes, garfios, cuchillos y las triunfantes sierras de la era Saw. Epifanía, o mejor: orgásmica masturbatoria de la crudeza sádica. Culmen de la explicitación de la crueldad, sin la poética de la ausencia, de la sugestión como vía para crear miedo, o las elipsis del terror clásico, sino justo al revés, cual resorte para búsqueda de goce del verdugo- voyeur-sadomasoquista ante el sufrimiento ajeno. El espectador asiste al escópico reallity show del snuff movies flagelario.

Verdad que es de mentiritas, que se trata de una puesta en escena, claro, y no estamos viendo Toy Story sino terror, con todo su imaginario secular de horrores ya asentado. Más, a la larga, entre el disfrute del crimen en vivo y el del montaje pende, en el plano espiritual, tan solo una delgada línea de separación. Que no para mientes en ningún caso, sea anatomía o celuloide, sobre cuánto implica en términos de involución de la especie el bajar el pulgar a los victimarios de estos circos de tortura, muerte y humillación del ser humano.

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