Actualizado el 6 de septiembre de 2010

Kick-Ass, superfreaks, forever

Por: . 2|8|2010

V de VendettaCuando el Capitán América y la Mujer Maravilla “expandían los ideales patrióticos” en la II Guerra Mundial o mucho más acá, en tiempos en que el Spider-Man de Sam Raimi, encaramado a un mástil con la bandera estadounidense, satisficiera a lo Superman e Iron Man las megalomanías del país del Destino Manifiesto, era difícilmente previsibible el parto fílmico de V de Vendetta (James Mc Teigue, 2005). Bestia mestiza que cargó en su vientre los fetos de la reflexión con causa y el espectáculo tronante; anomalía cuestionadora de los modos de representación consolidados acerca del héroe, cuya visión incluso me hizo pensar ya en su momento alrededor de la apertura hacia nuevos sentidos u órdenes de significación en el paisaje ideico ulterior del subgénero de comic-books y novelas gráficas adaptados a la pantalla.

El filme implosiona la doxa e incumple con las preceptivas, más que nada distractoras, de las adaptaciones fílmicas hasta entonces realizadas, los -Men y -Man cuño Marvel y DC (algunos de ellos, verdaderos ejercicios de clonación paleográfica sobre los cuales este autor se detuviera en anterior artículo: “Superhéroes superventas”, El Caimán Barbudo 320). Lectura alternativa y contraoficial al decálogo de embuste, miedo y terror de los centros de poder político-ideológico-culturales, escrito con tinta de muerte tras el 11-S, es esta una de las obras cinematográficas estrenadas durante la década que con más claridad y posición de juicio interpreta el discurso de exclusión e intolerancia general vertebrado y hecho práctica desde la voladura de las Gemelas hasta la ley de inmigración de Arizona. Mc Teigue y los guionistas/productores hermanos Wachowsky reacomodan el sustrato antithatcheriano de la pieza gráfica original del legendario Alan Moore y David Lloyd para Warrior al zeitgeist de la época de las alertas naranjas, el Acta Patriótica, los videos a discreción de Bin Laden y los discursos del jefe del imperio en West Point sobre la puesta en movimiento del belicismo preventivo y la guerra contra el “terror”, los “ejes malignos” y todo lo sabido.

BatmanEn el minuto 71 de V de Vendetta, un picado con vocación cenital ausculta la celda, mecanismo anulador al servicio del Mal, donde el gobierno fascista de una Inglaterra futura, representación de Occidente, tiene recluida a Evey (Natalie Portman), el personaje central femenino. En ángulo bien parecido, a la altura de la hora y treinta, la cámara toma en la suya al prisionero Hartigan (Bruce Willis), uno de los redentores de Sin City (Frank Miller, Robert Rodríguez, Quentin Tarantino como director invitado, 2005), otro de los dispositivos de traslación comic-cine más singulares del período. A diferencia del opus de Mc Teigue, alejada su adaptación de las viñetas de Moore, o de la libertad suscrita por Sam Mendes en Camino a la perdición (2002) —a partir de la pieza de Max Allan Collins ilustrada por Richard Piers Rayners— u otros directores, aquí sí existe un trasvase prácticamente literal del trazo, desarrollo y espíritu de la novela gráfica de Miller. No obstante, su rasgo expresivo de mayor atención no estriba tanto en el rango de pureza de esa, por franjas del metraje cargante, fidelidad —la cual por cierto no escatima en reproducir, e incluso acentuar, de forma descarnada la violencia respirable en la fuente original—, como en su voluntad recuperadora de imaginario/estética (tono, atmósferas, encuadres, la rispidez de esos personajes/arquetipos de aura trágica retratados, y el sentido del movimiento —las persecuciones de autos) del cine gangsteril y el noir filmado entre los 30 y los 50, amén del obvio referente literario de los próceres de la novela negra (de notable influencia tanto en el celuloide como en el procinematográfico arte secuencial de Miller). Más allá de las redundancias y fallos del constante monólogo interior de sus personajes centrales, así como el inorgánico empalme entre las distintas historias y el resentimiento de la continuidad del relato debido a la brusquedad de ciertas transiciones, Sin City es una película generosa en afectos no solo para el espectador incondicional, o el potencial, del comic, sino para todo quien bendiga el derecho de la pantalla a poner las estrategias del cine de género al medro de un arte donde se respire libertad: cargada, para más aliciente, de electricidad motora y dueña de un poderoso magnetismo visual en esas imágenes en blanco y negro donde habita una espléndida fauna de perdedores de maloliente prontuario, putas armadas y fenómenos de toda laya.

Año próvido el 2005 en buenas versiones de historietas al celuloide, el británico Christopher Nolan se aparece también con su Batman Begins, para poner en forma nuevamente al hombre murciélago luego de los estropicios de Schumacher, restituyéndole su complejidad emocional, la cual analiza en el decurso del surgimiento y avance de su catálogo de traumas, y colocándolo más en la línea de la criatura reconstituida por Miller durante fines de los ´80. Se trata de otra pieza emisora de señales entendibles en el contexto posterior al 11-S (símbolos caídos, amenazas, sectas…), antecesora directa de la superior Batman, el caballero de la noche, estrenada tres años después por el mismo realizador y en la que Nolan extiende paralelismos entre la Ciudad Gótica y el complejo escenario universal de hoy día. Otro caso de superproducción mainstream con numen, algo que solo sale una o dos veces por década; y de interrelaciones de todo género con el caos, la confusión, las prácticas destructoras del contrato social y el escepticismo reinantes en el planeta. A la obra del director de Memento habrá que hallarle sitio entre las grandes adaptaciones industriales de comics realizadas en la década, junto a X-Men 2 (Bryan Singer, 2003) y Hulk (Ang Lee, 2003).

kick-AssIncapaz de compartir el extendido entusiasmo crítico ante Watchmen (2009), dirigida por Zack Snyder —también creador de ese volante de guerra del Pentágono llamado 300, 2006, a partir de la historieta de Frank Miller—, quien escribe entrevió a la versión fílmica de la rica deconstrucción del mito del superhéroe formulada por la obra gráfica de Alan Moore y Dave Gibbons como causa prudente para otorgarle la razón al célebre historietista inglés cuando dijo que su comic-book era infilmable. En una de las apreciaciones en sintonía con mi parecer, un sitio especializado que concita respeto apuntó que “pese al majestuoso despliegue de efectos y la innegable esteticidad de sus planos, resulta fría, ampulosa y mortalmente aburrida. (…) verla es como volver a escuchar una historia que ya conoces, contada en tono monocorde, y sin omitir un solo detalle. (…) Si en 300 la pasión de Snyder por el estatismo aún podía tener alguna justificación estética- por aquello de regodearse en la belleza espartana- en Watchmen ahoga cualquier conato de emoción”. 1

Todo lo que le falta en carnadura dramática lo suma en patrioterismo barato y deslavazamiento argumental el Spider-Man 3 (Sam Raimi, 2007). Pero aunque la algún día atractiva Araña ya ni pica ni convence, lo difícil era no convencer a los ejecutivos de Hollywood para que no mordieran el tentador anzuelo de futuras versiones, por el éxito comercial de esta y otras franquicias del subgénero. Dinero manda y sistema obliga, de modo que la cuarta entrega se incluye dentro del maremoto de nuevas adaptaciones de comics por estrenarse entre los próximos dos a seis años.2

Naufragan en lo artístico igual, aunque con muchísimo mayor estrépito, la inenarrablemente cansina Superman returns (Bryan Singer, 2006); esas cinco burlas tituladas: La liga de los hombres extraordinarios (con la cual Stephen Norrington casi infartara a Alan Moore en 2003), Catwoman (Pitof, 2004), Blade: Trinity (David S. Goyer, 2004), Los Cuatro Fantásticos y Silver Surfer (Tim Story, 2007) o Marmaduke (Tom Dey, 2010);también, The Incredible Hulk (Louis Leterrier, 2008) —como bien señala el crítico español Jordi Costa, es la primera vez que una secuela se diseña de principio a fin como refutación del comienzo de la saga—; el culmen del narcisismo non sense The Spirit (Frank Miller, 2008); la agotada Hellboy, el ejército dorado (Guillermo del Toro, 2008), el spin-off X-Men Origins: Wolverine (Gavin Hood, 2009) y la palomitera The Losers (Sylvain White, 2010).

Sin CityPara 2008, Peter Berg se pasa por las axilas el canon y la ortodoxia en el diseño tradicional del superhéroe fílmico, al sacarnos en su Hancock —sin referente directo en la galaxia de las viñetas— a uno tan singular en sus métodos como en la pigmentación oscura de su piel, a la guisa de Obama. Y, a la usanza del nieto de kenyano que pujaba por la Casa Blanca, tan en apariencias a contracorriente del modelo de líder imperial, el nuevo prodigio de Hollywood presumiblemente no observa la línea de todos los -Man predecesores. Pero a la larga entra en caja, tomado de la mano del personaje del asesor (los Karl Rove desfacedores de entuertos de siempre, más allá del partido que fuere), quien lo lleva por el camino de sus hermanitos. Si no estuviera tan mal cosida y llena de trompicones en su concepción dramatúrgica (buenos o regulares directores como Michael Mann, Jonathan Mostow o Gabrielle Muccino se mandaron a correr cuando leyeron el guión), se hubiese valorado más como parte de un todo su advertencia política en torno a las mutaciones de los presidenciables de ensueño al tomar el cetro, pese a la ambigüedad de sus códigos. Si bien solo se queda en laxa sombra de jab naufragada entre la parodia del subgénero de superhéroes y fintazos dramáticos sin blanco estratégico. Así y todo, este bicho raro de Hancock contribuyó a bocetear un camino, con cierta tendencia a perfilarse en lo adelante, en la revisión/reinvención del superhéroe.

Los cerca de 600 millones agenciados solo en cines por Iron Man (Jon Favreau, 2008) respaldaron la recién estrenada segunda expedición al mundo del rimbombante y mediático dios privado de la guerra, Tony Stark (Robert Downey Jr.), en Iron Man 2 (Jon Favreau, 2010). El costado más peligroso de ambos filmes radica en la manera extraordinariamente frívola, chic, como cosa de juego infantil, con que encaran la terminología y el proceder castrense, el engranaje siniestro del complejo militar industrial, y el hecho bélico de forma general. Como recordará el lector, ya desde la primera parte de Iron Man, “los soldados estadounidenses no matan a una sola persona en toda la película, algunos de ellos mueren a manos de los terroristas, cuando estos secuestran a Stark, son reflejados como víctimas no de una justa resistencia a la ocupación militar, sino de una violencia irracional. Los militares son mostrados como abnegados, valientes y nobles, mientras que los afganos solo tienen dos opciones claras: ser agresivos terroristas o ser parte del rebaño de sus víctimas, en cualquiera de los dos casos que elijan, la solución a su problema es la ocupación militar, respaldada por el patrullaje de Iron Man”.3

WatchmenSi para olvidar es la secuela del hombre del hierro; en cambio, el 2010 deparó una agradable sorpresa con Kick Ass, una descacharrante película que sacó de quicio a la bienpensante crítica estadounidense de la vieja guardia. Su espíritu lúdico, el desenfado y la singular modulación de la pavlovizada forma de asumir el subgénero y de inyectarle las vibraciones, violencia y cargas de ironía/cinismo de la era Tarantino-Solondz-Baumbach-Anderson-Gordon Green-Appatow-Hess, la coloca en el centro de mira de quienes encontramos en la pantalla un gran epicentro o espacio convergente de juego e ideas, siempre deudor de los significantes de su tiempo. Según la tira cómica homónima de Mark Millar4 y John Romita Jr., el realizador y coguionista inglés Matthew Vaughn (escribe junto a Millar, este último sin ningún tipo de complejos con el cine, a diferencia de su compatriota Alan Moore), lo que en verdad arma es un filme de entretenimiento permanente y seres entrañables, que recoloca en plan de aspirantes a superhéroes a esos personajes carne de cañón u objetos glorificables de la nueva comedia americana, con primerísimo plano para ese adolescente mezcla de romanticón, idealista, asocial, medio frustrado y nerd fantasioso. Este último con sitio de privilegio dentro de una trama que potencia el hecho antiheroico del “superhéroe” central, el teenager nombrado Dave Lizewksi (Kick Ass) —bricolaje del Jesse Einsenberg de la comedia Adventureland, con el Ben Stiller de Mystery men y el iluso redentor sin poderes configurado por Woody Harrelson en Defendor5—; al tiempo que cambia a su antojo situaciones, conceptos e incluso el abecedario político de personajes del comic madre (la última de dichas subversiones para bien, a mi modo de ver, si se leen ciertas republicanísimas líneas de Big Daddy en la obra de Millar6), pues el interés no descansa ni en clonar el comic ni en respetar normativas o prácticas discursivas de este cine. Pero tampoco en obviarlas del todo, porque la zona resolutoria no se sale de los carriles establecidos, refrendando, a la larga, lo que iba tirando a coña.

Yo, camino a hastiarme ya de demasiado héroe genial de alto vuelo, definitivamente me quedo con este “superhéroe” trashy de Dave Lizewksi —y su compinche/rival versión negativa, el aun más freak Red Mist, quienes juntos parecen salidos de las stoner comedies—, sin tanta pretensión. Ya era hora de alegrar este tipo de cine con un poco de relajo y juvenilia. Kick Ass no es una gran película ni lo pretende ser, pero incorpora en desparpajo y capacidad de saber reírse de cuanto a fin de cuentas forma parte, todo lo que a otras grandes superproducciones de justicieros todopoderosos, tan embarazadas ellas de grandilocuencia y solemnidad, les está vetado. La televisión norteamericana, dos pasos en la caza de ideas por delante de Hollywood, ya al menos cogió la seña; y NBC y ABC producen dos series con la onda del desmontaje en clave paródica.

Viendo con optimismo el asunto, es de inferir que los talentudos directores que están enrolándose en futuras versiones de comics a películas, deparen algunas buenas nuevas, de permitírselo la línea rectora de los grandes estudios y el paso demoledor de sus tanques clásicos.

NOTAS:

1. Navarro, Magdalena: “¿Quién vigila a Zack Snyder?”, Contrapicado No.30, febrero de 2009.

2. El escenario de adquisiciones hecho por majors a casas editoriales, o sus divisiones fílmicas, y la compra de su catálogo gráfico completo a sellos y autores, derivado del éxito taquillero, por norma fabuloso, generado por las adaptaciones fílmicas, incentiva la aparición de otras muchas. En camino andan ya: Thor (Kenneth Branagh), The First Avenger, Captain America (Joe Johnston), The Avengers (Joss Whedon), Spider-Man 4 (Marc Webb), y The Green Hornet (Michel Gondry), entre otras.

3. Granoni, Pedro, “Justicieros del imperio. Los superhéroes en la guerra contra el terror”, Tebeoesfera, II Época, No. 6.

4. A partir de Wanted, miniserie gráfica de Mark Millar con dibujos de J.G Jones (en cuyos globos o bocadillos quedaba consignado el verbo final de un mundo de superhéroes aniquilado por supervillanos), el kazajo Timur Bekmanbetov filmó en Hollywood el largometraje homónimo de 2008, subvalorado filme que demarca territorios en el género de acción reciente, atendible en el radio evolutivo comprendido entre Contracara, la serie Bourne y De París, con amor.

5. Defendor (Peter Stebbings, 2009, Canadá-Inglaterra-Estados Unidos) no es justamente una película de superhéroes, sino una de un superfreak desclasado, medio lerdo e infantilón que sueña con serlo y pasa a vías de hecho con notable agilidad. Desprejuiciado, divertidísimo, este largometraje de bajo presupuesto tuvo un muy discreto estreno comercial en contadas salas, para febrero de 2010, pero lo pasaron directo a DVD. Nada despreciable sin embargo a mi juicio; sobre ella opina Alejandro Franco en el portal de cine fantástico Arlequín: “En una época en donde los superhéroes en el cine están en auge (y con riesgo de perecer bajo el peso de la saturación), Defendor es una reelaboración fresca e inteligente de la mitología del género (…) lo que ha hecho Stebbings es una suerte de Forrest Gump Superhéroe; acá hay un tipo retardado, extremadamente honesto, con una idea radical del bien y el mal (definida en términos de blanco o negro), que se elabora un disfraz improvisado y decide combatir al crimen por las noches (…) Ni siquiera tiene un disfraz decente: el suyo es una pollera negra a la cual le pone una D gigante con cinta de embalaje plateada.”

6. El tebeo de Millar, apreciado en su conjunto, es una gozada total y bastante diferente del filme en el mayor grado de atención que le confiere a los personajes de Big Daddy e Hit-Girl; eso sí, en nada oculta el delineado conservador del primero. Cuando entrena a la pequeña en un pushing bag, le dice: “Golpéalo, nena, golpea este saco de mierda como si fuera el jodido Michael Moore”. Luego le pregunta la definición de demócrata, y la adoctrinada chiquilla-máquina mortífera enfundada en Kevlar, le contesta: “Un jodido marica quien peleará por el derecho de asesinar bebés, pero se mantendrá vigilando con velas por los asesinos seriales”.

Categoría: Audiovisuales | Tags: | |

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados