Actualizado el 11 de noviembre de 2010

De la edad de la herejía a la herejía ilustrada

Por: . 17|9|2010

Audiovisual joven0.

Las ideas que siguen no alcanzan para conformar el ensayo que algún día me gustaría escribir, a propósito de eso que, no sin indiscreta altisonancia, solemos llamar “audiovisual joven” en Cuba. Digamos que más bien son provocaciones que pretenden desligarse de una circunstancia puntual (algo bastante difícil en el marco de todo lo que tenga que ver con “lo cubano”), con el fin de pensar la herejía fílmica en su condición más radical, y al mismo tiempo, trascendente.

Quisiera, pues, en este sentido, regresar una vez más a ciertos aspectos básicos, y revisarlos a la luz de las nuevas circunstancias que nos ha tocado vivir.

1.

Nunca sobrará preguntarlo otra vez: ¿a qué le llamamos “audiovisual joven” en Cuba? Parece una interrogante sencilla de responder, pues casi todo el mundo lo asocia a lo biológico. “Audiovisual joven” pareciera ser, únicamente, aquel que realizan esos muchachos que no traspasan los veinticinco años, que han aprendido a desplazarse a cualquier lado con una cámara, como antes nosotros (los nacidos en los años sesenta) nos movíamos con los libros. A los jóvenes de hoy también les importa, desde luego, la literatura, pero el soporte de su pensamiento no obedece a la cultura literaria, sino a la cultura audiovisual. Y para ellos el zapping (esa novedosa manera de enfatizar la falta de concentración en algo) se ha convertido en un recurso de comunicación. Superficial, pero de todos modos “comunicación”.

2.

Todavía puedo recordar los detalles de aquella noche del 31 de octubre del 2000, en el cine Chaplin. Me habían encargado organizar la Primera Muestra Nacional del Audiovisual Joven. Busqué la asesoría de Jorge Luis Sánchez, y junto a un grupo de amigos curamos lo que se habría de proyectar. A la gente le gustó el programa inaugural, integrado por Clase Z Tropical (2000), de Miguel Coyula; Se parece a la felicidad (2000), de Aarón Vega; Caidije… la extensa realidad (2000), de Gustavo Pérez; Rrring (1998), de Pavel Giroud; Más de lo mismo (2000), de Esteban García Insausti, y La Época, El Encanto y Fin de Siglo (2000), de Juan Carlos Cremata. Como el resultado de la Muestra tuvo un saldo colectivo, no individual, puedo tomarme la licencia de decir que fue un éxito. Y me alegra detectar que las que le siguieron (dirigidas por Jorge Luis Sánchez y Fernando Pérez) perfilaron mucho mejor el superobjetivo de estos encuentros. Para empezar, le pusieron un nombre (Muestra de Nuevos Realizadores) que está más ajustado a lo que en el fondo nos debería desvelar: la posibilidad de poner en el mapa cultural de la nación a todos aquellos que, de un modo u otro, aquí o allá, están representando en pantalla la huella integral de nuestra existencia colectiva. Con sus luces y sus sombras, sus alegrías y sus dolores. Sin embargo, no solo basta poner en el mapa a esos actores, y conformarnos con saber que existen: es preciso recuperar aquella energía herética que sostenía el discurso de los fundadores del ICAIC. No imitar a los maestros de entonces, sino superarlos, liquidarlos, y ajustar las cuentas con el desafío que alguna vez nos dejaron.

3.

Audiovisual jovenDesde mi punto de vista, lo peor que ha podido pasar es que no hemos sabido transmitirles a nuestros hijos la lógica de una práctica herética que tiene fundamentos muy sólidos, y que a estas alturas permite hablar de algo que trasciende a la simple revuelta de salón. Quizás hemos creído con demasiada ingenuidad que nuestra circunstancia es única, y que el resto de los seres que habitan este mundo no han tenido que lidiar con sus propios problemas. Pareciera que nuestro drama nacional se convierte en el único drama que importa.

Creo que los cubanos tenemos un sinnúmero de herejes que nos han enseñado a pensar críticamente nuestra condición, sin perder de vista lo global. Quisiera, en este punto, traer a colación como ejemplo el intercambio de ideas que en diciembre de 1942 sostuvieran, de modo epistolar, Jorge Mañach y Virgilio Piñera, y que nos puede describir la permanencia de esa tensión que suele contraponer lo nuevo a lo viejo. En aquella ocasión, Mañach daba acuse de recibo del ejemplar de Poeta (revista editada por Piñera) del siguiente modo:

“Lo he leído y me ha gustado —a pesar de su reticencia polémica un poco menuda, a pesar de su cuarzo y de su niebla. Aparte de logros más sustantivos, le celebro la impaciencia, porque sin ésta no se llega a aquéllos.

Esa impaciencia, esa violación de rutinas, la trajimos nosotros —no lo olviden: nosotros, los que ya somos “viejos” para ustedes, como ustedes lo serán para los de pasado mañana. Y debo confesarle que a veces me asusto un poco de mi propia herencia. Quisiera tener tiempo para escribir un ensayo un poco escandaloso —al que ustedes, naturalmente, no le harían ningún caso— sobre Lo poético irresponsable”.

Desde luego, para aquellos que sabemos de esa adicción a la herejía que convirtió a Piñera en uno de nuestros creadores más trascendentales, no resulta sorpresiva la agudeza de su respuesta, sobre todo cuando dice: “Yo envié Poeta al Mañach de la Revista de Avance, pero el envío me fue respondido por el Mañach de próximo ingreso en la Academia de Artes y Letras. Y como la existencia de este personaje último exige necesariamente la muerte del primero, me pregunto melancólicamente, si el destino del hombre de letras en Cuba sea el de sucesivas metamorfosis hacia un espécimen de simetría cada vez más opuesta a la de este puro hombre de letras”.
Y más adelante:

“Yo no sé por qué causa (dejo esto al minucioso sociólogo) el hombre cubano (el americano en general) en llegando a un punto capitula; y comienzan entonces esos hombres sucesivos que no son ningún hombre y que implantan la confusión; que instauran la escuela del confusionismo. Sí, Usted ‘se asusta a veces un poco de su propia herencia’…

Pero Mañach, es que en materia de sustos, de terrores, la de nosotros tiene sobrados fundamentos para asustarse ante la franca capitulación de la generación anterior. Y sabe Usted que no hay cosa más difícil para una nueva generación que toparse con que la precedente ha capitulado. Y a nosotros —de quienes se dice que somos erizados puercoespines, supercríticos de todo— ha tocado representar ese difícil papel de la rebeldía; del espíritu metódico y de intransigencia en un medio, que después de la pseudo revolución machadista, sólo quería el pesebre y el conformismo en todos los órdenes y en todas las esferas”.

4.

Vuelvo al audiovisual cubano realizado en estos tiempos por los más jóvenes. ¿Cuánto de esa impaciencia poéticamente irresponsable a la que aludía Mañach, podríamos encontrar en todo ese conjunto de imágenes que cada año se nos entrega a la retina, con el fin de convertir el estímulo luminoso en un estímulo nervioso?

Me gustaría precisar algo. Llamo “impaciencia poéticamente irresponsable” a aquel estado de ánimo visceral que no responde al humor del momento, sino al de la época (que es algo que nos trasciende). Que se compromete no con el interés egoísta que nos puede reportar durante quince minutos la fama de una premiere que se olvida demasiado pronto, sino que piensa y discute ese mundo del cual formamos parte desde el paradigma de la complejidad. Que nos enriquece con la posibilidad de someter a juicio cada una de nuestras ideas con el fin de mejorar la convivencia. Los artistas verdaderos aman la complejidad porque es la única fuente de lo auténtico; el grueso de los seres humanos prefiere esa mediocridad que siempre se refugia en los estereotipos excluyentes, y en la división maniquea de la realidad en bandos contrapuestos que apenas reparan en ángeles y villanos, en buenos y malos que se anulan entre sí.

Esta visión grosera de la existencia ha estado presente en nuestras vidas en innumerables ocasiones. Otra vez Piñera, aunque ahora dirigiéndose a Gastón Baquero en el año 1944, podría sonarnos profético a la par que lapidario cuando le dice: “El momento cubano es terrible en todos los órdenes. Cada día la conspiración contra la inteligencia gana nuevas posiciones; cada día sus conspiradores ganan un neófito más”. ¿Acaso lo sucedido con El grito en Bayamo no es ejemplo de esa nueva conspiración contra la inteligencia?, ¿acaso la negativa a discutir críticamente (en vez de lapidarlo de una manera sumaria) el documental Revolution no ejemplifica esa fobia al debate inteligente?

Pero aquí también tendríamos que recordar que nada de lo que está ocurriendo ha sido ajeno a ese combate de ideas que el hombre, en sentido general, ha tenido que protagonizar a lo largo de su existencia. Recuérdese a Galileo cuando tuvo que lidiar no sólo con los teólogos de su época sino también con los filósofos aristotélicos, estos últimos reacios a poner en duda las doctrinas científicas de su maestro, no obstante las evidencias. Todavía memorable resulta aquel diálogo que Galileo redacta para librar al filósofo de toda responsabilidad, al advertir que:

“Son sus secuaces quienes han dado la autoridad a Aristóteles, y no él quien la ha usurpado o tomado; y esto es así porque es más fácil cubrirse bajo el escudo de otro que aparecer a cara descubierta, y temen y no se arriesgan a alejarse un solo paso y antes que poner cualquier alteración en el cielo de Aristóteles, pretenden de manera impertinente negar aquello que ven en el cielo de la naturaleza”.

5.

Audiovisual joven“Sería ridículo, sin haber tenido el apogeo de una cultura pasar como los retóricos de una decadencia”, nos dice Piñera en otras de sus explosivas misivas, esta vez apuntando al corazón mismo de Orígenes. Para Piñera era imprescindible ir más allá de los adornos retóricos “conque se adornan las culturas cuando, habiendo cumplido su fase dinámica entran a esa elegante pero estéril postura de la momia”.

Quisiera ahora trasladar esa inquietud al contexto del audiovisual cubano. En el audiovisual nacional sí puede hablarse de un conjunto de películas que han marcado nuestros hábitos, nuestras maneras de sociabilizar y pensar las circunstancias que nos ha tocado en vida. Quiero decir, que sí hemos tenido un apogeo de la cultura fílmica. Y también un estancamiento. Y aunque para la Historia (escrita con mayúsculas) cincuenta años de cine revolucionario es nada, para un conjunto de individuos (los que han hecho ese cine y los que lo han visto) probablemente constituya toda una vida. ¿Cuál es la relación que vienen guardando los jóvenes realizadores con esa herencia ya cristalizada?, ¿en verdad se muestran a la altura de esa herencia que invita a superarla o se conforman con la simple condición de epígonos?

Mi criterio es que ahora mismo los jóvenes comienzan a ganar conciencia de que una cosa es el simple arribo a la edad de la herejía y otra la llegada a ese punto donde empieza a advertirse la madurez de esa herejía, la cual ya ha arrojado frutos útiles. Si comparo los materiales que los jóvenes hacían en los primeros años de esta primera década que vamos dejando atrás con los de ahora, sale a relucir un indiscutible crecimiento en la conciencia narrativa.

Antes parecía que colocar la cámara sobre todo en aquellas zonas que nuestros medios insisten en ignorar bastaba para concederle valía a lo que se mostraba: el periodismo confundido con el arte. Pero hoy ya son varios los realizadores que no solo exploran la realidad con ahínco, sino que apelan a la sutileza (que nada tiene que ver con la tibieza) para describirnos justo el carácter paradójico de esa realidad que muestran. Podremos estar de acuerdo o no con lo que se expresa en esas películas, pero ya no es solo la catarsis por la catarsis lo que moviliza el discurso de estos materiales. Es el lenguaje mismo que hasta ahora se ha estado utilizando en nuestro cine lo que estos jóvenes han comenzado a poner bajo sospecha.

6.

En este sentido, creo que una película como Memorias del desarrollo (2009), de Miguel Coyula, va a marcar un punto de giro radical. Justo porque en su base se aprecia un interés por subvertir el lenguaje más común, es de sospechar que la recepción del filme conocerá de no pocas incomodidades e incomprensiones. Ya no hablo de la lectura estrictamente política, que en un contexto como el nuestro, tan polarizado y precario en diversidades, termina subordinando la impresión personal al criterio colectivo. Hablo de la otra lectura, la que tiene que ver con ese “horror sagrado al cambio” (para decirlo como Piñera) que moviliza no pocas de nuestras inercias.

Coyula nos está proponiendo un filme que pone en crisis la santidad del modelo aristotélico, pero que, además, recupera buena parte de aquel escepticismo crítico del primer Sergio para devolvérnoslo no con un ropaje literario (como quizás le hubiese gustado al mismísimo Desnoes), sino arropado con las vestimentas que concede el audiovisual más moderno.

Lo interesante de Memorias del desarrollo es que nos reintegra a un Sergio que insiste en su oficio de no ganar, pero que vive con intensidad su derrota, y de ella extrae para nosotros las mejores enseñanzas.

(Leído en Camagüey, el 19 de marzo del 2010)

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