Actualizado el 8 de julio de 2011

La juventud y el melodrama social cubano

Aquí no estamos todos

Por: . 13|10|2010

La juventud y el melodrama social cubanoAbundan en la TV Cubana intentos de conciliar la fórmula melodramática, pletórica de emociones hiperbólicas hasta la más estereotipada caricatura, de simple identificación en los primeros minutos, garantizada de antemano su aceitada deglución por los paladares mayoritarios, con el compromiso sociocultural de un arte otro, menos dado al facilismo, aparentemente listo a desgarrar velos de nobleza panglossiana, “reflejando nuestra realidad cotidiana” sin ambages ni subterfugios conciliadores, saldando deudas morales con un telerreceptor que no encuentra nexos entre lo observado en la pantalla, y lo visionado por la ventana.

La reacción de los públicos criollos ante la transmisión de las telenovelas Malú Mulher y Gotita de gente (salvando los años luz cualitativos que median entre un melodrama brasileño y uno mejicano) en la década de 1980, disparó todas las alertas rojas ante la contundencia de los resortes liberados por el fundador Félix B. Caignet en el universo mediático, y la plena adhesión a estos de un pueblo ganador de batallas por los grados Sexto y Noveno, libre al parecer del influjo enajenador de la industria cultural encarnada en estas producciones. Triste verdad: ningún material didáctico y moralizante puede contra las placenteras lágrimas.

Ante la efectividad probada, sólo quedaba asumir métodos y fórmulas con propósitos más proteicos que marcaran la diferencia. Series y telenovelas de indistinto balance cualitativo, como La Séptima Familia, Un bolero para Eduardo, Bajo este cielo, Sin perder la ternura, El naranjo del patio, Retablo personal, Blanco y Negro: No, Si me pudieras querer, Salir de noche, Violetas de Agua; La otra cara; Doble Juego; Lo que me queda por vivir; El balcón de los helechos, La cara oculta de la Luna, Polvo en el viento, Oh, La Habana, Historias de Fuego, Diana, han conjugado en tiempo Presente del Indicativo el género, imbricándose el arsenal emotivo y chismográfico del melodrama con el azar(espin)oso suceder social del cubano, en una suerte de tendencia genérica que podría calificarse de “melodrama social”.

Con desigualdades escandalosas entre éxitos estéticos y de recepción, la mayoría de tales propuestas han adolecido en general de la agudeza necesaria para obtener la controversial aguja oculta dentro del huevo, que está en el pato, que está en el conejo, que está dentro del pozo, que se abre sobre la Isla; quizás por no dañar demasiado los afeites de la Utopía, delatados Contenidos alarmantes agazapados tras la Forma. De ahí que los solares pintorescamente surrealistas y pletóricos de mansiones, las mesas desaparecidas bajo finos manjares, las cocinas modélicas y bien surtidas, el alto nivel de vida material de muchos personajes, remonten un crescendo en tales seriados, amén de excepciones honrosas y sinceridad menos edulcorada.

Únanse a esto las ecumenistas etiquetas lucidas por quienes se proponen y declaran articular amplios botones de muestra de la realidad cubana, y sólo consiguen demostrar cuánto trecho se extiende del dicho al hecho. El producto televisado final apenas alcanza modestos porcientos de real representatividad social, plus dañina pobreza caracterológica, provocada esta última por realizadores que obvian instrumentar la historia desde la personalidad compleja de cada ente, asumido como eje cosmovisivo autosuficiente, enfoque de comprobados aciertos en producciones como La Séptima…, El naranjo…, Retablo…, Blanco y…, La otra cara, Doble juego y Diana.

Sin embargo, en las más recientes y abundantes propuestas, desde un exceso de omnisciencia autoral, la construcción de cada caracter parte de la situacionalidad exterior. Es visto como fragmento icónico de un mosaico o puzzle sociocultural, y no como unidad autosuficiente en dialéctica y creativa interacción con sus semejantes. Son los personajes los que construyen la historia y no la historia a los personajes, quienes en este último caso, despreciada gran parte de su potencial expresivo, se ven reducidos al papel de símbolo y moraleja, sujetos rígidamente a las situaciones planteadas, esclavizados a los algoritmos preconcebidos.

Esta tiranía temática y anecdótica prevalece en las tramas de Oh! La Habana, Lo que me queda…, La cara oculta…, Polvo…, Historias…, y en aristas de las más ecuménicas Violetas… y El balcón…; algunas de cuyas subtramas no escaparon de estereotipaciones problémicas: véase la “ejemplarizante” historia del matrimonio drogodependiente avocado al balcón sin helechos de la degradación física y moral, y los distintos casos de desavenencias matrimoniales, prostitución, curados por arte de magia gracias a las milagrosas gotas florales de la doctora Violeta.

¿QUIÉNES ESTÁN AHÍ REALMENTE?

La juventud y el melodrama social cubanoDentro de este amasijo de “buenas intenciones” y excesos cautelosamente moralistas y didácticos al asumirse temas aún considerados “álgidos”, el abordaje del complicado mundo del adolescente y el joven cubano de este minuto, fracción social variopinta hasta el caos, cual perro de patas infinitas, ciegas y capaces de tomar cada una por un camino, callejón o sendero, bien como temática subordinada, bien como tesis fundamental, ha adolecido de limitada diversidad, y de la pacatería más rampante, encarnada por el rocker de Oh! La Habana, sometido a la purificación/desintoxicación de tanta “contaminación foránea” (el mismo rock proscrito en Cuba hace unas cuatro décadas) en las lustrales aguas de la más tradicional música cubana.

Amén los paradigmáticos Blanco y Negro, no y Doble juego, peliagudos retratos grupales de la generación cubana posmoderna, donde los personajes soportan y realzan como cariátides y atlantes de identidades contundentes el frontón dramatúrgico depositado sobre sus espaldas; este sector etario, subdividido en infinitas áreas socioculturales, ha sufrido de estereotipia y subestimación mediática. Dotados de gancho y buen sentido narrativo, seriales como Enigma para un verano, Coco verde y Haciendo ruido, salidos de las respectivas manos de Roly Peña y Mariela López, delatan ligereza discursiva; siendo igualmente reducida la representación social a jovencitos demasiado “comunes” e inocuos. El espejo que nuestra TV coloca ante el transcurrir social cubano aún adolece de numerosas zonas de oscuridad y distorsión.

El más reciente intento por calar televisivamente en lo más arduo de la médula social cubana: la juventud, desgranada en menudos pedazos, de tanto tumbo entre Utopía y Desencanto, llega desde la premisa de redención individual y social a partir del arte, claramente defendida por Hugo Reyes y Alfredo Felipe Pérez, guionistas de la telenovela Aquí estamos, dirigida por el veterano Rafael Cheíto González (Para el año que viene, Tierra Brava, Las huérfanas de la Obra Pía, La otra cara de la Luna).

Un grupo de jóvenes provenientes de contextos diversos, carentes la mayor parte de ellos de un elemental acervo cultural; ausencia obnubilada, más que compensada, con abundantes pecunias paternales; perturbados por avatares familiares (suicidio de un padre, encarcelamiento de otro); adscritos a preferencias sexuales “antinatura”, reforzada su credibilidad como personajes por el anonimato de los actores protagónicos, son todos tutelados por el modosito teatrólogo arribado de lares no habaneros, altruista propugnador del “Arte por el Arte”, que interpreta Enrique Bueno, especie de misionero iluminado ante manada descarriada.

La propuesta plantea la posible reversión del desarraigo y la fragmentación enajenante a fuer de converger miras en un proyecto conjunto, inspirador de lo mejor de la espiritualidad humana, donde toda diferencia individual sea conciliada en pos del noble ideal colectivo. Pertenecer a un grupo, en cuya conformación y posterior maduración cada integrante juegue un rol activo, creativo, propicia un proceso simultáneo de identificación del individuo con su prójimo y consigo mismo. Este proyecto teatral en ciernes, erigido desde cero, o mejor, desde cenizas, metaforiza la construcción social desde la participación real, libre de maquiavélicos formalismos.

Aunque la historia se fomenta desde microuniversos personales, asumidos los personajes como entes creativos y diversos, no se llegan a tocar llagas muy dolorosas, tendiéndose sobre todos los desorientados angelitos protagónicos un manto de bonanza, siendo estos, a la larga, víctimas temporales de la maldita circunstancia, absueltos de todo pecado cuando recen dos avemarías.

La “muestra representativa” de la juventud es tomada más desde la impresión que desde un mínimo rigor sociológico, lo cual hubiera arrojado resultados más plurales. Siguen quedando fuera de juego los significativos porcientos de trabajadores sociales, instructores de arte, maestros emergentes, intelectuales, las diversas aristas de la marginalidad, los desocupados, pues la prostitución y la delincuencia son rozadas con el pétalo de una flor; la comunidad en continuo aumento de religiosos practicantes; los freakies… El lesbianismo continúa revistiendo una imagen femenina (feminista) a ultranza, de alto sex appeal.

Brillan por su ausencia tantas y tantas piezas del puzzle que, con Aquí estamos, el audiovisual seriado cubano mantiene la relación sinonímica con el término “reducción”, o peor: la “negación cuasi bochornosa de realidades”. El melodrama social alerta sobre el peligro de intentar nadar en dos aguas y lavar la ropa. El mismo cuento de la bala perdida, como reza la letra del tema identificador de esta propuesta.

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