Actualizado el 8 de julio de 2011

Sigue corriendo, Garra de Jaguar

Por: . 17|1|2011

Once upon a time bogaba mejor un género fílmico mediante el cual el firmante, como buena parte de todos quienes mostrarán interés por este artículo, comenzamos a acercarnos, y a amar luego el Cine: el de Aventuras. Cualquier similitud a lo ocurrido al trabar contacto con la Literatura…. No importa su condición de “menor”, olvidémonos de su invisibilidad para las antologías, de las ojerizas de críticos tan encumbrados como monolíticos en sus gustos. Entre arcos, flechas, capas, espadas, arcabuces, abordajes y cacerías aclararon al alba de nuestra memoria estético/sentimental esas historias pregnantes de emoción y carnadura humana, cuyo sentido inmanente de la acción no las eximían de plantear su estructura sobre una base de coherencia narrativa o de incorporar a sus escenas y justificados encuadres más de dos planos largos que permitieran apreciar algo detrás de la nariz apolínea del héroe.

Filmes poseedores de magma dramático, en los cuales muchas veces se suplía a través de chispa los altos al billete del productor. Donde todavía una batalla era una batalla, no billones de píxeles, y resultaba apreciable la labor física real del actor o el doble, pues predominaba el componente humano.No representa semejante preámbulo la visión amnésica de quien no repara en las negativas connotaciones ideológicas tarzanescas de cierto segmento de dicha pantalla, ni un raptus de nostalgia desacompasado de la dialéctica de cualquier arte, o género como en este caso. Es cierto que durante lo ocurrido del cartón piedra al chip, cayeron en desuso estilos o moldes artesanales (algún cine de aventuras del Hollywood de vieja escuela envejeció sin remedio); cambiaron —consustancial le es ello a la creación— corrientes expresivas, formas y fusiones del lenguaje cinematográfico, influencias intelectivas en el universo referencial de los realizadores emergentes, vectores de atracción del narratario, tecnologías… Pero, por arriba de todo ello, la magnitud fundamental de cuanto se modificó en la manera de asumir en el celuloide lo aventuresco u otras vertientes temáticas parientes (fantasía heroica, épica, mitológica, péplum, cavernícola…) guarda relación directa con conceptos ajenos al desarrollo del arte, descifrables más fácilmente en los diccionarios de las finanzas. Como sabemos, atravesamos una era de precuelas, secuelas y postsecuelas, mantenedoras en permanente Síndrome de Estocolmo al receptor mundial, cautivo gustoso, y condicionado por la obnubilante promoción/distribución de este tipo de productos. Dependientes tales piezas, en última instancia, de la fanfarria atonal, la fabricación en serie catalista y la grandilocuencia mastodóntica, cuyas premisas responden al imperio dentro de la industria del high concept, el cálculo frío, la superproducción hipertrofiada, la puesta en formol eterno de cualquier resorte de rentabilidad. La política pop corn de los estudios en Hollywood se decantó del todo a favor del armatoste hiperdigitalizado, con empleo sobresaturador del efecto surgido de dicho soporte.Asidas tales producciones genéricas, extraídas del óvulo del CGI, a ucases inamovibles y a una lógica dramática de escalofriante simpleza, que cada vez se acerca menos al planteo dramático del guión para el séptimo arte y canibaliza más los esquemas o las estrategias del videojuego, en el sentido del encadenamiento constante de la acción hacia niveles superiores: centro de gravedad donde cuanto único importa es justo eso, no el continuo narrativo. Esto, en claro desmedro tanto de los estilemas y mecanismos internos naturales al género, como del ritmo secuencial, el discurrir de la diégesis, el sentido de las gradaciones en la peripecia del héroe; o sea, su universo de representación, su alfabeto de discurso. Carcasa y almendra. La intención real de contar una historia, en fin. Esas son las que no abundan hoy día, ni material de base original, ni la tradicional traslación cinematográfica de (nuevas) obras literarias.

Así ven la luz ornitorrincos, hijos del actual delirio de lo difuso, la aparatosidad caótica y el exhibicionismo, combinados con el reexprimido de lo exprimido, la anemia discursiva, la disipación de la energía del relato y la ausencia en el desarrollo de personajes: robóticos y desprovistos de mínima aura de vulnerabilidad, a la manera de la aventura fantástica de raíz mito-helénica Furia de titanes (Louis Leterrier, 2010), remake llevado a 3D de la cinta estrenada en 1981. En su análisis para la revista Miradas de Cine, Abril de 2010, del reboot centrado en la actual corriente “nostálgica” proochentera hollywoodina, el crítico español Óscar Brox fundamentó que “La adaptación del cine de aventuras a nuestro presente ha sintetizado el aspecto viril, el esfuerzo de los héroes por sobrevivir a empresas imposibles, dentro de un mosaico de representaciones visuales proporcionadas por la potente industria digital. Los músculos en tensión ya no son el signo de poder de la masculinidad ni indican el rol desempeñado por los personajes en el seno de la ficción. La simulación de esa fuerza a partir de efectos generados por ordenador, transmuta al héroe actual en una figura más preocupada por discutir la realidad de sus percepciones antes que la importancia de sus actos”.

Así, igual, la industria hegemónica partea criaturillas con las malformaciones de la aventura basada en el videojuego homónimo El príncipe de Persia (Mike Newell, 2010). El omnipotente productor Jerry Bruckheimer, goloso ante los pingües dividendos aportados por la franquicia Piratas del Caribe —2 700 millones de ganancias, ahí ahí con los 3 000 de la trilogía El señor de los anillos—, de la cual lo que mejor se recuerda es al irónico, cínico y lúdicro pirata Jack Sparrow encarnado por Johnny Deep, retorna a uno de los diversos afluentes del género madre, de nuevo al servicio del sello Disney. Del max mix tontitecnologizado de El ladrón de Bagdad con Aladino y El rey Escorpión en clave info de destino Comic-Con, variante relajante endorfínica ligera, de inicio no cabía esperarse mucho. Y en efecto, los resultados en pantalla de la arabian fantasy espantaron a varios críticos que consideraron que “eso tan intangible como es el espíritu de la aventura se diluye bajo toneladas de oropel digital y un encadenado de situaciones que traducen a pompa blockbuster la delgada lógica narrativa de un videojuego de primera generación” (Jordi Costa, El País, Mayo de 2010).

Y si el británico Mike Newell es un señor muy irregular, cual no sin falta de razón señalara Manohla Dargiss en The New York Times al repasar su foja, del coterráneo don Ridley Scott se aguardaba una versión, enésima, aunque más rotunda, de Robin Hood. No obstante, de buscarse un término idóneo para calificar el filme de 2010, con premier en Cannes y el fetiche gladiadoresco Russell Crowe al frente de la caballeriza, no habría otro mejor que el de insulsamente distásica obra resultante del cruce entre la Academia en su acepción más ortodoxa y el “en realidad como aquí no hay nada para contar, pues a correr metraje en dominios de la laxitud”. Según similares proporciones a su anterior El reino de los cielos (2005), lo cual ya es mucho decir. Del mismo modo que a tantos, le pareció al crítico Sergi Sánchez en La Razón, Mayo de 2010, “menos profunda de lo que pretende, una precuela que quiere presentarse ante el espectador como la última palabra (…) sobre un mito del imaginario que empezó llevando los leotardos de Errol Flynn y acabó disparando flechas subjetivas con el careto de Kevin Costner. A la autoconsciente importancia de la empresa se le añade una severidad en el tono y timbre narrativo que a veces está a punto de caer en el ridículo, sobre todo porque el Robin de Crowe es, por muy realista que quiera ponerse Scott, un superhéroe que tira con arco a distancia olímpica (…). La aventura risueña del Robin Hood clásico se ha convertido en una película bélica que anhela la dureza neolítica de Corazón valiente (Mel Gibson) y se queda a medio camino”.

Y a Gibson llegamos. ¡Cuidado!. A la manera de los spoilers adelanto que en lo que viene ahora no muchos asentirán, sobre todo al recordar el rechazo expresado en algunos medios cubanos, e internacionales, ante su Apocalypto (2006). De acuerdo en que el white buddy de Arma Letal es un tipo fundamentalista, conservador, misógino, dipsómano; todo un demonio, qué decir. Hemos visto el área casposa de su filmografía en calidad de actor o director, conocemos su historia y su tendencia a llevar a rango del martirio absoluto la trinidad/obsesión del sufrimiento-flagelación-redención, tras ver a Jim Caviezel despellejado hacia el calvario en La pasión de Cristo.

Empero, a través de su tan violenta en imágenes o discutible en lo histórico como espléndidamente relatada epopeya maya, el hombre se descolgó con el exponente del género de fuste mayor filmado durante el último lustro. Director cuyo firme pulso y notable sentido del ritmo, de la planificación, de los movimientos de grandes masas de extras y del curso de una narración asomaran en Corazón…, ya en su cuarto trabajo directivo, Apocalyto, mostraría capacidad total para el manejo del cliffhanger o la fluencia establecida entre la inserción y resolución en pantalla de las situaciones de peligro.

Para suministrar y administrar tensión e incertidumbre a secuencias y zonas de relato antológicas (valga como ejemplo la persecución de Garra de Jaguar, el personaje protagónico, que alcanza la intensidad, el frenesí fidedigno, creíble, respirable, gozables, que ha perdido el género), desde una puesta en escena ágil y vigorosa, con un toque enfermizo aldrichiano y una concepción visual exquisita (contentiva de singulares planos-secuencias del fotógrafo Dean Semler, con panorámicas pero sin la proclividad clónica filoaérea post-El señor de los anillos), nervio fijo y voluntad estética en cada fotograma. Amén de un muy digno de alabanza concepto de recreación ambiental de este universo histórico-geográfico precolombino. Le perdono sin vacilar la tendencia sádica a Gibson, ante la imantación hipnótica de su trama. Apocalyptogore, exageraciones históricas e indignación maya aparte—, rescata el espíritu heroico, la línea de sangre, el donaire del mejor cine de aventuras y reivindica al género.

También viajamos hacia siglos pretéritos en esa peculiar suerte de drama histórico onto-romántico de innegable trasfondo aventuresco intitulado El Nuevo Mundo (Terrence Malick, 2005). Luego que La delgada línea roja, el lírico alegato antibelicista del creador, saliera como manzana de un calabazar en el cine norteamericano finisecular, la crítica le hacía carantoñas al próximo y aguardadísimo estreno del mítico realizador. Se habló muchísimo de su recreación fílmica en acción real de la historia de la india Pocahontas y su romance con el colonizador inglés John Smith después de uno de los arribos británicos a las costas de Virginia, más de cuatrocientos años atrás. Sin embargo, decepcionó por su frialdad y una mirada harto contemplativa, que propendió de forma irremisible a socavar una narración cuyo signo onírico y su tempo moroso cabalgaron a contramarcha de su rara majestuosidad visual.
El problema fundamental del filme estriba en su acercamiento a la historia colonizadora del norcontinente y la citada leyenda romántica, desde un punto de vista extremadamente sensorial, que dificulta la expresión externa del componente volitivo de los personajes. Por momentos pareciera estar observándose un cuadro paisajístico donde se le confiere, por lógica, mayores grados de preeminencia a los elementos del complejo natural que a resaltar humanidades y conflictos. Tan consecuente como siempre con los preceptos formales que marcaran su filmografía, el director se arroba en prolongadas secuencias, dilatados hermosos planos y recurrentes tomas del bosque, las aguas, el follaje, la fauna; en divagaciones reflexivas sobre lo que fue un universo que ya los pobladores de hoy no veremos jamás…

Pero, a diferencia de películas suyas como Malas tierras o Días de cielo, Malick no tiene ahora un sustrato dramático con el que compensar el preciosismo de las imágenes de Enmanuel Lubezki ni el ritmo particularmente cansino de la cinta. El pretendido poema visual y alegórico de Malick sobre el enfrentamiento entre dos culturas, cuyo guión cocinara a lo largo de cuarenta años, creámoslo o no, quédase en un lánguido y desvaído intento por establecer una aproximación al encuentro entre los indígenas americanos y los invasores europeos (y a la mutua fascinación de la princesa indígena y el capitán inglés, la cual forma parte del anecdotario/folclor de la nación y fuese llevada por Disney a animados en meliflua versión). Signado, eso sí, por su anticonvencionalismo, pero sin mayores consecuencias. El Nuevo Mundo se traga en su garganta, suntuosa a como haya de serlo, un contenido sin posibilidades de hallar su sol ante la sombra de la exuberante vegetación de esta puesta en escena.

Apuntaría con mi respaldo el crítico argentino Diego Batlle en La Nación, Marzo de 2008, que “la dificultad básica de 10 000(Roland Emmerich, 2008)no es su absurdo planteo (pre)histórico (está lleno de errores y desatinos, de “licencias” y simplificaciones), sino su incapacidad para atrapar al espectador en sus algo menos de dos horas: la mezcla de géneros (con eje en la épica de aventuras y el melodrama romántico) nunca funciona; las pocas escenas con algo de espectacularidad (la caza de un mamut o la rebelión de unos esclavos) se ubican al comienzo y al final de la película, mientras que en el largo trayecto intermedio hay que padecer múltiples subtramas tan mediocres como obvias; los personajes centrales son arquetipos muy poco interesantes y la labor de los actores encargados de interpretarlos resulta todavía peor”.

Nunca fui digamos que muy amante de Indy y su látigo colonial. Lesa herejía, contemplé la diz que saga por antonomasia de la aventura contemporánea por la tangente, sin especial devoción. Si bien, a diferencia de las posturas exegéticas de algunos colegas, no me pareció descartable la cuarta entrega de la tetralogía: la metatextual Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (Steven Spielberg, 2008), en el sentido de su disposición a respetar-preservar las esencias del género, aclaro. Por eso, he de coincidir con el crítico Santiago García, cuando en la revista Leer Cine, Argentina, 2008 destaca “la perfección narrativa que el film posee. Cada toma, cada escena, cada encuadre están realizados con un afán narrativo clásico tan puro, efectivo y exacto, que le quitan a uno la paciencia cuando debe enfrentarse a la mediocridad narrativa de la mayoría de los films industriales actuales (…) Hoy, cuando contar una buena historia no alcanza para obtener premios ni éxito, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal se vuelve más anacrónica que nunca. (…) hay que decir que no es necesario conocer ni interpretar las mil citas que la película posee; basta, para disfrutarla, con entregarse al placer de seguir los hilos de una historia bien contada, y recordar que lo que en verdad habita en cada buen film de aventuras es una metáfora de lo que todos vivimos a diario, aunque a primera vista no lo parezca. ¿Cuántas veces nos hundimos en la ferocidad de unas arenas movedizas? ¿Cuántas veces nos sentimos al borde de un precipicio o creemos estar en una cueva sin salida y finalmente la encontramos y salimos para volver a enfrentar nuevos desafíos?”

Ricardo Aldarondo, autor del libro Películas claves del cine de aventuras, prologado por el filósofo Fernando Savater, reflexiona que el género “cae ahora en el peligro de la sobreabundancia de elementos. Algunas películas mezclan cosas de los videojuegos —van pasando de un escenario a otro— con el lenguaje del bombardeo visual continuo, que casi es contraproducente porque no te deja disfrutar de la aventura en su totalidad. Por eso, algunas cintas pueden tener mejores efectos especiales pero no logran suscitar la emoción de las obras que consideramos clásicas. De todos modos, hoy siguen rodándose estupendas películas que reavivan el interés del público por el cine de aventuras”.

Bien visto el mapamundi, en verdad tales piezas “estupendas” resultan contadas. No obstante, el germen de este género permanecerá latente, las esperanzas de su supervivencia postrera continúan vivas. Fagocitando códigos, mutando, cada día con tendencia mayor al maridaje con el fantástico, la consola y la acción dura, pero en pie al fin. Siempre tendremos a nuestro Robin, a pesar de Ridley.

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